Saturday, February 06, 2016

La enfermedad como medicina

En 1931 Giovanni Papini hizo una excursión a Islandia para contemplar la belleza del Hecla, y en esto que cayó enfermo. Pidió que le atendiera un médico que hablara inglés, y este encuentro propició un bello artículo que puede hallarse leyendo Gog. Unos años más tarde Orwell escribirá otro -Cómo mueren los pobres- en el que recuerda su paso por el hospital X donde permaneció varias semanas en 1929. Esta lectura anfibológica me ha obligado a pensar que se trata de uno de mis temas favoritos.

Esa misma noche Papini fue visitado por el dr. Harold Olafsen. Soslayo su descripción, pues Papini, a menudo, era un hombre cruel. La cosa tuvo su gracia, pues el dr. le preguntó al paciente si tal vez querría que le curase su mal, qué obviedad. Olafsen se puso a disertar sobre la inconveniencia  de tratar de curar a nadie cuando estaba demostrado que todos sus pacientes se morían a causa de la funesta intervención de la medicina vulgar. De modo que le aconsejó que no emprendiera ninguna nefasta estrategia para ahuyentar su enfermedad, y que estaba dispuesto a ayudarle si aceptaba someterse a una segunda enfermedad.

Lo primero que se le pasó por la cabeza al escritor fue echar a su médico con cajas destempladas, pero como siempre se sintió atraído por los lunáticos, acabó por seguirle la corriente. Esta era la postura del islandés: Mire, sr. Giovanni, Hipócrates sostenía que una enfermedad es un metron, un equilibrio entre los opuestos, y el exceso de salud es peligroso por cuanto denota la inminencia de la enfermedad, cosa que ya aparecía denunciada por el coro en unos versos del Agamenón de Esquilo. Dicho de otra manera, la enfermedad es necesaria a la salud, a la perfección y a la curación del cuerpo humano. Aquel que está sano, tiene, como demuestra la experiencia, un mal escondido. Curioso, ayer mismo en la tele, le oí decir a otro Hipócrates que uno de cada tres hombres habrá tenido, tendrá o tiene, cáncer.

Olafsen prosiguió: las enfermedades no son otra cosa que medicina, una válvula de seguridad, un reactivo de la naturaleza. Deben ser acariciadas, cultivadas y, si es preciso, provocadas, pues una cosa es evidente, los enfermos viven bastante más tiempo que los robustos, ¡desgraciado el hombre que no está nunca enfermo! El verdadero médico, concluyó el divertido doctor, debe ser un esparcidor de enfermedades. Después se deshizo en una crítica exacerbada de los médicos que creen curar a sus enfermos, y volvió a exaltar los principios éticos de su oficio: El dolor es tan necesario como el placer, ambos se complementan. Entonces, Papini, que también era educado, le espetó esta consideración: sus teorías me parecen excelentes, y me siento tentado a seguir su régimen, ¿qué debo hacer en mi caso?

Dejar libre curso a sus dolores, respondió el médico, incluso excitarlos con una pequeña dosis de cafeína. Dentro de dos días, si no cesan, deberíamos procurarnos una hipertemia, lograr una buena fiebre de 39 o 40º, y a pensar en otra cosa.

En aquel hospital de París del que nos habla Orwell todo el mundo hacía espera y respondía al interrogatorio al que se sometían para ser aceptados antes de ingresar en algún pasillo o habitación. El escritor, aunque era joven, no se tenía en pie. A Orwell le parecía que aquel recibimiento con ducha se parecía mucho a una prisión o a un asilo de pobres hasta que ya lavado le proporcionaron un camisón de algodón y una bata corta de franela azul. Me imagino que debió sentirse como el Josef K del castillo de Kafka, otro escritor que se pasó la vida enfermo, de hospital en hospital, hasta el fin. Orwell padecía entonces neumonía, y ninguna zapatilla le encajaba en sus largos pies. Cuando entró, aterido, en el pabellón, cientos metros más allá, aspiró un olor nauseabundo, fecal y dulzón. La descripción del dormitorio -y esto es lo inquietante- no está lejos de parecerse a las descripciones amenazantes del Primo Levi que nos contará después su paso por los pabellones del horror nazi. Es increíble constatar cómo pueden parecerse tanto un barracón a otro, un hospital a una cámara de gas, el bienestar al malestar.

A un vecino de al lado le estaban practicando -el médico y los estudiantes- el sistema de “las tazas chinas”, un tratamiento que se practicaba entonces con los caballos, y que dejó perplejo a nuestro paciente. La sorpresa vino cuando inmediatamente después empezaron a aplicar con él el mismo procedimiento, los vasitos en la espalda. Sin embargo, ahí no acabó todo, pues después fue sometido a una terapia de cataplasma, lo cual es algo así como una camisa de fuerza alrededor del pecho, y cuando has sentido que aún no te has desmayado, cogen tu cabeza y la ponen dentro de una almohada de hielo. La despersonalización, eso es lo que más molestó a Orwell durante el tiempo que duró aquella estancia. Los médicos ni le miraban ni hablaban con él. Se sintió como si fuera un cerdito, especialmente cuando comprobó que había espectadores, y que todo el mundo le hacía gracietas con su cataplasma. Las enfermeras, por lo demás, no parecían estar muy bien aseadas. Los propios pacientes  recogían las sondas y los orinales, y todo iba dejando en él una impresión a desolación, a desinterés, y a vacío. Las enfermedades se parecen a las guerras, hay treguas, pero nunca se acaban; cada recaída es como una baja.

Ese hospital era parecido al dr. Olafsen: en realidad los enfermos no recibían un verdadero tratamiento. El desayuno consistía en una soupe de agua, verdura, y algún pedazo de pan viscoso. Resulta increíble que los hechos a los que se refiere  Orwell se remonten a una etapa cercana, como 1929: las cosas han mejorado tanto que lo único por lo que hay que temer una estancia en un hospital es que siempre se sale peor que cuando has entrado: me refiero a que sales con otra enfermedad de la que siempre lleva tiempo recuperarte. La medicación y el hecho de estar tanto tiempo parado, te bloquea y hay que readaptarse de nuevo a la vida, aunque nada parece peor que le tomen a uno por objeto de atención una docena de estudiantes que están deseosos de aprender qué es un estertor bronquial. En este caso Orwell se transformó pronto en un paciente interesante, susceptible de recibir una gran atención. La sucesión de muertos que nos describe y narra, muertos sin sepultura, las lecciones magistrales de los médicos en los pasillos, las heterogéneas enfermedades que aparecen salpicadas de una a otra parte del pabellón, nos producen la impresión, insisto, de estar delante de una ciencia todavía incipiente que prácticamente no salva a nadie en ese instante: muchas enfermedades que en 50 o en 80 años han sido doblegadas por el ingenio del hombre, y la estrategia de urdir una buena predisposición para cabalgar sobre el ensayo y error.

La pregunta que se hace Orwell es precisa: la gente habla de los horrores de la guerra, ¿pero qué arma ha inventado el hombre que asemeje siquiera en crueldad a algunas de las enfermedades más comunes? La muerte “natural” es algo lento, pestilente y doloroso. Sórdida la falta de intimidad de morir en semejante lugar. En el hospital X todas las camas estaban pegadas unas a otras, sin biombos que aislaran a unos pacientes frente a los demás. Se pregunta Orwell si ciertas enfermedades sólo atacan a los pacientes más expuestos, a los pobres, mientras otras se van más hacia los ricos. Lo cierto es que el hospital X era un lugar decente para pobres y para vagabundos sin techo en donde dormir, y las enfermeras hacían la vista gorda pensando que podrían realizar algún trabajillo gratuitamente. El hospital X es una metáfora del mundo, y Orwell se dio el piro en cuanto encontró la ocasión. A Hemingway lo trataron mejor en los hospitales italianos unos años antes con la guerra acabada como cuenta en Adiós a las armas. Al final del relato Orwell cuenta cosas que ponen los pelos de punta: los médicos residentes hacían pruebas experimentales con aquellos pacientes que no contaban nada, y que se les morían en las manos. A veces escuchaba gritos aterradores procedentes de una habitación contigua al baño. Y en Londres, en algunos hospitales se mataba directamente a los pacientes para diseccionar los cadáveres. La gente se sorprendería si supiera que las primeras operaciones de by-pass las llevaron a cabo los médicos americanos en la guerra de Corea; antes procedían directamente a la amputación del miembro enfermo, porque no hallaban otra solución.

Cree Orwell que la relación entre médico y paciente había cambiado en los anteriores 50 años, y que a nadie se le ocurriría acudir a un hospital si no fuera pobre. Herman Melville describe en Chaqueta blanca una amputación horripilante. y en la literatura del XIX es fácil encontrarse con escenas de hospitales de verdadero terror. En Dickens y en Tolstoi hay situaciones de espanto. Axel Munthe cuenta en La historia de San Michele la historia de un siniestro cirujano, con sombrero de copa y levita, la pechera almidonada salpicada de sangre y pus, cómo trincha a un paciente tras otro con el mismo cuchillo y arroja los miembros amputados a una pila junto a la mesa.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



Saturday, January 30, 2016

El nacionalismo según Orwell


En la inabarcable serie de artículos publicados por George Orwell en la prensa británica en los años 40 hay uno especialmente interesante si consideramos que ahora nosotros estamos pasando por unas circunstancias históricas y políticas que nos obligan a repensar conceptos, y aclarar nuestras ideas. Me refiero a su texto de Notas sobre el nacionalismo editado en una revista de filosofía titulada Psychology &Aestetics, el 1 de octubre de 1945. Tengo una especial predilección por Orwell, no ya porque fuera un magnífico escritor, sino porque  fue uno los pocos intelectuales capaces de formular ideas profundas sin caer en la banalidad ideológica, o en la escolio sectario.

Al principio empieza por distinguir el concepto, saber qué hemos de entender por tal cosa. En los primeros compases parece un simple ensayo, pero poco a poco va transformándose en un estudio francamente académico, en el sentido de que logra hacer distinciones pertinaces, desmadejando todos los géneros de nacionalismo, y obteniendo unas conclusiones sagaces, originales y objetivas. Era un hombre viajado, había pasado seis meses en España, y conocía bien la Inglaterra agrícola y obrera de entreguerras. Los ingleses estaban empezando a decaer, a deshilacharse en su imperio. A veces, para escribir, es inevitable ver muchas cosas en el conjunto, si se quiere obtener una buena franquicia de la imagen general.

La gente tiene la manía de clasificar a los hombres, dice, como si fueran insectos. Ese hábito de identificarse con una sola nación o entidad situando a ésta por encima del bien o del mal y negando que no exista otro deber que no sea favorecer sus intereses. El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo, pero son dos cosas opuestas. Si el patriotismo es la devoción por un lugar determinado, confieso que mi devoción por la plaza de Vigo o por la playa de Riazor, la pradera de Cecebre o los postes del Bosque Animado, no tiene parangón. Me gusta el encoro de Cecebre y las garzas que se elevan de vez cuando desde las ramas más altas de los carballos en dirección al norte con tal elegancia que asombran por su vuelo.

Este gusto no tengo la intención de imponérselo a nadie: en cambio, el nacionalista es deseo de poder: obtener prestigio no para sí mismo, sino para su nación en la que no le importa despersonalizarse, diluir su propia individualidad. Orwell utiliza esta palabra, nacionalismo, porque no encuentra otra mejor para explicar ciertas cosas o tendencias. El nazismo fue algo más que puro nacionalismo, evidentemente, si bien dentro de él resulta fácil incluir al comunismo, al catolicismo político, el sionismo, el antisemitismo, el trotskismo y el pacifismo. Hace años un listo me preguntó si estaba a favor del pacifismo, y enseguida me di cuenta a quien tenía delante. En otra ocasión un listillo con una cámara me preguntó qué opinaba del racismo, y sentí un escalofrío porque comprendí que la pregunta no me dejaba respuesta alguna. Hala, vete por ahí, que me lo voy a pensar.

Es interesante destacar el matiz que introduce Orwell cuando sopesa los compromisos pues el nacionalismo no implica necesariamente lealtad a un país o a un gobierno, al menos en el momento en que él escribe sobre este problema. Otros autores después, como Adorno, Arendt, Fromm, Steiner, se mostrarán más implacables con el nacionalismo desde oposiciones no lineales. El nacionalismo puede llegar a ser puramente negativo, por ejemplo, los trotskistas cuando se convierten en enemigos de la URSS, sin desarrollar una nueva lealtad a otra entidad o nación. Los nacionalistas juzgan la historia desde la perspectiva de la victoria o del fracaso. Observan con admiración los avances de su tendencia y con placer el fracaso de sus enemigos, si bien aquí deberíamos hacer una incursión: no hace mucho le pregunté a un reputado nacionalista si pensaban ganar la guerra con ochenta años de retraso, y me contestó que esa no era su guerra. Dice Orwell que el nacionalista, con todo, no sigue el elemental principio de aliarse con el más fuerte. Por el contrario, cuando se decide por uno es a partir del momento en que se persuade que ha acertado y defiende esa alianza hasta las últimas consecuencias, incluso aunque los hechos lo desmientan dramáticamente.

Resulta doloroso reconocer para un nacionalista indio el disfrute de la lectura de Kipling, o para un conservador disfrutar con un verso de Mayakovski. La gente que tiene un punto de vista fuertemente nacionalista es proclive a esta clase de prestidigitaciones sin ser consciente de su falta de honestidad. En los años de Orwell ser nacionalista en Inglaterra significaba ser comunista. Curioso, todo el mundo se ponía a espiar para los soviéticos. En un país como España deberíamos aplicar esta metodología a un movimiento como el de Podemos: son tan nacionalistas o más que los más puros nacionalistas gallegos, vascos o catalanes, pues ellos son nacionalistas de otras naciones, por ejemplo, Venezuela, o Irán o Rusia, y dado que son en el fondo nacionalistas se abrazan al comunismo como a las tetas de la I República, que riquiños. Ricos para sí, sacrificados para las masas y los obreros, nunca para los descalificados, aquellos que vio llegar Marcuse hace cincuenta años. Está claro que esa tendencia de los ingleses de los 40 se parece a la de los podemitas de ahora. Éstos no consideran que España sea su nación. Su nación son sus benefactores y si, además, son comunistas, miel sobre hojuelas.

Es divertido que Orwell ponga de ejemplo a G. K. Chesterton cuando habla de las similaridades entre el nacionalismo y el catolicismo político. En toda la historia de Inglaterra se observa esta disparidad entre protestantes y católicos, pero aquí no tuvimos olfato para observar esta peculiaridad. No descarto descubrir algún día, trepanándolo, que mi gustuso Chesterton se dedicara durante los últimos años de su vida a convertir su obra en un relato propagandístico de la Iglesia de Roma. ¿Tan inteligente es la Iglesia de Roma? Quién sabe. Es posible que idealizara los países mediterráneos. Sus crónicas de España son divertidísimas, parecen de las de un reputado hispanista. Y, claro, quizás un inglés de buen criterio le parecería hiriente esa tendencia. Chesterton nacionalista francés, español o italiano, antes que inglés, mueve algo a risa, pero ¿por qué no?, al fin y al cabo sus antergos no eran ingleses sino holandeses.

Todos los nacionalismos son diferentes, pero hay ciertas reglas aplicables a todos los casos: 1) la obsesión. En la medida de lo posible ningún nacionalista piensa, habla o escribe jamás sobre nada que no sea sobre su propia entidad de poder. La menor injuria contra su grupo lo desasosiega En España, desde el 36 al 37 observó que los dos bandos tenían diez o doce denominaciones que expresaban distintos grados de amor y odio; nacionales para Franco, leales para el gobierno de la República. Todos los nacionales consideran un deber difundir su lengua en detrimento de las lenguas rivales y en el caso de los anglohablantes esa batalla toma la forma aun más sutil convirtiéndose en una lucha entre ellas. La queimada  a la efigie del político rival, o el tiro a la fotografía del antagonista es moneda tan extendida en regiones como Cataluña, como  en la Inglaterra de entonces entre socialistas y conservadores.

2) La inestabilidad. Paradójicaente, a veces los nacionalistas son extranjeros: Stalin, Hitler, Napoleón, De Valera, Disraeli, Poincaré, o Beaverbrook. Los que llegan de afuera pueden volverse más nacionalistas que los que han nacido dentro. Es una cuestión de transferencia. Esta circunstancia le permitió a Chesterton ser más vulgar, más necio, más malevólo, más deshonesto, de lo que jamás podría serlo respecto de su país natal. El nacionalista no solo no reprueba las atrocidades cometidas por su propio bando, sino que tiene una notable capacidad para no oír hablar siquiera de ellas.

En España es evidente que ha surgido un nuevo tipo de nacionalista. Creo que es el acontecimiento más singular de los últimos meses. Aparecen con diferentes nombres, lo cual es el signo más preclaro de nacionalismo, pues pueden convertir una plaza, un ayuntamiento, un mercado, un local, una asamblea, en un centro de convicciones separatistas. Algunos, dice Orwell, no están lejos de la esquizofrenia; viven alegremente entre sueños de poder y conquista que no tienen conexión con el mundo físico. Acaso su mundo sea el de la tierra, pues surgen inopinadamente de ella como una verdura, sin que les importe demasiado que allí no haya campesinos. Los intelectuales de la generación de Orwell encontraron en el nacionalismo un lugar al sol.  En la segunda parte del artículo Orwell los analiza con escalpelo, y chorrean como muertos vivientes. La forma trágica del regreso de la dictadura sería que la plurinacionalidad, como se dice ahora, triunfara sobre las demás opciones. 

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.  



Saturday, January 23, 2016

La soledad del corredor de fondo

Cuando Strindberg, al final de su vida, decidió abandonar a sus amigos en el café, descubrió algo muy importante: el ejercicio de la soledad. Qué curioso resulta observar el vaivén entre despersonalización del yo y control de la soledad. Que cultivar el yo sea tan parecido a prescindir del yo. Escribo esto en la coincidencia de varias lecturas que sacuden este dilema, y también en el momento en que un político ha debido sentirse solo al recibir tantos consejos de desistimiento, y ha de hallarse definitivamente con eso que Strindberg llamaba el gran placer de oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse.
Es curioso hallar en Solo, una de las cinco autobiografías del dramaturgo sueco, lo mismo que podemos encontrar en El monje y el filósofo cuando Revel y su hijo discuten y reflexionan acerca del sentido del yo que algunas religiones, como el budismo, laminan sin perdón. Al poco de empezar su confesión, Strindberg sostiene que no poseer nada es una de las facetas de la libertad; no poseer nada, no desear nada, es hacerse inmune a los peores golpes del destino. Mathieu Ricard, el hijo de Jean François Revel, lo dice con estas palabras: “no se trata de aniquilar el yo, que en realidad nunca ha existido, sino simplemente de desenmascarar su impostura”. Algo parecido hallo en un texto precioso de Hugo von Hoffmansthal, Carta de lord Chandos, en la que el hijo del conde de Bath le explica a Francis Bacon por qué ha dejado de escribir. Antes se pregunta quién es el hombre para hacer planes. “He perdido por completo mi capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa”. Reflexión dramática si se la aplicáramos al político al que unos y otros quieren echar a la calle o al que se odia por no haber aplicado ninguna solución convincente al interminable piélago de problemas que afectan todos los días a una nación.
A veces las palabras, como diría el lord, se nos desintegran en la boca como setas mohosas; aquí, entre nosotros, estamos acostumbrados a oír estas setas, aquellas por las cuales Strindberg huyó de sus amigos y Ricard abandonó un futuro profesional extraordinario como biólogo para echarse en brazos del Dalai Lama. Comparto con el lord esa ira que apenas puedo ocultar. Nuestro político es un hombre con defectos, y esta mediocridad se extiende de una manera que produce terror a la turbia gama de los hombres -los scheriffs N., los predicadores T., los aparceros M., y esa extensa grey de derrochadores, que pretenden ocupar el sillón del que se va-. La verdad es que quien mejor resiste de todos es Ricard, que ya alcanzó el prurito de ser monje, rodearse de montes y contemplar las estrellas, mientras que Strindberg y Lord Chandos mantienen un discurso parecido. Y nuestro político no se va, y acaba de hacerse acreedor a varias virtudes clásicas si pensáramos en Roma: la experiencia y la estrategia.
Veamos. Dice Chandos: desde que estoy solo llevo una existencia tan trivial e irreflexiva que usted, apenas, podrá comprenderla, apenas se diferencia de la de mis vecinos, mis parientes y la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de momentos dichosos y estimulantes. Dice Strindberg: la experiencia me ha ayudado a distinguir por la calle amigos y enemigos. Es más, hay personas desconocidas que irradian tanta enemistad que me cambio de acera para evitar tenerlos cerca. No quiero ni pensar qué le va a suceder a nuestro político cuando se vea solo en la calle, sin amigos, sin partido y sin poder. Si al menos tuviera a la mano un Shakespeare que lo comprendiera. Consolémosnos con la conclusión del dramaturgo: uno acaba siendo el único dueño de sí mismo, nadie cuyos pensamientos controlen los míos, nadie cuyos gustos o caprichos pesen sobre mí. Es entonces cuando el alma comienza a crecer en su libertad recién adquirida y se experimenta una inaudita paz interior, una alegría tranquila y un sentimiento de seguridad y de responsabilidad sobre uno mismo.
En su despedida al político los Parlamentos deberían leerle al defenestrado esta dádiva de Lord Chandos: una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos y los otros mil similares, puede de pronto adoptar una singularidad sublime y conmovedora. Claro que para eso el político necesitaría disponer de un alma o, al menos, una buena biblioteca en casa, aunque al parecer carece de ella y los dioses le castigarán a construirla libro a libro. Quizás las últimas horas de este hombre se parezcan a las últimas horas de la destrucción de Alba Longa que Tito Livio relata en uno de sus abraiantes relatos: ¿cómo vagan sus habitantes por las calles que no han de volver a ver?
Ante la cuestión de cómo se ha de vivir, la política y la ciencia plantean un conflicto interior que Mathew Ricard hubo de afrontar echando mano de la alternativa de oponer a las simplicidades de la política y de la ciencia, la profunda abertura de la espiritualidad, y aquí sí que se haría más necesaria la contingencia de poseer un alma verdadera, una ciencia contemplativa, como la denomina el hijo de Revel en la discusión del monje y el filósofo. Ciertamente, Revel aclara muy bien los puentes de entendimiento entre la filosofía clásica, la política griega y la espiritualidad tibetana, al decir que para el filósofo de la antigüedad la filosofía no era simplemente una enseñanza intelectual, ni una interpretación del mundo o de la vida, Era una manera de ser. Los filósofos desempeñaron el papel de confidentes, maestros espirituales, guías que prestaban apoyo moral. En otro de sus libros -La tentación totalitaria- Revel se preguntaba si es posible que exista en el hombre una aspiración secreta a la esclavitud política e intelectual, perversa cuanto que se disfraza de búsqueda de la libertad.

En medio de todo este conflicto irresoluble el yo tiene, como Houston, un problema. Solo, Strindberg parece acogotarlo: acostumbrarse a callarse el propio punto de vista hace de uno un cobarde, asumir la culpa de acciones que uno no ha cometido, por mero afán de conservar la paz, te va degradando imperceptiblemente, hasta que por fin llega el día en que uno se siente una basura, y lo peor es que uno no controla su propia reputación, por más que tenga la voluntad de actuar correctamente. ¿De qué sirve, a fin de cuentas, que yo me proponga ser irreprochable si los míos se envilecen? Claro que ésta no es una pregunta que pueda hacerse un político, ese que toma el poder para resolver conflictos, aclarar enigmas, proponer soluciones. 

Leed cómo se prepara el día Strindberg: “cuando salgo de la cama, la vida misma resulta un auténtico placer. Es como resucitar entre los muertos. Todas las facultades del alma están recién creadas y las fuerzas, tras el sueño, parecen multiplicadas. Entonces es como si me sintiera capaz de cambiar el orden del mundo, de dirigir los destinos de las naciones, de declarar guerras y destronar dinastías, Cuando leo el periódico y en los telegramas enviados desde el extranjero descubro los cambios que se han producido en la historia universal en curso, me siento justamente en el centro de la actualidad, en la que el mundo se halla en este momento. Soy un contemporáneo y noto que yo mismo he contribuido a configurar este presente mediante mi colaboración en el pasado. Luego leo que trata de mi país y finalmente sobre mi ciudad”. Me pregunto si el político y tutti cuanti están preparados para sentir así las cosas, preparados para estar solos. Como escribió una vez Alfonso Sánchez a propósito de La soledad del corredor de fondo, filme de Tony Richardson, todo hombre se encuentra solo al final de su vida, sobre todo si ha elegido la rebeldía.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



Saturday, January 16, 2016

Gorgias, diálogo de la persuasión

De los treinta diálogos que se conocen de Platón quizá no haya ninguno más expresivo que el de la retórica, es decir, el de Gorgias. Pensé en él estos días de zafarrancho de la política nacional, los histriónicos apelativos a la separación, en unos casos, y las flagrantes mentiras de quienes quieren alcanzar el poder a cualquier precio. En estos cuarenta años de democracia parlamentaria el nivel de estos gorgias pelanduscos no ha podido ser más bajo. Sócrates, el testaferro de Platón, empieza en su diálogo con sus amigos a establecer una gran diferencia entre la persuasión que produce sólo la creencia, y aquella otra que produce la sabiduría. En un caso la opinión es pura demagogia, pura ideologia; mientras que en el otro la opinión es verdadera, dialéctica Por eso ya sea en los tribunales, sea en otras asambleas, la persuasión o engendra la ciencia o sólo sirve a la ideología, es decir, a la pura creencia. Es de risa oír hablar a los políticos de la necesidad de llegar a acuerdos, pactar,de confrontar ideas porque lo que tal inclinación denota es que en el fondo todos carecen de opinión, carecen de la verdadera persuasión. Ningún pacto justifica renunciar a tus propias ideas. El problema es que en el dialogo gorgiano, el retórico no se produce nunca. Dialogar significa asumir renunciar a tus argumentos porque el otro tiene más razón que tú y ha logrado persuadirte, cosa que explica muy bien Sócrates en las discusiones con sus amigos y discípulos, hasta el punto que a veces el maestro ha de darle la razón a sus alumnos.

Dos mil años más tarde Descartes demostraría que tener una opinión exige partir de una hipótesis, y que las opiniones como los planetas se desplazan continuamente. Por ser platónicos recordemos un axioma que se olvida a menudo: la Tierra no sólo se mueve alrededor de sí misma, y no sólo alrededor del sol, sino que experimenta un tercer movimiento, el de un sistema que se desplaza en dirección contraria a la del cosmos.

Sócrates era consciente de las dificultades de los hombres para comunicar bien sus ideas, incluso para concebirlas desde su arranque dialéctico. Le dolía observar que al iniciarse una controversia entre dos hombres, éstos no lograran ponerse de acuerdo en nada debido a la carencia de verdaderos argumentos, de modo que la envidia, el enojo, la disputa, fueran las armas incómodas de la persuasión, es decir, de su retórica. En los recientes debates televisivos los Mass Media y los contertulios le hicieron un gran daño a la retórica, que fue sustituida por el insulto y la violencia. Nuestros políticos carecen del arte de la refutación. A Sócrates no le importaba que le refutaran si al tiempo podía también estar en el derecho de refutar a su interlocutor. Para él el verdadero valor de una controversia consiste en ser refutado,  mucho más que en refutar. No hay mayor mal para un hombre que el de tener ideas falsas sobre el tema que se trate de dirimir

La retórica no tiene por qué ser un arte, es mejor que la dejemos en una simple rutina si fuera posible, pero de modo tal que esta rutina produjera agrado y placeres. Así se lo dice a Polo, que acaba de incorporarse al debate. Parece increíble pero es que Sócrates creía  que la retórica no es más que el simulacro de una parte de la política. Es curioso porque aquí entre nosotros ni siquiera hemos sido capaces de que sea un simulacro, es decir, una forma. Platón que conocía bien la oscuridad en la que había caído Grecia durante el periodo anterior, era pesimista  en relación a la política, y la parte más oscura de la política era precisamente la retórica, la posibilidad de engañar a la gente con falsos discursos, bellas palabras falsas. Así, en este punto del debate Sócrates sostiene que los oradores son quienes tienen menos autoridad. Quizás viera en el debate público a una cohorte de sofistas empedernidos, multitudinarios, gentes a los que si se les pregunta bien no saben qué contestar. Hoy la cosa no es igual que antaño, porque si los oradores y los tiranos tenían muy poco poder en las ciudades y no hacían nada de lo que querían, los nuestros de ahora tienen mucho poder y hacen mal o hacen nada de lo que prometen hacer. En sólo seis meses de actuación nos han intervenido, fiscalizado, criticado, y pretenden llevarnos a un estadio político en donde nos traguemos su cieno. Sócrates pensaba que la falta de sentido común en los políticos era desastroso para la ciudad. Por otra parte no somos tan buenos como el filósofo, que prefería ser víctima de una injusticia antes que cometerla él mismo contra otros. Nada de esto es posible en la actualidad. ¿Será cierto, como decía, que el hombre injusto y criminal es desgraciado, y aún más si no sufre algún castigo y sus crímenes permanecen impunes?

De todo ello habrá que colegir que la retórica no nos podrá servir para defender nuestra causa en caso de alguna injusticia, ni tampoco la de nuestros hijos, parientes y amigos ni aún la de nuestra patria. ¿Para qué servirá entonces -prosigue el diálogo- sino para acusarse uno mismo antes de que cualquiera le acuse y lo mismo a sus parientes e íntimos en cuanto se hagan culpables de una injusticia y a no tener secreto el delito, sino a exponerlo en pleno día a fin de que el delincuente sea castigado y que recupere la salud?

Sin embargo, hay que salvar en la retórica algunas aspectos virtuosos. Así se lo dice a Calicles: para saber si una persona es decente y nos dice la verdad sería preciso hallar en ella estas tres cosas: la ciencia, la verdad, y la franqueza. No he visto nada en ello en el último año de proliferación discursiva en medios o en debates. Nuestros políticos carecen de opinión. Creen que por opinar ya la poseen, y alcanzar la opinión, es decir, la doxa, lleva su tiempo, lleva sus ejercicios espirituales, sus lecturas, su reflexión. Sócrates tiene la humildad, más adelante, de reconocerle a Calicles ciertas verdades que le han conmovido. De Calicles ha aprendido qué se debe ser, a qué debe uno dedicarse con preferencia y hasta qué punto, ya sea en la ancianidad o en la juventud. Acepta la crítica. A esto llega su grandeza, a aceptar que acaso debe asumir los consejos de sus alumnos o amigos. Quizás haya equivocado la profesión, y desearía que alguien le dijera qué trabajo sería para él el mejor. Qué ironía.

Sin duda, Calicles, que está empezando a dedicarse a la política, le encantaría que Sócrates siguiera su camino. Pero precisamente la fortaleza del filósofo descansa sobre este rechazo, rechazo por el cual será después castigado a la pena de muerte. Sócrates procede entonces a examinarse y a examinar a su interlocutor. Desde el tiempo transcurrido, ¿ha logrado Calicles hacer mejor a alguien, en mejor ciudadano? ¿Puedes nombrar a alguien, extranjero, ciudadano, hombre libre o esclavo, que habiendo sido antes un malvado, injusto, insensato y libertino, se haya convertido en un hombre honrado gracias a los esfuerzo de Calicles? La lección de Sócrates deberíamos trasladarla a nuestro tiempo. Hay un exceso de política. Los periodistas no saben hacer otra cosa que darles a los políticos a comer de sus micrófonos y, además, se ha convertido la política en un negocio cojonudo para los que nunca han trabajado en otra cosa, los que carecen de oficio y nada saben hacer, ni siquiera el principal objeto de la retórica, hablar bien ante los demás. El ganado que está entrando en política nada va a enseñar a nadie, vienen desnudos como los niños de la mar. Salmantica non dat, quod natura non praestat.

Podríamos imitar a Sócrates en lo que estamos viendo estos días, en la no constitución de un nuevo gobierno. No conocemos a nadie que haya sido un buen político en las últimas legislaturas. ¿Quién ha destacado por su inteligencia, por su bondad, por su dialéctica, por sus prácticas de discurso puras? Calicles le reconoce a Sócrates que no ha conocido a ninguno, pero que acaso antes los hubo; si bien, Sócrates le demostrará que los de antes no eran tampoco mejores a los de ahora, ni siquiera en el uso de la palabra.

He terminado sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, January 09, 2016

La crítica, según el dr. Samuel Johnson

La crítica, como otras muchas cosas que proceden de otra época vive un mal momento. Pongo un ejemplo: a todo el mundo le ha gustado una película titulada Truman, lo cual es una demostración de que, acaso, la crítica ha dejado de existir y le pasa como a los periodistas que hablan por televisión o escriben -con alguna excepción- en los periódicos de papel.  Creo que esta anomalía procede del bajo tono moral existente en nuestra sociedad, también al hecho de que estos críticos forman parte de la troupe en la que se comparten fiestas, amistades y objetivos ideológicos. Antiguamente tenías en la crítica a gentes como García de Dueñas, Rodríguez Sanz, Fernández Santos, Santos Fontenla, José Luis Guarner, Eugenio Trías, gentes que tenían realmente una profesión, por lo que se les podría comparar a cualquier francés: en Francia todo el mundo-se llegó a decir- tiene dos oficios, el suyo y el de crítico de cine. Hoy, por el hecho de que la mayoría vive de la crítica o casi no damos con esos dos oficios, y desde luego no con los innumerables oficios que podía tener el dr. Johnson en la Inglaterra del XVIII: la biografía, el artículo periodístico, la poesía, el libro de viajes o la novela corta. El dr. Johnson empieza a ser descubierto entre nosotros tímidamente. Es admirable comprobar que no acabó sus estudios universitarios en Oxford, lo cual no fue óbice para que se convirtiera en un gran conocedor y estudioso de la literatura de su país, básicamente. Fue tan conocido que su entierro en Westminster estuvo arropado por una multitudinaria presencia ciudadana.

Frente a los críticos actuales, el dr. Johnson manifestaba su personalidad en todos sus textos. Este ocultamiento es tan grave en la vida intelectual actual que hasta en nuestros poetas se arguye una especie de ocultamiento personal que nos impide ser objetivos con algunos. A aquellos ingleses del XVIII, de Addison al dr. Johnson, pasando por Steele, la crítica, entonces un nuevo género, les pareció imprescindible para el objetivo de servir de guía a la población, todavía durmiente; era una manera de servicio público, sostiene inteligentemente Gustavo Torné en su introducción a Los ensayos literarios que, naturalmente, no recogen en absoluto la amplitud de su ingente e incontable producción. La lingüística, la semiología incluso, experimentó un avance extraordinario con el esfuerzo de este singular crítico: fijación y limpieza de textos, especialmente si nos referimos a las obras de Shakespeare, creación de un diccionario compuesto por mil palabras, interés por aumentar el nivel del gusto en los lectores. En definitiva, las actividades del dr. Johnson se extendieron a un saber desinteresado en donde podían atisbarse todas las funciones epistemológicas de un verdadero crítico: la de editor, lexicógrafo, y ensayista. La semana anterior lo comparábamos con Montaigne.

La estrategia textual del crítico Johnson no ha sido superada en los doscientos últimos años por la crítica posterior: empieza por un retrato amable del literato escogido, enjuicia a continuación la obra de que se trate con una destreza técnica tal que su tono revela una intencionalidad impresionista, y describe las ideas del autor antes de proceder a emitir un juicio que complete el conjunto. Es probable que sus estudiosos tengan razón: ninguna obra es perfecta para él. Todos los poetas del XVII y comienzo del XVIII –Milton, Gray, Swift, Prior, Cowley, Addison, fueron unos desconocidos del mundo hasta que apareció el dr. Samuel Johnson.

A Johnson le dejaba perplejo que los jóvenes de la generación de la Enciclopedia mostraran sólo interés por la biografía. A menudo citaba a Dryden, sobre todo cuando se veía necesitado de recurrir al ejemplo moral:”convencer a cualquier hombre contra su voluntad es difícil, pero complacerlo contra su voluntad está por encima del alcance de las habilidades humanas”. Todavía hoy, como ocurría en la época del dr. Johnson, sucede que la crítica se desorienta por interés, si bien la diferencia es que entonces los editores veían con disgusto que los críticos corrigieran o ilustraran a los autores, mientras que ahora todo el mundo forma parte del sistema y los críticos acuden a los cines o a los libros con el espíritu con el que acudían “los agentes” de la época de Ben Jonson, el dramaturgo del siglo anterior, a su teatrical Tienda de las noticias cuando Carlos I subió al poder -1625-. Afortunadamente, los críticos actuales no se conforman con exaltar los filmes o los libros de su país, y han extendido su espectrum a obras procedentes de variados y ricas culturas, aunque la motivación mercantil es obvia. Entonces y ahora la mayoría espera una recompensa, lo cual induce a una cierta esclavitud, incluso aunque la recompensa tenga sólo un carácter banal. Creen que son imprescindibles, y que el público, tan ignorante como el de la época de Johnson, merece ser dirigido. El proselitismo que se hace con ciertos autores es bochornoso. No comprenden que la inmortalidad no depende de lo que han escrito sobre aquellos, ni aquellos deben quedarse tan tranquilos si piensan que un éxito inesperado, aplaudido por los periódicos o el nº de ventas, se la garantizarán. ¿Quién sabe hoy algo de Murnau, Strand, Hofmannsthal, Rilke, Strindberg, Antonioni o Cortázar?

En los periódicos en los que colaboró también citó a los críticos que supieron transformar los diarios en objetos de culto. Así el Spectator fundado por Addison y Steele. Addison fue el gran descubridor del concepto de la belleza antes de que el romanticismo surgiera con un ímpetu extraordinario gracias, no como se cree a los alemanes o franceses posteriores, sino a aquellos ingleses que como Addison preferían destacar la belleza de una obra que sus errores. Habrá que esperar casi cien años para dar con un pensador de la estética tan indiscutible como Friedrich Schiller. Johnson observaba con pavor que los estudiantes de filosofía que habrían de enseñarla a la siguiente generación carecían de opinión al conformarse con un conocimiento de segunda mano extraído de los primeros cafés que acababan de surgir en Europa, pero no del esfuerzo de una lectura pormenorizada de libros y de un estado de ánimo tendente a la meditación. Esto todavía es inferible hoy: los críticos que salen de la universidad carecen de lecturas, y los que se van haciendo viejos no las creen necesarias. No hay verdadera opinión hoy, hay sólo sentimientos, sectarismos trasnochados,  insulsa y vana ideología, ninguna estética. En un festival se reúnen doscientos críticos y dos o tres ya la han armado. El resto carece de opinión. ¡Si al menos la de aquellos reflejara poseer alguna! Pues, como dice Johnson, “al no percibir nada que oscurezca ni avergüence la cuestión que defienden, esperan que su juicio prevalezca universalmente, y se dedican a imputar, en lugar de conocimiento, incertidumbre e indecisión a las pausadas aspiraciones honestas”.

El juicio sobre la crítica a veces resulta cruel: mediante las artes de engaño voluntario se esfuerzan todos en ocultarse a sí mismos su propia insignificancia. Parecen palabras escritas por Balzac un siglo después a propósito de los periodistas que como Lucien quieren triunfar en el París de Las ilusiones perdidas. Es sorprendente que Johnson sea de la convicción de que la crítica no haya alcanzado todavía, al filo de 1750, la categoría de una ciencia. Doscientos años más tarde un hombre tan sobrado como Barthes elaborará textos tan decisivos como Crítica y verdad y, sin embargo, reconoce que le habría gustado establecer unas pautas científicas para asentar qué es un lector, cosa que interesará poco después a Blanchot con enorme transigencia. Resulta admirable que el dr. Johnson navegara en medio de esas peculiaridades. Con todo el doctor entiende que los críticos al carecer de normas hacen que su trabajo, su praxis vaya poco a poco enarbolando las reglas, antes de que las reglas hayan dirigido la práctica.

En el momento en que Johnson está redactando estas palabras no muy lejos de allí un talentoso crítico está acabando con la ayuda de su centenar de colaboradores, la más grande e influyente Enciclopedie de todos los tiempos: Denis Diderot. La guerra entre autores y críticos fue un hecho incontrovertible en los primeros y segundos tiempos de este proceso, un tiempo que duró unos doscientos años. Hoy no queda más que un humo de pajas. Truman está llena de buenas intenciones, pero sus defectos son incontables, aunque sólo citaré dos: el personaje de Cámara no hay por donde sostenerlo, carece de entidad, y ese vacío redunda en una falsa y momificada actuación del actor que lo representa. El coro del que se rodean los protagonistas es falso, incompetente: hacer un buen filme o escribir un gran libro no está ni al alcance de los que se llevan políticamente todos los galardones. La sociedad española y el arte que producen han entrado en estado de descomposición.  

En la época de Johnson la persecución de los autores por parte de los críticos era feroz. De algún modo, lógica, pues el periodismo se abría a través de los Spectators a un tipo de información novedosa, la filosofía, el pensamiento, el ensayo y la crítica, algo que duró un siglo entero. Es curioso: “el autor, cuyo empeño consiste en apaciguar y en eludir a su persecutor, relaja sus rasgos, suaviza su acento, desbarata la fuerza del asalto con una retirada y prefiere apartarse que avanzar y chocar. Dick Minim su contemporáneo, aprovechando la aparición de las Academias y salones, creyó posible formar un programa para una academia de la Crítica donde todas las obras que se escribieran pudieran leerse previamente antes de ser imprimidas, de manera tal que supusiera un filtro al modo en que muchos siglos antes los Plinio se dedicaran en casa a sus recitationes y ver la recepción de sus obras ante los amigos, la mayoría de los cuales –se jactaba Marcial- permanecían afuera, en los porches, a que acabara la función. Parece que el intento de Minim no consiguió consolidarse, si bien Johnson lo forjó poco después.

Tiene razón Gonzalo Torné cuando al final de su prólogo comenta que la frase del dr. Johnson es de período largo, abrupta, que a veces se enrosca sobre sí misma, en una especie de reflejo formal de las contiendas que transcurren en el plano semántico. La plasticidad de la prosa de Johnson le sirve tanto para la expresión solemne como para la ironía mordaz.

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Saturday, January 02, 2016

El tesoro sagrado del pasado

A veces me sorprenden esos filmes históricos en donde el diseño de producción no concuerda con los recuerdos que uno tiene de aquel pasado. Veía  Brooklyn, una historia de emigrantes irlandeses de los años 50 y recordé la ropa de mis padres, y de los paseantes de la ciudad de aquellos tiempos sin que el film consiguiera persuadirme de que me encontrara en aquella época, como si en realidad todo estuviera ocurriendo mucho tiempo antes. Entiendo que  los artistas nacidos en los 60 o después tengan dificultades con el diseño y el vestuario si no han estudiado a fondo esa época. Después, paulatinamente, el filme se va acomodando al recuerdo de nuestras propias imágenes, mientras hojeo algunos artículos especiales del doctor Samuel Johnson editados en 1750 en periódicos como Rambler, The Adventurer o Idler. Johnson, que fue considerado por el literato Harold Bloom, como el más grande crítico de todos los tiempos, especialmente su artículo “Los usos de la memoria” de 7 de agosto de aquel año.

Empieza con una referencia al poeta latino Marcial, a una de sus sátiras, muy recomendable. Y a una estrofa que recojo: “a sus recuerdos ningún día les resulta ingrato ni molesto, no hubo ninguno del que no quiera acordarse. El hombre cabal ensancha el espacio de su vida. Vivir dos veces es esto: poder disfrutar de la vida anterior”. Este sentimiento lo entiendo muy bien y quizás por ello decidí en su momento especializarme en el estudio de la Historia. Tambíén siento que en todo hombre hay varias vidas, de modo que cada uno puede familizarse con varios pasados y algunos futuros sin importar la edad que se tenga. De niño observaba ese futuro como un destino, un juego con el destino en donde intervenían el azar, la suerte y la adversidad, y casi todo se fue cumpliendo como los presagios de los oráculos. Creo que hay que tomarse la vida como un presente continuo, si cabe. El diario no es el que uno escriba día a día, que también, sino entender la existencia como un diario que viene a visitarte todas las mañanas y ante el que no te queda otra que ir pasando las páginas desde el amanecer. Comprendo que me asisten estos pensamientos porque acabamos de pasar página habiendo dejado un 2015 atrás llenos de algunas sorpresas en donde el juego del destino ha estado riéndose de nosotros o con nosotros.

El doctor Johnson prestaba mucha atención a esta fenomenología del tiempo. Hace unas noches le oí decir a un paisano que el tiempo no pasa, que los que pasamos somos nosotros. Necesitamos encontrar satisfacciones suplementarias, y la memoria nos las proporciona aliviando así las vacuidades de nuestro ser, dice, con el recuerdo de antiguos momentos o la anticipación de acontecimientos por venir. Entiendo al doctor, sé por donde va, es sumamente crítico con sus coetáneos, pues observa que los hombres, en general están afectos al dolor o al placer, pero carecen de esta sensibilidad superior de la memoria que hace elevable el alma humana, y la separación del resto de las especies, como si todos ellos estuvieran siempre ocupados por completo o, completamente a gusto sin ocupación, que sienten pocas miserias o placeres intelectuales. Por eso entiendo que algunos le den tan mal uso a la memoria cuando se inmiscuye lo político siendo que la memoria solo puede contener las cualidades de una persona o, en caso contrario, las deficiencias de aquellos que circulan por la vida con un vacío inexorablemente destructivo.

Considera Johnson que la facultad del recuerdo es la que nos sitúa entre los agentes morales. La verdadera memoria rechaza actuar por impulsos inmediatos, sin saber qué dirección han de tomar nuestros recuerdos, pues los objetos susceptibles de ser asimilados producirían en nosotros una amalgama comparativa imposible de separar y discernir. La memoria es parte del placer intelectual y del incremento de nuestros conocimientos. La idea del presente que se mueve, que viene de san Agustín y pasando por Johnson llega a los fenomenólogos sartreanos y hasta Deleuze, deja huellas en nosotros sin que pase de largo, soberbio. Seremos felices o miserables según cómo nos afecte la inspección de nuestra vida o la prospección de nuestra existencia futura.

Samuel Johnson reduce las expectativas a aquellos hombres que fueran solitarios o soñadores, y así el futuro se volvía más incisivo que el pasado, pero Picasso todavía un día antes de morir tenía por delante una misión que cumplir; sin embargo, las imágenes que la memoria presenta son de naturaleza intratable y testaruda. Esta percepción sería hoy discutible, especialmente desde que se dispone de un aparato de análisis de la psique que pondría en duda cualquier seguridad sobre el recuerdo. Una experiencia vivida por varias personas a la vez produce en cada una, una memoria diferente. En expresión feliz de Dryden cualquier cosa que hayamos depositado alguna vez en el tesoro sagrado del pasado, no puede perderse ni por nuestra propia debilidad ni por la malicia ajena. En el poema de Dryden leemos esto: no conseguirá que lo pasado no haya pasado, ni borrar ni destruir lo que trajo una vez el curso fugitivo de las horas.

Naturalmente no puede haber memoria allí donde no ha tenido lugar la vida. Tendrás recuerdos, que analizarás con placer si conseguiste llenar tu vida de acciones representativas de tu carácter, de tu ethos. No hay en este sentido mayor felicidad, sostiene Johnson, que la de poder recordar una vida virtuosa y útilmente ocupada. La vida en la que nada se hizo o se soportó para distinguir un día de otro es como si nunca hubiera tenido lugar para quien la atravesó. Observo con interés lo que hacen los demás intuyendo de antemano qué vida tendrán en su retiro. Veo algo de sus destinos en la forma que ahora se dan para existir. Me parece que algunos se conducen bien, pero que otros lo hacen mal, como si estuvieran ya acabados. Con sus acciones demuestran que se prodigarán en un destino incierto, pues mientras viven no se han dado a una buena vida, una vida decente, comprometida, rica en acciones desprendidas, en discursos inteligentes, alejados de sectarismos pertinaces y egoísmos falaces. Nadie es perfecto, claro, pero noto en muchos esa cosa de Papini que habla de lo que está acabado. Creo que mientras se viva hay que dejar abiertas de par en par aquellas puertas que nos abran los espacios del paraíso aún no roturados, nuevas tierras que cultivar, nuevos frutos que saborear, nunca situarse a la espera de nada, mientras se pueda, pese al pesimismo que denotan aquellos versos de Horacio: vitae summa brevis spem nos petat inchoare longam. La extremada brevedad de la vida, nos prohíbe alimentar largas esperanzas. En esto Johnson también es pesimista, ve en la narración una respuesta a la poderosa memoria cuando ésta ha desplazada ya al resto de las facultades de la mente; la memoria como un atributo de la decadencia.

Mientras se lee al dr. Johnson a veces tiene uno la impresión de haber abierto un ensayo de Michel de Montaigne. Así en el capítulo XIX de su primer tomo de ensayos, el alcalde de Burdeos titula su pensamiento sobre el destino de esta guisa: “no se ha de juzgar nuestro destino hasta después de la muerte”, frase que imitarán muchos y que también hallamos en algún estudio cinematográfico de Pier Paolo Pasolini. Es verdad, la volubilidad de las cosas humanas impediría a cualquier hombre sostener que ha sido feliz. Lo más horrible puede ocurrir el último día o como diría Arendt nadie es protagonista de su propia vida. Lucrecio, al que cita con fragor el gran Montaigne, escribía en el s. I a. de C. que “tanto es así que una fuerza secreta arrasa todo poder humano y se complace en pisotear las crueles hachas y los nobles pabellones consulares”.

Quizá seamos demasiado optimistas o sectarios de lo apoteósico, seguimos creyendo en el futuro de nuestras próximas horas, aunque entendamos las últimas palabras del artículo del supercrítico: “ya no tenemos ninguna posibilidad de grandes vicisitudes a nuestro favor; los cambios que tendrán lugar en el mundo llegarán demasiado tarde para nuestra adaptación; y quienes no tienen ninguna esperanza depositada en ellos, y para quienes el estado presente es doloroso y molesto, deben por necesidad invertir sus pensamientos para intentar aquello que, retrospectivamente, serán capaces de realizar”.

El crítico inglés, autor de una vasta obra en materia de diccionarios, biografías, periodismo y novelas, con todo, nos dejó una rica apología de citas, de las cuales escojo una que pone en discusión este galimatías: es necesario esperar aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos por frecuentes que sean son menos horribles que su extinción. Boswell, Chesterton, Warthon, Watkins, y muchos más lo leyeron con fruición.

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Saturday, December 26, 2015

Anaís Nin, escribir para sí

¿Cuánta literatura existe en forma de diarios? ¿Qué culpa tienen los psicoanalistas para que la gente se arroje en brazos de la confesión personal, creyendo que lo que hacen sólo consiste en escribir cosas privadas, nada sustancial? Sin embargo, si alguien procediera a estudiar este fenómeno en una tesis descubriría, asombrado, que un porcentaje altísimo de la producción literaria está fundamentada en la escritura de diarios. Tengo un amigo que está acabando uno, y muchas veces, al leer, no tengo clara la separación entre unas confesiones, una biografía, unas memorias,un dietario y un diario. Pues acaso escribir forme parte de un ejercicio no sólo interior sino plenamente físico, como salir a correr, nadar, ascender una montaña o hacer el amor. Eso le dijeron a Anaïs Nin cuando se puso a escribir inconscientemente sus famosos diarios. Le animaron a que continuara y, aunque se perdieran muchos, se conservan la mayoría de los que escribió entre 1931 y 1947, hasta 15.000 folios en una remington.

Siento una cierta fascinación por textos de Montaigne, de Pascal, de Casanova, de Rousseau, de Lautremont, de Plá, de Trapiello. Cambian las estrategias, la forma, el tono, los gustos. Me hubiera gustado que los diarios de la Revolución de Madame de Staël hubieran sido traducidos alguna vez, pero parece que no serían bien recibidos por políticamente  incorrectos; si bien, la gente desconoce que fue una diputada girondina. Henry Miller, al empezar a leerlos, predijo que los diarios de Nin, hija del famoso compositor catalán, ocuparían un lugar al lado de las revelaciones de Petronio, san Agustin, Abelardo, Rousseau, y Proust, ¿qué son esos viajes a la búsqueda del tiempo perdido sino una sucesión de diarios escritos día a día? ¿No decía Unamuno que no había mayor novela que la de la propia vida?

Anaïs estaba más conforme con sus diarios que con sus cinco novelas, porque en ellos era espontánea, escribía de una forma natural, mientras que lo que escribía fuera no era más que una condensación de aquellos, sea un mito, un poema. Ella tenía la sensación de que había escrito en sus diarios todo lo que la gente le había pedido que escribiera. En los diarios había sido explosiva, apasionada, auténtica. Sus diarios revelan que la felicidad eran los amigos, los viajes, los encuentros. Podría responder muy bien a esa incómoda pregunta que a veces le han hecho a uno: ¿cuál es tu mundo? Hay muy poca gente que pueda responder a ello. Mi mundo, escribe, es el de los pintores, los escritores, los músicos, los bailarines, los actores.

Al llegar a París en 1931 dio con el mejor momento por el que estaba pasando la capital del mundo. Toda una estética, esa que impulsa a una ciudad para vivir por el arte. Esa ciudad estaba construida por la influencia de Proust, de Giraudoux, de Lawrence, si bien su Greenwich Village será un pueblecito muy cercano, Louveciennes. Siempre que se habla del segundo sexo olvidamos con frecuencia que Nin es una de las cumbres desde donde puede atisbarse el despertar de la mujer. Ella se sentía en medio de aquellas mujeres que precediéndola en la Historia, y estas nuevas que se situaban a su lado, buscaban refugio en mudas intuiciones, y que ahora pasaban juntas a la acción, Gertrude Stein, Lou Andreas- Salomé, Simone de Beauvoir, Edith Piaff. La barrera del sexo se había caído, y las mujeres retozaban junto a sus amantes en las buhardillas de París o en las playas del Pireo. Hemos llegado, les decían a los hombres. Desde Apronenia Avitia, en los albores del siglo V, esa marea permanecía varada como una ballena perdida, abandonada, dejada.

Anaïs tenía unas ideas interesantes sobre la existencia y el mundo. Creía que se pierde el tiempo exigiéndole a la vida un sentido universal que valga para todo, cuando lo único real es ese sentido que cada uno sea capaz de encontrar para sí mismo. Nunca se comprometió en trabajar para movimientos o partidos porque veía en ellos demasiado fanatismo; sin embargo, dio muestras de gran solidaridad en relación a los amigos u otras personas que podrían necesitarla. Miller, de hecho, pudo resistir y no morirse de hambre gracias a ella. Eso se llama dar a cada ser humano lo que le corresponde. Enseguida dio muestras de despreciar la riqueza. Estaba segura que si se le imitara no habría guerras ni pobreza.

Los diarios, misterio de la existencia, suelen empezar por un viaje, y ella hubo de realizar varios debido al abandono de su padre, quien había conocido a una joven cuando él ya se inclinaba hacia la madurez. Primero a Nueva York, luego París, después los viajes por Europa, la guerra, los desplazamientos, el matrimonio, sus amantes. Me dejo llevar por los reflejos rotos, dice en algún momento. El diario es su droga, su vicio. Necesito volver a vivir mi vida en el sueño. En cambio la vida revela sus imperfecciones, la simplicidad se transforma en moho. Muchos quisieron, sin embargo, privarla de su diario; así, en el verano de 1933, cuando el diario era su único amigo fiel, al que le habla a veces como si fuera una persona. Al lado de los hombres se sentía sola. Se trataba de una relación precaria. Los hombres son egoístas y débiles, miedosos. Una cosa era amarlos y otra bien diferente comprenderlos, perdonarlos. Vivo, sobre todo, en el instante; lo que se recuerda es menos verdadero. Qué grande es esta reflexión, cuánto nos engañamos con los recuerdos. Mientras el mundo de afuera es hostil, el diario es como un calentador que ahuyentara el frío y la humedad. El diario es para ella la revelación, un lugar en donde el alma puede revelarse verdaderamente. Lo que mata la vida es la ausencia de misterio. Esta reflexión no se la he visto a hacer a ningún escritor. Me parece fantástica en un mundo donde todo está volcado en el decir, en el desnudar, chillar, gritar, maldecir. Es horrible ver en las personas su totalidad en un instante. Es horrible no dar con su misterio. Sí, era verdad, la literatura iba a morir, qué enorme influencia tuvo en escritores de su generación como Blanchot y Bataille. Hablaban sin percatarse que Anaïs estaba detrás.

Günter Stuhlmann, su gran hagiógrafo, dice que este diario nos ofrece un nuevo género, el relato detallado del pasado hecho por alguien que nos proporciona el plan de nuestro propio porvenir. Blanchot lo llamará el libro por venir. Vamos ahora a la Luna -escribe Anaïs-. En realidad no está tan lejos: el hombre puede ir muchísimo más lejos sin salir de sí mismo. En el ecuador de su escritura, en medio de la guerra, ella descubre que ya no escribe por vicio, por enfermedad, por sentirse sola, sino que ha pasado ya a otra etapa: ahora escribe por describir a los demás, por abundancia. Pero sólo en los momentos en que ciertas personas contaban para ella. 

La persona crece y decrece, aparece y desaparece, sólo en relación a sí misma. Nada puede cambiar la naturaleza humana, dice, el hombre sólo puede cambiar psicológicamente, pero el miedo y la codicia lo hacen inhumano: en cada revolución no conseguimos más que un cambio de papeles, pero el mal persiste. Una vez permanecerá largo tiempo viviendo en una gabarra que flota sobre el Sena, eso sí que es un gran misterio. Odia el miedo y el instinto destructor de los hombres. No saben hacer otra cosa que discutir de política, pero no le dedican un solo instante a discutir de música ni del placer. Jamás están alegres ni eufóricos. Parecen hechos de cemento y acero, o bien se parecen a caballos de tiro, siempre obsesionados por el poder. Las relaciones personales han desaparecido. “Cuando estoy en compañía de gente madura, siento su rigidez, su falta de vitalidad”. Henry Miller y Gonzalo, su marido, están acabados porque se han estancado.

Si me dieran a elegir dos párrafos singulares de entre los cuatro tomos que se agolpan en sus diarios editados por los amigos de Bruguera, elegiría éstos: “el neurótico es como muchos románticos que intentaron  alcanzar el absoluto, no pudieron porque ellos mismos lo habían inventado. Son personas que se proponen objetivos inalcanzables, imaginarios. Trata de conseguir que el mundo le considere, dándole al mundo algo que quizá no desea. Intenta unirse a sus opuestos, y establecer relaciones perversas contrarias con aquellos que se alejen de él. Es un creador y puede aplicar su fuerza inventiva  al arte, la ciencia o la historia”.Y este otro: “cuanto más cede una persona, con mayor facilidad se halla satisfecha. La sabiduría adquirida por medio de las ideas, el intento de controlar intelectualmente la vida, son desastrosos. No son sino aquella voluntad de la que Lawrence se burlaba”.

Poco a poco la vida se va transformando en un drama. Para ganar la guerra los americanos se han decidido por arrojar la bomba atómica. Ya no hay nada que sea grande, profundo, importante. El niño-hombre, ese mundo egocéntrico, ya le resulta insoportable. Miller cede, acepta. Rank intenta cambiar, controlar. Miller es más feliz. Al final del diario escojo esta reflexión que impresiona: “encubrí mi condición de mujer para abismarme en el mundo del poeta, del soñador, del niño. Creé un mito, una leyenda, una mentira, un cuento de hadas, un mundo mágico, un mundo que se derrumba todos los días, y me dan ganas de terminar como Virginia Woolf”. O esta otra que nos pone delante del mundo al que acabamos de acceder: “la peligrosa época en la que las voces mecánicas de la radio y del teléfono sustituyen las íntimas relaciones humanas, y la impresión de estar en contacto con millones de seres, acaban empobreciendo cada vez más la intimidad y la visión humana. Nunca se sube por caminos llanos -se lee en el 2º tomo de sus memorias- siempre se sube como por una escalera, una eterna y agotadora escalera que conduce hacia cielos negros, hecha de piedras gigantescas, piedras cuadradas puestas unas sobre otras, una escalera que acaba por agotarnos, porque están cortadas en un tamaño superior al alcance del paso del hombre; están hechas para gigantes, esos cuyas caras se esculpieron en granito, esos que se beben la sangre de los sacrificios y se ríen de los esfuerzos de los hombres liliputienses.

En una de sus cartas dirigidas a Anaïs, Henry Miller reconoce abruptamente que nunca será capaz de escribir como ella, cosa que le honra, de alcanzar tal grado de belleza. Ha leído el primer libro de Anaïs, un ensayo sobre Lawrence, y su primera novela erótica que conmueve al mundo. Miller todavía no ha escrito el mejor libro de viajes que se haya escrito nunca, según María Belmonte: El coloso de Marusi.

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