Saturday, April 25, 2015

don Quijote, el juego del mundo (y 2)


Don Quijote se parece a Meaume el grabador. Son casi de la misma época, son espejos del barroco. Un día Meaume, hablando con su amigo Claude, el pintor, le responde a éste que cada cual aporta su astilla a la hoguera que ilumina el mundo, y además no puede negar que con el agua ácida, que ha servido para destruirle el rostro por una cuita de amor y celos añade algo a lo que quema. Don Quijote añade esas astillas cada vez que sale a airear las llamas. Y, además, se parece a los pintores de la época. Dice Quignard en su solapada xilografía de Terraza en Roma que la vida de los pintores entonces era una sucesión de ciudades, y también lo fue para este soldado, este hidalgo que salió un día a conquistar el mundo no durmiendo nunca bajo otro techo que el de la bóveda del firmamento.

Comparto la tesis de Bloom: los hombres nos diferenciamos por la idea que tengamos de la vida como juego. No es lo mismo salir a jugar que salir a no hacer nada. Nuestro hidalgo juega siempre y por eso vence siempre. Sale de su casa a un exilio que Bloom puede llamar interior, pero que es fácil convenir como el de la muerte. Es lógico que Bloom hable de ese exilio como cuando habla del hipotético conocimiento que habría tenido Cervantes de Erasmo, esa interioridad cristiana a la que se vieron obligados  los conversos, atrapados entre el judaísmo que tuvieron que abandonar y un sistema político que los convertía en ciudadanos de segunda clase, aunque Cervantes demostró en más de una ocasión que era un cristiano viejo, tema fascinante que debería interesar algún día a un escritor como Quignard, el autor de las solidaridades misteriosas. Por otra parte Bloom debería saber que en el Libro los judíos se las tuvieron en ocasiones con las imágenes, iconos, objetos, que despreciaban. Reconoce Bloom que entre los ancestros de Cervantes se contaban numerosos médicos, una profesión popular entre los judíos antes de la expulsión y de las conversiones forzadas de 1492.

Digo el exilio de la muerte, porque como hallamos en Unamuno la salida al mundo exterior es una cruzada contra la muerte. Alonso Quijano es un tipo, por naturaleza, antifreudiano. Su locura es un rechazo a la ardua realidad. Ya antes otros la cuestionaron, como san Agustin, que en sus escritos sigue alargando la traza homérica. Héroe no loco para los románticos, línea directa hacia el Ahab melvilliano. Bloom cree ver en Cervantes a un narrador que con sus infinitas digresiones provoca al lector de modo que éste se convierte en suplantador de la narración, algo que es fácil hallar en el estudio de cineastas como Antonioni o Haneke. No sé por qué no se ha dicho nunca que el caballero de la triste figura es, en realidad, un hombre que al partir ya sale de su casa siendo un viejo. Todas sus acciones son las de un viejo, esa es su heroicidad.

Un día Abraham van Verchen le pone la mano en su hombro a Meaume el grabador y le dice: al envejecer se hace cada vez más difícil separarse del esplendor del paisaje que uno atraviesa. La piel, desgastada por el viento y la edad, distendida por el cansancio y las alegrías, los pelos, lágrimas, gotas de sudor, uñas y cabellos que han ido cayendo al suelo como hojas o ramitas muertas dejan pasar el alma que se extravía cada vez más a menudo fuera de la piel. Podría decírsele a Alonso Quijano, que casi nunca escucha, que el último viaje sólo es una dispersión. Para Quignard los viejos se sienten mejor en todas partes, no residen ya demasiado dentro de sus propios cuerpos, aunque temen morir cualquier día de estos, o ¿se trata, por el contrario, de un inextinguible anhelo por sobrevivir, como dice Bloom? En el fondo es lo mismo. Frente a don Quijote, Meaume tarda en morir más de seis meses, y no traga bocado. Su muerte, a los 50 años, es esa muerte buscada de la que hablaba Aranguren en su Ética. ¿Es el paisaje lo que finalmente atraviesa a Alonso Quijano? Propongamos que Alonso Quijano muere en 1615, pues nos llega como una ardua realidad más convincente que cualquier ficción. Pasan todavía 27 años antes que Ludwin von Siegen invente la manera negra para sus grabados, técnica que Meaume llevará a sus planchas de cobre cuando se la apropie. Es increíble observar, más que todos los libros que se hayan escrito sobre él, las muchas imágenes a la manera negra que don Quijote infundirá en los artistas. Dice Quignard en su asombrosa novela que cada forma en los grabados de Meaume, hechos a la manera negra, parece surgir de la sombra como un niño del sexo de su madre.

Don Quijote sale ya viejo de su casa. Quizás tenga razón Quignard al enseñarnos a Meaume: hay una edad en la que el hombre ya no se encuentra con la vida, sino con el tiempo. Ya no vemos vivir la vida. Vemos el tiempo que devora la vida cruda. Estas palabras producen dolor, pues esta es justamente la impresión que yo ahora tengo de mi propia vida, que ya no me encuentro con ella. Al salir seguro que don Quijote tampoco la hallaba dentro de sí, y fue a buscarla, no sé si a derogarla, en cualquier caso, a enfrentarla. Debería estudiarse esta impresión ahora que mi maestro de siempre me señala la inoportunidad de añadir algo nuevo sobre el Liber cervantino. Estoy seguro que Alonso Quijano, en su lecho, podría haber dicho también estas ineludibles palabras: lo esencial de mi vida se ha cumplido. He visto dos o tres cosas por primera vez. De alguno modo, quizás las diga.

De modo que don Quijote no es ni un loco ni un necio, es sólo un caballero errante, un romántico, tiene nostalgia por el pasado, si bien por unas imágenes que han saltado de los sueños a los espejos. Hay un problema de visión en la mirada del viajero errante, todo aparece ante él como delirado. Deliran los pueblos, deliran las masas, deliran los torpes, los poderosos, los violentos, pero el delirio del señor de Quijana es visual. Huizinga describía el concepto de juego según sus características principales. Libertad, indiferencia, exclusión y límite o reglas. Antes ya Schiller habló de la importancia del juego en la educación estética del hombre. La educación estética de don Quijote resulta extremadamente singular. Para Unamuno don Quijote había salido a buscar su verdadera madre patria y se encontró el exilio. Ya hemos visto que en realidad se encontró el vacío, la sensación de haber perdido la vida como Meaume.

No deja de ser curioso que Unamuno y Bloom destaquen que don Quijote sea un exiliado, igual que los judíos y los moros, y que ese exilio se convierta en interior a la manera en que lo viven los conversos y los moriscos. La vida de Meaume fue así y la de tantos hombres también. Es verdad: sólo los exiliados pueden ser libres. Y ahora es el momento de hallar un nexo entre Bloom y Quignard, pues el literato viene a decirnos, sin saber nada de Quignard, que Alonso es un puro caso de vida no vivida. Es soltero, carece de vida sexual, es un hombre virgen exactamente igual que una mujer que lo sea. La robusta Aldonza Lorenzo un día es el objeto de las ensoñaciones sexuales de Alonso Quijano. ¿Qué manera es ésta de parecernos todos tanto a él? Cuenta Bloom que un crítico sugiere que Quijano se ve impelido a transformarse en don Quijote debido a la lascivia apenas reprimida que siente hacia su sobrina. Sin embargo Unamuno parece más convincente: don Quijote perdería el juicio por nosotros, para dejarnos un ejemplo eterno de generosidad espiritual. Se vuelve loco para expiar nuestra monotonía, “nuestra miserable falta de imaginación”. Considerarlo así me parece lo más sensato. Salimos al juego, al juego del riesgo de nuestra propia vida, como hacen Mercer y todos los cazadores de bestias o de mariposas porque nuestras vidas carecen o carecían de peligro. Lo inesperado nos sublima: estamos siendo perseguidos o realmente perseguimos algo. Don Quijote persigue, Meaume persigue y es perseguido, tú persigues, de no hacerlo, tu vida no será vida, carecerá de sentido. Los soldados conocen esta sensación. En unas horas todo el estrecho de Lepanto se vuelve rojo de la sangre de los muertos, sangre huida, y en ella va también la de don Miguel.


Ahora ya sé, maestro, qué significa sabio cuando tú traes el palabro a colación. No sabía que siguieras ahí a Melville: don Quijote fue el sabio más sabio que jamás vivió. Ahora sé, al fin, que soy loco, pero sólo como tantos y tantos hombres que han decidido salir a jugar. Me gusta la explicación que Bloom da del loco capitán Ahab: la fama no es nada para el capitán cuáquero, y la venganza es todo. Por el contrario la fama lo es todo para don Quijote. Cervantes, sin duda, leyó profundamente el ser español. Sus compatriotas llevaban un siglo de guerras; al principio las victorias, al final el fracaso. Los Tercios de Flandes, de esperar un poco habrían hallado en Brujas a un grabador excepcional cuyos amores también culminaron en una gravosa derrota, la pérdida del amor, el exilio y la muerte. A Don Quijote le derrotan tan a menudo que su fracaso sólo es transitorio, dice Bloom. Los sucesivos fracasos de Meaume también lo son. El grabador no buscaba la fama, sino que sus tallas siguieran las sombras, que buscan el vigor de la luz, pues “todo fluye y resplandece en un único sentido”. A Meaume lo que le gusta son los bruscos paisajes de Dios. Nada es tan bello como una tormenta, dice Quignard. Sin duda, tuvo que haber sido un éxtasis el último sueño de Alonso.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, April 18, 2015

La sosegada muerte del hidalgo, Alonso Quijano (1)

Ahora que me alcanza la conmemoración de la muerte de don Miguel de Cervantes Saavedra, son muchas las consideraciones que deberíamos sostener para recalar finalmente, como hizo el profesor Viña Liste en una de sus investigaciones recientes, en la muerte no ya de don Quijote, sino en la de Alonso Quijano, pues nuestro autor, ciertamente, no mata al caballero, sino al hidalgo y, toda vez, que el paciente descubre ante sí mismo y ante los demás que ha recobrado la razón, y que ahora sí está dispuesto para el morir. Siendo importante el capítulo de su muerte, que Cervantes describe en el capítulo final de la II parte, sin duda hay que darle la razón a VL cuando se sorprende de que la única muerte en verdad descrita sea la de don Quijote, ya que todas las demás muertes, ficticias o no, son expuestas como de refilón o en retirada, como un plano superpuesto que nunca enturbia la acción principal, y también cuando sostiene que esta prolongada muerte del protagonista -acelerada en su conclusión- comienza ya a describirse desde el capítulo 59, extendiéndose hasta el final en dieciséis procelosos fragmentos. Veámoslo.

Estaba Sancho esperando a que su señor hiciese la salva -los brindis- cuando éste pronunció las siguientes palabras: “come, Sancho amigo, sustenta la vida que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas”, etcétera. Por el contrario, cuando de viaje a Barcelona Sancho se asusta al comprobar que debajo de los árboles muchos pies le rozan su cabeza, don Quijote le tranquiliza con estas palabras: “no tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta, por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona”.

Dice Cervantes que a don Quijote le llegó su acabamiento cuando él menos lo pensaba, ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por disposición del cielo, que así lo ordenaba. De este modo se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces  del Cura, del Bachiller, y del Barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero. El momento decisivo de la escena se produce cuando el paciente consigue dormir seis horas, un tiempo en el que el Ama y la sobrina creen que él dará con la muerte definitiva, pero al volver en sí establece unos argumentos que parecen propios del concepto de los tipos de muerte ética que describe el filósofo Aranguren al definir en qué consisten: tal y como lo cuenta Cervantes no vemos en el paciente la muerte eludida, ni la muerte negada, ni la muerte buscada ni la muerte absurda. Quizás a lo que más se aproxima nuestro hidalgo sería a la muerte apropiada, eso que mucho más tarde Aranguren vería en Rilke y en Heidegger y que el autor nos adelanta con su hidalgo: la muerte es el fin de la vida, por tanto, pertenece a ella. El residuo comatoso que prolonga el acto propio del morir sería un residuo enteramente despreciable. Tengo que hacer de la muerte -dice Rilke- mi muerte propia, preparada y conformada, trabajada y dada a luz por mí mismo. Quizá, ciertamente, Cervantes está interesado en traslucir en esta escena una especie de esteticismo trágico, típica del barroco. Alonso Quijano, acaso, muere de una manera elegida, “buscada”, artística, creativa. Concluye Aranguren que hay una apropiación cristiana, ascética de la muerte y por eso a tal ascética se le denomina mortificación. ¿Es acaso esa muerte la muerte sosegada de la que hablaba Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho? ¿Habla don Quijote con mortal sosiego? En su artículo el profesor VL habla de la lexía o lema sosiego, que aparece en la obra en más de cien ocasiones, 31 veces como sustantivo, 32 como participio, 5 como adverbio, sosegadamente.

Mientras otros mueren en la batalla, o de repente, Alonso Quijano muere asistido por una representación en la que él, al fin, controla rigurosamente su último aliento. También en este capítulo final, el 74 de la II parte, “la despedida” se convierte en un acto consciente, vigilante y vigilada por el autor de su propia muerte; es la situación fundamental de la existencia, y la muerte es designada con una serie de verbos que indican el ir a un más allá misterioso, místico y transpersonal. La familia de Alonso Quijano le pregunta por las misericordias que haya tenido con Dios durante ese tránsito del sueño. El caballero, ahora ya sólo el cortesano, les contesta:

Las misericordias, Sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden los pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño haya llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, Sobrina, a punto de muerte, querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte.

En realidad este saber, este Yo sé quién soy, se remonta, como explica VL, a la primera parte (I, 5), más unamuniano que quijotesco, y también, añadiríamos nosotros, más edípico. Trátase de un diálogo muy sabrosón entre un labrador de la zona que lo acaba de recoger malherido y el caballero de la triste figura, quien acaba de confundir con el marqués de Mantua. El bueno del labrador le ha de aclarar que él ni es don Rodrigo de Narváez ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino, y añade:

-Ni vuestra merced es Baldovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
-Yo sé quien soy -respondió don Quijote- y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce pares de Francia y aún todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías.

Es un diálogo que se parece y adelanta claramente la discusión en que se avienen (I, 6) él y su Ama, que le requiere para que se explique y aclare la distinción entre caballeros y cortesanos, por ver si le convence a calmarse y superar las lecturas que le han trastornado. ¿En la Corte de su majestad no hay caballeros? Sí, y muchos, contesta, y es razón que los haya para adorno de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real. ¿Y no sería vuesa merced, replicó ella, uno de los que a pie quedo sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?

-Mira amiga, no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todos debe haber en el mundo, y aunque todos seamos caballeros va mucha diferencia de los unos a los otros, porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos, ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed, pero nosotros los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, aire, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies, y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión, los acotemos sin mirar en niñerías ni en las leyes de los desafíos, si lleva o no lleva más corta la lanza…Etcétera.

Curiosa esta finalísima consciencia. Don Miguel nos está llamando a todos los humanos, locos, y a la muerte, una ventana abierta al conocimiento, a la lucidez, la luz del alma. A todos juntos les reconoce lo odioso de todas las historias profanas. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa (II, 74). Sancho, más cercano, pronuncia entonces unas palabras que confirman el dualismo prototípico de la época y del barroco, en general: “no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más; sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. A lo que el hidalgo contestó:

Señores, vámonos poco a poco pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco (vivir es una forma de locura, aunque él no haya vivido nunca verdaderamente, como sostienen Unamuno y Bloom), y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Qué bueno que el hidalgo haya oído hablar de una segunda parte, y que, en este sentido, les pida a sus albaceas, acá presentes, que si dan en conocer a su autor –qué solipsismo- de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Viña Liste comparte el criterio de Borges, quien al analizar el último capítulo de la obra sostenía que todo el relato estaba escrito en función del último capítulo, servía de señuelo o pretexto de la agonía sosegada del caballero andante (Revista de la Universidad de Buenos Aires (5ª época I, 1956, pp. 29-36). Aunque comparte más la de Unamuno: tu muerte fue aún más heroica que tu vida, porque al llegar a ella cumpliste la más grande renuncia.

Gran acierto del autor es que acabe expresándose como si fuera don Quijote o, incluso, Alonso Quijano, pues nos da consejos sobre un porvenir que 400 años después está siendo puesto en salpicadura mezclada con sagaces osamentas y polvorientas reliquias que ni quitan ni ponen nada, de forma tal que podamos leer así: para mí solo nació don Quijote y yo para él: él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio, a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,  haciéndole salir de la fuesa (fosa, tumba), donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que para hacer burla de tantos como hicieron tantos andantes caballeros, bastan los dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los extraños reinos, etcétera.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, April 11, 2015

La montaña análoga

Creemos poco en las paradojas, pero a veces surgen de modo increíble e imprevisible. Me ocurrió estos días con un correo de alguien que había empezado a leer mi libro de Mizoguchi igual que le sucedió hace 100 años a René Daumal cuando recibió en su casa una carta similar, tan parecida que todavía se me ponen los pelos de punta. Si bien, acaso yo no podría aducir como el escritor francés que las palabras de su extraño y desconocido escribiente fueran como una mezcla de dulzura y violencia. Daumal y yo  teníanos  un punto en común: encontrarse empantanados, aunque yo no siento todavía que mi vida se haya estancado últimamente. La verdad es que eran cartas muy parecidas. Muestro primero la del interlocutor de Daumal: “Señor, he leído su artículo sobre la montaña análoga –se refería a un artículo que Daumal publicó en Revue des fossiles-. Hasta ahora creía ser el único ser en estar convencido de su existencia. Hoy somos dos, mañana seremos diez, quizá más, y podremos iniciar la expedición. Es indispensable que entremos en contacto lo más rápidamente posible. Telefonéeme en cuanto pueda a uno de los números siguientes, etc”. Firmaba un tal Pierre Sogol, un ciudadano del Pasaje de los Patriarcas, en París.

En cuanto a mí recibí primero correo del editor anunciándome que le había llegado una queja de un lector del Mizoguchi, quien aducía que yo confundía el filme Los 47 Ronin con otra película de otro cineasta japonés que dirigió ese filme en 1964, y que estaba seguro de lo que decía porque yo describía las imágenes de una manera que expresaba exactamente el contenido de los fotogramas del filme de Hiroshi Inagaki. Muestro el correo enviado a la editorial, primero:   Senyores de Ediciones JC: Soy un aficionado al cine que al leer el capítulo de La venganza de los 47 samurais, me entraron ganas de volverla a ver, y me pareció que el argumento general correspondía a la película pero las imágenes que aparecían no tenían nada que ver con la descripción que daba en el libro su autor (el film comienza con un barrido de cámara sobre las copas de los arboles...Los interstítulos nos indican que el shogun acaba de enviar a Tokyo unos regalos...el noble Kira despide a los nobles en compañía de una multitud de pobres campesinos que se inclinan...Mizoguchi filma un plano general de la ciudad de Edo, etc.). Fui otra vez al libro para mirar la ficha de la película y veo que después de la duración de las películas pone COLOR, cuando la película que es de 1942 es en blanco y negro. Claramente el autor se estaba confundiendo de película y director. Luego me acordé de que tenía otra película con el mismo tema y en color del director Hiroshi  Inagaki y efectivamente, cuando me pongo a ver las imágenes de este otro film, coinciden con las descripciones del senyor H. L. he escrito por si no se han dado cuenta de esta falsa información y así poder rectificar en próximas ediciones del libro. 

Je,je,je, desconozco el filme de Inagaki, pero pudiera ser que este cineasta copiara literalmente en parte o en toto el filme de Mizoguchi. En esos años Hollywood ya producía filmes en color, y los japoneses, que llegaron tardíamente a las tecnologías del cinematógrafo, quizás quisieran ponerse a la altura de las circunstancias. Es imposible que estemos hablando del mismo filme porque los actores no coinciden. Mifune, que sí trabaja con Inagaki, tenía 19 años en la época de Los 47 Ronin. El lancero que aparece al final del filme de Mizoguchi ciertamente se parece mucho a Mifune, pero no es Mifune. En fin, es increíble a dónde puede llevar una controversia, pero no creo, llegado el caso, de convertirla en La montaña análoga de Daumal.

La controversia con el lector de Mizoguchi duró varios días y todavía dudo mucho de haberlo convencido definitivamente, si bien le aseguré por mi conciencia y honor que la película de Mizoguchi existe y fue filmada en color y estrenada en sus dos partes en diciembre de 1941 y en febrero de 1942 como consta en las monografías editadas por la Filmoteca Española en 1980 y por la Cinemateca  Portuguesa en 2000. Le hice ver que existen textos en los que autores tan conspicuos como Noel Burch, R. Cohen, A. Iwasaki, A. Bock, J. Mellen y tutti cuanti escriben sobre el filme, no el de Inagaki, y no contento ni yo mismo con toda clase de argumentaciones y montañas análogas acabé adjuntándole el texto completo que en esta edición  el lector no puede llegar a conocer debido al hecho de que el editor procedió, como tantos productores de Hollywood hicieron con tantos filmes, a recortar el texto allí por donde le pareció o convino. 

Le pedí a mi analógico alpinista que hiciera el favor de responderme al largo episodio que originariamente había tenido el capítulo dedicado a Los 47 Ronin, por si eso redundara en una mayor y mejor ponderación de su exaltada panoplia literaria.  No os oculto que pasaron por mi cabeza toda clase de encontradas analogías, incluso las más abyectas, como quitarle al firmante su propia identidad y concedérsela a cualquier otro insensato de mala leche que quisiera buscarme los entresijos -y nunca mejor traídos- de mis inguinales intersticios, lo escribo así en esta imperfección de la gramática en donde a veces el mismo lenguaje procede a compararse con una montaña análoga. No quiero aburrir al lector con los cruces no inguinales de nuestros correos, pues lo importante, creo, es que la cabeza se deslizó hacia aquella vieja y olvidada novela de Daumal, que está llena de acertijos o de acertijamientos que me liberaron bastante, al reelerla, de mis propias preocupaciones actuales, pues el conflicto que apareció ante mí presentaba las características de una tradición fabulística similar: quién no conoce que el enfrentamiento entre los Ronin, aquellos samuráis sin Jefe, y sus enemigos, dirigidos por Kotsuké no Suké, quien exigió la muerte del Shogún, fue y todavía es uno de los grandes episodios de la Historia japonesa, a la que todavía se rinde tributo, ya sea en forma de sucesivos filmes que se copian a sí mismos, echando mano incluso de los mismo planos –y quién sabe, si de las mismas imágenes- o relatos literarios, comics y otros medios?

Tal y como me ha planteado mi propio interlocutor las cosas se parecen demasiado a la tradición fabulística aludida por el escritor francés. Una montaña es un nexo entre la Tierra y el Cielo, se trata de una conexión con la eternidad. Es la vía mediante la cual el hombre puede elevarse hacia la divinidad, y ésta revelarse al hombre; en fin, Daumal pone muchos ejemplos de montañas, Grecia, el Olimpo y los dioses. ¿Acaso, se pregunta, no fue algo similar lo que persiguieron los constructores de la Torre de Babel, quienes sin renunciar a sus ambiciones múltiples y personales, pretendieron alcanzar el reino de lo único? En China se trataba de las Montañas de los Bienaventurados, y los antiguos sabios instruían a sus discípulos al borde de los precipicios…Quizás si hubiera seguido al pie de la letra al gran Daumal hubiera hecho frente a mi interlocutor más delicada, aunque no menos ponderadamente, pues lo que define la escala de la montaña simbólica –aquella que yo proponía denominar Montaña Análoga- es su inaccesibilidad por medios humanos normales. En cualquier caso -y esto es divertido- la controversia me hizo recordar un texto que yo había leído en mi etapa de alumno universitario, pero que el tiempo me hizo olvidar cuando recientemente procedí a estudiar el cine de Mizoguchi, por un acuerdo previo consensuado con el editor. 

Me refiero a esa inmaculada Historia universal de la infamia en la que Jorge Luis Borges incluye un episodio sobre aquel grandioso enfrentamiento entre Asano y el malvado Kira titulado El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario le llama Borges, que motivó la degradación y muerte del señor de la Torre de Ako, Asano, que se ha enfrentado a todos los shogunes del territorio por rechazar abiertamente la entrega de regalos entre la nobleza, sabiendo que esta práctica era una corrupción intolerable a la que hay que desdeñar y prohibir en cuanto se pueda, motivo que está en el fondo del enfrentamiento con Kira, ese malvado. Dice Borges hermosamente que ese hombre merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. ¿Montaña análoga? En realidad hace un momento me quedé corto: un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas conmemoran el hecho, para no hablar de las efusiones en porcelana (que tanto admiraba Mizoguchi), en lapislázuli veteado y en laca.

Cuenta Borges en su recreación del relato -en realidad el drama escrito por Seika Mayama en 1703- que en la noche en que el señor de Kano procedió a hacerse el harakiri o keppuku sus caballeros samuráis deliberaron en la cumbre de una montaña -¿análoga?- planeando con toda precisión la venganza que culminaría un año después. No todas las reuniones secretas tuvieron lugar en aquel monte. Recorrieron capillas, pabellones de madera blanca, espejos, y a veces les entró la duda al creer que la venganza era inalcanzable. Parece razonable que el drama de Mayama cautivara a Borges, ese escritor de espejos, tigres, bosques, laberintos y minotauros. El odiado maestro de ceremonias había fortificado su casa con una nube de arqueros y esgrimistas, espías incorruptibles, los cuales tenían muy vigilado al capitán de los vengadores Kuranosuké, lo cual no pasó desapercibido para el samurái. Kuranosuké se mudó a Kioto, ciudad insuperable e todo el imperio por el color de sus otoños. Allí vivió un tiempo entre lupanares, casas de juego y tabernas, hasta que un día un extraño se le acercó diciéndole con tristeza y con ira: ¿No es éste por ventura aquel consejero de Asano que lo ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza? Oh, tú, indigno del nombre de Samurai! Naturalmente el relato indica que se trata de una táctica para no echar por tierra su venganza. Cuando ésta se lleva a cabo en una escena que Mizoguchi, por cierto, filma prodigiosamente, Borges procede a acabar su propio final: salvo que no tiene final porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.

En acabando su relato Daumal escribe unas palabras sobre la Montaña, montaña a la que Daumal y sus alpinistas han logrado ascender gracias al concienzudo Sogol: “allí en la cumbre más aguda que la aguja más fina, sólo cabe aquel que ocupa todos los espacios. Allá arriba en el aire más sutil en el que todo se hiela, sólo subsiste el cristal de la última estabilidad. Allá arriba, en el máximo fuego del cielo, donde todo arte, sólo subsiste lo perpetuo incandescente. Allá, en el centro de todo, se encuentra Aquel que ve cómo se consuma cada cosa desde su comienzo hasta su fin”.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, April 04, 2015

La leyenda del santo bebedor

No sé si significa algo que no te encuentres ahora por la calle con auténticos clochards. El clochard de Joseph Roth en La leyenda del santo bebedor parece un emblema, un signo de otro tiempo, aquel tiempo en el que la grandeza, la honradez y lo sublime, no sabían de clases ni de grupos, al punto de que era factible hallar en las orillas del Sena un personaje como Andreas, Andreas Kartak, un tipo que a pesar de sus pintas todavía podía entrar en algunos restaurantes de forma satisfactoria sin que lo echaran a patadas, después de haberse colegido una buena botella de vino tinto. En realidad en ningún momento los lectores que seguimos las andanzas de Andreas podríamos sostener que nuestro clochard esté borracho.

No sé si esto se debe a una técnica particular de Roth, el cual presumía ante alguno de sus amigos de haber escrito un cuento, más que una novela, que estaba lleno de artilugios, de técnicas ocultas, como nos contaría después su amigo Hermann Kesten en un libro titulado Meine Freunde die Poeten, en 1959. Según sostiene Kesten el escritor no bebía cuando escribía, eso era algo que Roth dejaba para la noche, pues al día siguiente por la mañana volvía a dar muestras de un esclarecimiento apoteósico. En las noches parisienses Roth solía acompañarse de un grupo heterogéneo de escritores y poetas, entre los que destacarían un escritor emigrado de Leipzig, una corresponsal yiddish polaca, un abogado fugitivo de Praga, de paso hacia Nueva York, un hebreo convertido al catolicismo, una antigua actriz alemana que había sido su amante tiempo atrás y un vienés amigo de juventud. Un día, después que todos se hubieran marchado, sólo quedaron en el café Kesten y Roth. Kesten le preguntó al gran escritor qué estaba escribiendo, y éste le dijo que La leyenda del santo bebedor, que se la relató a continuación poniendo más énfasis en las referencias y en los artificios que en los fragmentos más hermosos. A Kesten le pareció ver en el relato vetas de Kleist y de Tolstoi, a lo que Roth respondió con una sola palabra: Tolstoi.

 Yo no conocía esta obra de Roth cuando de adolescente hube de trabar amistad con un clochard especial, un limpiabotas que ahora me viene a la memoria por la especial santidad que envuelve al personaje de Roth y de la que nos tiene dicho alguna grande verdad aquel gran kesteniano que fue Carlos Barral, escritor, editor y clochard, por bebedero, que se hizo cargo de esta leyenda maravillosa de los milagros en una edición de su amigo Jorge Herralde. Yo había tenido con mi clochard encuentros nada fugaces dirimidos en las mesas de billar. Mi clochard jugaba de maravilla al billar a tres bandas, pero cogiendo los tacos con aquellas manos negras –el carbón le llamaría Barral al vino que se bebe Andreas- a mí más bien me parecía un señor, qué digo, un gentil hombre (era muy pequeño, una especie de ángel) que compartía conmigo sus mañanas de clarividencia y juego, pues al igual que con Andreas, nunca parecía borracho. Han pasado tantos años que no podría decir qué fue de la vida de aquel lujoso jugador de billar, que parecía no mover bolas sino pieses con sus trapos de calidad oscuros, lo cual me inclina a pensar ahora que efectivamente Dios les da a los bebedores una liviana y hermosa muerte, igual que Andreas la tiene al final de su propio trayecto, pues se ha comprometido a devolver el dinero prestado tiempo ha por un extraño en la capilla dedicada a santa Teresita de Lisieux en Sainte Marie de Batignolles, otra carmelita que fue santificada por haber realizado algunos milagros antes de su muerte cuando Joseph Roth ya había comenzado a escribir su obra literaria.

   Digo que los milagros de Santa Teresita de Lisieux consisten en repetidos préstamos y favores a condición de que Andreas restituya los dineros en su cepillo de la iglesia de Sainte Marie de Batignolles, santuario de pintores devotos. Lo que no ocurre porque el alcohol se interpone, consume los dineros y los multiplica en una aventura que sólo terminará con la muerte de nuestro personaje al pie del altar de la santa. Procedamos pues a catalogar los momentos decisivos de este relato singular que trae a mi propia vida recuerdos que uno creía haber perdido para siempre, aquellas interminables partidas de billar con aquel clochard, qué digo, aquel gentil hombre, acaso criatura que le hubiera gustado conocer a H.G. Wells por aquel breve relato de los zapatos que ya trajimos a colación aquí.

El hombre de buena posición que interpela a Andreas con el objetivo de darle dinero porque le sobra y porque se ha convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux, defiende su acción añadiendo que él también vive debajo de los puentes del Sena, y que ese dinero -200 francos- es una cantidad muy pequeña, ridícula, si cabe, que aquel podrá devolver algún día sin dificultad, si bien, remacha, ha de ser en la capilla de Sainte Marie de Batignolles. Andreas se siente reconfortado por que el desconocido haya comprendido que él es una persona de honor a pesar de ir vestido como un harapiento. Es la misma sensación que tuve yo siempre que me veía con mi clochard, aquel hombre de honor que hacía las carambolas con delicadeza, de una manera, si cabe, angélica.

Escribe Roth que Andreas, como muchos bebedores, vivía del azar. Es probable que mi jugador de billar viviera también del azar aunque, qué curioso, nunca le vi llevarse un vaso de vino a sus labios, ni a su gorxa. Con la primera entrega del milagroso dinero Andreas acude a un restaurante de aquellos que había antaño arriba del Sena. Al salir, ya cenado, hurga en una papelera para recoger un periódico con el que taparse para pasar la noche y una vez dispuesto deja que caiga la noche sobre él. Tiene su gracia el comentario que el relato le dedica al clochard a la mañana siguiente cuando se dispone a lavarse el cuello y la cara y finalmente lo deja sólo en las manos, no fuera que otras personas desgraciadas como él lo vieran acicalarse de tal modo. Históricamente el Sena ha sido siempre un río cochambroso, Las crónicas de Mercer en el siglo XVIII que hablan de un Sena oscuro con el que los parisienses cocinaban, bebían, y fabricaban la cerveza, es uno de esos momentos brillantes de la literatura que siempre habremos de recordar. Pero el clochard de Roth ha sido humano, demasiado humano, y no puede soslayar el recordar a aquella mujer por la que fue a prisión ahora que al entrar en una tienda es atendido por una joven hermosa de piernas estupendas y unos zapatos muy finos.

Dice Barral que todos sabemos, sin necesidad de reclamar la asistencia de los ángeles o de los dioses, que el borracho hace cosas imposibles. ¿Quién no ha caminado alguna vez, cuando por haber caminado mucho creía que las piernas no le sostenían, como un funámbulo por el agudo filo de una pared que separaba dos abismos? ¿Quién no ha saltado de cumbre a cumbre de dos colinas lejanas? En el cuento de Roth, añade, se trata del milagro que el vino, el verde ajenjo, obra por su cuenta, con independencia del borracho; se trata de cómo el vino transforma el mundo, cambia sus leyes, todas, incluso la virtud de los santos para hacerlo habitable y grato a los que creen en él.


La gente no acepta fácilmente creer en los milagros, pero como dice Roth no hay nada a lo que más fácilmente se acostumbre una persona que a los milagros cuando los ha conocido una, dos o tres veces. Estoy seguro que mi jugador de billar, el de las manos negras, del harapiento oscuro, debió de exhalar en su último suspiro algo parecido a lo que exhala Andreas Kartak al entrar en la capilla de Sainte Marie de Batignolles: Denos Dios a todos nosotros, bebedores (o leedores), tan liviana y hermosa muerte. Milagro es que no habiendo tenido ese encuentro con santa Teresita de Lisieux, una hada madrina me haya traído recientemente un librito, no un vino, que habla de la vida de otra carmelita infausta: Edith Stein, que escribió un día estas hermosas palabras: que vuestra Reverencia me permita ofrecerme al Corazón de Jesús en holocausto por la paz del mundo. Querría ofrecerme esta misma noche, ahora que son las doce.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, March 28, 2015

Los proverbios femeninos de Kenji Mizoguchi


Mizoguchi es el cineasta de la mujer por antonomasia. La mujer como heroína y portadora de grandes valores: arrojo, valentía, entrega, sacrificio, amor, solidaridad. Retrata una sociedad patriarcal donde es triplemente esclava: esclava del hombre al que pertenece, esclava por el trabajo desarrollado, esclava por la Historia. A continuación resalto algunos párrafos a modo de aforismos o proverbios de mi reciente publicación*.

La necrofilia de un emperador.-Llegan unos sirvientes a palacio con la noticia de que el emperador debe acompañarlos al Palacio del Oeste por orden de su hijo, que es quien ahora gobierna. El viejo emperador rechaza la orden objetando que ese lugar es horrible y que él no quiere marcharse de la ciudad. Esto es lo que vemos al principio de La Emperatriz Yeng Kwei Fei.

El pasillo de la senda florida.- La historia de los crisantemos tardíos se fundamentó en la experiencia del kabuki y en la utilización de un actor que era el sexto heredero de una larga dinastía de actores del kabuki, el majestuoso Shotaro Hanayagi. Era un cincuentón y tenía que representar a un joven de veinte años. Lo representó. Fue aquí precisamente donde Mizoguchi comenzó a usar objetivos de gran angular debido a que Hanayagi en las pruebas a corta distancia no parecía responder bien.

El goce estético.-Saul Bellow se mostraba de acuerdo con Nabokov acerca del sentido de la obra de arte, la cual, según éste, vendría a separarnos del mundo de las tribulaciones y nos trasladaría a un mundo completamente distinto. Ese sería el reino del goce estético; una forma de acto estético más bien, como diría Hegel, para quien la totalidad de las ideas son un acto estético, y que la bondad y la verdad están íntimamente fundidas en la belleza. Jamás he podido asistir a una mayor representación de la belleza que cuando Utamaro y Mizoguchi se han puesto de acuerdo para penetrar en la inviolabilidad e intimidad de una geisha en Cinco mujeres alrededor de Utamaro. Orán, esto es, Hiroko Kawasaki, no entiende al artista cuando éste le pide que le preste su cuerpo. En el estudio Utamaro le indica que se desnude, y la joven lo hace con un pudor infinito.

El erotismo que rezuma la composición apela al éxtasis. La vergüenza, dice Orán, me hace sentir un poco extraña. Bellow reconocía la noche del mundo: vacío existencial, unificación de la humanidad al nivel más bajo, creciente vacuidad de la vida personal, prevalencia del nihilismo; ausencia de lo noble y lo grandioso. Su teoría de la distracción del público es escandalosamente lúcida y certera.

Utamaro vivió más tiempo en las habitaciones de los burdeles que en su propia casa. Cuando la cámara se centra en Seinosuke, observamos un plano secuencia sin ningún sostenimiento. ¿Por qué vive Utamaro de una manera tan sencilla. Responde: porque el lujo no lo es todo en la vida. En general en Mizoguchi cada plano indica un salto en el tiempo, de tiempo, de espacio y de lugar, prodigiosamente certera, no narrativa, eso que Deleuze entendería por la imagen-movimiento.

La fuerza del destino.- la mayor parte de la crítica sostuvo que La vida de Oharu, mujer galante, es su mejor película, la única vez que adaptó una obra de Saikaku, el gran narrador japonés del s. XVII, obra que no se encuentra en castellano. Matsudaira, el shogún de la época quiso encontrar a la mujer más bella del mundo no pudiendo tener descendencia con la suya. Los rasgos que le describió a su enviado especial coincidían con lo que el director consideraba la belleza en una mujer: el cuello largo, la cabeza redonda, los ojos no muy pequeños, la boca recortada, las manos largas, las uñas perfectas, y los cabellos espesos deslizándose como una sueva catarata por el cuello. Esa mujer es Oharu, es decir, Kinuyo Tanaka, a la que le dirigió en once filmes, y con la que mantuvo un affaire breve. Sus piececillos han de ser delicados, que no huelan y su talle redondo y seductor, dientes perfectos. Kinuyo Tanaka es siempre el plano por antonomasia. Una sacerdotisa del cementerio en donde entierran al esposo de Oharu, pronuncia estos versos impagables: lo que nace bello en la mañana se marchita al acabar la velada; el mundo cambia sin piedad.

El jardín de los senderos que se bifurcan. Cuentos de la luna pálida de agosto después de la lluvia es, sobre todo, un descubrimiento del placer como fascinación. El artesano Genjuro descubre el placer sexual en la fantasmagórica mujer del lago. El agua está presente en todas sus grandes tragedias. Es el lado metafórico, simbólico, de su cine. Al final del relato vemos a Genjuro orando ante la tumba de su mujer. Quiere saber por qué está muerta. Afortunadamente la voz de ultratumba le contesta: no estoy muerta, estoy muy cerca de ti, veo que tus dudas han desaparecido, sé tú mismo y ocupa el lugar que te corresponde, adelante, vuelve al trabajo. El arte procede del esfuerzo personal, de la austeridad, del sacrificio y de la honradez. Los artistas que se comportan mal no pueden ser unos buenos artistas.

 Vivir peligrosamente hasta el fin.- De todos los filmes sobre el adulterio Loa amantes crucificados es el más mítico, el más valiente y atrevido. El filme está basado en otro drama de la época, El manaque del amor, escrito por Chikamatsu Monzaemón, contemporáneo de Saikaku y miembro de una familia de samuráis. Kioko Kagawa es la mujer del impresor, pero para ella la vida no vale nada si no puede amar a Mohei. Mohei escucha una pregunta hiriente pronunciada por Otama, que ha sustituido provisionalmente a Osan: ¿por qué razón las infidelidades de los hombres se pasan por alto, mientras que las de las mujeres se pagan con la muerte? El plano de las dos cruces con el hombre y la mujer produce un cierto escalofrío. Es un plano secuencia seco, corto, inesperado, en la noche. La idea de Mizoguchi es comunicar que el amor siempre es una empresa imposible, y que el único amor verdadero es el prohibido. La configuración de la puesta en escena, en la que los actores se miran frontalmente sin contraplano alguno, es magistral. Unos versos del dramaturgo expresan muy bien el final de estos amantes crucificados: adiós a este mundo, a la noche adiós. ¿A qué deberíamos parecernos quienes recorremos el camino hacia la muerte? ¿A la escarcha del sendero que conduce a la tumba, y que se desvanece a cada paso que avanzamos? ¡Qué triste es nuestro sueño dentro de un sueño!

La prostitución de la esposa.- Para Joan Mellen El retrato de la señora Yuki plantea el tema de la prostitución de la esposa, asunto que atraviesa la mayor parte de su obra, pero Mellen no tiene en cuenta que la señora Yuki pertenece a la nobleza, lo cual convierte el caso en un asunto todavía más penoso. Fue la primera película en la que el director trabajó a la manera del cine occidental: sin pergaminos, sin movimientos de cámara, sin planos secuencia ni planos sostenidos, a excepción de unas panorámicas singulares cuando nos presenta, al comienzo, a Yuki.

El amor como sacrificio.- la señorita Oyu es la película del amor por antonomasia.En otras el amor puede resultar más o menos trágico, pero aquí el amor se resuelve en una forma de pensamiento, de reflexión y de vida. El destino nunca se cansa de ofrecernos sorpresas, dice Oyu, la hermana mayor que casada y madre de un niño niega el amor que le tiende Seinosuke, comprometido a  casarse con la hermana pequeña por culpa de un matrimonio concertado. Es curiosa la complejidad emocional que hace posible que la felicidad de la existencia sea incompleta debido a un conflicto que no sabemos cómo ha evolucionado ni cómo evolucionará.

Las geishas de Gion.- En la época de Utamaro, 1779, las autoridades legalizaron la diferencia entre prácticas de acompañamiento y prácticas de prostitución, pues durante dos siglos ambas profesiones habían estado muy confundidas. Al legalizarse la prostitución se les prohibió a las geishas tener ningún trato carnal con hombres, lo cual no obsta para que los hombres intenten sobrepasarse con las geishas, tal y como puede descubrirse en algos filmes de geishas rodados por el director. Hoy en día es fácil distinguirlas, aunque su número quizás no sobrepase el centenar en el Japón actual. Las geishas no llevan abalorios en el cabello, mientras que las prostituras se emperifollan con peinetas y artilugios. Además el obi de las geishas les cubre el vientre por completo, mientras que el de las prostitutas sólo les cubre el vientre por delante. Mizoguchi conocía bien el mundo desolado de las geishas porque al quedar huérfano su hermana mayor fue vendida a una Casa de Té para hacerse geisha. Hoy las geishas son educadas para el amor de un solo hombre, y como se ve en Las geishas de Gion alcanzan un gran nivel cultural y educativo en su formación. Son admiradas por guardar los secretos, y por lo general no son mal vistas por aquellas mujeres cuyos maridos pasan su ocio acompañándose de ellas en las reuniones de casino. En vez de acudir al psiquiatra los hombres prefieren citarse con geishas, esto, al menos, hasta 1950. En cambio, si las esposas descubren que sus maridos han vuelto a casa habiendo tenido una relación con una mujer corriente se enfadan ostentosamente. El mundo de las geishas, históricamente, fue el único en donde el patriarcado se hizo matriarcado inmediatamente. Los músicos de Gion es el mejor filme de geishas de Mizoguchi. Ofrece mucha información, es de una belleza inigualable, y tiene en Michiro Kogure a una  de las mujeres más bellas que se hayan asomado a una pantalla jamás.

Hay un  texto zen del chino P´angChii-Shih que resume de algún modo lo que Mizoguchi pensaba de la existencia: el viejo P´ang no necesita nada del mundo. Todo con él está vacío. Ni siquiera tiene un asiento pues la vaciedad absoluta reina en su casa. ¡Verdaderamente cuán vacío está sin tesoros. Cuando ha salido el sol pasa a través de la vaciedad. Cuando el sol se pone duerme en la vaciedad. Sentado en la vaciedad entona sus vacíos cantos, y sus canciones vacías reverberan a través de la vaciedad.

Mizoguchi se consideraba un verdadero japonés. Sólo hacía películas cuyo tema dominara bien. Podría haber enarbolado aquellas trágicas palabras de Mishima si no hubiera muerto de leucemia tan pronto: con esta paz me parece que Japón comienza a dormirse, si tal como imagino descuida lo esencial y se torna un Japón de máscara, la fisonomía del verdadero Japón se olvidará. Esto es algo que me duele en lo más hondo.

*Kenji Mizoguchi, el héroe sacrílego. Juan A. Hernández Les. Madrid, Ediciones JC/Clementine, 2015.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



Saturday, March 21, 2015

San Juan de la Cruz, el alumbrado

Estos versos de Fray Ambrosio Montesino –silencio fue su lenguaje, y los yermos su poblado, estregaba en los zarzales, su cuerpo muy delicado, por tener dentro de la carne, espíritu libertado- parecen adelantar la vida y la obra de quien será después el gran co-fundador de los carmelitas descalzos, san Juan de la Cruz, un paradigma excepcional de eticidad e independencia, traicionado y castigado hasta la tortura en Toledo por sus impíos compañeros de la Orden, aquella Orden que nace en el Monte Carmelo durante los siglos XII y XIII, fundada por monjes eremitas o cruzados en un lugar en el que el profeta Elías habría visto la sombra de la mano de la Virgen María posarse sobre el monte y  realizado milagros e invocado a Dios como el único Dios verdadero por fundacional, muchos siglos antes.

Dice Brenan, su biógrafo, que durante las dos primeras décadas del s. XVI se produjo un fenómeno en Castilla que fue conocido con el nombre de los alumbrados o los iluminados. No eran una secta. Integraba tanto a los clérigos como a los laicos, y era una forma nueva de vivir el cristianismo, lo que se llamó el cristianismo interior y aunque surgió espontáneamente enseguida se adujo la influencia de Erasmo, aquel gran humanista enfrentado a la Reforma luterana y también la de los franciscanos, especialmente fray Francisco de Osuna que había publicado en 1537 el Tercer Abecedario Espiritual, primera obra mística publicada en castellano. Osuna enseñaba el llamado “recogimiento”: consistía en retirarse una o dos horas al día y retirar la mente de todo pensamiento o consideración de las cosas terrenales para que Dios pudiera ocuparla. Oración de la quietud la llamó santa Teresa. Este no pensar nada es pensarlo todo.

Resulta interesante resaltar que  lo más probable es que san Juan, como su admirada santa Teresa después, fueran de ascendencia judía, conversos. La mayoría de los judíos lo eran desde que a finales del siglo XV los reyes católicos legalizaran la Inquisición. La hoguera fue muy condescendiente en quemar judíos. La Iglesia desconfiaba de las conversiones ya que muchos conversos seguían siendo fieles a su religión a escondidas. Juan pasó tres años en Salamanca estudiando Filosofía y Letras, entre 1564 y 1567. Se alojó en el convento de los carmelitas y asistió a las disputas dialécticas entre profesores, aunque nada se sabe  si trabó amistad con Fray Luis de León, del que le separaban doce años de edad. Todo esto lo traigo a colación porque Juan debería servir de ejemplo de intelectuales y hombres independientes. 

Sus lecturas, reduciéndose a la Biblia, El cantar de los cantares, y algo de San Agustin, no empecen que el gran fustigador de los carmelitas fuera un visionario. No amaba la gloria, ni le animaba la conversación ni las bromas. Pasaba gran parte de la noche en la oración, ayunaba frecuentemente y se flagelaba la espalda hasta sangrar. Oraba, no a la manera tradicional de los católicos, sino de una manera más callada y profunda, como si conociera la Reforma. Lo más probable es que Juan conociera a Teresa de Jesús en Medina, lugar en el que vivía su madre, y a donde la monja había acudido para fundar su segundo convento. Teresa de Jesús deseaba que su Reforma interesara a los carmelitas, pues se necesitaban confesores, y se impresionó bastante al conocer a Juan. Las relaciones entre ambos pasaron por distintos avatares, no siempre dúctiles; de hecho, Juan nunca sintió por ella lo mismo que había sentido por él la reformadora, la vuelta de la regla primitiva. Toda la vida de san Juan traduce la guerra interminable entre descalzos y calzados, si bien fueron sus compañeros quienes le infligieron más sacrificios, más incomprensión y más dolor, especialmente durante los primeros años.

Cuando se habla de la reforma de la Orden carmelita hay que saber que el patriarca de Jerusalén, San Alberto, fue el responsable de diseñar unas normas que se circunscribieron a dieciséis artículos, y que si los carmelitas de Jerusalén huyeron en masa en 1238 fue debido a la presión de los sarracenos, seis años antes de la caída de la ciudad. Aquellos carmelitas se desparramaron por Chipre, Sicilia, Francia e Inglaterra. En aquella época hubieron de competir con dos Órdenes muy exitosas y muy extendidas, los franciscanos y los dominicos. La Orden carmelita se adaptaba bien al carácter de Juan, pues privilegiaba la oración mental, la pobreza, el retiro estricto y el ayuno. Se decía así que Teresa había tenido experiencias originales, visiones, trances, y éxtasis hasta el estado de unión en que la voluntad personal se identifica con la voluntad divina. Era imposible que aquella relación con Juan acabara bien, pues mientras ella daba muestras de ser una mujer para la acción, él era proclive a la contemplación. En una ocasión Juan le dijo a un monje que “nosotros los frailes no viajamos para ver, sino para no ver”. 

Los carmelitas no vieron de buen grado que Juan se aplicara a la regla primitiva con tanta pasión y lo castigaron con la prisión. Fue hallado culpable de rebeldía y contumacia. Su habitación era un espacio de seis por diez pies que servía de retrete a la habitación de huéspedes adjunta. Los nueve meses que permaneció allí fueron un verdadero suplicio. Comía mendrugos de pan y a veces alguna media sardina que con el tiempo le provocó una grave disentería. Juan creyó que estaba siendo envenenado como, antaño, Abelardo. Este periodo de su vida fue muy bien representado por Juan Diego en el filme de Saura La noche oscura. En una de sus estrofas podemos leer estos versos: ¡Oh noche que guiaste, oh noche amable más que el alborada, oh noche que juntaste amado con amada, amado en el amado transformada.

Sorprende mucho esta perfección técnica en alguien que sólo conoce las coplas de Garcilaso de la Vega y el cantar de los cantares. Su escapada del convento fue de película ciertamente, una aventura apoteósica. En el convento el fraile había soportado hasta la extenuación los azotes de sus hermanos, quienes le abrían las carnes al golpearlo mientras cantaban el miserere. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado, salmo 50 de David. Al parecer los frailes jóvenes sentían piedad por él, y desde entonces empezó a extenderse el mito de Juan: “éste es santo, digan lo que quieran”.

Después de grandes y numerosos avatares Juan recaló en el convento del Calvario, en donde se dice que pasó los mejores momentos de su truculenta vida. Escribió En una noche oscura y algunas estrofas del Cántico Espiritual. Tenía treinta y seis años pero parecía viejo. ¿A dónde te escondiste Amado, y me dejaste con Gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido. Los frailes vivían como verdaderos anacoretas, se alimentaban de verduras y los domingos hacían migas con aceite de oliva, sazonado con ajo y pimienta. Cuando salían de paseo Juan parecía Sócrates, pero no les hablaba de la Biblia, sino de las bellezas de la creación, de los pájaros y las flores, los árboles y los riachuelos, el cielo y el sol que eran el reflejo de la divina belleza

Desde entonces, desde 1579 Juan asumió con dificultad los diversos cargos que la Orden decidió otorgarle, como al ser nombrado rector del nuevo colegio carmelita en Baeza. Ello coincidía con la defenestración de la madre Teresa, colocada por el nuncio Sega bajo la autoridad de los Calzados. La fechoría de Sega duró poco tiempo pues la madre Teresa era una mujer de gran influencia e hilo directo con el rey. La solución estaba a punto de llegar: lo mejor sería separar a los Calzados y a los Descalzos por provincias. En Baeza Juan no era feliz y así se lo hacía saber a Teresa en su amplio epistolario, hoy en gran parte desaparecido por intereses espúreos. A ninguno de los dos les caían bien los andaluces. No entendían ese carácter. Lo que más temía Juan era encargarse de las misas, pues temía entrar en trance, en éxtasis, y que la gente se asustara y se ausentara. Paradójicamente, no lejos de allí, vivía una vieja beata musulmana, seguidora del gran místico sufí Al-Gazzali, quien practicaba un tipo de oración interior muy parecida a la de san Juan. Más tarde, en 1590 Juan visitó Madrid en un momento en el que el gran poeta inglés John Donne también recaló en la ciudad, motivado por el conocimiento de la poesía mística española. La grandeza de Juan como ideólogo se mostró en una de sus intervenciones como miembro de la Consulta, un Organismo que sometió a todos los carmelitas, frailes y monjas, con hombres tan endiosados y peligrosos como Doria o Ambrosio Mariano. Cuando fue su turno Juan dijo: si en las asambleas las personas ya no tienen el valor de decir lo que las leyes de la justicia y de la caridad les obligan a decir, por causa de la debilidad, la pusilanimidad, o el temor de molestara un superior, y por ello de no obtener oficio alguno, entonces la orden está completamente perdida y arruinada.

Menéndez y Pelayo escribió que Juan fue denunciado hasta cuatro veces a la Inquisición por alumbrado o iluminista. Ya habían pasado setenta años desde la represión anterior, pero ya estaba en condiciones de soportarlo todo, porque su fin se acercaba. Un día se sintió atacado por la fiebre a causa de la inflamación del pie derecho. Un cirujano le abrió el pie con un cuchillo y salió una gran cantidad de pus. Después se le hinchó también toda la pierna, que se cubrió de llagas. El cirujano las cauterizaba, y el enfermo soportaba el dolor con tanta paciencia que el doctor también consideró que tenía entre sus manos a un santo, de forma que conservó como reliquias los algodones que había aplicado a sus heridas y que, según advirtió, despedían una dulce fragancia. Entretanto su fama se acrecentó en Baeza y en Úbeda. Las mujeres, las monjas y los frailes lo adoraban a excepción de un solo hombre, el prior. Juan se moría con esta frase en sus labios: ¡qué bien me siento! Quince frailes le arroparon acercándose con candiles y cantando el De Profundis y el Miserere. Las gentes, que se agolpaban en la calle, entraron en el dormitorio, y se llevaron sus ropas, sus algodones, sus macilentas heridas y poco faltó para que se llevaran también sus carnes. Aquello era locura, milagrería, seducción, pues, finalmente, su cuerpo no llegó entero a Segovia. Un brazo, un pie, y varios dedos se quedaron en Úbeda. En mí yo no vivo ya, y sin Dios vivir no puedo, que sin Él y sin mí quedo, este vivir ¿qué será? Mil muertes se me hará, pues mi misma vida espero, muriendo porque no muero.

El paradigma san Juan debería hacernos meditar sobre los cruces entre religión e intelectualidad. Mientras en su época resultaba claro que sólo era posible alcanzar un cierto estilo trascendental desde la vocación religiosa, hoy no nos es dado practicar el proceso contrario: no hallamos intelectuales que logren alcanzar un estilo trascendental viajando desde el pensamiento a la religión. Es decepcionante.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, March 14, 2015

Las noches revolucionarias

Hay textos que resultan oscuros, que no traslucen claramente al autor que hay detrás de ellos, por ejemplo Las noches revolucionarias, de Rétif de la Bretonne. Retif había publicado algunos libros antes de hurgar en la Revolución en horas en que la gente suele  dormir. ¿De qué lado estaba? Su texto crece en interés a partir de la decimoséptima noche, la que va del 15 al 16 de enero de 1793. Los acontecimientos se precipitan. ¿Qué puede hacer alguien en una situación en donde resulta tan complicado tomar partido? En esas horas Luis, el rey, sabe que le queda poco tiempo. Le han dicho que prepare su defensa porque empieza el juicio, un juicio no sólo contra él, sino contra la monarquía en general. Mucha gente era contraria a que se le juzgara, los monárquicos, la burguesía e, incluso, los jacobinos porque consideraban que el juicio ponía en cuestión la insurrección popular del 10 de agosto. Malesherbes, que había perseguido la Enciclopedie durante un tiempo, aunque  finalmente permitiría su difusión a partir de 1751, aceptó dejar su retiro y comprometerse a realizar la defensa. Y el rey por su parte nombra a Target como su defensor quien poco después rechaza la solicitud, de modo que se ve impelido a nombrar a Treilhard y a Desèze, que aceptan.

Rétif es crítico con el rey. Cree que es culpable por no haber detenido a los ejércitos extranjeros, el austríaco y el prusiano, que han podido rescatarle unos meses antes en la frontera, pero no se han atrevido por razones que la Historia oscura tampoco explica. Sin embargo Rétif no tiene razón al considerar que la Constitución le hubiera amparado como un francés más; de hecho, el rey la ha traído al aceptar la vuelta de los Estados Generales, constituidos por nobleza y clero, burguesía, y plebe. Albert Camus lo tenía claro: es un escándalo repugnante haber presentado como un gran momento de nuestra historia el asesinato público de un hombre débil y bueno. Los revolucionarios pueden declarar que se atienen al Evangelio. En realidad, asestan al cristianismo un golpe terrible del que no se ha repuesto todavía. Rétif no es capaz de ver que el rey tiene un momento de lucidez divina. Sabe que este atentado apunta al rey Cristo, a la encarnación divina, y no a la carne asustada del hombre. Rétif cree que el rey traiciona a su patria: vuestro torpe, por no decir culpable defensor, Desèze, no debería pues lavaros de una falta clara y por todo el mundo conocido.

El 16 de enero es el juicio. Rétif logra un asiento en las bancadas de la Asamblea. Juzgan al rey setecientos hombres. Se hace preguntas insidiosas, se muestra asombrado de lo que va a acontecer, quién no. Imagina mientras escucha las alegaciones que pensarán los hombres que vivan dos siglos después, en 1992 al analizar estos hechos. Está asustado por la severidad de sus juicios. Haces bien, Rétif, desde aquí no os perdonamos. Ha pasado mucho tiempo y no hay por qué agradecerles a los franceses que con su violencia hayan impulsado en las generaciones siguientes un bienestar tan discutible. Nada justifica los medios utilizados para lograr un fin. Y si esto lo planteo es porque todavía hoy escuchamos a nuestros plebeyos incultos y feraces argüir que a los franceses debemos envidiarlos porque a nosotros nos faltó esa temeridad, qué absurdo, qué poco lee esta gentuza. Rétif, sin embargo, sabe que entre nuestros contemporáneos habrá extremistas que aprobarían la ejecución del rey. Cierto, los hay, qué visión. Nosotros podríamos decirle algo así: ¡qué afortunados somos de no tener que vivir en esos tiempos tan horribles cuando la vida de un hombre no valía nada! 

Se equivoca: nuestros tiempos se han vuelto horribles también. Nosotros asesinamos igual, acudimos a guerras sangrientas, y si tienes mala suerte aún te puede tocar vivir en un país en donde las autoridades te maten por la calle porque no piensas como ellas. Es más, hoy los países democráticos se cuentan con los dedos de la mano. Y la vida de un hombre vale menos que cuando ajusticiaron a Luis XVI. Todo ha venido a peor como comprobaron dramáticamente  intelectuales como Adorno y Horkheimer, de modo que la Ilustración en vez de lograr un avance de civilización para la humanidad, produjo una violencia que ya no ha tenido descanso desde el asesinato del rey. Una novela antigua describe muy bien los acontecimientos de la Revolución, El hombre que mató al rey, de Dennis Wheatley, 1951, la mejor novela histórica que haya leído nunca. En cualquier caso Rétif nos respondería con estas palabras: tales sacudidas son necesarias de cuando en cuando, para que los hombres puedan apreciar el valor de la tranquilidad, como es menester la enfermedad para valorar la salud

El juicio acaba y Deséze se vuelve a Retif. Nada del otro mundo, ha hecho una defensa insulsa de la inocencia del rey. Dice Retif que reina una calma perfecta, ninguna de esas agitaciones que acompañan las grandes elocuencias. El discurso de Deséze no ha conmovido a nadie, salvo a él mismo y a Retif. Sale de la Asamblea y se dice: yo lo habría hecho mejor. En otros momentos Retif tiene buenos pensamientos para el rey, así cuando recuerda que en una de las tentativas de huida Luis XVI se negó a que sus guardias mataran a dos carceleros que eran el último bastión para lograr la libertad.

Luis, después de escuchar la lectura del decreto, que lo condena a ser ejecutado, cena, se acuesta y duerme, incluso ronca. Sin embargo, al quedarse un momento solo, tras la fatal lectura, mientras anda y desanda, se le oye exclamar. ¡Ah, asesinos, asesinos! Sólo han pasado dos días y ya se tiene que levantar de madrugada, enfilado por los Guardias Nacionales, que apartan y empujan al gentío. La carroza llega a la Plaza de la Tuileries, antes Luis XV, a las nueve y cuarto. Los tambores impiden oír bien las últimas palabras del rey: sólo se le escucha decir os perdono. Reconoce Rétif, al menos que Luis no era un tirano cualquiera. Como rey podía ser culpable, pero aún lo era más como particular. Mientras Carlos I había muerto como rey en 1649, Luis había perdido previamente esa condición.

Un mes más tarde, durante las noches revolucionarias de 26 y 27 de febrero, Rétif anda un poco asustado. En París las mujeres se amotinan por falta de jabón; fuera las naciones se alían en contra de Francia, y en ésta estalla rápidamente una guerra civil que parece interminable. Además los campesinos no quieren saber nada del papel moneda porque la inflación y la devaluación son insoportables y retienen y esconden sus productos en sus graneros y haciendas; de hecho, como demostará Alexis de Tocqueville, la mayor parte del campesinado francés era ya libre cuando estalla la revolución del 89. La gente en las ciudades pide pan y los jacobinos le echan la culpa a agentes de la reacción o a Inglaterra. En un momento de lucidez Rétif sostiene que siempre ha visto, pensado y escrito que el bajo pueblo, sin instrucción, es el mayor enemigo de todo gobierno. A él, a esos seres estúpidos, se dirige el agitador, disfrazado de uno de ellos. Y en las primeras noches de abril Rétif aún irá más allá: la canalla, que debería haber desaparecido con la revolución, sigue existiendo, resulta incluso más peligrosa ahora. Aún tiene que pasar esta generación para que el populacho sea depurado. Para Rétif no fue la ambición de los reyes la que produjo el despotismo, sino la insolencia de la canalla, pero la morralla, compuesta por los holgazanes, los tragaldabas, y toda la suerte de pillos del género humano, veía cómo sus condiciones iban empeorando.

El 93 acaba muy mal. Rétif aprueba las sanguinarias ejecuciones de cientos de girondinos, realizadas los días 2,3,4 y 5 de septiembre. Y se pasa claramente al bando de la Montaña, de los jacobinos, para él los únicos patriotas. El 12 de octubre Maria Antonieta es sometida a un interrogatorio secreto y cruel. Al día siguiente llega la noticia de la capitulación de Lyon. Cuatro mil aristócratas intentan huir por el barrio de Véze, pero son perseguidos y mil quinientos son despedazados. Las masas recuperan el tesoro que se llevaban consigo, y Rétif no muestra por ello ninguna delicadeza, ninguna confusión. Días después Maria Antonieta se defiende ante el tribunal que la juzga con gran arrogancia y seguridad. Responde sí o no a las insidiosas preguntas de sus verdugos; y a veces contesta con un sutil “esto no es así”. 

Su carcelero la trata con una crueldad inimaginable las últimas noches que pasa en prisión aguardando su ejecución. Una hemorragia interna hace ver sus muslos sangrados hasta los tobillos. Le dejan escribir una carta de despedida a su cuñada que no puede terminar. La carta puede leerse dramáticamente en la biografía que le dedicaría Stefan Zweig en el siglo XX. Es una de las cartas más inteligentes y mejor escritas que uno haya leído jamás. Al año siguiente, en el 94, un joven abogado trata de impedir la ejecución de su amigo y camarada Robespierre. Fracasa, y expresa una convicción que ha pasado a la Historia como una de las más grandes frases de un revolucionario: “están talladas todas las piedras para el edificio de la libertad; le podéis construir un templo, o una tumba con las mismas piedras”.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.