Saturday, September 05, 2015

La construcción, cuento inacabado

Nació en Praga en 1883. De niño era callado, hipersensible, nervioso, escribió Carmen Gándara hace muchos años en una edición de Emecé que es quizás la mejor de las obras completas de su autor. Delgado, y débil. El contraste con el padre fue desde el comienzo de su vida una fuente de soledad y amargura. El niño enfermizo era para el padre un motivo de tristeza y hasta de vergüenza. Esta situación sin salida será el origen de su atormentada relación con el mundo. Era judío, se hallaba pues fuera de la sociedad de su país natal, pero su familia asimilada desde tiempo atrás a la población alemana de Praga, no pertenecía tampoco a la comunidad judía tradicional, y no practicaba, salvo muy formalmente, sus ancestrales costumbres y religión. Era, pues, ajeno al cristianismo, ajeno al judaísmo, ajeno a la lengua, el alemán, de la que decía: “en el idioma alemán no soy sino un invitado”. No conocía el hebreo, que comenzó a aprender en los últimos años de su vida.
Sabemos que una vez  se hizo una construcción. Todo lo que se sabe de ella es que él  procedió a hacer un agujero en algún sitio, y que el agujero oscuro daba a una pared cuando se acababa el pasadizo. Todo el mundo se hace agujeros en algún momento de su vida, incluso en todos, o uno que sirva para siempre. Él no levantó la construcción por cobardía, aunque el miedo es libre. En realidad era tan perspicaz que lejos de allí levantó una trampa que cubrió con musgo para que nadie la descubriera. Y lejos, muy lejos del agujero.
Parece, en principio, que nadie pisó esta segunda entrada, este otro agujero, con la cual la construcción no quedó al descubierto. Pero él siempre anduvo preocupado con que alguien pudiera levantar el musgo de un tropezón o una patada, especialmente ya al final de su vida cuando sentía próximo su declive total. Sobre todo por la noche, cuando dormía, pues se le aparecían multitud de hocicos escarbando sobre su cabeza, ya que en algún lugar del agujero había que ocultarse. No deja de sorprender este temor por los topos o por los cochos pues él mismo se había transformado en un roedor que para hacer su construcción y ocultarse de los demás dejaba tras de sí montoncitos de tierra, piedrecitas, y todo lo que su hocico iba perforando en cada ejecución. Como esos presidiarios que que quieren salir de la prisión.
Lo cierto es que mientras se afanaba por acabar su construcción no dejaba de pensar en sus enemigos. Pensó que los enemigos podrían hallar cualquier otro agujero, o hacerse uno especial para acceder al epicentro de la construcción en donde seguramente se encontrarían con él escondido. Menos mal que tuvo el cuidado de construir toda una serie de galerías, un auténtico laberinto, difícil para quien no conociera como él todas las vías y las conexiones de la construcción. Ellos no podían tener mejor olfato que él, pues él llevaba toda la vida haciéndose este agujero, y agotados por el esfuerzo seguramente renunciarían a dar con él y buscarían otros agujeros negros más idóneos, y tipos no tan hábiles como él. Además, si algún ladrón se topaba con él podría suceder como ocurre con esos moscones que son atrapados por una gentil araña que le ha estado esperando pacientemente. Sólo hay que sentarse y supervisar de vez en cuando la tela en donde el incauto ladrón va a ir a caer ineluctablemente.
Antes de alejarse del mundo había tenido serias dificultades con algunos enemigos. Después de huir de ellos se le ocurrió una idea genial, pasar de ser perseguido a ser perseguidor, o a plantarse desafiante ante ellos dando una vuelta completa sobre sí mismo y convertirse en un poste, tipo el bosque animado, por ver qué acabarían haciendo. Esa estrategia le valió durante algún tiempo, de modo que un día dejó de notar que le seguían al salir del trabajo, hasta que harto ya de tanta ignominiosa existencia decidió hacerse una construcción no muy lejos de allí.
Al verle pasar alguna gente decía “ahí va el emboscado”, pero pasado un tiempo ya nadie volvió a verle jamás. Hay un problema, él se ha hecho viejo y sabe que los intrusos son más jóvenes y más fuertes que él. Teme que le puedan tender una trampa o puede que de tanto escarbar se le venga encima un terraplén y adiós construcción, la propia vida. Acaba de comprender que dentro de la construcción haya quizás otras especies de enemigos predispuestas para devorarlo y matarlo. De momento no ha visto a ningún enemigo dentro, pero como cree en las sagas es probable que los haya. Sólo es una cuestión de tiempo. Quizás uno nunca esté en su casa, sino que está en casa de ellos, y entonces no hay nada más que hacer que escuchar un poco a través de las paredes si es que a este terrón que le rodea fuera posible calificarlo así. Teme que pueda llegar incluso a perderse entre tanta galería, falsos pisos y débiles tapaderas. Con todo hay que tener la esperanza de resistir como sea hasta el final, aunque no sepa muy bien qué se encontrará allí. En este punto nos confiesa que se ha servido de la ayuda de los ratones del bosque, pues sería demasiado que fuera a realizar el trabajo sin ningún apoyo, ningún auxilio. Gracias a ellos puede respirar el aire puro que entra por otros agujeros invisibles para el enemigo. Estas tropas irregulares de la civilización dejan en las galerías toda clase de bichos que se come porque de algo hay que vivir. Pequeños animalitos, proteínas básicamente, lo que él llama abundante caza sin tener que abandonar su construcción.
Ahora bien, lo más hermoso de la construcción es el silencio. Sólo oye la brisa del bosque unas veces cálida, otras  fría, pues los animalejos no le importunan mucho, salvo cuando crujen dentro de sus muelas. Nos cuenta que es hermoso tener una construcción, es decir, un agujero cuando se aproxima la vejez y, además, empieza el otoño. Leyéndolo percibes que es bueno hacerse un escondrijo, dentro se puede descansar, dar vueltas a la plaza que se ha formado en el interior gracias a los numerosos corredores que se conectan entre sí. Has saciado el apetito, Has logrado la meta, y eres el dueño de tu propia casa.
A veces se despierta y presta atención a los pobres vagabundos que merodean por la construcción y que carecen del bienestar del que goza él; pobres caminantes sin casa, los denomina. Ellos están expuestos a todas las calamidades, mientras que él disfruta de un cierto calor, ciertos alimentos, no demasiada soledad, descanso y sueño. Pobres viajeros, ¿a dónde van? A veces, según reconoce, ha tenido la tentación de salir del agujero, salir a tierra y pasarse varios días fuera, por el mundo, ver gentes, casas, comprar alguna chuchería, mirar los ojos bonitos de las chicas, contemplar el mar y las montañas, aunque al final regresa siempre al agujero. Además, los libros también le proporcionan bichos muy lectores, que le dan asco pero se los come. Al fin y al cabo ¿no se comen ellos sus páginas? Del Plutarco, 40 tomos, casi ya no queda nada, si bien no es Plutarco lo que más lee el constructor. Esta circunstancia ha llevado a nuestro intruso a escribir un poema titulado Unos bichos muy lectores. Lo envió a una revista de prestigio, pero se lo devolvieron gentilmente.
Cuando sale de la tapadera siempre regresa con los mismos remordimientos y por eso siempre se pone manos a la obra: con la cabeza le da topetazos a la plaza y como la tierra es blanda puede enderezarla todo cuanto quiere, sea el suelo o la bóveda del techo. Es con la frente, qué curioso, cómo se ha ganado su plaza fuerte. A veces mantiene diálogos con sus invisibles enemigos, les habla como hacemos nosotros cuando hablamos con nosotros mismos o con Dios. Cuando nos percatamos dejamos de hablar por vergüenza o desasosiego. Viendo cómo vive Franz resulta increíble pensar en  lo mucho que amamos nuestras casas. Las amamos más que a nuestra familia, a nuestra mujer, nuestros hijos, el perro, o una amante si apareciese. Es increíble: en vez de vivir para la vida vivimos, como él, para la casa. Venga, déjalo ya. Es admirable observarle cómo, con qué ahínco, se agarra a la vida. Pero, claro, es que dentro de la tapadera hay tantas cosas que hacer, arreglar, mover, discernir, separar. El musgo, el musgo es lo que más trabajo le da. Ya está pensando en escribir un libro sobre el ser del ente o de los entes. Es un filósofo pesimista.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, August 29, 2015

El argonauta Butes

Vuelvo a Pascal Quignard porque algunos de sus textos son como las olas del mar. Las olas son el plectro de las cuerdas del mundo, avanzan y retroceden, es lo que hacen los músicos cuando mueven el arco sobre las cuerdas del violin. En el origen del mundo, viene a decirnos Quignard en Butes lo originario es el agua, y el agua es la música, de ahí que el marinero Butes quiera arrojarse al mar cuando oye los cantos de las sirenas. Lo que en realidad desea es nadar hasta la playa para escucharlas mejor. Orfeo se ha mantenido en el puente con su lira y sus compañeros no quieren arriesgarse y ya tienen bastante con él.
Después del realismo mágico hubimos de esperar a que viniera alguien con un plectro y una música mayor. No se sabe muy bien si estás ante un relato o un ensayo, o ambas cosas a la vez. Quignard es capaz de salirse del texto, abordar nuevas aventuras como hace Butes al arrojarse a las ardientes olas y correr el riesgo de encontrarse con su destino que parece fatal. Parece lógico que el autor se sintiera atraído por uno d los relatos míticos más atractivos de la primigenia literatura. Apolonio, que conocía las aventuras dionisíacas, prefirió inventarse un relato que también procedía de antaño como todo lo que es memoria y es pasado. Butes está a punto de tocar la arena de la playa y Apolonio escribe que los pájaros, es decir, las peligrosas sirenas, van a arrebatarle el retorno y va a morir, pero en ese instante aparece Cipris que lo toma en el aire y lo traslada a través del cielo hasta depositarlo en una isla del mar Tirreno.
Da igual que Quignard se haga un lío con la geografía, pues no es lo suyo. Explica Quignard que Cipris es Afrodita a la que el marinero penetra durante el vuelo. Butes podía haber muerto en los picos de las sirenas, pero los dioses desean que se ahogue en la espuma de Afrodita. Este mito viene del fin del micénico. Ni Orfeo ni Ulises, sólo Butes saltó.
Escribe Quignard que allí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa. ¿Por qué la música es capaz de ir al fondo del dolor? Porque es allí donde ella mora. Pienso en la probabilidad de que Dios creara la música antes de que creara el mundo al mismo tiempo que creara las aguas. El feto en el vientre de su madre oye un ruido, es la voz de su madre, la música, es agua. La música no representa, re-siente. No sabemos qué diría Nietzsche si oyera esto ahora. Las pasiones serían impotentes para distinguirse unas de otras si no existiera la música. Quignard escribe siempre de una forma musical, como si él no fuera un escritor de letras sino de notas, y de hecho aprendió música antes de aprender gramática y antes de hacerse filósofo. Una de sus mejores novelas cuenta la historia dolorosa de un gran músico del XVII, Todas las mañanas del mundo. Sin la música, reconoce, estaría muerto. En un momento hace una digresión, cientos de digresiones, se marcha del texto, del relato y se pregunta y nos pregunta quién ha pensado la zozobra originaria. ¿Ha habido algún pensador que haya pensado la zozobra originaria?
Sí, Schubert. Me hago una digresión y dejo al poeta para escuchar la música de cámara, algún lied o una ópera completa de aquel Butes que al llegar a los 31 años de edad se arrojó a la orilla de la muerte, porque también él había sido llamado por las encantadoras y traidoras sirenas de la muerte. Se dice que el hombre mudó a la tierra después de haber permanecido mucho tiempo en el fondo del mar escuchando ecos. Probablemente los hombres seamos esas gotas de las que habla Whitman en su asombroso poema de las olas que avanzan y retroceden mientras amamos. La poetisa Safo se arroja al mar desde el peñasco de Santa Maura, ¿también ella quería volver a lo originario?
En el capítulo IX Quignard desaloja  un poema, al que no me puedo resitir: “lo antiguo cae de las nubes, es el rayo mismo. El trueno es la voz de este animal enorme y extremadamente negro que se llama tormenta. Los relámpagos saltan desde lo alto del cielo con el deseo de venir a tocar la tierra.
No descartemos que Blanchot tuvo tiempo de leer a Quignard, pues éste prosigue una poética que estaba anunciada en ese gran palimpsesto de la escritura que es El paso (no) más allá, en donde leemos que la escritura no existe para dejar huellas sino para borrar todas las huellas. Quignard aprende allí a saborear el fragmento, degustar los aforismos. Va y viene como una ola. Este movimiento es un misterio, el ritmo cardíaco del mundo. Dejaros caer en la arena y mirad el mar, pronto escucharéis su música, un rumor que enloquece a todos los marineros que arrostrados por ella mueren dichosos, no desdichados. Las sirenas le dicen a Ulises “ven aquí”. Hay un juego etimológico, pues aquí es miel y las sirenas “conocemos todos los sufrimientos que los dioses envían sobre la tierra a los hombres”
En griego Butes es el boyero. Su castillo estaba situado en Ática. Ya dejé constancia aquí del boyero inconscientemente. La gente se ahoga con frecuencia. Podríamos establecer un canon a la manera en que se concibe en este libro: volver a la condición originaria es morir. Una campeona del record de apnea se arrojó al fondo del mar no para obtener una marca sino para escuchar la música originaria y morir plena, saciada de agua, satisfecha. En el capítulo XV se dirige a nosotros y nos dice que nos acordemos de aquel día en que perdimos todo lo que amamos. Entonces quienes sabemos lo que perdió el señor de Sainte Colombe en la novela citada más arriba, nos compunjamos y lloramos. Acordaos que es infinitamente triste perder lo que se ama. Me prevengo. Preveniros. Es verdad, solemos asociar una música a un ser querido que hemos perdido. Schubert, sabiéndose que moría, fue a visitar la tumba de Haydn en la Memoria de la Bergkirche.
Reconoce Pascal Quignard que de niño se negó a aprender la lengua común, se niega a comer, hablar, a obedecer. Es el hombre más parecido al personaje de Apolonio. De adulto abandona la filosofía, la tesis doctoral, la dirección de Gallimard, el mundo. No sé por qué se me parece tanto a Michael Haneke, quizás sean las dos sirenas que yo quiero oír en la playa del tiempo, toda vez que yo también regresa al antaño, al pasado, la infancia, la música, el poema que hiere y desangra cualquier literatura. Sin saberlo he comprendido que Butes conecta a los hombres. Como han escrito los compiladores de Quignard éste repite que la lectura hace posible escapar de la educación que se recibe, como la literatura permite emanciparse del lenguaje o el amor extirparse de la familia y el grupo.

Quignard es semejante al señor de Colombes: un día se encerró en casa y se consagró a la música. No sé si Quignard toca la viola, y no sé si tiene caballos que vender. Quizás carezca de criados y de una cocinera que se ocupe de sus hijas, si es que las tiene. Tampoco si tiene sauces alrededor de su casa, y algún canal en donde echarse sobre una barca para mirar las estrellas cuando hace buen tiempo. Lo veo taciturno. Elude los honores como si él también destemplara a los mensajeros del rey con estas palabras: prefiero la luz del ocaso sobre mis manos al oro que me ofrecen. Prefiero mis ropas de paño a vuestras pelucas descomunales. Prefiero mis gallinas a los violines del rey y mis cerdos a vosotros mismos. Vuestro palacio es más pequeño que una cabaña y vuestro público es menos que una persona.  
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, August 22, 2015

La Revelación es orientación

Quizás Franz Rosenzweig tuviera razón, de Parménides a Hegel, de Jonia a Jena, nada hay en filosofía más importante que la Revelación, la posibilidad de conocer el Todo. El horizonte de la verdad, no nos engañemos, es el de la muerte, y ante ella no podemos erradicar el miedo ni aunque nos llamásemos Balthus o Klossowski. De ahí que Rosenzweig proponga una nueva teoría de la experiencia, dado que el yo empírico escapa a toda totalización, mientras que si planteásemos una teoría mesiánica de la verdad el tiempo jugaría un papel trascendental, pues revelación, dice, no es otra cosa que orientación. Los pueblos civilizados, las tribus, las familias, el hombre civilizado, todos, propugnan una orientación. Educar también es orientar.
Desde el comienzo se forja esta tensión entre el hombre y Dios. El hombre querría realizarse en el mundo motu proprio, pero la Revelación brutalmente le contesta: renuncia a ser hombre, cumple mi voluntad, realiza mi obra. Ya desde el primer encuentro entre ambos el hombre sabe que ha venido al mundo a realizar su destino, que tiene una misión en adelante por cumplir. Nace pues el hombre con una aceptación o decantación religiosa. Cercenarla no resuelve el problema. No será el hombre más hombre por eludir aquel compromiso que conformó la Revelación. ¿Qué significa esto? Significa que él mismo se nos entrega, y que en lugar de prometernos nuestra mismidad como premio -llega a ser el que eres-, nos ofrece que seamos como Él. 
Dios podría haberse conformado con crear el universo, pero finalmente se decidió por colocar al hombre en él. Este él bipolar es majestuoso, extraño e inquietante; se refiere tanto al mundo, a las cosas, al universo entero como a Él. La gente que responde en cualquier circunstancia que es ateo no sabe de lo que habla, no sabe quién es, no conoce nada de sí mismo, y no quiere por miedo conocer o descubrir que pueda faltarle algo en su ser, en su personalidad. No es pereza, es terror. Sin la Revelación no habría nada, no hubiera podido existir nada, y el hombre sería un animal como los demás animales, que no se piensan a sí mismos, como hacen tantos hombres. Todo esto roza lo mitológico, claro, pero ¿dónde se halla en el límite ser uno mismo y ser lo otro? Este fue el gran debate de los existencialistas en los 50 y en los 60. Incluso entre los que no eran tales.
Rosenzweig propone una metodología muy convincente para que las cosas signifiquen y especialmente que se signifiquen: el hombre tiene que ser otra cosa diferente a como se nos aparece aparentemente, el mundo ha de ser algo más que lo que nos parece, y Dios, por lo tanto, no sería nada si no fuera diferente a la idea que de él nos hacemos. Nos está proponiendo una teoría de lo esencial: todos, los hombres, las cosas, Dios, tienen que ser, por fuerza, distintos, si queremos que sean algo para nosotros. Si sólo fueran lo que realmente nos parecen resultarían superfluos. Su manera de pensar no deja de ser divertida. Para nosotros lo real funciona como una cebolla: por mucho que se las pele nunca se llegará sino a una capa de cebolla una tras otra, nunca  a algo completamente diferente. La experiencia sólo nos muestra del hombre algo del hombre, del mundo algo que sea mundano, y de Dios algo divino. Pura tautología. Sin embargo, las tres instancias nos indican la misma dificultad. Sabemos algo del hombre, pero no lo sabemos todo; sabemos algo del mundo, pero nos faltan por saber más cosas; sabemos algo de Dios y a la vez no sabemos nada. Nadie debe esperar sentado que le llegue la muerte, o ver venir a Dios a sentarse con él, o descubrir nuevas galaxias a ojo de buen cubero.
Como dice Rosenzweig, Dios está tan vivo como los dioses del mito, el mundo creado es tan real y tan poco mera apariencia como las finitudes plásticamente acotadas en las que el griego creía vivir o en las que, como criatura política, deseaba vivir o que como artista recreaba en torno  a sí. Es verdad, si el hombre fuera divino -Tagore- tendría por siempre cerrado el camino hacia Dios.
Buber también se opone a cualquier existencialismo, ese movimiento que radicalizó la experiencia del yo sin percibir que en realidad cuando hablamos, sólo hablamos con Dios, la única relación considerable, pertinente, esencial y existencial. No es mucha la gente que te puedas encontrar en el mundo hablando con él. Los monjes, cristianos, tibetanos, o budistas, dieron en su tiempo el paso decisivo de alejarse del mundo porque para mantener ciertas conversaciones es inevitable proponer espacios de libertad, espacios de entendimiento, silencios absolutos en donde sólo es posible hablar esa única lengua, la lengua que únicamente podemos hablar Él y yo, tú y Él. Quizá esto le sucedió a Giovani Papini, que profesó el ateísmo hasta cambiar de orilla, hacerse católico e ingresar en el convento franciscano de Verna.
Sin haber leído a Weizsäcker todavía, entiendo perfectamente el concepto de existencia pática según la cual es evidente que mi existencia es más esencial que mi ser-ahí. No decimos “yo existo”, sino yo deseo, o quiero o puedo. Quizás no me haya ocurrido otra cosa que haber funcionado como un redentor ante los demás, en el sentido que los otros no están acabados, hechos, mientras no admitan mi diferencia, mi yo individual, es más, mientras yo siga siendo para los demás un desconocido seguiré siendo propiamente su redentor. El número de orientadores, de redentores, que podría abarcar el mundo sería interminable contabilizarlos, pero siempre que estés frente a uno de ellos los descubrirás por su dolor, por su sufrimiento.No es posible admitir la comunicación allí en donde no se pueda dar una dialéctica del recocimiento. Eres redentor para quien no te ve porque está ciego, si te ve ha hallado la orientación. Al verlos venir enseguida sabes si el hombre que tienes delante es un necio. El reconocimiento no se refiere a tus hipotéticas habilidades, sino simplemente a tu dolor y sufrimiento. Si la Revelación sólo fuera un monólogo de Dios no sería Revelación, lo es porque a veces algunos hombres te exigen que les sigas, que los entiendas.

En el Timeo hallamos reflexiones sorprendentes, preguntas inesperadas. ¿Cuál es el ser supremo que no nace jamás, y cuál es aquel que nace siempre y no existe nunca? El primero es aprehendido por la inteligencia y la razón, pues constantemente es idéntico a sí mismo. El segundo es objeto de la opinión unida a la sensación irracional, ya que nace y muere, pero no existe jamás realmente. Por lo demás, dice Platón, todo lo que nace, nace por la acción de una causa, pues es imposible, que sea lo que sea, pueda nacer sin causa. Hoy los astrónomos reirían de Platón, pues a la vista tienen, y sobre todo, al oído, el eco del estallido del universo en su comienzo, lo cual no lo tiene claro ni Timeo ni Platón. Si hubo un comienzo, entonces, hubo una causa, y esta argumentación disuelve en la nada cualquier aporía. Descubrir al autor y padre de este Cosmos, acaba el filósofo, es una gran hazaña, y una vez se lo ha descubierto, es imposible divulgarlo de modo que llegue a todo el mundo.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, August 15, 2015

Regreso a Nietzsche

En la historia de la literatura la filosofía forma parte de ella, como la poesía forma parte de Dios Hay accidentes deplorables, ausencias esponjosas, manipulaciones delirantes, plagios que podría oír Agamenón todavía, por eso comparto plácidamente las tesis de Blanchot y de Deleuze sobre la inexistencia real de un libro como La voluntad de poder, ingenio pavoroso de la hermana de Nietzsche, aquella maldita mujer que acabó abrazándose al nazismo con espúrea templanza. Los dos conceptos fundamentales de Nietzsche, el eterno retorno y la voluntad de poder hay que saber extractarlos con finura, de su obra grandiosa, Zaratustra, así como de algunas salpicaduras procedentes de sus aforismos, señuelo primordial de su estrategia, aunque no a través de su principal personaje, ese Dios en el que el autor se transfigura, sino a través de pequeños personajes, como el enano, el águila o la serpiente, que saltan de la hoja que lees como bichos escurridizos, traviesos, inenarrables, oscuros y asquerosos, que si quieres atraparlos se esconden en otros libros, otras hojas, en derredor.!Cuanto se parecen las vidas de Kafka y Nietzsche!, obras zanjadas por la enfermedad, por la desidia, el descuido, obras no depositadas, ausentes, no acabadas, cercenadas, por la enfermedad o la muerte.

Deleuze sigue a Klossowski en la consideración de la transformación del pathos nietzscheano tras la muerte de Dios que el filósofo nunca subrayó. Es el juego de máscaras, los yoes que sustituyen al yo supremo tras muerte tan óntica, psicología de las máscaras decían los filósofos de los 60. Nada tiene un solo sentido, eso quedó claro entonces. Fue la gran aportación de los estructuralistas y postestructuralistas. Sobre las cosas actúa siempre un devenir inexorable, igual que sobre los hombres. Ya Foucault estaba inventándose nuevos métodos de interpretar los sentidos de las cosas, ¡Oh, prácticas discursivas inteligentes y metódicas! En el fondo no habría más que la voluntad de poder, poder interpretar y valorar.

Debajo de la caverna hay otra caverna, y más abajo hay otra y otra, o como decía la anciana que increpó a Hawkins, al mundo lo sostiene una gran tortuga y debajo de esa tortuga hay otra tortuga y así sucesiva e infinitamente. La voluntad de poder es lo mismo que el eterno retorno, y el eterno retorno no es otra cosa que la voluntad de poder, es decir, que unos valores son destruidos para que vengan nuevos valores mejores a restituirlos, ocuparlos, llenarlos sucesivamente. Un día Zaratustra se pregunta: ¿deseo de dominar, pero quién llamaría a eso un deseo? La voluntad de poder no quiere el poder, eso serían los viejos valores, el dinero, los honores, el poder social, cosas que se logran lanzándose a un combate. ¿Quién querría el poder de esa manera? Sólo los necios, de lo cual empezamos a tener ya algunas muestras, es decir, los esclavos. Los esclavos desean el poder. Son los débiles, y para alcanzarlo se apoyan en la muchedumbre, esa caterva que está viendo que pueden tomarlo, voluntad de poder de los impotentes, añadiría Zaratustra. Nietzsche tenía razón, siempre hay que defender a los fuertes frente a los débiles, pues la verdadera voluntad de poder se basa en dar y en crear, una forma intensa o intensiva de entender y comprender el mundo.

Dionisos es la gran piedra filosofal de Nietzsche. Esto queda claro en El origen de la tragedia. El poder no es lo que quiere la voluntad, sino en la voluntad, confirma Deleuze. Afirmación de la diferencia, del juego, del placer que da la visión de las cosas desde la distancia. Sólo las cosas bajas tienen la necesidad de oponerse a todo cuanto no son ellas mismas. Foucault interpretó este pasaje del Zaratustra entendiendo que lo bueno, lo noble es como el vuelo del águila, suspensión y caída, y no sólo del águila, pues en el cielo están las gaviotas, los albatros, los patos, las grullas, las garzas volando e imitando a la reina de las aves.
Dice Deleuze que debemos a Klossowski el descubrimiento del vínculo existente entre  la muerte de Dios y la disolución del yo, la pérdida de la identidad personal. Yo mismo fui nietzscheano sin serlo al proponer algunas ideas sobre pudor e identidad en un texto editado hace unos años por la editorial Andavira, una pura intuición, pues Dios sería el único garante, es decir, depósito de la identidad del yo. Si Dios muere soy yo quien se muere.

Con otras palabras vino a decirlo Benjamin Fondane cuando era llevado a Auschwitz a ser asesinado. Fondane, probablemente el más grande poeta del siglo escribió:

“a ti te hablo, hombre de las antípodas, hablo de hombre a hombre, con lo poco que en mí queda del hombre, con la poca voz que me resta en la garganta, mi sangre está sobre los caminos. ¡pueda ella, pueda ella no gritar venganza! El halalí ha sonado. Los animales son perseguidos; dejadme hablaros con esas mismas palabras que tuvimos en herencia. ¡Pocas quedan inteligibles! Un día vendrá, es seguro, la sed apaciguada, estaremos más allá del recuerdo, la muerte habrá terminado los trabajos del odio. Seré un ramo de ortigas bajo vuestros pies. Entonces, sabed que tenía un rostro como vosotros, una boca que rezaba como vosotros. He leído como vosotros todos los periódicos, los libros, y nada he comprendido en el mundo. Y nada he comprendido en el Hombre, aunque a menudo me haya ocurrido afirmar lo contrario”. El poema continúa, es más largo, pero André Neher tuvo a bien reproducirlo en su Moisés. Benjamin Fondane tiene una calle en París, era querido por los intelectuales, y él se sentía amigo de ellos. Man Ray lo fotografió. ¿Por qué es tan fácil morir por los demás, por la Humanidad, por uno mismo?
Por eso la idea del eterno retorno es lo más sencillo del mundo: es un mundo de diferencias, que no presupone ni lo Uno ni lo Mismo, sino que se construye -Deleuze- sobre la tumba del Dios único y sobre las ruinas del Yo idéntico. Entonces, el eterno retorno es la sola unidad de este mundo, que no tiene mismidad si no es retornando, es decir, repitiéndose. Cuando el universo se apague por acabamiento Dios tendrá que salir de su nada y algo tendrá que hacer. Digo nada en el sentido que le concedió Yeats a la nada: el único lugar en donde podríamos encontrar a Dios. Y también en el sentido del rabino Gaón de Vilma, que en el siglo XVIII escribió que ningún hombre sabe nada sobre Dios, ni siquiera si existe.
Cuidado, para Nietzsche el eterno retorno no es un ciclo, ni presupone, lo Uno, lo Mismo, lo Igual o el Equilibrio. Ningún filósofo francés del siglo XX quiso apartarse de Nietzsche, todo lo más quiso interpretarlo, entenderlo, incluso su malosa hermana. Parece que Nietzsche le tenía un miedo horroroso al eterno retorno, se ve también en Borges, pero Dios se reveló una vez, ¿no podría acaso repetirse y volver a hacerlo? ¿Otra vez el hombre? No, por Dios, el hombre, no.
De modo que hay una dialéctica, un hilo de Ariadna entre el eterno retorno y la voluntad de poder porque el primero se convierte en el instrumento de la segunda, Lo que el eterno retorno produce es al superhombre, aquel que carga con la humanidad, pues crea las formas superiores, los valores nuevos, intempestivos. Son valores tanshistóricos, suprahistóricos, se trata de un trasfondo que acompaña al hombre desde que éste es Hombre. Cómo entender, si no, la aparición del concepto de demos en Grecia, la cultura en Roma, Así la dimensión de lo intempestivo consistiría en considerar el tiempo histórico como no cronológico, y que los poetas o los filósofos y los creadores establezcan la estructura del laberinto a modo, en el modo en que ellos decidan las correspondencias. A lo largo del siglo I antes de Cristo, se suceden Catulo, Tibulo y  Propercio, nacen y mueren casi al mismo tiempo, ¿qué sucedió realmente? Todos eran elegíacos, ¿por qué el amor al lado de la muerte y ésta al lado del amor? Qué vieron en ellos Petrarca y después Garcilaso y Quevedo? ¿Es esto el eterno retorno? Volverán las oscuras golondrinas, etcétera.
¿Por qué todo el siglo XX es nietzscheano? Por qué inventó Nietzsche una filosofía teatral? ¿Por qué Zaratustra fue ideado para la escena? Poco faltó para que Bizet construyera un Zaratustra musical, en detrimento de Wagner, lo que llevará al teatro de la crueldad de Grotowski, y a aquella máscara espantosa de los convoyes de la muerte.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, August 08, 2015

Una generación sin maestros

Triste generación la que carece de maestros, escribió Deleuze en Arts, hace cincuenta años. Estoy de acuerdo, ya lo veo. ¡Cuánto tiempo hemos vivido para ver llegar ahora a ésta nueva generación sin maestros! Sartre acababa de renunciar a recoger el Nobel, si bien no se lo merecería, aunque fuera el gran maestro de aquella generación de estructuralistas, semióticos y algún caradura. Leyendo a Deleuze descubres una gran idea, pues nuestros maestros auténticos fueron algo más que profesores públicos, aquellos hombres que cumplían sus horarios, y terminaban por conocer a sus alumnos. Es verdad, cuando nos hicimos mayores nuestros verdaderos maestros nos impresionaron con una novedad mayor, esos que supieron y saben inventar una técnica artística o literaria, o científica, y encontrar una forma de pensar correspondiente a nuestra modernidad. Así Blanchot, hablando de Foucault, llegó a decir que Foucault había creado prácticas de discursos casi puras. Hoy, no es fácil hallar a estos maestros, desgraciadamente. La frase de Deleuze acababa refiriéndose, tanto a nuestras dificultades como a nuestros difusos entusiasmos.

Sartre les supo decir algo nuevo. Me pregunto si los nuestros, nosotros mismos, sabríamos o sabemos decir algo nuevo. A esto me refiero cuando discuto con mis colegas sobre metodología. Ellos creen que saben algo, pero nada nuevo dicen a sus alumnos, que son los nuestros. Deleuze comparaba a Sartre con Merleau-Ponty, cosa que aquí ya hicimos a favor del segundo. A Deleuce le parecía Merleau-Ponty un hombre profesoral, es decir, profesional, incluso profunda, pero no nueva. El hombre para Sartre era una pequeña laguna de nada -la cita es casi literal- y Merleau-Ponty hablaba de pliegues. Todo el mundo copia. Deleuze copió a Merleau-Ponty escribiendo sobre el pliegue en el arte barroco, un libro excesivamente aburrido que no parece de Deleuze.

Con Camus tuvo dudas pues veía en él dos existencialismos diferentes, contrapuestos y contradictorios, uno virtuoso, el otro absurdo. Es verdad, Camus siempre se consideró un escritor maldito, pero en realidad conducía a otros autores que yo no he leído, todavía. En cualquier caso, la novedad de Camus, consistió en seguir la enseñanza de Sartre en aquel sentido. Temas nuevos, cierto estilo nuevo, una forma nueva y agresiva de plantear los problemas, para mí especialmente cuando trató la Revolución en El hombre rebelde, u otras cosas en La caída y en La peste, o aquellos curiosos escritos sobre Argelia, pues era francés pero a la vez era africano, qué gran isla desierta tener dos lenguas, dos escrituras, dos culturas, y quizás la misma religión por certeza. Estos escritores estaban tocadas por las hadas madrinas de Las moscas, El ser y la nada, o El existencialismo es un humanismo.

Observo a mis alumnos como una generación que carece de maestros, quiero decir, que llega ante nosotros con ese estigma, taladrados por punzones, no por ideas, ni ideas nuevas. Estos tíos de la educación deberían hacérselo ver pues no han pasado tampoco ni por Sartre, ni Camus, ni Merleau-Ponty, ni Lacan, ni Blanchot, Bataille o Levinas, y así no saben de ninguna disciplina. Lo malo es que leyeron mal a Nietzsche, a Freud, y si me remonto más ni a Platón.

Un día llevaron a Deleuze a la tele, y habló de todo esto, dijo que la filosofía no debe ni puede reflexionar sobre todo, y que lo importante es tener una idea; los poetas, los cineastas, los pintores, los escritores hacen cosas que se les han ocurrido porque previamente han sido abducidos por una idea. La filosofía sólo puede hacer una cosa: inventar conceptos, pero no reflexionar sobre cualquier cosa, salvo que esa cosa sea la literatura, el cine, la música, el arte, entonces, sí, porque ha aparecido en la filosofía algo nuevo, los conceptos. El concepto, decía, es un centro de vibraciones, que no se corresponde con la realidad pero permite que oigamos con ella. Los conceptos se definen por su capacidad de resonancia. Quizás el acto de creación no consista más que en pasar de ser un profesor público a ser uno privado. La Sorbona pasó por esa experiencia: no fue una verdadera Sorbona hasta que muchos de sus profesionales pasaron a convertirse en maestros privados, es decir, en preceptores. No paro de aconsejar un mal negocio, que se conviertan los nuestros en preceptores que vayan de casa en casa y reúnan a todos en la misma calle, o en la plaza, un jardín o un arrollo como hacía Fedro con Sócrates. Nietzsche dejó de ser profesor en la Universidad para transformarse en pensador privado muy pronto.

Los pensadores privados, dice Deleuze poseen dos características: una especie de soledad que no les abandona nunca, y una cierta agitación, un cierto desorden del mundo. No hablan más que en su propio nombre sin representar nada, pero convocan al mundo a ciertas presencias brutas, potencias desnudas que no son representables. El pensador privado necesita un mundo que comporte un mínimo de desorden, un ápice de revolución permanente. Para estos intelectuales la revolución sólo es un concepto, para la generación que no tuvo maestros la revolución, creen, consiste en acabar con los valores sin sustituirlos por otros mejores. Recuerdo al Nietzsche de Zaratustra: su idea del eterno retorno era precisamente cambiar los valores por otros mejores, eso era el superhombre, idiotas.

Dice Deleuze que el orden moral se ha cerrado en torno a nosotros, bueno, lo decía hace cincuenta años, aunque él siguió pensando así hasta 1995, el año en que murió. Deleuze veía que eran nuevos los autores del roman nouveau, Gombrowicz, Genet y Gatti, Klossovski. Nosotros sólo pudimos con Robbe-Grillet y Genet, y así nos fue, algo de Levis-Strauss y poco Foucault, pues también carecimos de pensadores privados en la Universidad. Cuando Sartre hablaba de Kafka y decía que su obra era una reacción libre y unitaria al mundo judeo-cristiano de Centroeuropa, y sus novelas la superación sintética de su condición de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso. Deleuze creía equivocadamente que Sartre era más moderno que su generación.

En realidad, fueron los suyos y él mismo quienes consiguieron totalizar el mundo, y aunque La crítica de la razón dialéctica sea un hermoso libro, Sartre creyó en el comunismo hasta el día de su muerte, algo bien triste. Con su El ser y la nada Sartre contribuyó, en opinión de Deleuze, a realzar la teoría de la mala fe que se refiere a la anfibología de la conciencia, a su doble capacidad de no ser lo que es y de ser lo que no es, la renovación del psicoanálisis y la aclaración de la teoría del Otro hilvanado en aquel tiempo por el gran Levinas.

El mundo nada sería sin sus creadores: un científico, un crítico, un cineasta, un filósofo se parecerían mucho en una cosa: todos son creadores, nada más los distingue entre ellos. Todo lo que hacen son invenciones, todos inventan, quienes no inventan no son nada, ni críticos de cine, ni filósofos, ni lingüistas, ni médicos ni pintores. En Bresson los espacios no están comunicados, más que por las manos. Bresson sería el cineasta más grande del mundo por su inteligencia táctil. Pero fijémonos en la relación estrecha que hay entre Dostoyevsky y Kurosawa. Sus personajes siempre están al borde de sufrir un problema, pero no se enfrentan a él porque tienen que resolver un problema anterior que desconocen y que al desconocerlo les impide huir del fuego, es como una sucesión de problemas, y antes como en El proceso de Kafka el protagonista se retrae de su problema porque ha de resolver uno anterior que le impide avanzar en la resolución de todos sus problemas. Me encanta esta idea, creo que si tengo un problema es porque pervive en mí otro anterior que no sé cuál es, pero que me impide avanzar hacia adelante.

Los profesores hoy son como los samuráis de antaño o el idiota de Dostoyevski. ¿Qué somos los profesores, quiénes somos? Ya no tenemos alumnos, ¿a quién hemos de enseñar? ¿Sabemos algo, algo que podamos transmitir? Lo de los programas es de risa. Un profesor con programa es nada, no sirve para nada, pero se ve obligado a presentarlo ante la comunidad, porque le han dicho que es lo que se hace en otras Universidades extranjeras. Qué locura. Para mí el buen profesor es como el idiota, como los samuráis: si estamos de más ¿qué hemos de hacer? ¿Para qué servimos? El problema no es español, no es de España, es del mundo entero, es la falta de profesores privados, lo que necesitamos. Cada vez que he escrito sobre los preceptores nadie me ha entendido, nadie. Por eso entiendo muy bien a Gilles Deleuze.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, August 01, 2015

Mantener la palabra

Me temo que Levinas y Blanchot están en lo cierto: el prójimo es totalmente Otro, de modo que lo otro me supera absolutamente. Esto no se ve leyendo a Habermas, lo siento. Hay con el Otro o lo Otro una distancia infinita. ¿Será eso lo que explique mi distancia con la Academia, con los Consejos, con las Comisiones, con los Discursos? Es que no puede haber ninguna comunicación? ¿De qué me sirve que explique Historia de la Comunicación si hay una anomia entre ambos, entre el sujeto, el yo, y lo Neutro, lo Otro? El prójimo es misterioso, sobre todo para Trapiello que no para de insultarlo. Es mejor dar los buenos días a un extraño que a un conocido. Mejor amar a una mujer extraña que a una conocida. Estos últimos días ya no puedo seguir hablando con algunos prójimos, porque me he percatado que todo era falso en ellos: su afecto, su lenguaje, su proximidad. Nunca serán como uno, espontáneos, directos, humanos, convincentes. Este prójimo cuántos prójimos te han desencadenado, cerrado en canal, obliteración, cotillas, perversos de la malidicencia, pelotaris, Carecen de patria común contigo. Precisamente él, no tú, es el extranjero. El extranjero siempre está en otra parte de donde nos encontramos. Lo invisible es su lugar. Hola, buenos días, ¿quién eres? Siempre tienen prisa. Adiós, tengo que coger un avión. Adiós, vete a pescar que es lo mejor que puedes hacer a partir de ahora.

Pero el que se dice tu amigo, habla, es decir, se expresa y, por lo tanto, se expresa como otro, lo Otro. Cuando hablas con alguien le convocas, es cierto. Pero todo da igual. El otro está más allá, está fuera de mí, superándome y dominándome, ya que le ruego, como desconocido, incluso como conocido, que se vuelva hacia mí. Oye, no te vayas, que no he terminado, oye no hables mal de ellos, que te estás cagando en tu madre, ¿o es que desconoces qué significa tu apellido? En el habla, dice Levinas/Blanchot, el afuera es quien habla. De este modo si no fuera por la extrañeza sería imposible hablar con alguien. Lo malo de tener amigos es que no puedes hablar con ellos porque no hay ninguna extrañeza entre tú y ellos. Por eso antiguamente se hablaba mucho en los trenes, y por eso en el aula el profesor habla y los alumnos escuchan y se dejan hablar por un extraño. Soy para ellos el extranjero, aquel que viene con un discurso nuevo, con un habla diferente, otro lenguaje, otras palabras El poema, decía Wallace Stevens, sólo se rebela al alma ignorante. Yo soy el Afuera que fabrica vestidos de seda con gusanos. La carpeta de poemas está vacía, llenémosla, pues las palabras son como los muertos, tienen prisa, tienen prisa.

Las desgracias de las gentes, de las parejas, de los clérigos, de los políticos, es que no tienen nada nuevo que decirse o que decirnos. Un tipo va y siempre dicta la misma conferencia. Un cirujano te abre por el medio y cree que es el mismo medio que abrió ayer o hace un año o hace diez. Una persona se te acerca y te dice con admiración que nunca había oído hablar a nadie así nunca, y eso se produce porque el lenguaje actúa de motivador del discurso nuevo. Odian a los políticos porque éstos nunca tienen nada nuevo que decir. Dominar una lengua es una banalidad, lo importante es dominar un habla, tu propia lengua, eso que te permite entrar en una relación singular con el Otro, con lo Otro. El pensamiento de lo Infinito, lo llama Levinas/Blanchot. Pero lo Infinito, se entiende ha de venir también del Otro y de lo Otro, no sólo de ti que ostentas el poder sobre él, sobre los demás. Toda verdadera habla es magistral, así como el prójimo es el Maestro. Platón se mofaba de la escritura -Fedro- porque únicamente el discurso oral representa la plenitud del discurso. La curvatura del discurso impediría una reciprocidad de los hablantes. El prójimo no se halla en el mismo nivel que yo. No puede comunicar conmigo, no entra en diálogo conmigo. Levinas le llama el proletario. El único discurso posible es el discurso con Dios, no conversación entre iguales. El prójimo está alejado infinitamente.

Hablar, con todo, es importante, porque libera al ojo de toda hipotética visión, de toda apariencia. Hablar no es ver. Bueno, ya tenemos que el prójimo es el Desconocido, el Extranjero, el Proletario, pero también el Altísimo o, incluso, el maestro, depende con quien hables. Si pudiéramos colocar al prójimo más cerca de Dios que de nosotros mismos, quizá la comunicación fuera más fácil.

La relación humana, le dice Blanchot a Levinas, entonces, es terrible. Terrible pero sin terror. Incluso, a veces es terrible por culpa del terror. Pensemos en las dictaduras, especialmente en aquellas en donde ninguna Ley se ha proclamado, de modo que el Afuera es completo e infinito. No la atempera ningún mediador. Sobrevive por lo tácito. Lo tácito es una relación de lucha y de violencia, pues lo Neutro prevalecería sobre el yo y sobre el Otro. Todos forman parte de un acuerdo latente, la realización del Todo, lo que les mantiene unidos. Todo ello sería tan horrible que en esta conversación infinita Blanchot se atreve a decirle al Maestro que un hombre frente a otro hombre no tiene otra alternativa que hablar o matar. El ejemplo que ponen es extraordinario, el episodio bíblico de Abel Y Caín. 

Ciertamente pareciera que Dios ha tomado partido por Abel, y como Caín no puede hablar, va y lo mata, ejercicio del poder absoluto. Caín se percata que ha dado con la trascendencia del Prójimo, lo que en el prójimo me supera absolutamente. El diálogo de Caín es terrible: de esto por lo que pretendes superarme, tu dimensión de ser infinito, y absolutamente exterior, de esto que te pone fuera de mi alcance, te demostraré que soy su dueño, pues como hombre de poder que soy, también soy dueño de lo absoluto y he hecho de la muerte mi posibilidad. Este mito explica mejor que nada el irresoluble conflicto actual entre judíos y palestinos, pues la tierra ya no es tan vasta como hubiéramos creído, como si pudiera contener al prójimo y a mí, y es imprescindible que uno expulse al otro absolutamente, la misma dialéctica que observamos en los partidos y en las sociedades con sus clases, entre otros pueblos.

Dice Blanchot que la interrupción es necesaria en cualquier sucesión de hablas. La intermitencia hace posible el devenir. La discontinuidad asegura la continuidad de la escucha. Sin embargo, no todas las interrupciones son reducibles, lo grave es cuando se convierten en irreducibles. El yo quiere anexarse al Otro, identificarlo consigo, convirtiéndolo en su cosa o estudiándolo como una cosa. !Oye, no me grites, y déjame hablar, que te estás cagando en tu madre!

Por lo tanto, reconozcamos que el habla siempre actúa por encima de un depósito de violencia, afirma el abismo que hay entre el prójimo y yo. Es más, si no hubiera este abismo entre nosotros no habría habla, no habría diálogo, qué exasperación, qué antítesis, que oxímoron tan perfecto y cerrado. El prójimo, autrui, entonces, nunca es yo para mí, lo mismo que yo no soy nunca un tú para ti. El emparejamiento dialéctico quizás no sea más que una patraña socrática. Sócrates habla y deja hablar, pero siempre vence, siempre les convence. ¿Fue ese odio escondido la verdadera causa de su derrota dialéctica ante los jueces y, al fin, su desistimiento y la asunción de su muerte? La única relación posible entre nosotros y los otros es de una simple y trágica extrañeza. Por mucho que trate de comunicarme con el otro siempre habrá una distancia infinita, aquel que no se dirige a lo Mismo ni se exalta en la unidad de lo único, dice Blanchot.

Una vez Apolo habló con Admeto, y esto le dijo: “sólo eres un mortal, por eso tu mente tiene que alimentar dos pensamientos a la vez. Hablar implica un primer problema irresoluble: hemos de poner en juego una duplicidad esencial de la que sacar partido, ventaja, es la ambigüedad de la dialéctica entre el Sí y el NO. Uno solo soporta demasiado peso en el habla. El diálogo nos ayuda a compartir esta dualidad. Sin embargo, nunca hablamos entre iguales. Hablamos desde inteligencias distintas, desde otros lenguajes, culturas, educaciones, de ahí que el habla se convierta rápidamente en mandamiento, terror, seducción, resentimiento, halago, empresa. A Admeto se le confía el trabajo de pensar, es decir, de hablar doblemente en un mismo acto lingüístico. Admeto, fundador del diálogo, es todavía víctima del terror del dios. No es posible conquistar la Unidad, y Admeto habrá de admitir la lengua plural, cosa que Heráclito, después, transformará resquebrajando sus textos.

Vuelvo a Wallace Stevens: en mi cuarto el mundo está más allá de mi comprensión, pero cuando camino veo que él consiste en tres o cuatro colinas y una nube. Desde mi balcón miro el aire amarillo leyendo donde he escrito: la primavera es como una bella muchacha desnudándose.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



Saturday, July 25, 2015

La insignificancia de lo cotidiano

La semana pasada hice una apología de lo cotidiano sin percatarme que lo cotidiano es el infierno de los otros, de la gente en general, de los individuos sin vida propia, sin vida interior, sin silencios y sin nada. No vi que Blanchot le dedica también a lo cotidiano un espacio de debate y filosofía, incluso empezando por decir que es lo más difícil de descubrir. Lo cotidiano es lo que hacemos todos los días; las mismas cosas a las mismas horas. Haneke lo demuestra muy bien en su primer filme, El séptimo continente, la mejor de sus obras. Era cruel con aquella familia para la que no había nada distinto ningún día. Mecanos de lo cotidiano al atarse los zapatos, llevarse las galletas a la boca, decir las mismas palabras al despedirse o al recogerse, follar al amanecer desganados. Sólo la muerte, la violenta muerte, los aleja por fin de lo cotidiano. Estoy seguro ahora que Haneke habría leído La conversación infinita, este extenso palimpsesto en donde aparecen estas cotidianas palabras sobre lo cotidiano.

Lo cotidiano entonces vendría a ser lo que somos nosotros mismos de ordinario. Lo cotidiano carecería de verdad propia. Los personajes, toda la humanidad en general, sentiría una rebelión interna difícil de satisfacer, y la gente, unas más que otras, se vería impulsada a participar en las grandes transformaciones históricas. Se trataría de abrir lo cotidiano a la Historia o incluso reducir su vida privada; de modo que esto se muestra factible en la revolución, y toda existencia está obligada a hacerse pública. Para ser hegelianos admitamos que en las últimas semanas, las que precedieron al 24 de mayo y las siguientes, se produjo esta distorsión social, esa incomodidad por lo cotidiano, de modo que todo pudiera volverse incierto. No es que las nuevas castas trabajaran para lo incierto, sino que trabajaban para salvarse de su aburrimiento histórico, de su propio infierno. Cuando matan un Cristo, arrancan un letrero de una calle, crujen un retrato real, se desnudan ante una iglesia, impiden hablar a un político que les disgusta, los podemitas se trasforman en plebe y abolen lo cotidiano como si lo cotidiano fuera la tortura de sus vidas, el aburrimiento perpetuo.

Durante la Revolución Francesa la gente no sabe -los historiadores tampoco- que las autoridades revolucionarias emitieron una ley sobre sospechosos. Estos días en Madrid el Comité de Salud Pública ha emitido un Quotidien en el que cualquier noticia o cualquier periodista puede ser sojuzgado si los sans culottes lo consideran apropiado.  Hegel lo dijo con estas otras palabras: cada vez que se afirma lo universal en su brutal exigencia abstracta, toda voluntad particular, todo pensamiento separado, están bajo sospecha. Actuar bien no es suficiente. Si cruzo por delante de la Mastaba de Correos con el objetivo de ir a los museos del Paseo del Prado entro en sospecha, porque llevo en mí mismo un conjunto de reflexiones, de intenciones, es decir, de reticencias que me obligan a mantener una existencia oblicua. Ser sospechoso es más grave que ser culpable, dice Blanchot. El culpable tiene relación con la Ley en la medida en que todo lo que hay que hacer era manifiestamente ser juzgado. En cambio, el sospechoso es aquella presencia huidiza que no se deja reconocer. Hay regímenes en donde lo más peligroso es vivir cotidianamente. Hacer hoy lo mismo que hicimos ayer. Los personajes de El séptimo continente, serían apiolados inmediatamente si vivieran en un país como Venezuela, Cuba o Ecuador. Pero cuando aparecen muertos ni la policía puede hallar ninguna justificación convincente porque se trata de Alemania.

Es curioso descubrir que Henri Lefebvre estudió el fenómeno después de la guerra y propuso una solución diferente para librarse de la vida cotidiana, aquella cosa horrible que vivieron nuestros padres cuando no había otra cosa mejor que ir al cine o al casino. Para Lefebvre lo cotidiano había dejado de ser la existencia media, sino una categoría, una Idea y una utopía sin las cuales no se podría alcanzar ni el presente oculto ni ningún porvenir. Ya no estaríamos hundidos en lo cotidiano, como aquella trágica y burguesa familia alemana, sino que también estaríamos privados de lo cotidiano. De hecho, aquella triste familia necesitaba más privacidad, más alejamiento, más distancia –del colegio, de la fábrica, de la óptica-. Lo mismo les sucedía a los personajes desaparecidos en los filmes de Antonioni, como la hermosa joven de La aventura. Que ya nadie jamás podrá encontrar, ni siquiera el filme.

Es cierto, lo cotidiano es la mediocridad.  Vivir hoy en medio de la gente es un suplicio. La cárcel es la calle, la televisión, las mareas ocultas gobernando el mundo como si se creyeran Otelo. Prohiben los toros, los partidos (políticos), los retratos, las calles, los discursos (lo que rezaga y lo que resuena) mientras mantienen la vida residual con la que se rellenan nuestros cubos de basura y nuestros cementerios, desechos y detritus. Hace muchos años, cuando Blanchot, escribía, sobre estas cosas, probablemente habría que estar plenamente de acuerdo con su tesis, que no era otra que interpretar que lo cotidiano se escapa, no se deja aprehender, pertenece a la insignificancia, y lo insignificante carece de verdad, de realidad, de secreto, a la vez que es el lugar de toda significación posible. En parte eso también ocurre ahora, pues la vida se ha vuelto fantasmal, irreal, sin contenido desde que las hordas de Sol tienen moqueta, unos sueldos escalofriantes y a todas sus familias contratadas a dedo, qué riquiños.

Ellos han sido sabios en entender que la forma silente de hacer la revolución –al menos en esta primera fase- consistía en hacerse con lo cotidiano, dueños del día a día, usufructuarios del micrófono. Han quitado de en medio a Gabilondo, a Rubalcaba, a Zapatero, y se han puesto ellos, lo cual recuerda algunos pasajes trascendentales de la Ilíada, patroclos moribundos, y aquiles insaciables. El Gran Pleonasmo que diría Lefebvre. Queremos estar al corriente de todo lo que sucede en el mismo instante en que sucede, aunque aquí nadie es superior al leninin. Estamos viviendo el reinado de una tautología enorme, como diría Blanchot. Pero cuidado, que no se crean los de la Secta que todo va a seguir siendo así por siempre: los media -lenguaje, cultura, poder imaginativo-, a fuerza de ser considerados tan sólo como medios, se desgastan y pierden su fuerza mediadora. Lo cotidiano se vuelve contra ellos. Nadie ve, nadie escucha. Lo cotidiano tendría que ser lo que se vive, pero se está convirtiendo en lo que se mira o se muestra, espectáculo y descripción sin ninguna relación activa. Se nos ofrece el mundo entero pero en el modo de la mirada.


Han asaltado lo cotidiano sin percatarse que no han trabajado lo incierto, y que el azar existe como un caballo del apocalipsis, eso que Lukacs llamaba el alma y las formas. Hacerse con lo cotidiano tiene sus peligros. Al principio se parece a una fiesta, pero dentro de las fiestas vence siempre el anonimato. Recuerden cómo acaba la fiesta de 8 y 1/2, cómo acaban todas las fiestas de Fellini, con una mueca sangrienta que parece una máscara griega, un gesto trágico y en la noche. Acaba Blanchot sosteniendo que lo cotidiano es humano. La tierra, el mar, el bosque, la luz, la noche no representan la cotidianeidad, la cual pertenece a la densa presencia de las grandes aglomeraciones urbanas. Lo cotidiano no está en el calor de nuestros hogares, no está en las oficinas, ni en las iglesias, ni tampoco en las bibliotecas ni en los museos. Está, si está en alguna parte, en la calle. El hombre cotidiano es el más ateo de los hombres. Es de tal índole que ningún Dios podría tener relación con él. Y así se entiende cómo el hombre de la calle escapa de toda autoridad, ya sea política, moral o religiosa. 

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.