Blog de Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Name: Juan A. Hernández Les

Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, November 21, 2009

Sonata para los hombres buenos


Ahora que le ha llegado el turno a la oposición, el turno de ser escuchada por los aparatos del Estado, hube de recordar la insidiosa mueca del comisario de la Stasi al final de la película de Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros. El repugnante gordo aún tiene la osadía, después de la caída del muro, de preguntarle al otrora intelectual liberal qué tal se siente bajo el nuevo Régimen de la RFA, una democracia en toda regla. La sonrisa del nuevo Fouché deja un tinte sombrío sobre nuestras esperanzas. Observando a Georg Dreyman escrutando los papeles de la Stasi en los que el personaje recorre con su mirada todos los documentos que traslucen sus conversaciones privadas en casa, bajo un auténtico arsenal de grabadoras, cables y cámaras, no pude por menos que pensar en los archivos de nuestras impolutas comisarías democráticas, repletas de informes franquistas en los que todavía muchas personas aparecen señaladas.

Y, entonces, me remonté a Caul, Harry Caul, otro de los pertenecientes a una sonata para los hombres buenos, quien se considera un verdadero profesional cuando se gana la vida escuchando a personas anónimas por delegación de alguna multinacional, y no del Estado, aunque, dada la evolución de los acontecimientos, cualquiera sabe. Un día vemos a Caul acudiendo al confesionario. El complejo de culpa le anima a confesar sus pecados. Estos son sus pecados: padre, he usado el nombre de Dios en vano, he cogido revistas de los kiskos sin pagarlas, y estoy metido en un trabajo que consiste en perjudicar a los jóvenes. Sabemos durante el transcurso de La conversación que debido a su trabajo -técnico de Vigilancia y Seguridad- Harry Caul ha provocado la muerte de tres personas, y ahora vemos en peligro a una pareja que pasea por el parque, y que mantiene una conversación delante de un pobre mendigo espachurrado encima de un banco. Ella dice: cuando veo a uno de esos pobres viejos siempre pienso en lo mismo, que fue un niño pequeño, que tenía un padre y una madre que le querían mucho; mírale ahora, ¿dónde está su familia? Coppola nos repite este diálogo a lo largo de toda la trama, pues estas palabras sirven de acicate para que la conciencia de Caul se remueva dentro de sí, y acabe por ponerse del lado de sus víctimas, que en realidad no son tales según nos demostrará la historia al final.

Caul es un perseguidor, igual que el crítico de El perseguidor de Cortázar, aunque en este caso, Bruno no es más que el típico crítico que mitifica a su saxofonista Parker, como hacen todos los críticos del mundo con sus directores de cine o sus artistas favoritos: proyectarse en ellos como hizo desgraciadamente Wim Wenders un día con Nicholas Ray, o Peter Bogdanovich con Welles, si bien éstos también tocaban el saxofón, es un decir. De hecho Caul toca el saxofón, y Wiesler, el grabador de la vida privada de Dreyman, todos los instrumentos represivos que sirven para destruir la vida humana, aunque él también tendrá un final para la redención, pues ya que lo terrible de este mundo es el hecho de que todos tienen sus razones, Dios aparecerá también para escribir una sonata para los hombres buenos.

Es una desgracia que nuestros espías y realizadores audiovisuales sean incapaces de enarbolar diálogos tan bellos como el que Harry Caul es capaz de exponer a una bella fulana en un hangar siniestro. Dice Caul: si tú fueras una mujer que esperase a un hombre y nunca supieras cuando iría a verte, y vivieras sola en una habitación sin saber nada de él, pero si le quisieras y tuvieras mucha paciencia, y aunque él no se atreviera a contarte nada de su vida privada, a pesar de que te quiere, ¿crees que tú volverías con él?

Es una pregunta difícil, pues como le replica la mujer, ¿cómo iba a saber ella que él le quería? Caul es muy parecido a Wiesler. Los dos están solos, y no pueden comunicarse con nadie, ya que su oficio les impide cualquier franqueza. Son lobos esteparios, que a medida que avanzan en sus investigaciones sufren una mutación moral, poniendo sus vidas en peligro, pues por encima de ellos hay otros lobos que no viven en la estepa, sino sobre alfombras mullidas arreglándole el mundo a los demás, es decir, jodiéndonos. Caul y Wiesler se transforman en alguaciles alguacilados, y mientras el primero descubrirá una verdad peor que la que se había imaginado persiguiendo a los jóvenes, el segundo verá su destino reconducido a una degradante tarea de cartero. Caul, tocando una pieza de Duke Ellington; Wiesler, descubriendo delante del escaparate de una librería que se ha convertido en un personaje de ficción.

El policía de la Stasi pasa por una experiencia que también modificará la vida y la conducta de Sontag en Farenheit 451: el día que entra ominosamente en el apartamento de su víctima y se lleve uno de sus libros a la azotea en donde le escucha y le vigila. Es un libro de poemas de Brecht, el dramaturgo aquel que siendo comunista acabó exiliado en los EE.UU. Como todos los hombres buenos, Brecht dice: cada día de septiembre el temprano otoño era azul, aquellos jóvenes árboles verticales alcanzaban el cielo, como el amor que florecía y crecía sobre nosotros, flotando sobre el claro y límpido cielo, en el que una nube de blanco algodón lo atravesaba, y si confías en el corazón nunca te abandonará.

Ahora todo el mundo, para qué nos vamos a engañar, es vigilado. La tecnología vendría a imponernos una suerte de tiranía, que resulta muy tentadora para los gobernantes. Con todo, es miserable que se nos diga que esta tecnología está muy bien para vigilar a los terroristas y a los delincuentes, pero como se dice en La vida de los otros la poli distingue entre las personas vigiladas cinco tipos de grupos. Los escritores como Geor Dreyman, formarían el grupo 4º, es decir un grupo que siempre interesa a nuestros vigilantes aunque aparezcan al final de la lista, casi; pues aquí no se salvaría ni Dios. Es sorprendente que pongan tanto interés en escuchar lo que decimos o hablamos o escribimos algunas personas, y pongan tan poco interés en enfrentarse con valor a ciertos acontecimientos repudiables, que se suceden todos los días en las pantallas haciéndonos cómplices como espectadores. Además, es evidente que el espionaje también forma parte de todas las instituciones burocráticas, Universidades, empresas, etc. Los alumnos entran en las aulas con la grabadora, y ciertamente, sus fines no son desprendidos, sino conspicuos. Por extensión mucha gente se da a la algarabía de escuchar a sus vecinos, aunque se molestan cuando oyen un orgasmo al otro lado de la pared. Los alumnos de Wiesler escuchan impasibles las técnicas de tortura contra el disidente en el Aula Magna.

Bruno, el crítico y plañidero de Charlie Parker, debería tocar el saxofón, igual que Harry Caul, o el piano, igual que Georg Dreyman, pues en casos tan viles como los que nos representan Coppola o Florian Henckel von Donnersmarck, debería andarse con cuidado, aunque no haga otra cosa que subir las escaleras atrofiadas de la casa de Charlie Parker, y le dé buenos consejos encima de la cama para que no siga destruyéndose.

Al final veo a Harry Caul más en forma que Charlie Parker; toca el saxo que te cagas, pero a su alrededor el desperdicio y el derrumbamiento de sus paredes es mayor que el destrozado hígado del Johnny cortaziano. Dreyman también ha tirado del hilo, y las paredes abiertas dejan ver las huellas de una tragedia infinita. Por mi parte, no pienso tocar ni un solo hilo de mi casa, ni hurgar en las paredes de mi despacho, ni confiscar grabadoras en el aula magna, pues ya tengo bastante con preocuparme por los hilos que me atan sutilmente a la vida.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

Saturday, November 14, 2009

Variaciones sobre la escritura


Me gusta la diferencia que Ortega establecía entre los hombres que se ocupan de algo y aquellos otros que se preocupan por algo. Le sobrevino esta idea pensando en Mirabeau, ejemplo del hombre de acción, el político, aquel hombre que urdía complots por la noche en los jardines de las Tullerías, con la finalidad de servir con una mano a la reina, y con la otra a la Revolución. En un texto que acabo de publicar sobre Welles, (Cine, arte y rupturas, Fundación Picasso, Málaga, 2009) yo empezaba diciendo que un hombre, un artista, no debería prepararse para la vida, sino para la muerte, y que debería intentar que sus cosas, su mirada, su entrega, su comprensión de lo humano, no estuvieran ligadas a la persuasión de los otros, sino en guiar el destino de los hombres futuros.

Un amigo, que lo ha leído, me dice que debo preocuparme por lo que escribo, porque la fruta está madura y el fruto está granado, como decían en el medioevo. También me dice que cada hombre alimenta la creación de un Dios: hay que saber solamente si ese tránsito entre la creación y la muerte, ese breve paso, se cumple con la intensidad propicia al alimento del creador, o si se gasta en su compromiso, en el simple transcurso inconsciente. Este buen amigo siempre se ocupa y se preocupa de mí, desde que uno acudiera a su aula de literatura hispanoamericana, con la misma pasión con que hubiera acudido a las aulas de Roland Barthes en su Ecole de France. Según parece, hay unos hilos convulsos que me llevarían al “contemptus mundi” de Carlos Fuentes, o a Ernest Renan, que escribió aquello de que el acto más importante de nuestras vidas era la muerte.

Esta semana también acudí a unos Encuentros sobre Comunicación y me senté a oír como un espectador más. Escuché a un orador italiano que me recordó un debate de los años 70 e, inmediatamente, comprendí que hacía falta una crítica del espectador. En general, los expertos, cuando se reúnen, se ponen de acuerdo en fijar el debate entre poder y medios, uso de los medios de comunicación, pero en ellos nunca aparece el espectador. Esto es como aquello de lo que hablaba Barthes cuando sostenía que todavía no existe una crítica de la lectura, que no se sabe muy bien qué es un lector, qué lee alguien cuando lee el mismo texto que otros leen simultáneamente. Y esto, mientras escuchaba al italiano, me hizo pensar en los clérigos, en la teoría de los clérigos de Julien Benda y en su traición. La expansión de los clérigos en el mundo actual no parece hallar un límite para su final. Antes, la clerecía estaba limitada a un grupo minoritario de salvadores e iluminados, pero ahora es profesión extendida por doquier, especialmente en el ramo docente. Es una tribu de ocupas más que de preocupas. Su misión es la salvación del mundo partiendo de la tesis de que el capitalismo es perverso, y hay que hallar otro sistema.

Barthes hablaba de la comunicación y observaba que entre las tesis que dirigía se encontraba siempre con una crítica de la ideología, y que el problema del acto comunicativo siempre era el mismo: el reconocimiento del otro, el reconocimiento a lo que piensas y a lo que dices, y a lo que quieres transmitir, pues mientras buscas ser reconocido, es decir, mientras anhelas que te den la razón, malgastas una gran energía. Siempre es mejor escribir a perorar, sobre todo si al perorar el discurso escrito lo lees como si el texto no fuera una parte de ti, como cualquier lector. Un texto dicho tiene una dimensión diferente, la dimensión retórica, y no existe una neutralidad del lector que lo lee, ni siquiera si quien lo hace es su autor. Los textos dichos entran en la dimensión del teatro, esto es, de la dialéctica, y adquieren otro sentido, otra dimensión.

En cierta ocasión le preguntaron a Barthes por qué escribía. Dio diez respuestas posibles, como si se tratara de un decamerón. Selecciono las más interesantes, sin llegar a completarlo: porque 1) la escritura descentra el habla; el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible. Hay algo de enigma narrativo en la escritura. Sus conexiones y asociaciones resultan incluso extrañas para quien las ideó; 2) para producir una diferencia, para satisfacer una actividad distintiva. Ciertamente la escritura es una actividad del lenguaje que no puede ubicarse dentro de la lengua. La escritura nos hace diferentes antes nosotros mismos. La escritura no nos puede delatar, mientras la lengua lo hace con frecuencia; 3) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado. El reconocimiento no tiene nada que ver con la fama, sino con la comprensión y, finalmente, con lo justo y verdadero; 4) para satisfacer a amigos e irritar a enemigos. Sí, hay algo de defensa personal, y de ajuste de cuentas en la escritura. La escritura le sirve a aquel a quien se le ha descartado del discurso político, del debate de los clérigos, de la voz y la palabra. La escritura es una venganza. 5) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad. Aquí la situación es paradójica, pues caminamos hacia una sociedad desimbolizada; y 6) para producir sentidos nuevos, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos.

Frente al hombre que se ocupa del habla, y que por lo tanto vive prisionero de su lengua, tendríamos al hombre preocupado de la escritura, libre de cualquier cordón sanitario, que fija el texto libremente, por encima del tiempo y del espacio. Mientras tanto, asistimos a un proceso patético de incomunicación y sustitución del mensaje por el discurso. Desaparece el discurso del correo escrito, la carta romántica, las cartas como libros, y es sustituido por el veloz mensaje, el viejo telegrama. Están muy ocupados los clérigos en impartir doctrina, están ofuscados por el nuevo papel que juegan los espectadores, que se sirven de los media de una manera original y rebelde. Pero sería mejor que estuvieran preocupados.

Gracián es nuestro criticón, nuestro Montaigne. También es nuestro Schopenhauer y nuestro Nietzsche. Quiso salirse de la Orden, pero no le dejaron. La ausencia de Dios en su obra es patente, pero frente a nuestros clérigos actuales, ocupas no preocupados, es nuestro mejor alegórico, palabra hoy marchita por la desimbolización reinante. Critilo, crítico, aquel que es capaz de discernir la verdad de las cosas, el que está preocupado por la verdad. Dice Barthes que escribir es ya organizar el mundo, es ya pensar la lengua en la que hablamos. Hablando decimos, pero escribiendo pensamos. Un escritor tiene más obligaciones con una palabra -dice- que es su verdad, que con el crítico de Le Monde.

La carta de mi amigo termina recordándome un pensamiento de Gracián que no tiene parangón: todo cuanto hay se burla del miserable hombre, el Mundo le engaña, la Vida le miente, la Fortuna le burla, la Salud le falla, la Edad se pasa, el Mal le da priesa, el Bien se le ausenta, los Años huyen, los Contentos no llegan, el Tiempo vuela, la Vida se acaba, la Muerte le coge, la Sepultura le traga, la Tierra le cubre, la Pudrición le deshace, el Olvido le aniquila, y el que ayer fue hombre hoy es polvo, mañana nada.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias

Saturday, November 07, 2009

Mi cronología del azar


Repasando mi texto de Haneke me encuentro con varias ideas que me han estado acechando en varios sentidos. De hecho hace unos días un semiótico me explicó la proliferación de sentidos según combinásemos los significados con los significantes, y al acabar se me removió el organismo con tal redundancia que hube de acudir al hospital. A la doctora que me atendió no le dije que la causa podría estar motivada por una discusión sobre el lenguaje, ni mucho menos, pero desde entonces no me he recuperado.

Vi en mi propio texto que yo aludía a la incontrovertible trama entre ficción y realidad, pues observaba que los personajes del director alemán salían por la telesión, es decir, entraban y salían sin que por el momento pudiéramos distinguir todos sus sentidos. La gente que, en realidad, no conoce bien la teoría brechtiana, se ha pasado todo el tiempo en persuadirnos para que reconozcamos el distanciamiento, pero lo brechtiano en Haneke consiste en lo contrario, en el acercamiento, como ya aparecía en un cineasta tan querido para él: Robert Bresson. En la película a la que me refiero las cosas del tiempo y del espacio son tan complejas que, finalmente, el relato consigue lo que se proponía, que nosotros lo estructuremos, lo montemos como si hubiéramos sido llamados al ejercicio de la creación, de tal manera que podríamos decir que el director de la película -71 fragmentos, una cronología del azar- somos los espectadores. En un mundo como el actual, tan embebido de falsa comunicación y derroche proselitista, esta circunstancia no deja de resultar sorprendente.

La doctora del hospital era bella, joven, adecuadamente educada, y fragmentada, pues en ambos casos, ella y yo, hablábamos desde el interior de una capucha de separación, de protección de algodón que nos tapaba la boca y la nariz. Sé que era hermosa porque no había más que auscultar sus ojos.Yo también era un tipo fragmentado, pues hube de contar una historia, la historia de mi decadencia como paciente crónico, que estuvo salpicada por grandes asociaciones, muchos sentidos que sirven al lenguaje como un procedimiento totalizador.

Creemos que todo en nuestra vida obedece al azar, y en gran parte así es, pero Haneke nos muestra poco a poco que los 71 fragmentos están vinculados entre sí, exactamente igual que en nuestro organismo todos sus elementos viajan por dentro, se toman nota unos a otros, cambian de órgano si les interesa, llevan el oxígeno al lugar más apartado del cuerpo, y piensan como si se tratara del propio cerebro. Por lo tanto es un hecho que Haneke también aprecia la teoría de los juegos, y hace que la visión del film sea un juego en sí mismo. Constantemente nos vemos obligados a aprender a mirar. Haneke sabe que los espectadores del cine son espectadores de la televisión, y que tienen vicios, que están viciados igual que sus criminales. Es cruel en señalarnos que no lo sabemos todo de la imagen, y que nuestro cerebro todavía tiene cosas que aprender. Quiere que pensemos.

El paciente que acude al hospital también forma parte de una cierta teoría de los juegos, pues acepta una serie de normas que allí rigen, se deja llevar de un lado para otro, se ha transformado en un verdadero personaje, en un enfermo, pues antes de trasladarse allí no había normas, y el no existía como tal. Uno ve salir a tanta gente y escucha tantas conversaciones, que creyera estar actuando de personaje observable como si hubiera entrado en ese filme. Lo que demuestra que todas nuestras vidas, incluso las de las personas que desconocemos que existan, están estrechamente ligadas entre sí. Yo esperaba en una sala de separación, con el colgante en la boca, y las personas huían de mí. En unos minutos esas mismas personas eran inducidas a sentarse a mi lado portando en la boca la misma escafandra que yo soportaba. Una medida profiláctica, a la manera del malditismo de Baudrillard. Pensé en Haneke, en sus ideas sobre la fragmentación, la vida como fragmentación. ¿Qué sería de mí en los próximos días, tendría que renunciar a hacer lo que más me gusta? ¿Resolverían mis alumnos este caso de fragmentación y delirio? Qué norma tan extraña, qué semiótico.

Un hombre haciendo saltar una caja dentro de un camión. Un niño cruzando un río en la noche. Una mujer que se ha levantado de la cama, que se mira al espejo y llora mientras oímos el llanto de un bebé. Su marido, vistiéndose. Haneke los filma de escorzo, filma sus muslos, sus manos, sus caras recortadas; sólo les concede un primer plano, brevísimo. Es como si no quisiera que alcanzaran la reputación banal de una identidad determinada. De hecho esa mujer con su dolor inexplicable representa el mundo, y ese hombre, con su rutina insignificante, también.

En los hospitales me ciño a mi costumbre de imaginar todas las tramas de los personajes que se sientan a mi lado. Esta es mi teoria propia respecto de los juegos. Como están fragmentados, no me queda otra que recomponer sus vidas mientras espero. Los observo, empiezo por elaborar hipótesis sobre su carácter, luego, sobre sus capacidades, sensibilidad, trabajo y vida. La vida de cada una de estas personas, en estos trances, resulta tan dramática como cualquiera de las vidas imposibles de un drama bélico o similar. Esto ya lo decía Borges cuando le preguntaron sobre el drama de un estallido nuclear. Dijo que la muerte era una experiencia personal y, que por lo tanto, daba igual si contabilizas una o cien mil. Es un argumento demasiado drástico, pero tiene un sentido. La gente lo pasa muy mal en los hospitales.

Había una anciana a mi lado. Tenía dolor. No había familiares a su lado. Y pedía ayuda, como si intuyera que ya daba igual qué pudieran hacerle allí. Estaba fragmentada. ¿Cómo saber cómo había sido su vida, todos sus demás fragmentos? La vida de todos es importante. Todos tienen su argumento, su historia y su relato. Los enfermeros la manipulaban como si estuvieran manejando a un recién nacido. Entre su nacimiento y su deceso había transcurrido un fragmento breve, liviano, olvidable de su vida.

Hay un corte a en nuestras vidas, a todas las horas, exactamente igual a como ocurre en la película que estamos siguiendo. Cuando estudié el filme me pregunté cómo era posible este mundo, un mundo en el que todas las personas tienen algún problema, y en donde toda posible plenitud es una entelequia. Miré a la gente una y otra vez, y tuve que mirarme a mí mismo, mirar lo que habían sido mis fragmentos, tan dispersos, y tan difíciles de organizar, de que tuvieran un sentido, o quizá varios sentidos, pues yo ya me había aprendido la teoría de la Gestalt, otra forma de teoría de los juegos, es decir, que el todo no es la suma de las partes.

Las imágenes desafección de Haneke me hicieron considerar la hipótesis de que yo había sido hasta este momento un personaje desafecto observado por los otros, observado históricamente por los demás; esto si contabilizo cámaras, grabadoras, montajes, muy por debajo del historial médico que revisan doctoras tan bellas como la que me atendió ayer, aunque sean portadoras de antifaz.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

Saturday, October 31, 2009

Oligarquía democrática


La pasión política ya no arrastra ni moviliza tanto como antaño. Y si los partidos políticos se mueven a sus anchas es porque las masas se sienten cómodas siendo dirigidas desde lejos. Esta servidumbre también es voluntaria. Me sorprende que se hable estos días sólo de corrupción, y que se busque en las personas la causa de este mal, sin incidir para nada en aquello que Robert Michels (1911) denominó las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Pues resulta evidente que la falta de democracia interna en los partidos hace que éstos se constituyan en organizaciones, y que sus vanguardias -ante un dilema de tal naturaleza- prefieran salvar la organización antes que la democracia. Por las imágenes creería que sólo hay corrupción en la derecha, pero la mafia catalana -que también es de derechas, pura y dura- ni se le espera ni se encuentra.

La pirámide de poder invertido que conforma la actual estructura de la sociedad es inquietante. Es lo que dice Michels: la gran masa de electores constituye la extensa base, sobre ésta se superpone la masa enormemente menor de los miembros de los consejos locales, luego un grupo que asiste a las reuniones y, por encima de éste, una sección de funcionarios del partido, que a su vez soporta el peso minoritario de los miembros del Comité Ejecutivo, que ampara finalmente al líder. No deja de ser una organización militar. Ya Engels había servido en la Guardia Imperial como voluntario, antes de dedicarse a los negocios en Inglaterra, y la idea de militante viene de Loyola y de los suyos, que habían combatido en la guerra antes de prepararnos para la salvación con su ordenanza religiosa.

Luis XIV, que tiene buena fama entre los historiadores, escribió unas Memorias en 1666 algunas de cuyas consideraciones no tienen desperdicio: las resoluciones deben ser rápidas, la disciplina exacta, las órdenes absolutas, y la obediencia puntual. Quiso ser un buen príncipe y no cabe duda que su lectura de Maquiavelo coadyuvó. Luego Rousseau echó el resto con su contrato social, y su aplicación ha servido a todo el mundo, tanto a los totalitarios como a los demócratas, pues en el fondo a todos les une la abstracción del Soberano. Rousseau sostenía que la democracia era un sistema que nunca había existido y que nunca existirá. Nuestros líderes son unos imitadores sesgados del Rey Sol, y campan por sus respetos, porque saben que nunca van a tener que someterse a un juicio público, y que ningún tipo de corrupción posible, si descubierta, acabará con ellos. Saben que nunca van a ser denunciados por delitos de alta traición, ni van a ser decapitados como Carlos I, o Luis XVI.

Nunca he podido formar parte de un partido político. Durante el franquismo me invitaron a una reunión de una célula comunista, y la cosa me pareció tan esotérica que no volví. En esa época la policía se inventaba partidos de extrema izquierda, y un jovencito se me acercó un día para decirme que huyera urgentemente porque había caído toda la cúpula del PCI. No me moví de mi sitio pero reflexioné acerca de por qué la poli me consideraba un tipo importante. Yo acababa de pronunciar una conferencia sobre marxismo en la Aula Magna, y aún no me había salido la barba. La sala estaba repleta de jóvenes que luego se convertirían en hombres ilustres o en prohombres del Régimen actual. Entonces yo era un marxista intelectual, pero no un militante, y mis críticas eran muy duras hacia personajes como Fioravanti o Marta Harnecker. Yo creía que era un peligro que las tendencias estalinistas cuajaran entre la gente cuando aún no habíamos salido de la dictadura. Poco después hube de rebatir un trabajo realizado por otro grupo de investigación, cuya tesis era absolutamente sectaria, y no lo soportaron. A la salida, uno del grupo, un mastodonte, me acosó y arrastró por las escaleras, y si la cosa no fue a más fue porque frecuentaba mi piso tanto como Diderot la casa de D´Holbach.

En Navidades mis amigos se encerraron en la iglesia de los Jesuitas para protestar por el Proceso de Burgos, y yo me largué a un Congreso de Teatro, porque no podía ver a mi chica, que se había escondido en una buhardilla. Volví del Congreso y la poli vino a mi casa mientras yo permanecía en el baño, aunque no como Murat. Hijo, han venido unos señores, que quieren verte. Así era mi madre. Yo sabía que eran ellos, y no era agradable. Me dijeron que tenían que hacerme unas preguntas, y que debía acompañarles a la Comisaría. Allí me preguntaron por un importante militante comunista al que acaban de homenajear los sindicalistas gallegos por su jubileo, y yo les dije que no lo conocía, pero me sonreí. Al acabar el interrogatorio el Comisario me acompañó hasta la escalinata y allí se encontró con mi padre, que venía a ver qué había sucedido.

- Hombre, Don Dámaso, nos ha vuelto locos, con eso de que firma con pseudónimo, teníamos una gran confusión sobre su personalidad…

Ya hacía un tiempo que O., otro servidor del Estado, no nos visitaba para ver los partidos por la televisión. Pero un día me lo encontré. Y fue sobre un escenario. Gerardo Moscoso, miembro de Voces Ceibes, para quien yo había escrito dos canciones, me estaba presentando a Miro Casabella, y en esto que aparece O., de súbito, intentando abrazarme. La cosa le salió bien, porque me derretí como un pirulí.

Creo que asocio estos recuerdos al tema de los partidos políticos, porque a la muerte de Franco esperamos con gran expectación la legalización de los partidos políticos, que considerábamos como la base de una futura democracia. Nuestros padres tenían la experiencia de lo que había sido la República, pero nunca hablaban en casa de ella. Sólo hablaban de la guerra, pero muy esporádicamente. Era un mundo con miedo, no como las láminas que retrataba la Enciclopedia, mucho antes de que estallara la Revolución.

Me ha producido un fuerte impacto la lectura de Michels, su idea de que en las democracias las personas cedemos el poder efectivo a los pocos que ocupan los cargos superiores de las instituciones del Estado. Al hablar del centralismo democrático, refiriéndonos a los países comunistas, los jóvenes de entonces no podíamos sospechar que había otra clase de centralismo tan espantoso como el que se cultiva ahora y se promociona en los partidos democráticos occidentales. Con todo esto empiezo a sentirme como un agente de Smile, un tipo capaz de traicionar a su propio sistema, y ver, al fin, que las cosas no eran tan diferentes en uno y otro lado. Nuestros dirigentes se comportan como si creyeran menos en la democracia que nosotros mismos. No lo dicen. Callan, porque actúan sobre previsiones. Antes de que Alemania conociera la República de Weimar, primera democracia alemana; antes de que los bolcheviques, minoritarios, se hicieran con el poder absoluto; antes de que los nazis ganaran las elecciones de 1933 e hicieran estallar el Parlamento unos días después, y antes de que Felipe González las ganara en 1982, este sociólogo había descubierto en su partido, el partido Socialista alemán, el germen de la actual coyuntura antidemocrática: la inefable tendencia de los partidos a la burocratización y centralización, la exaltación al líder, y la conversión de las masas en parásitos.

Me dicen que Pepe Blanco, extremista, sectario y radical, envía a sus hijos al colegio inglés más caro de Madrid. Los papis de la izquierda de ahora eran franquistas, pero sus militantes no lo quieren reconocer, por vergüenza. Lo incomprensible no es ya que les encante el poder: es que, además, les chifla, les atolondra, el dinero. Quieren una buena educación para sus hijos, eso que sus votantes no les pueden dar a los suyos. Atolondrados.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.





Saturday, October 24, 2009

Los periódicos

Recibo en mi móvil un mensaje de agitación y propaganda de Manuel Hidalgo, veinticuatro horas antes de que su periódico, El Mundo, salga a la calle con un libro conmemorativo y gratuito, que él mismo ha enfoscado durante un trabajo de ardua expectativa y veraneo incólume.

La publicación hace un repaso de lo que ha sido el otro mundo en estos últimos veinte años, de lo que es y, pretenciosamente, de lo que será. Estuve hojeando el texto por si me veía en él, y luego leí algunos artículos de especialistas y profesionales. No hay nada interesante en la publicación, no hay un solo artículo que destaque por su brillantez, o estilo, ninguna coherencia ni continuidad, y sí una sensación de malsano deja vu que molesta. Como diría Mcluhan en su metáfora de los mass media y el ladrón, las chuletas son los artículos, pero su contenido, y lo que interesa, es la publicidad. Exhaustiva.

El periodismo pasa por momentos difíciles. No hay una prensa verdaderamente libre, si bien el diario El Mundo es el más libre de los periódicos. Lo que atenaza al periodismo actual, sin entrar todavía en asuntos de adaptación a las nuevas tecnologías, es que los periodistas creen que pueden hablar de cualquier cosa, tener opinión de casi todo, e impartir doctrina. A veces dejan algún hueco para que los profesionales de otras disciplinas dejen su artículo y sienten su sabiduría como si dejaran un huevo. Pero como los invitados son siempre los mismos el defecto periodístico se acentúa. No está claro por qué tienen los periódicos tantas páginas. El de ayer tenía entre suplementos, publicación y diario, que sé yo, una cifra de páginas descomunal; y en general es así con todos, ya sean provinciales, locales, o del extrarradio. Cuando un periodista hace méritos le hacen columnista, y puedes comprobar que no hay modo de echarlo de su columna hasta que se muera.

Desde que les damos títulos a los periodistas la cosa se ha complicado mucho, porque hacen corporación y cuando organizan un evento de estos piensan primero en los colegas, y después en los escritores que publican libros, o han logrado una cátedra de algo sin merecimiento de nada. No cabe duda que lo peor en estos casos es ser amigo del ejecutor del toco mocho, porque entonces no escribes ni aunque te quiten tus títulos académicos. Los periódicos dan muy poco juego, son como los partidos políticos, pequeñas oligarquías en donde sus fundadores no se renuevan ni renuevan a sus hombres de confianza.

Pienso en otras épocas del periodismo y en las tesis de Anthony Burgess cuando prologaba a un periodista como Daniel Defoe, y a su crónica de la peste en el Londres de 1665. Defoe es conocido por ser el autor de Robinson Crusoe y de Moll Flanders, pero siempre tuvo la convicción de que era periodista más que escritor. La aclaración que hace Burgess en el prólogo de Diario del año de la peste, la obra que Defoe publicó en 1722, es emocionante: dice que Defoe sólo escogió los temas de ficción por su actualidad. Defoe amaba la vida. No tuvo conciencia de ser escritor hasta cumplir los sesenta años, y al escribir en Review se separaba del público culto que buscaban Addison y Steele con sus Spectators, y se volcaba en la gente humilde. Tuvo tanto éxito que sus lectores hubieron de liberarle de sus jueces cuando éstos quisieron empapelarlo por un artículo.

Los periodistas siempre compitieron con la novela. Ahora se produce este fenómeno siniestro de estirar las historias para mantener atrapado al lector. El director se acerca a un factor, es decir, a un periodista, y le dice: tú ahora te vas a dedicar a escribir una larga crónica sobre tal suceso, y cuando la hayas terminado la vamos a hacer pasar por actualidad, como si los hechos los fuéramos descubriendo paulatinamente. Con los periodistas colaboran los jueces, y los policías, que les gusta tanto esto de que el periodismo sea un relato, que van colaborando en la narración como si hubieran clasificado las noticias en falsas y verdaderas, exactamente igual que Crótalo y Penniboy Junior en el mercado de noticias ideado por Ben Jonson en 1626.

A mí la impresión que me da el astrolabio efímero de El Mundo es de cansancio. Hay algo ya agotado en los periódicos, como si la prensa de papel estuviera ya en franca retirada. Desde hace un tiempo no hay una verdadera línea editorial en los periódicos. En la misma página puedes leer una cosa y su contraria, no para tener contento al lector, sino para tener contentos a todos: partidos, instituciones, organismos. Pero lo que nunca se discute en los periódicos es el bajo nivel de nuestra democracia. No escriben en ellos personas que sepan de lo que hablan, ponderadas o sagaces. Muchas noticias las repiten como si no nos enterásemos. Y carecen de críticos. Les da igual quién pueda hacer una crítica de cine o de teatro, si bien a veces contratan a un auctoritas que destaque por su propio reconocimiento social. Sin embargo, en los últimos veinte años nuestro periodismo sólo ha producidos dos o tres periodistas nuevos. Desolador.

Por lo general, no hay manera de leer el discurso completo de un artista, de un político, o de un científico que agradezca la obtención de un premio ante un auditorio. No, el redactor se encarga de hacer el resumen y pasarlo todo a tercera persona. Esto me recuerda la ira de los humanistas en la época de Nicolás V, pues preferían leer a los clásicos sin las glosas impertinentes de los escribas medievales, traduciéndolos en su integridad o leyéndolos directamente en su lengua propia; griego, hebreo o latín. En la prensa ocurre algo de esto: ya no que se seleccione la información, sino que se seleccionan los contenidos y se destruyen los textos. El periodismo es como la vida misma, un sucedáneo de la realidad, o una ficción absoluta, que el lector nunca cuestiona, y acepta como la realidad misma. Si me fuera a la televisión la cosa empeora: allí nada es cierto.

Hace poco, hablando con el compilador de esta miscelánea mundial, comprendí que los periodistas están asustados por la irrupción inesperada y amenazante de los blogs. El periodista me decía que no leía blogs, porque todos sus amigos tenían un blog, y no era cosa de leérselos todos. Yo creo que comete un error, pues los blogs son fuentes de información, y sus autores, los factor, los gestores que acabarán con ellos, con los periodistas. Y hay varias razones para considerarlo así. El número de sus lectores es inmenso y, el campo de formación de promesas, interminable. Veo mis propias estadísticas y no salgo de mi asombro: más de 500 usuarios únicos, que me hacen más de 700 visitas al mes y leen más de 1.000 páginas durante el mismo periodo. Hidalgo se va a enterar. Dicho de una manera impertinente y sin ofender a nadie: casi tiro tantos ejemplares como el primer periódico diario de la Historia, el Daily Courant, que difundía 3.000 ejemplares en 1702, y desde luego más que los periódicos revolucionarios de Hebert cuando estalló el terror.

Los periódicos deberían volver a ser lo que fueron en otras épocas, pliegos de cuatro u ocho páginas, y especializarse por géneros: periódicos de sucesos, deportivos, políticos, ilustrados, filosóficos, estéticos, sanitarios, eclesiásticos, de caza y pesca, pero no salir todos los días, porque hay muy pocas cosas que sean de actualidad. El móvil, la televisión, la radio, Internet, dan noticias de actualidad, pero no toda la información que dan es de actualidad, un concepto que nació con el periodismo -últimas noticias- y que morirá con él. Sin embargo y, pese a todo, el mayor enemigo de los periodistas no son los medios ni los blogueros, sino la oligárquica clase política,que compra periodistas, los introduce dentro como agentes, o directamente marca la agenda de lo que se puede decir y lo que no se puede decir.

Probablemente Zapatero, la Vicepresidenta primera y Rubalcaba se hayan convertido, si no en los mejores, sí en los más importantes y decisivos periodistas del momento actual. Compran noticias y venden noticias. Reproducen las noticias, o las seleccionan y ocultan. Se las intercambian, y preparan, las guardan y las sacan del armario según convengan. Son los nuevos filibusteros de la información desencadenada. Tienen en casa a su cargo 666 agentes de información, es decir 666 factor, que han visto el negocio y viven de él como penniboys sedicentes. Ahora ya no implantan la censura, porque ellos mismos actúan desde dentro incitando a que la gente se mate literalmente en el mercado de noticias sin que les importe demasiado si son ciertas o son verdaderas. Ellos solitos dominan la Agenda Setting.

Mi amigo periodista debe considerar que soy un medio periodista, o un medio escritor, pero todavía no ha entendido que tengo un medio, que soy a medias un medio, un self media, con tanto derecho a intervenir en la cosa pública como los mass media, y los periodistas de masas que manosean las jorobas del público cuando éste se inclina a husmear la actuality.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

Saturday, October 17, 2009

El silencio de la escritura

Ahora bien, la escritura es otra cosa. Actúa sobre el no significante. Nos hace. Toda escritura actúa sobre un carácter. Cuando nos disponemos ante ella hemos cobrado la conciencia de que nuestra vida se ha terminado. Tiene un carácter terminal, y si aludes a ella siendo joven la experiencia puede ser similar. Eso al menos creía Barthes. La vejez no empieza para todos al mismo tiempo. Y la escritura puede ser una señal de que ya ha comenzado. En Cicerón todo ha sido ya. En D´Ors ya todo pertenece al tiempo. Para Rancé no soy más que tiempo. Victor Hugo escribió Los miserables a los 62 años. Al fotografiarse a los 80 no parecía sólo un hombre, sino que parecía más bien Jean Valjean.

Yo conozco un personaje de una novela que no existe, porque aún no ha sido escrita. Ese personaje se hizo viejo a los 13 años de edad porque ya había tenido otra vida, igual que Rancé. He hablado esta mañana con un amigo acerca de Los Miserables. Hemos discutido nuestra memoria victorhuguiana. Pues como lectores tenemos una interpretación de la novela que, naturalmente, no tenía su autor. Tenemos un problema de hermenéutica, es decir, de textualismo, eso que los Schlegell y Kant denominaban con la expresión comprender mejor. Escribimos para comprendernos mejor. En la escritura el caballo del tiempo que mira hacia atrás y también hacia adelante como un hipógrifo violento (en la foto Ruggiero rescatando a Angélica) impone un sentido del relato del que carece la lengua actual, aunque no acaso la antigua lengua. Dilthey decía: el objetivo final del método hermenéutico es comprender al autor mejor de lo que él se ha comprendido a sí mismo.

Victor Hugo creía que estaba haciendo la hagiografía de Jean Valjean, cuando no era más que su propia muda. Soy quien no soy. Durante toda su vida, diciendo que no es, Valjean creará al hombre que es. Chateaubriand era Rancé, revivido. Ciertamente, había un Rancé, un clérigo contemporáneo de Luis XIV, y Chateaubriand lo reabrió como penitencia. Los viejos, tiene razón Barthes, no son héroes novelescos, Y Chateaubriand y Victor Hugo podrían estar enfermos de su propia vejez, la escritura como vejez, narrar y morir. El personaje inédito de la novela que reconozco estaba enfermo de su propia vejez, y su vejez era su escritura, su no escritura, todavía no forzada, no manifiesta, sólo intuida, sólo esperada. Mi personaje estaba preparado para escribir ya. Pues ya algo, o casi todo, se había acabado. Es un personaje intuitivo que se dedica a escribir como lo hacen otros. Un día le entregó sus memorias al editor, y poco después escapó provisionalmente a una llamada de la muerte.

La sensación que tuvo Barthes al leer La vida de Rancé, es la misma sensación que tuve yo al leer El cuarto mandamiento: la existencia sólo está pautada por la memoria, qué clase de memoria poseo, por qué tengo de Los miserables un recuerdo diferente al que tiene mi amigo, que no recuerda que el Obispo sale al principio y que Napoleón es un personaje cierto y real del relato. Además, la vida está terminada. En el comienzo de su obra Tarkington, ya lo dije, parece un muerto liberado, el muerto que regresa a la vida para dar cuenta de cómo han sido sus muertos. Cómo son. La vejez es un tiempo puro, dice Barthes, y la vida está terminada, contémosla.

La memoria histórica es ontología ideológica, pero la verdadera memoria sólo puede ser ontología: las cosas son sólo cuando ya no son más. Sí, Valjean muere mal, muere fracasado, pero es su fracaso su triunfo. Su policía no tiene ningún mérito. Su final es nieszcheano: es preferible morir a matar y morir.

La escritura forma parte de una especie de thaumazein que la vuelve ajena y extraña al mismo autor. Hace unos años unos traductores portugueses me visitaron para que les explicara que quería decir el texto que traían entre manos. Hablo naturalmente de Cine e literatura, a especificidade da imaxe visual. Tenían veintidós objeciones que plantearme, como si fueran las 96 tesis luteranas del clérigo reformista. ¿Qué quería decir en aquellos párrafos, frases, o palabras aviesas? No les supe qué decir. El texto, la escritura, se había liberado absolutamente de su autor, y éste ya no era capaz de interpretar ni su propio texto. ¿Era éste el silencio de la escritura de la que ya había hablado el mito de Platón? El texto pasó del gallego al portugués, y de éste al español.

Menos mal que años después, leyendo a Barthes y a Lledó, pude hallar palabras de consuelo: el autor no tiene por qué entender su propia obra. Lledó viene a decir que la historia por la que pasa un texto está sometida a toda clase de peripecias, reexperiencias intelectuales, y lecturas, estructuraciones y reelaboraciones. Además, ningún autor es lector de su obra. Ninguna escritura está acabada en sí misma. Esta circunstancia, frente a la lengua, la convierte siempre en un lenguaje superior. Había tenido un primer lector, un experto en semiótica. Se me acercó con el texto. Bah, dijo, es el texto de un crítico. ¿Habría leído aquel hombre a Benedetto Croce? ¿Y a Schiller? ¿Y a Wilde?

Unos años después hubo gente que me reprochó que escribiera mis Confesiones de un crítico de cine, creyendo que se trataba de unas Memorias, y en cierto sentido lo eran, pues cuando el recuerdo aparece ante ti como un sistema completo de representaciones, la vida está terminada, dice Barthes, el cual no hablaba nunca de escritores, sino del hombre que escribe, es decir, de la necesidad que tenemos de escribir, de formar con la escritura una forma de abstracción del mundo que no podemos obtener al hablar.

Es admirable ver cómo en Proust el que escribe es el personaje principal de la obra que es leída. Descubrir la vida como una escritura y observar esa enorme dificultad de ciertas escrituras en las que alguien que cuenta su vida pareciera que contara una historia con toda su ficción. El procedimiento parece distinto al de Tarkington. En vez de salir de la tumba para contar a tus muertos, ahora pareciera que el autor nos llevara con él a su tumba para familiarizarnos con los suyos. El autor no es un muerto que saliese de su tumba, sino un vivo que nos invita a acompañarle hasta allí.

Gracias a la escritura el tedio no nos puede exigir que le acompañemos. Por eso no creo que pueda haber escritura sin un verdadero apoyo de la vejez, pues toda escritura desea mucha dedicación y todo el tiempo libre. El llamado silencio de la escritura proclama el clamor del texto, sus vicisitudes, un sentido que nunca es el mismo, que nunca es igual, con tantas voces como si imitara la esencia de un coro. Una sola voz cantada al unísono por una innumerable caterva de autores, es decir, lectores.

Volvamos a Los miserables. Han pasado cuarenta, cincuenta años. Victor Hugo sigue ahí. Esta frase lo demuestra: la antigua lucha formidable, de la que hemos visto varias fases, empezó de nuevo. Es una frase que está ya casi al final del relato, y que nos indica que ha narrado en compañía de sus lectores, pues hemos participado en la narración porque él nos ha incluido. Ahora me doy cuenta por qué de niño nunca me separaba de él. Sus criaturas estaban fuera de nuestro alcance, pero él no, porque resultaba tan cercano.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

Saturday, October 10, 2009

Lengua y habla


Creo que la escritura actúa siempre por oposición a la lengua. Es casi un absurdo decir de alguien qué bien habla ese hombre. Como si la gente hubiera perdido una forma de singularidad que la lengua no retuvo al vulgarizarse. En el fondo si a la audiencia le parece bien el habla de un individuo casi podría defenderse la existencia de un estilo dentro de una determinada manera de hablar. Ese hombre, el hombre bien hablado, no necesitaría recurrir a la escritura, y si lo hacemos es porque tenemos la convicción de que gracias a ella obtendremos algo que la lengua no nos da: nuestra propia lengua, la lengua interior.


En muchos casos la lengua, al ser común, es una cárcel, un recinto cerrado del lenguaje, para comunicar cosas que están en la boca de todos, y que transforman la comunicación en un callejón sin salida. La pasión de los gramáticos de la lengua por que todos hablemos la misma lengua produce un extraño devenir patológico, pues siempre nos podríamos preguntar cómo ha de hacer una maestro en la escuela para que, enseñando la misma lengua, enseñe a cada uno, a cada persona, a hablar la suya propia, esto es, producir diferentes lenguas dentro de la misma lengua.


En la calle, en el trabajo, en todas partes, la lengua, al no ser mía, es como la lengua de los demás, la de los otros. Los otros no superan su lengua, no la desestructuran, no la rompen ni superan. Una lengua produciendo el mismo lenguaje en todos sus hablantes da como resultado un pensamiento igual, el pensamiento único. Imaginemos a todos los instrumentos de una orquesta tocando la misma sintonía, el mismo sonido. La música es lo otro, es el estilo, la escritura. Cada grupo de instrumentos eligen una sintonía diferente. Si la lengua avanza y produce pensamiento es porque algunas personas hablan su propia lengua, esa que no es dictada por la Norma. Mi propia lengua es mi escritura. Y la escritura, una extensión de mi lengua.


Francisco Umbral se metía con Pedro J. Ramírez, porque decía que el escritor (el periodista) hablaba como escribía y escribía igual que hablaba. Pedro J. Ramírez vendría a ser así una persona sin estilo, igual que la mayor parte del mundo. Con una diferencia: Pedro Jota habla bien ante el público, recupera en el habla un cierto canon, habla su propia lengua.


Hablando con el público siento que la lengua me somete a una estaticidad lingüística que arremete contra mi dignidad. Pero si me dejan hablar -cosa que me ocurre casi todos los días- entro en una libertad tal que puedo incluso hacer lo mismo que estoy haciendo ahora, ir contra la estructura inamovible de la lengua. Hacer al hablar lo mismo que hago aquí ahora, introducirme en el límite del lenguaje. Para que una lengua sea rica, verdaderamente rica, el hablante tendría que establecer con ella unas pautas de conducta que no estuvieran dictadas por los gramáticos. El normalizador lingüistico, además de enseñar la lengua de la tierra, debería enseñar a cada niño, a cada hombre, a hablar su propia lengua, la lengua que cada uno lleva dentro de sí mismo. Pues, como diría Emilio Lledó, ninguna palabra tiene ningún sentido fuera de la persona que la pronuncia.


Naturalmente, la escritura se inventó para que cada persona hable -escriba- su lengua como mejor dispongan su cultura y su estilo. Pero dado que no todas las personas quieren reinventar su propia lengua escribiéndola, temo que haya que zarandear la lengua de las personas con las que convivimos haciendo que se avergüencen de lo mal que la utilizan pues, intentando hablar la misma lengua de su interlocutor, no hablan ninguna.


He notado que no me siento a sabor cuando comparto mi lengua con la de los demás. Al ser la misma lengua me detraigo, comprendo que he de hallarme a la altura de mi interlocutor. Me sirvo de sus mismas palabras, adjetivos, lo que me impide establecer metáforas, metonimias, interjecciones. Cuando uno habla el mismo lenguaje que su interlocutor, uno está perdido. De manera que cuando me dirijo a un público amplio trato de hablar sólo mi propia lengua. Yo pongo las pausas, pues sé que no me interrumpirán. Yo establezco la correlación emocional, pues me hallo dentro de un escenario. Yo decido el estilo directo o indirecto, pues acepto la mayéutica. Y este control del discurso es lo que me hace libre. Al salir a los pasillos, al entrar en la cafetería, al hablar con el director, al llamar a alguien por teléfono, cruzarme con la criada -si la tuviere- o reprender a mis hijos -si me dejasen- ya estoy en otro ámbito, el recinto de no libertad de la lengua común, de la lengua comunicativa; lo más apartado de la inteligencia dialógica, esa por la cual Sócrates imploraba que le demostraran que él no tenía razón. Por piedad, decidme que no tengo razón.


El problema no está en aquello que decía Camba de Orbaneja, que todo el mundo tiene un discurso y si no lo suelta hará una Revolución. El problema, insistamos, está en el peligro de que al salir de casa te veas obligado a hablar la lengua de tus semejantes, su mismo feraz lenguaje, su arquilocandia insulsa, la mendad apariencia del dislate diario, la misma lengua de los medios con los que se comunican por extensiones de sus brazos, ojos y manos: descubrir ya no que no sientan la necesidad de escribir sino que no sientan la necesidad de hablar otra lengua que no sea la suya, es decir otro habla y otro estilo. Me da la impresión que esta anomalía está extendida entre la población. Como si la gente no supiera porqué se encuentra mal, o supiera directamente que se encuentra mal porque la lengua común que usan no sirve para expresar la lengua interior que ocultan.


Un caso prodigioso es el caso de Rodríguez Zapatero. El hombre lleva el discurso pensado, escrito, memorizado, lo lleva atado a una lengua, pero como no tiene una lengua propia, suya, una verdadera escritura interior, un estilo, habla igual de mal que cualquier zascandil; como un plebeyo a las puertas del Senado pidiéndole una oportunidad a Marco Antonio, que se le ha adelantado en disolver el discurso falso que acaba de decir el asesino. ¿Tú también hijo mío? Si escribe como habla, sus palabras deberían formar parte de una antología universal del disparate, pues obligado a compartir la sufriente lengua de sus súbditos, escucha su propia voz interior que le condena a odiar su lengua propia.


Observo que ni la gente ni el Presidente sienten un verdadero amor por las palabras. Es algo que no entiendo muy bien, pues Rodríguez Zapatero tiene delante de sí la oportunidad de hablar sin tener que oír la lengua de sus semejantes, es decir, sin tener que contaminarse del habla de los demás. Es un Arquíloco, un Orbaneja, un clérigo que detenta su propio discurso, y que seguramente hablará como escribe, sin estilo. Ha renunciado ya a la sintaxis, habla a saltos, como si dudara de sus propias palabras. Las incidencias de su lenguaje señalan a un hombre cagado de miedo. Me recuerda a Calonge y a sus faisanes. La revolución nos mostró la imagen de Calonge rodeado de faisanes. Calonge, ministro de economía, se dirige a sus faisanes, con estas palabras: mis queridos administrados, os he reunido para saber con qué salsa queréis ser comidos. Uno de los faisanes contesta: pero es que nosotros no queremos ser comidos de ninguna manera.


Vous sortez de la question, respondía el ministro.


No sé cuál es la escritura de ZP, ni que faisanes nos habrá de poner sobre el plato, pero ya que no tiene escritura, y tiene una lengua, sospecho que se trata de la misma lengua que hallo en el mercado y en las moscas de la plaza pública, esa lengua que me obligan a compartir.


!Ah, pero mi lengua no es la de las mariposas!


He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

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