Sonata para los hombres buenos

Y, entonces, me remonté a Caul, Harry Caul, otro de los pertenecientes a una sonata para los hombres buenos, quien se considera un verdadero profesional cuando se gana la vida escuchando a personas anónimas por delegación de alguna multinacional, y no del Estado, aunque, dada la evolución de los acontecimientos, cualquiera sabe. Un día vemos a Caul acudiendo al confesionario. El complejo de culpa le anima a confesar sus pecados. Estos son sus pecados: padre, he usado el nombre de Dios en vano, he cogido revistas de los kiskos sin pagarlas, y estoy metido en un trabajo que consiste en perjudicar a los jóvenes. Sabemos durante el transcurso de La conversación que debido a su trabajo -técnico de Vigilancia y Seguridad- Harry Caul ha provocado la muerte de tres personas, y ahora vemos en peligro a una pareja que pasea por el parque, y que mantiene una conversación delante de un pobre mendigo espachurrado encima de un banco. Ella dice: cuando veo a uno de esos pobres viejos siempre pienso en lo mismo, que fue un niño pequeño, que tenía un padre y una madre que le querían mucho; mírale ahora, ¿dónde está su familia? Coppola nos repite este diálogo a lo largo de toda la trama, pues estas palabras sirven de acicate para que la conciencia de Caul se remueva dentro de sí, y acabe por ponerse del lado de sus víctimas, que en realidad no son tales según nos demostrará la historia al final.
Caul es un perseguidor, igual que el crítico de El perseguidor de Cortázar, aunque en este caso, Bruno no es más que el típico crítico que mitifica a su saxofonista Parker, como hacen todos los críticos del mundo con sus directores de cine o sus artistas favoritos: proyectarse en ellos como hizo desgraciadamente Wim Wenders un día con Nicholas Ray, o Peter Bogdanovich con Welles, si bien éstos también tocaban el saxofón, es un decir. De hecho Caul toca el saxofón, y Wiesler, el grabador de la vida privada de Dreyman, todos los instrumentos represivos que sirven para destruir la vida humana, aunque él también tendrá un final para la redención, pues ya que lo terrible de este mundo es el hecho de que todos tienen sus razones, Dios aparecerá también para escribir una sonata para los hombres buenos.
Es una desgracia que nuestros espías y realizadores audiovisuales sean incapaces de enarbolar diálogos tan bellos como el que Harry Caul es capaz de exponer a una bella fulana en un hangar siniestro. Dice Caul: si tú fueras una mujer que esperase a un hombre y nunca supieras cuando iría a verte, y vivieras sola en una habitación sin saber nada de él, pero si le quisieras y tuvieras mucha paciencia, y aunque él no se atreviera a contarte nada de su vida privada, a pesar de que te quiere, ¿crees que tú volverías con él?
Es un
a pregunta difícil, pues como le replica la mujer, ¿cómo iba a saber ella que él le quería? Caul es muy parecido a Wiesler. Los dos están solos, y no pueden comunicarse con nadie, ya que su oficio les impide cualquier franqueza. Son lobos esteparios, que a medida que avanzan en sus investigaciones sufren una mutación moral, poniendo sus vidas en peligro, pues por encima de ellos hay otros lobos que no viven en la estepa, sino sobre alfombras mullidas arreglándole el mundo a los demás, es decir, jodiéndonos. Caul y Wiesler se transforman en alguaciles alguacilados, y mientras el primero descubrirá una verdad peor que la que se había imaginado persiguiendo a los jóvenes, el segundo verá su destino reconducido a una degradante tarea de cartero. Caul, tocando una pieza de Duke Ellington; Wiesler, descubriendo delante del escaparate de una librería que se ha convertido en un personaje de ficción.El policía de la Stasi pasa por una experiencia que también modificará la vida y la conducta de Sontag en Farenheit 451: el día que entra ominosamente en el apartamento de su víctima y se lleve uno de sus libros a la azotea en donde le escucha y le vigila. Es un libro de poemas de Brecht, el dramaturgo aquel que siendo comunista acabó exiliado en los EE.UU. Como todos los hombres buenos, Brecht dice: cada día de septiembre el temprano otoño era azul, aquellos jóvenes árboles verticales alcanzaban el cielo, como el amor que florecía y crecía sobre nosotros, flotando sobre el claro y límpido cielo, en el que una nube de blanco algodón lo atravesaba, y si confías en el corazón nunca te abandonará.
Ahora todo el mundo, para qué nos vamos a engañar, es vigilado. La tecnología vendría a imponernos una suerte de tiranía, que resulta muy tentadora para los gobernantes. Con todo, es miserable que se nos diga que esta tecnología está muy bien para vigilar a los terroristas y a los delincuentes, pero como se dice en La vida de los otros la poli distingue entre las personas vigiladas cinco tipos de grupos. Los escritores como Geor Dreyman, formarían el grupo 4º, es decir un grupo que siempre interesa a nuestros vigilantes aunque aparezcan al final de la lista, casi; pues aquí no se salvaría ni Dios. Es sorprendente que pongan tanto interés en escuchar lo que decimos o hablamos o escribimos algunas personas, y pongan tan poco interés en enfrentarse con valor a ciertos acontecimientos repudiables, que se suceden todos los días en las pantallas haciéndonos cómplices como espectadores. Además, es evidente que el espionaje también forma parte de todas las instituciones burocráticas, Universidades, empresas, etc. Los alumnos entran en las aulas con la grabadora, y ciertamente, sus fines no son desprendidos, sino conspicuos. Por extensión mucha gente se da a la algarabía de escuchar a sus vecinos, aunque se molestan cuando oyen un orgasmo al otro lado de la pared. Los alumnos de Wiesler escuchan impasibles las técnicas de tortura contra el disidente en el Aula Magna.
Bruno, el crítico y plañidero de Charlie Parker, debería tocar el saxofón, igual que Harry Caul, o el piano, igual que Georg Dreyman, pues en casos tan viles como los que nos representan Coppola o Florian Henckel von Donnersmarck, debería andarse con cuidado, aunque no haga otra cosa que subir las escaleras atrofiadas de la casa de Charlie Parker, y le dé buenos consejos encima de la cama para que no siga destruyéndose.
Al final veo a Harry Caul más en forma que Charlie Parker; toca el saxo que te cagas, pero a su alrededor el desperdicio y el derrumbamiento de sus paredes es mayor que el destrozado hígado del Johnny cortaziano. Dreyman también ha tirado del hilo, y las paredes abiertas dejan ver las huellas de una tragedia infinita. Por mi parte, no pienso tocar ni un solo hilo de mi casa, ni hurgar en las paredes de mi despacho, ni confiscar grabadoras en el aula magna, pues ya tengo bastante con preocuparme por los hilos que me atan sutilmente a la vida.
He terminado, señor Presidente, muchas gracias.













