Saturday, July 04, 2015

De la existencia a lo existente (y II)

Sin percatarse acaso Blanchot y Levinas estaban operando del mismo modo por los mismos años acerca del problema del ser; el primero con La escritura del desastre y el segundo con El tiempo y el otro y De la existencia a lo existente, libros que se aposentan delante de mí. Sin saberlo, yo mismo mantuve un problema de ser, es decir del ser, cuando procedí a suscitar un debate sobre el pudor en los distintos libros que he venido publicando sobre el pudor y la identidad. No había caído en que la fatiga, la pereza, el esfuerzo formaban parte del sustrato del ser desde una óptica ética, todos ellos fenómenos de espanto ante el ser. Superficialmente se me dice a veces que fui el primero en extrapolar el problema del pudor de ese magma mediático que ha transformado casi todo -casi todos los fenómenos- en veleidades tiránicas, juegos de abalorios inmarcesibles desde donde se articulan, no prácticas del discurso casi puras, sino maledicencias programáticas en la lucha por el poder.

Levinas sostiene que la pereza es en algún sentido una aversión por el esfuerzo. Qué fácil resultaría analizar las últimas tendencias políticas acaecidas en nuestro país, derivadas precisamente de una pereza no ya por el esfuerzo, sino por el trabajo a secas. Todo el mundo metiéndose en política para sobrevivir sin trabajar es un nuevo modelo social aprendido directamente de las prácticas de la acción, no aquella acción imaginante de la que nos había hablado Bachelard, sino de la acción revolucionaria, que recuerda mucho las aspiraciones personales de Cohn-Bendit a propósito de qué hacer por no aburrirse. Cohn-Bendit, que acabó como un bendito con plaza fija en el Parlamento Europeo, se respondía a sí mismo que hacer la revolución. Es la cosa más chupada que hay: mientras recibes subvenciones, y le das de hostias a la policía te vas preparando un discurso para las masas inermes y una butaca en el estrado para echar de ellas a la casta y sustituirla sin pago alguno por la tuya. ¡Qué riquiños!

Toda pereza, entonces, va ligada al comienzo del acto, molestarse, levantarse. Dice Levinas que la pereza se refiere al comienzo como si la existencia no accediese sin más a él, sino que lo viviese anticipadamente en una inhibición. La pereza es una imposibilidad de comenzar o, si se prefiere, es la cumplida realización del comienzo. Obsérvese que esta extraña y absurda disposición no es propia únicamente de quienes se disponen a tomar el poder sino, a veces, de quienes habiéndolo ya tomado, eligen una forma nihilista de actuación política: no hacer nada, tomando la nada como un absoluto del ente que hace posible fajarse de toda responsabilidad, de toda desdicha, de todo dolor, todo esfuerzo, toda ignominia, porque actuar es asumir un presente. Cierto, siempre que se actúa el presente histórico es la forma innata de nuestra personalidad más exclusiva, más elevada. (en la foto Mia Wasikovska interpretando Madame Bovary).

Esa conciencia de vivir el presente se da contradictoriamente entre quienes abandonan el poder por desidia y los que aspiran al poder por comodidad. Lo presente no es lo actual, dice el filósofo, sino que es en el seno del murmullo anónimo de la existencia, la aparición de un sujeto bregando con esa existencia, que está en relación con ella, que la asume. Esa acción, no lo olvidemos, no se procura ninguna dificultad, ningún peligro, de modo que sólo hay una verdadera acción allí donde corres el riesgo de perder la vida o, al menos, de jugártela, pues en la existencia suceden pocas cosas de importancia si no eres capaz de convertirte en un personaje, en un artista del yo. El defecto de los nuevos héroes actuales es que carecen de un perseguidor, de verdaderos perseguidores. Al contrario, han decidido colocarse del lado de los perseguidores y de los asesinos no por nada, sino simplemente por el desconocimiento que tienen de la metafísica del riesgo. Somos los otros los que tenemos que morir, nunca ellos, que han decidido, si cuadra, matarnos. ¡Qué riquiños! Los versos de Blas de Otero se han vuelto tontos, carentes de todo sentido. Se han cambiado los papeles. Quienes viven y mueren no son los mismos que vivían y morían en la guerra o durante el franquismo. Deberían adentrarse en la casa de muñecas de Ibsen antes de comerse judíos crudos o almejas a la marinera.

Fatigarse es fatigarse de ser. En la mayor parte de las vidas el existente va por detrás de la existencia. No cumplen esas gentes con el reclamo de una ética del presente, de la verdadera acción. La acción nunca comienza, lo que comienza es otra cosa, quizás la fatiga. Es muy fácil observar la fatiga hoy entre nuestros jóvenes, entre nuestros políticos, entre nuestros aspirantes a que nos convirtamos en sus esclavos. A ver, el éxito de Pablemos no reside en haber dado con un nicho de población inexistente, población allanada por la pereza, el anonimato y la desidia, sino en haber dado con un presente. Ese presente introduciría en la existencia la excelencia, la dominación y la virilidad misma del substantivo. En el instante de la acción el existente dominaría la existencia. Son sólo tres o cuatro estos genios de la conciencia del presente. También fueron tres o cuatro quienes acompañaron a Cristo y luego los mismos a Lenin, pues no todos son existentes de su existencia. (en la imagen Sartre y Cohn-Bendit explicando el 68).

Todo ello aparece horriblemente vinculado al problema de la soledad, que fue el gran tema de los intelectuales a la salida de la guerra en el 45, de modo que el existencialismo aparecía atravesado por la desesperanza de la soledad, por el aislamiento en la angustia. Veo en los actuales movimientos juveniles una forma tardía de existencialismo, eso que venimos proclamando con la ayuda de Levinas como la relación entre la existencia y lo existente. Y a pesar de la proyección hacia lo exterior, el movimiento de las manifestaciones actuales, prácticas poco discursivas y agresiones contra el Otro, lo cierto es que estos jóvenes muestran una locura eficiente, práctica, que consiste en esforzarse por salirse de ese aislamiento del existir, aunque como diría Levinas -y esto comprendo ahora que tenía que ver con el pudor- el hecho de ser es lo más privado que hay, la existencia es lo único que no puedo comunicar. Estos chicos deberían hacérselo mirar: al no poder comunicar su existencia sufren enormemente y proyectan sobre los demás esta angustia del ser: observad  sus movimientos corporales, sus gestos, sus palabras, sus prisas. Necesitan que los persigan; sin embargo, persiguen, qué incongruencia. Tú puedes contar tu existencia, pero no puedes dar parte de tu existencia. Esto es lo que sentí yo al ofrecer mis confesiones de un crítico de cine hace casi quince años.

En El tiempo y el otro el filósofo escribe que “es una banalidad que jamás existimos en singular. Estamos rodeados de seres y de cosas con los que mantenemos relaciones. Por la vista, por el tacto, por la simpatía, por el trabajo en común, estamos con los otros. Todas esas relaciones son transitivas. Toco un objeto, veo al otro; pero yo no soy el otro”. ¿Podemos compartir lo que tenemos, no podemos compartir lo que somos?, pregunta Philippe Nemo. No nos engañemos la relación fundamental no es con el otro -sigamos también aquí a Heidegger- sino con la muerte, donde se denuncia todo lo que hay de inauténtico, pues uno muere solo. Es mi existir lo que es intransitivo. Es decir, que yo puedo comunicarlo, participarlo todo con los demás, menos una cosa que es la más importante: ¡mi existir! Mi existir es incomunicable porque se ha arraigado en mi ser, y ni el amor va a hacer posible que lo desarraigue de mí, lo más privado que hay en mí. Me pueden quitar todo, lo que nunca podrán es quitarme el sí mismo cartesiano, heideggeriano. “La socialidad no puede tener la misma estructura que el conocimiento”, bello, qué bello.

El existir rechaza toda relación, toda multiplicidad. La escuela ahoga el yo, el ser. Vana figura controvertible la de la sociabilidad. Sociabilidad para transformarnos en esclavos. En los últimos discursos los líderes vuelven a hablarnos del otro, hablarnos del pueblo, pero ninguno habla del yo, porque les molesta la existencia, y sólo aprueban lo existente o al existente. A la existencia la temen, porque toda existencia es anterior a lo existente. Lo bonito del presente es que el presente te obliga constantemente a un retorno a ti mismo, y así la identidad, por ejemplo, Edipo, no es una relación inofensiva sino un encadenamiento a uno mismo. Es inútil hablar de la identidad de los pueblos, porque sólo es posible hallarla en uno mismo, en el existente. Aún más, es más noble hablar de la existencia que hablar de identidad. Sólo es libre aquel hombre que es responsable de sí mismo. Esta característica tan propia de lo griego, ahora que Grecia se hace la importante, se viene perdiendo de una manera inexorable. La gente posee derechos, pero carece de deberes. Además, no los echa en falta. ¡Qué riquiños!

Estudio las prácticas discursivas de Daniel Cohn-Bendit, ese francés y alemán que pronuncia prácticas discursiva poco puras, en defensa de Grecia, y hombre que no parece del pasado, del 68, ni del presente, sino alguien del porvenir, del futuro. Tiene que ser algo muy duro llamarse así, igual que Edipo debió sentir algo extraño al descubrir quién era. Cohn-Bendit tiene argumentos, habla bien, pero carece de toda imaginación, quizás porque la política murió en el mismo día en que nació, es decir, en mayo de 1968. Joder, supo ser joven, y todavía hoy no parece que hayan transcurrido casi 50 años. ¿Por qué no puedo chillar ¡viva la libertad!?

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, June 27, 2015

Ética e infinito (I)

A  Blanchot hay que leerlo bien. Ningún hombre dice las mismas cosas el mismo tiempo, menos aún en tiempos diferentes, y menos también si se trata de un escritor que, además, sea un intelectual: “el antisemitismo no es en modo alguno accidental, representa la repulsión que el otro inspira, el malestar ante lo que viene de lejos, o de otro lugar, la necesidad de matar al Otro, es decir de cometer a la omnipotencia de la muerte lo que no se mide en términos de Poder”. Me sorprendió que un libro de Enmanuel Levinas, éste, empezara con una cita de Blanchot, pues Ética e infinito mira por lo trascendental, por el ser, por lo religioso, claro que ambos se conocieron y se respetaron. En la presentación de este libro Ayuso Díez  hace un espléndido prólogo que clava la ontología de Levinas, curioso filósofo lituano que desde niño aprendió a leer en ruso a los grandes escritores de la época y acabó estudiando filosofía en Estrasburgo con Husserl y Heidegger.

Siendo cierto que el hombre no deja de pertenecer al mundo que habita, es evidente que su sentido hay que buscarlo en otra parte, en un “de otro modo que ser”. Lo humano del hombre no consiste, dice Ayuso, en su pertenencia a un mundo, o en su ex-istencia, sino en un estar permanentemente en un afuera, en ese que le anuncia lo otro por excelencia. Es decir, es menos importante preguntarse con Heidegger porqué hay algo y no más bien nada, que preguntarse por qué existe el mal. Entre las primeras órdenes que se leen al comienzo del Libro leemos: “no matarás”. Romper la mismidad, la ontología del sí mismo. Ser hombre, para Levinas, equivaldría a no ser, vivir humanamente significaría desvivirse por el otro hombre. ¿Cómo hallarlo, como buscarlo? El yo vendría a ser un rehén del auténtico yo, que es otro, que es otra cosa: Esa idea de desvivirse ya la encontrábamos en Unamuno, al comienzo de sus aporías. Y en Platón en su relato de los prisioneros de la cueva. El hombre que deja de ser él para transformarse en el otro que lleva dentro, es el único hombre que ha conseguido salirse de esa mismidad, de esas cadenas, de las imágenes falsas, de la apariencia. Más que salir a ver, a descubrir el mundo, ese hombre, ese yo, ha salido a ver, a descubrir su yo auténtico.

En cierta ocasión Philippe Nemo le preguntó a Levinas cómo se empieza a pensar. Siempre se empieza a pensar cuando tenemos la posibilidad de vivir la verdadera vida que está ausente, es decir, empezaríamos a pensar gracias a los relatos, historias, literaturas. Leer es en efecto mantenerse por encima del realismo o de la política, de nuestra preocupación por nosotros mismos, sin por ello llegar por ello a las buenas intenciones de nuestras bellas almas, ni al ideal normativo de lo que he de ser. En este sentido la Biblia sería para mí el libro por excelencia. Es fácil ver en Levinas lo que es consuetudinario entre el libro religioso y el libro filosófico, ninguna ruptura, ningún vacío, ningún salto en el vacío. Pura transitividad. Quien haya leído la Biblia sabe perfectamente que se puede leer como legado, como historia y como pensamiento. Ya Steiner dejó claro en su Prefacio que podríamos considerarla como el primer libro. Así, lo bíblico y lo filosófico no tienen por qué conciliarse. Ciertamente si uno lee a los grandes filósofos uno ve en ellos una prolongación, unos Comentarios del Primer Libro.

Qué curioso punto de encuentro hallamos entre la idea del hay en Levinas, y el comienzo del Demian de Hermann Hess. El hay es una alegría de lo que existe. Al parecer Apollinaire ya había escrito una obra titulada Il y a. Para Levinas el hay es el ello, lo impersonal. Y viene de sus recuerdos de infancia. Uno dormiría solo, mientras los mayores continuarían la vida. El niño siente hondamente el silencio de su dormitorio como ruidoso. Se dice en Demian que mi historia me importa más que a cualquier poeta la suya, pues es la mía propia, y además es la historia de un hombre, no la de un ser inventado, posible, ideal o no existente, sino la de un hombre real, único y vivo. Lo que esto significa, un ser vivo, se sabe hoy menos que nunca, y por eso se destruye a montones de seres humanos, cada  uno de los cuales es una creación valiosa y única de la naturaleza. Si no fuéramos algo más que seres únicos, sería fácil hacernos desaparecer del mundo con una bala de fusil y entonces no tendría sentido contar historias. Pero cada hombre no es solamente él, también es el punto único y especial, en todo caso importante y curioso, donde una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. Por eso la historia de cada hombre, mientras viva y cumpla la voluntad de la naturaleza, es admirable y digna de toda atención. En cada uno se ha encarnado el espíritu en cada uno sufre la criatura, en cada uno es sacrificado un salvador”. No creo que Levinas pensara exactamente así ahora, en este mundo en el que para una gran mayoría la vida no importa nada y el terror se extiende sin lacra, pero para un comienzo de novela sobre la infancia me parece un comienzo sublime, pues este conocimiento me impulsa a modificar mi propio relato. Ved:

Los días son cortos, y algunas tardes mis padres salen después de dejarnos cenados. Cuando Carmen se retira a su alcoba, mis hermanos mayores se dan en la oscuridad a un juego que no sé discernir, en parte porque tengo sueño. Dos horas más tarde suenan pasos y mis hermanos se hacen los dormidos Los imito. Mis padres abren la puerta para inspeccionar que todo está en orden y se meten en su habitación con sigilo. Creo que hay unas puertas correderas, a la italiana, entre ambas habitaciones.

La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, continúa el texto de Hess, el intento de un camino, el esbozo de un sendero, Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede. Todos procedemos del mismo abismo, pero cada uno tiende a su propia meta, como un intento y una proyección desde las profundidades. Pienso en el drama que supone para millones de niños no haber conocido la infancia. ¿Qué clase de hombres llegarán a ser algún día si no la han experimentado, conocido? Quizás ya lo sepamos, una ruina, una ruina que se extenderá hacia los demás hombres impunemente. Lo estamos viendo. Dice Levinas que el niño que en su cama siente durar la noche realiza una experiencia del horror. Además la noche vendría a ser una experiencia del hay, y este hay no sería una pura nada, ese neant heideggeriano, si bien no tratamos con ninguna cosa. Esta ausencia universal es una presencia absolutamente inevitable. Gracias a Levinas al fin sé porqué las noches de mi infancia fueron tan horrorosas. Creí que permanecería en ese neant el resto de mi vida. Por ello creo que la infancia, la noche horrorosa se parece al íncipit de la muerte, a ese instante previo de nuestra muerte, presencia a la vez absolutamente inevitable.

Sí, recuerdo ese silencio que Levinas interpreta como el silencio de esos espacios infinitos, de los que ya hablaba Pascal. Este hay es una forma impersonal, no podemos adherirle un sustantivo. Es como decir hace calor, llueve, El yo ha desaparecido, il a disparu. Vemos que Hamlet retrocede ante el no ser; esa sería la diferencia con la tragedia griega: que ahora hay espectros, brujas, fantasmas. Sartre acaba de escribir El Ser y la Nada, una vuelta de tuerca del Ser heideggeriano, y, entonces, Levinas piensa en el hay y, sin darse cuenta, piensa en Hermann Hess. Macbeth, por su parte, se ha aterrorizado por la sombra, no por el ser sino por el no ser. Blanchot no hablaba así, sino que hablaba, como venimos observando, de lo neutro, del afuera. En una de sus novelas leemos desastradamente (desastre, desastre) el jaleo del ser. Blanchot estaba en un hotel, y yo y mi novia en una habitación impersonal. Recito a Blanchot porque es como si yo mismo hubiera vivido más de una vez esa misma escena: “eso no para de trajinar, no sabemos qué es lo que hacen al lado, algo muy cercano al hay”, je,je,je.

El significado de desastre en Blanchot no es ni muerte ni infortunio, explica Levinas, sino algo así como si el ser se hubiera desatado de su fijeza de ser, de su referencia a una estrella, de toda existencia cosmológica, un des-astro.No voy a repetir nunca más que soy un desastre, diré simplemente que soy un desastro.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.






Saturday, June 20, 2015

El libro que viene

A veces pienso que soy como Haller y que digo las mismas cosas que él. Antes de que Hermann Hesse comience a relatar sus anotaciones Haller nos dice unas cosas que yo mismo podría haber escrito: "un hombre de la Edad Media execraría todo el estilo de nuestra vida actual, no ya como cruel, sino como atroz y bárbara. Cada época, cada cultura, cada costumbre y tradición tienen su estilo, tienen sus ternuras y durezas peculiares, sus crueldades y bellezas; consideran ciertos sufrimientos como naturales; aceptan ciertos males con paciencia. La vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí en donde dos épocas, dos culturas o dos religiones se entrecruzan. Un hombre de la Antigüedad que hubiera tenido que vivir en la Edad Media se habría asfixiado tristemente, lo mismo que un salvaje tendría que asfixiarse en medio de nuestra civilización".
Sospecho que somos cada vez más quienes nos parecemos al lobo estepario, a Harry Haller. No nos aguantamos mucho tiempo en un teatro ni en un cine. Apenas podemos leer un periódico de papel, y rara vez un libro moderno. No entendemos qué clase de placer hallan los individuos en los hoteles, en los aviones, en los ferrocarriles, en las fiestas, en los cafés que mantienen la música a tope, en las conferencias necesitados de Ilustración, en los estadios de fútbol o de baloncesto, en las congregaciones políticas  sometidas a discursos sin discurso, al grito, a la perfidia, la mentira y la rebelión.
Creo que hay una ley secreta del relato, como escribió Maurice Blanchot alguna vez. Así, la novela en la que estoy ahora -El plano de Euclides o La Odisea-, a la postre da igual, no sería la narración del acontecimiento, sino ese acontecimiento mismo. Esto es lo que viene leyendo hasta aquí el fino lector, un simple acontecimiento escrito en presente, todo en presente. Sólo he contado y cuento un acontecimiento, el aproximarse a este acontecimiento, el lugar en donde éste está llamado  a producirse, acontecimiento todavía por venir, y gracias a cuya fuerza de atracción, el relato puede esperar, él también, a realizarse. También comparto esta otra idea de Blanchot, que explica la tardanza del nacimiento de esta novela; parada, gestionada, recuperada, muerta, revivida, extraña, igual de extraña que el capítulo de Escila y Caribdis de La Odisea. Me refiero a que todo relato es un movimiento hacia un punto no sólo desconocido, ignorado, extraño, sino que no parece tener de antemano y fuera de dicho movimiento, ningún tipo de realidad, pero tan imperioso, sin embargo, que de él sólo saca el relato su atractivo, de manera que éste no puede comenzar antes de haberlo alcanzado.
Circe reconoce en el relato, y así se lo dice a Ulises, que pronto hallará a las sirenas, las cuales encantan a todos los hombres que se dirigen hacia ellas. ¿Soy Ulises, entonces? ¿O, al menos, como él? Las sirenas están echadas sobre el manto de una pradera y muestran a su alrededor un inmenso montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo, dice el acontecimiento relato, pues, insisto, más adelante Blanchot describe el momento en que Ulises se convierte en Homero, y la literatura, antes de mi novela, incluso después, va hacia sí misma, hacia su esencia que es la desaparición. Hegel tenía razón: el arte es para nosotros algo pasado. Tiene razón Blanchot: el escritor desea frecuentemente no terminar casi nada, dejando en estado fragmentario centenares de relatos que han tenido el interés de conducirlo hasta un determinado punto  pues “toda mi obra no es más que un ejercicio”. Sólo importa la obra, la afirmación que hay en la obra, el poema en su singularidad estricta, el cuadro en su espacio propio, pues, finalmente, la obra es el movimiento que nos conduce hacia el punto de la inspiración de la que proviene y que parece que no pueda alcanzar más que desapareciendo.
En la rapsodia XII Circe conmina a Ulises a andarse con cuidado, pues aquel que imprudentemente se acerca a ellas (a las sirenas), y oye su voz ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar, sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto sentadas en una pradera, etcétera. Circe le aconseja a Ulises que pase de largo y que tape las orejas de sus compañeros con cera blanda, pero que si las quiere oír se ate al mástil de modo que nadie ni él mismo pueda liberarse de sus ataduras.
Al leer a Blanchot se me ocurrió añadir un penúltimo capítulo a mi nivola de El plano de Euclides. Recojo de allí este fragmento. Unos meses antes de que muriese mamá, ella me llamó por teléfono muy preocupada porque se encontraba mal y necesitaba que la viera el médico. Me acerqué a su casa y cuando llego el médico ya la ha visto, ya ha hablado con ella, y ya le ha recetado. Ella me indica que me acerque. Está en la cama, no en la suya sino en aquella otra en donde siempre dormía mi hermana. Me pide que la mueva, que la ayude a cambiarla de posición. Ella misma recorre la manta y la sábana y queda expuesta al albur de mi mirada. Los listillos abrirían aquí un pliego de edipismos inconfesables pues lo que voy a contar es sorprendente, y forma parte del conjunto de acontecimientos, como el de las sirenas, que pueden asentar definitivamente un relato. Mamá es una mujer mayor, pero desnuda no me lo parece; al contrario, posee un cuerpo extrañamente original, hermoso, joven. Me cuesta un trabajo enorme desplazarla y cambiarla de posición.

En El libro que viene Blanchot adelantaba esta muerte de la literatura. Sesenta años después la gente ha dejado de leer y probablemente los escritores han dejado de escribir, o lo que escriben carece de todo interés porque se aferran a aquel viejo discurso literario de la narración, y no del acontecimiento. Se ha preferido el artista a la obra, y lo que se glorifica no es el arte sino al artista creador, la individualidad poderosa. En política a esto lo llamaríamos culto al líder. Van Gogh decía: no soy un artista, qué grosero resulta incluso pensarlo de uno mismo. Con otras palabras Mallarmé vendría a decirnos lo mismo: no soy yo quien habla, es el dios que habla en mí, esa independencia del poema no señala la trascendencia orgullosa que haría de la creación literaria el equivalente de la creación de un mundo por algún demiurgo.


En general quienes escriben desconocen que la literatura no está a su alcance, no está ahí, sino que está por encontrar o por reinventar. Por eso lo que cada libro persigue como la esencia de lo que ama y querría apasionadamente descubrir es la no literatura. Si me identifico con Haller no puedo por menos que identificarme también con El perseguidor, el crítico que atiende a Charlie Parker en sus últimos estertores. El plano de Euclides, que viene, no es una novela, no es un relato, es la persecución del sí mismo, eso que ya estaba en Haller. Aunque los editores no lo saben no todos los libros son autobiográficos, sino un juego de abalorios como diría Hesse en otra de sus novelas. En este sentido también me siento Demian, como Demian, que se esfuerza por llegar a sí mismo. Me lo dijo, qué curioso, un amigo hace unos días: siempre he admirado en ti la voluntad que pusiste en llegar a ti mismo. Qué curioso que no citara al Demián de Hesse. Yo desconocía haberme escrito un Demian para mi mismo, por eso me parecen gloriosas estas palabras de Blanchot: “el relato es sencillo, casi ingenuo, como debe ser el recuerdo del mundo infantil en cuyo límite tiene lugar esa grave experiencia. El autor no pretende excitar nuestra curiosidad ocultando secretos. El nombre de Demían así como el nombre de su madre, Eva, nos dicen sin rodeos más que lo que deberíamos saber”. Pronto se me reprochará aquello que le reprocharon a Hesse: no tener el don de los personajes vivos, de los detalles cotidianos, de la narración épica. Respondo con palabras de Blanchot: Quizá, pero ¿por qué exigirle que sea lo que no es?

Copio el diálogo entre Haller y Hesse y observo que con él podría desarrollar un nuevo capítulo en la siempre inacabada novela de El plano de Euclides. Tú, Harry, has sido siempre un artista y un pensador, un hombre lleno de alegría y de fe, siempre tras la huella de lo grande y de lo eterno, nunca satisfecho con lo bonito y lo minúsculo, pero cuanto más te ha despertado la vida y te ha conducido hacia ti mismo, más ha ido aumentando tu miseria (Hesse acabó sobreviviendo en un bosque alimentándose de las castañas de los árboles) y tanto más te has sumido hasta el cuello en pesares, temor y desesperanza, y todo lo que en otro tiempo has conocido, amado y venerado como hermoso y santo, toda tu antigua fe en los hombres y en nuestro alto destino, no ha podido ayudarte, ha perdido su valor, y se ha hecho añicos. Tu fe ya no tenía aire para respirar. Y la asfixia es una muerte muy dura. ¿Es exacto, Harry? ¿Es ésta tu suerte?
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, June 13, 2015

Leer Foucault

Cuando mayo del 68 todo el mundo estaba en París o en Nanterre, pero entonces Blanchot observó que Foucault no estaba, y preguntó por qué. Había veinte años de distancia entre una generación y otra y, sin embargo, Foucault ya era el más admirado por los intelectuales que habían estado en todas las batallas, superado todas las soledades y sobrevivido a todos los campos de exterminio. Le dijeron que se hallaba en el extranjero. Curiosa respuesta porque es un extranjero el que es conducido a un asilo en esa novela de Blanchot que juega a la vez con varios títulos. La novela podría llamarse El idilio, pero también la eterna reiteración, una prolongación de Kafka si hablamos de El castillo, pero no de Camus si adujéramos su primera novela. El caso es que Blanchot nos dejó un libro sobre Foucault –Tal y como yo lo imagino- que es una verdadera belleza y una guía indispensable para el conocimiento del pensamiento y la obra de Foucault. Su estilo, por su brillantez y su precisión, había dejado perplejos a sus contemporáneos, virtud que desde aquí, podríamos ampliar a Bataille, Barthes, Deleuze, pero no a Lacan o Derrida, aquellos plastas. Aquí me viene a la memoria la reflexión de Spinoza: el solo y único fundamento de la virtud, en cada uno, es el esfuerzo por perseverar en su ser. Dice Blanchot que acaso Caillois lo admiraba y envidiaba a un tiempo, ya que veía en él a un sosia que le usurpaba la herencia.

De Blanchot hemos aprendido que Foucault, que poseía una formación heterogénea, amplia y compleja, era a la vez filósofo y lingüista, historiador y psicólogo, de modo que sus propuestas siempre resultaban originales, eso que casi nunca se les exige a los investigadores que se inician en el ámbito de las Letras, la Comunicación, la Escritura. No, precisamente si es ejemplar la actitud de Foucault fue el hecho de enfrentarse a cualquier tema desde la nada, con solo su pensamiento. Cuando Bataille o Levinas sostenían que estaban investigando, en realidad, se referían al hecho de que estaban pensando. Si el campo en el que yo todavía me muevo da para zelotes que creen que están investigando algo sólo por el hecho de que se mueven con registros, aritméticas o gráficos, vamos de culo, porque realmente deberían volver a empezar, empezar como dijo Tolstoi al abandonar a su familia. Una investigación, antes que nada, es una práctica discursiva, y en el caso de Foucault, reconoce Blanchot, eran casi puras porque no remitían más que a sí mismas. Hoy por el contrario, el dominio es el del comentario, una de las cosas más odiadas por Foucault. Tengo encima de la mesa varios libros de Hegel, pero en realidad son libros sobre Hegel, es decir, comentarios. En esto no nos hemos alejado mucho del trabajo de los frailes en los escriptoria, al menos hasta la llegada de Aquino.

Blanchot me ayuda a conocer mejor a Foucault. Creímos que debido a la generación a la que perteneció -al principio la de los estructuralistas- se hubiera podido interesar por el psicoanálisis, pero no le interesó prácticamente nada el psicoanálisis. No hagamos caso de una supuesta soberanía –concepto que viene de Bataille- del inconsciente colectivo. De hecho, como dijo al presentarse ante sus alumnos el 2 de diciembre de 1970, prefiero poder deslizarme subrepticiamente. Esto ha sido muy complicado de entender, pero precisamente cada vez que hablaba era como si el público escuchara el eco, el ruido, el poso de unas palabras anteriores que nos preceden siempre. Aquí se dijo aquello de “como decíamos ayer”, y, es verdad, en un verdadero discurso las palabras, las frases, las ideas, se suceden sin interrupción alguna aunque existan los días y las noches. Cuando alguien señala que va a oír a fulano porque le han hablado de él, en realidad, no se sorprende de escuchar al orador porque éste siempre habla desde un pasado cercano, ya le precede una voz sin nombre. No habría inicio en ningún discurso, deseo oculto de no tener que empezar. En algún sitio Blanchot nos daría la razón porque para él también El orden del discurso fue una fruta madura caída en sus labios.

Siento una terrible morriña de no haber estado allí, en el Colegio de Francia aquella mañana, y haber soportado, por el contrario, ese mismo día, alguna clase infame en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, pues habría escuchado a Foucault decir estas bellas palabras: “no querría entrar en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me rodeara como una transparencia apacible, profunda e indefinidamente abierta, en la que otros respondieran a mi espera, y de la que brotaran las verdades, una a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar en él y por él, como algo abandonado, flotante y dichoso. Blanchot, entonces, con la lección inaugural de Foucault delante, le contesta a Foucault con este otro discurso foucaultiano que estamos siguiendo, Tal y como yo lo imagino, quince años después, y casi a la edad de 80 años. Resulta admirable y emocionante, como si estuviéramos ante una disputa dialéctica del XVII.

Es probable que Foucault conociera el texto del Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, pues aquellos ingleses procedieron a combatirla aplicando un método inconscientemente estructuralista, dividiendo, parcelando, separando, pertrechando el terreno, las casas y las personas. Después, y estudiando el s. XVIII, con Adorno o sin él, Foucault desmontaría las bondades de la Ilustración, dado que el poder y las relaciones del poder con otros acontecimientos sociales, le hacen ver un lado oscuro en la revolución: el subsuelo de las nuevas libertades se produce bajo el manto de una sociedad disciplinaria cuyos poderes de control se disimulan a medida que se multiplican. Cada día, decía, estamos más sujetos, y de esta sujeción extraemos la gloriosa consecuencia de convertirnos en sujetos libres, capaces de transformar en saberes los más diversos modos de un poder hipócrita.

La kafkiana obra de Blanchot quizás fuera conocida por Foucault, o quién sabe sólo intuida, lo que viene a ser lo mismo. Si el amigo de Kafka, Max Brod, no la hubiera manipulado quién sabe si El idilio no hubiera sido El castillo previamente. Una estudiosa, Anna Poca, dice que la situación grave y ambigua de El idilio, profecía de un porvenir amenazante y efectivamente terrible, no puede traducirse en su realización histórica. El conocimiento posterior no resuelve el enigma o, en todo caso, se ve forzado a interrogar de nuevo la excentricidad del título.
Apenas hubo entrado en la ciudad el extranjero fue conducido al asilo. En el camino el guardia le dijo:”no me lo va vd. a perdonar pero es la regla. No se escapa uno del espectáculo de la felicidad. ¿Ah, sí? -dijo el extranjero- ¿Pues porqué es tan terrible este asilo? Por nada, contestó el guardián con repentina cautela, por nada”.

En su primera lección en el College, aquella del 2 de diciembre de 1970, acabó honrando a sus maestros, Dumezil y, especialmente, Jean Hyppolite, al que, sin duda, Blanchot también conoció. Aprendió de ellos la economía interna de un discurso y a escapar del acecho hegeliano que había dominado el mundo durante más de un siglo, si bien escapar de verdad a Hegel suponía apreciar exactamente lo que cuesta separarse de él. De hecho, por aquel tiempo ni Bataille ni Levinas lo habían conseguido del todo, y hoy los Congresos siguen anatematizándolo en todo su esplendor.

Destaca Blanchot que Foucault se vio impelido a contestar en una entrevista en donde le preguntaron por sus proyectos: “!Oh, ante todo voy a ocuparme de mí mismo!”, frase que no es fácil de interpretar, incluso si uno piensa un poco a la ligera que, a imitación de Nietzsche, se inclinaba a buscar en los griegos menos una moral cívica que una ética individual que le permitiera hacer de su existencia -de lo que le quedaba de vida- una obra de arte. Al final recoge varias frases de Foucault en las que éste formula su verdad con cierto humor:

-“Somos, ante todo, la única civilización que cuenta con representantes retribuidos para escuchar a cada cual las confidencias de su sexo…han puesto sus oídos en alquiler. Quizá todo esto algún día cause perplejidad. No se comprenderá bien cómo una civilización, consagrada por otra parte a desarrollar inmensos aparatos de producción y de destrucción, ha podido encontrar el tiempo y la infinita paciencia para interrogarse con tanta ansiedad sobre todo lo concerniente al sexo, se sonreirá quizás al recordar que aquellos hombres que hemos sido creían que en el sexo había una verdad al menos tan preciosa como la que habían buscado ya en la tierra, en las estrellas y en las formas puras del pensamiento”.

Dentro de unos días -el 25 de junio- se cumple el aniversario de la muerte de Foucault. Murió de sida. Corría el año 1984.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, June 06, 2015

La íntima convicción

Es verdad, Blanchot da en el clavo cuando sostiene que es la muerte la que nos impide morir. Nos llaman y nos convocan a unas exequias, nos dicen si queremos ver al muerto, por lo general hombres, casi nunca mujeres y, enseguida, lo vemos: a este muerto le han sobornado el acontecimiento, y por eso preguntamos cómo se murió. Nadie sabe qué decir, cómo responder, pero la causa de esta ignorancia reside en el hecho de que la muerte no dura, no remata, se produce sin proceso alguno. Los que están por la eutanasia aún son peores sujetos de la muerte, pues viven en el desconocimiento de la muerte como acontecimiento. Lo quieren reducir a nada, y aquí la muerte es todavía peor que nada, pues vuelve al muerto sospechoso. Siempre que me han dejado he convertido la muerte del muerto en un acontecimiento enarbolando un discurso, un poema, una filosofía, sin saber que Blanchot había estado tan acertado en este pensamiento.

Pese a ello, y con todo, la muerte soslayada, no vivida, es el deseo de la gente, como si ella no formara parte de la vida. Admiremos entonces a aquellos hombres que la reciben como un acontecimiento, de una forma consciente, como hemos sabido alguna vez de algunas muertes ejemplares. He oído hablar de muertes muy silenciosas, muy inermes, calladas, pudorosas, inconscientes. Fulano murió en mi hombro, recostado, mientras leía, le oí decir una vez a una vieja amiga de mi madre. Quién no ha oído hablar de amigos que murieron  durante el sueño, sin acontecimiento alguno, aún más sospechosos por su inverificable muerte. Es curioso que en las necrológicas nadie hable de la muerte del muerto, cómo murió realmente? Nada, nada sabemos porque no nos lo cuentan. Se conforman con decir de un infarto, una embolia, murió de repente, etcétera. Blanchot habla mucho de la muerte en sus ensayos y en sus novelas, de alguna manera parecía lógico dado que él se instalaba en una generación de existencialistas que había conocido, eso sí, el acontecimiento de la muerte, a través del crimen, del asesinato político, de la tortura, de la guerra. En El instante de mi muerte, en La locura de la luz, en Thomas el oscuro, en La sentencia de muerte, Maurice Blanchot parece un filósofo. Sin embargo no hay relatos en Blanchot, ningún relato; no es narrador: a través de él habla, no sólo la muerte, como ya dijimos, sino la soledad del lenguaje, el vacío que conjuga las palabras. Parece que un día, al llegar los nazis a su casa Blanchot les requirió: “al menos haga entrar a mi familia”, otra vez el acontecimiento. Así empieza El instante de mi muerte. Me acuerdo de un joven -un hombre todavía joven- privado de morir por la muerte misma -y quizás el error de la injusticia-.

Me sorprende no haber oído hablar nunca a los vivos de la vergüenza del morir, de la intimidad a la que tenemos derecho por morir; nunca jamás la intimidad es expuesta a mayor vileza y, sin embargo, tampoco ahí es posible el acontecimiento. En otro libro de Blanchot –Michel Foucault, tal y como yo lo imagino- se habla de la íntima convicción, algo de lo que nuestros políticos no han oído hablar jamás, ni se les ocurriría suscitar en un debate político, pues se remontaría a una herencia aristocrática que Heidegger remachó: en el interior de cada uno de nosotros hay una palabra que se hace sentencia, afirmación absoluta: una vez formulada, este decir primigenio, ajeno a todo diálogo, se convierte en palabras de justicia que nadie tiene derecho a poner en duda. Si alguien desaparece nadie se pregunta por qué el tal sujeto -quien, por cierto, nunca será reencontrado- ha decidido morir desapareciendo. Una vez me hablaron de alguien muy conocido, profesor de Historia, que se acercó al mar y sentándose encima de una roca desapareció al momento y nunca pudo ser rescatado. Aquello me recortdó a Gilliatt, el héroe de Víctor Hugo. Había sido profesor de algunos de nosotros y su desaparición sin muerte colegida, acontecida, nadie se atrevió a considerarla como una vergüenza de la muerte. Alguien muere en circunstancias no trágicas, pero la desaparición la transforma de inmediato en trágica y de ser una modalidad de suicidio sería aquella en donde mejor se establecería un rechazo de la muerte vergonzosa como hipótesis, no ya trascendental, sino simplemente sospechosa. Ninguna muerte es más sospechosa que la muerte sin acontecimiento, la muerte no acontecida. La muerte del profesor amigo se parece al comienzo de Thomas el oscuro: "Thomas se sentó y contempló el mar. Durante algún tiempo permaneció inmóvil, como si hubiera ido allí para contemplar los movimientos de los otros nadadores, y aunque la bruma le impidiese ver muy lejos, mantuvo obstinadamente los ojos fijos en aquellos cuerpos que flotaban con dificultad".

Dice Blanchot que morir de no morir dramatiza, hace brillar un instante. Además, el suicidio, tentación de desafío tan extendida y tan clara que parece difícil resistirse a ella. En La sentencia de muerte Blanchot habla mucho del suicidio de anécdotas y de personas, de mujeres que él probablemente trató y conoció. Posee algunos párrafos singulares, pues hay quien dice que leas lo que leas de Blanchot todo parece una autobiografía, igual ocurre al leer a Quignard. El trazo entre ambos es perceptible. Escojo éste: la enfermedad no le daba ya ningún respiro. Por entonces, su hermana no vivía de continuo con ella. O, al menos, llevando la vida que he dicho, se ausentaba a menudo, y por la noche volvía o no volvía a casa. El portero, que la quería bastante, subía a verla. Tenía pocas amigas. Incluso A., a la que veía de buena gana, le aburría. Y, sin embargo, habría recibido a cualquiera porque sola tenía miedo. Lo que importa es el concepto de Blanchot acerca de las relaciones entre los personajes y el autor. Salgamos así un momento: un día ella tuvo el presentimiento de que su amigo, que vivía en otra habitación del hotel, había muerto, y entonces subió las escaleras y tocó la puerta de nuestro invisible narrador y le dijo: “no tengáis miedo”, pero con una voz muy extraña, nos dice, más lúgubre que tranquilizadora. Y más adelante: con la enfermedad el miedo convirtió los días en noches. Yo no sé de lo que tenía miedo, no era de morir sino de algo más grave. Munch anticipó estas imágenes en Joven en camisón ante la ventana, prodigiosa e inquietante escena.

Mi tesis sobre la vergüenza de la muerte halla un parangón reluctante en el siguiente párrafo de El paso (no) más allá: morir, en la discreción que dicha palabra se atribuye a sí misma, distinguiéndose de la tosquedad, de la visibilidad de la muerte, se torna a la vez extremadamente visible, a la manera de una entidad (el morir) que disimula su forma mayúscula. Al morir de enfermedad o de vejez no morimos solo enfermos, viejos, sino privados o frustrados de lo que el morir mismo comportaría de pretendidamente secreto, por consiguiente, reducidos a no morir. Visitas al hematólogo, y ya se adelanta: ya sé que vd. ha sufrido mucho, pero yo también. Al marcharme le digo, lo que ya he dicho: compréndame, aún me quedan algunas cosas por hacer, por cerrar. Algún día espero tener la oportunidad de preguntarle por qué le parecieron mis palabras tan inteligentes.

 Es verdad, exponemos al muerto apresuradamente. Esta es nuestra desgracia, saber de antemano que nuestra muerte también será pública, pasamos a ser de los demás, dejamos a nuestro cadáver significarse por los demás, que vergüenza, sin que sepamos realmente quiénes han venido a observarnos y si, incluso, para los nuestros, nos volvemos una extrañeza, imaginémonos qué cosa, qué cosificación hemos de ser ante los demás. Realmente, es una gran idea esa de que al morir uno no se muere de verdad, quizá procedente de algún escolio de Heidegger, ya que, imposible vivir -dice Ripalda- lo que será lo que yo sea, leyendo bien a Blanchot, y sin embargo la muerte, lo más ajeno, es lo más propio.

Un día Bataille escribió esto: "cuando muere, un hombre deja tras de sí supervivientes condenados a derruir aquello en lo que él creyó, a profanar lo que veneró".

En las relaciones entre muerte y literatura -La parte del fuego- Blanchot ya nos había dejado un texto para la gloria al hablar del derecho a la muerte, nada que ver, de nuevo, con la eutanasia. Cuando digo “esta mujer” la muerte real está anunciada y ya presente en mi lenguaje, dice Blanchot. El lenguaje es muy cabrón pues ciertamente esa simple frase indica subrepticiamente que esa persona puede ser separada de sí misma en cualquier momento, sustraída de su existencia y de su presencia, pues si esta mujer no fuera capaz realmente de morir, si no estuviera en cualquier momento de su vida amenazada de muerte, no podría consumar yo esta negación ideal, este asesinato en diferido que es mi lenguaje. Reconozco abiertamente y sin saberlo que muchas veces me comporto ante los demás como si fuera a ser apartado de mi mismo inopinadamente, y que soy esa extrañeza para los demás. ¿Qué te pasa, me dicen, porque te mueves así tan precavido? Pues por eso, porque el lenguaje me delata, porque ya no se está seguro en ninguna parte. Cuando hablo, dice Blanchot, la muerte habla en mí. Mi habla es la advertencia de que la muerte anda, en ese preciso instante, suelta por el mundo, si bien, admitámoslo, ella es en sus palabras la única posibilidad de su sentido. Sin la muerte todo se hundiría en el absurdo y en la nada. 

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, May 30, 2015

La experiencia interior o Maurice Blanchot

Estos días creo haberme convertido en un personaje de Foucault, si bien no existe un pauta referencial concreta para ubicarlo, a lo mejor estaría bien recurrir a su libro La arqueología del saber, pues  cada vez me sucede con más frecuencia que voy de un estrato o extracto a otro como si las palabras y los autores anduvieran superpuestos a la manera de los fósiles, de modo que si estoy en Bataille debo inmediatamente acudir a Blanchot, pero si me voy a Blanchot algo me tira del hombro llevándome a Todorov que, al fin y al cabo, hizo ese gran libro que fue Critica de la crítica, y a un capítulo que es para mí especialmente invocante o coadyuvante, Los críticos-escritores, en donde mi admirable Blanchot no queda muy bien parado debido a su cortesía con el totalitarismo y antes con el antisemitismo. Ahí, queda claro que Blanchot es un crítico-escritor nihilista, esa debacle del existencialismo que cruza los puentes de las dos grandes guerras, se agiorna y acaba entregándose en brazos del estructuralismo. 

Como personaje de Foucault confieso que los relatos, las historias, y las condenadas bellezas del mundo, de Bataille a Barthes, pasando por Blanchot, erosionan mi calidad de vida. Siempre pudo conmigo la poesía sin percibir que me estaba ejercitando en una poética de la crítica que halla en mis últimos textos los fósiles que me sirven de pisapapeles en la mesa de trabajo. Estoy detenido, estoy graciosamente intervenido por las palabras, las frases terminadas, las otras frases sin terminar, y si el oxímoron es la figura favorita del estilo de Blanchot, la afirmación simultánea de esto y de lo contrario, ya sólo aguardo a que mis recientes figuras retóricas, mis ensayos, me ayuden a entrar en el cielo por habérmelo ganado.

Si la soledad es ese tormento fantástico e ilimitado del que habla Bataille, no cabe duda que Blanchot tuvo una experiencia interior, y que los libros, leídos o escritos, lograron que esa experiencia cuajara. Blanchot habría resuelto descifrar un mundo real de muerte y de amor, de la misma manera que podemos deshacer en un gran resplandor la realidad de los grandes místicos. Aquí ya lo vimos con san Juan de la Cruz. En los 70 los universitarios éramos incapaces de entender ese resplandor y gozar de aquella unidad. Quizás Todorov no entendió que el crítico Blanchot procedía de un susbstrato diferente, y no de la tradición francesa de la crítica. Un tipo como Blanchot, que escribió a favor de la revolución en España, no habría sido aceptado entre nosotros si nuestros intelectuales conocieran su pasado. Para Blanchot es un hecho extraño que haya libros, que algunos hombres aprendan su lectura, y que el pensamiento de esos libros prosiga en el espíritu de sus lectores. Steiner lo describiría de otro modo echando mano de una frase singular: la poesía del pensamiento. El escritor se halla entre los vivos y los muertos. Esta idea me gusta mucho porque yo mismo la concebí en mi libro de Orson Welles, la dignidad estética cuando hablé de Tarkington y El cuarto mandamiento

Aquel ampuloso narrador parece estar hablándonos desde allí, desde la muerte; está, se halla, entre los muertos, sin que me hubiera dado nunca al conocimiento, a la arqueología de Blanchot. Me parece normal que los hombres experimentemos emociones similares sin saber nada los unos de los otros. Bataille lo explica a su manera diciendo con hermosura que es la muerte quien habla en Blanchot, y que sólo la muerte definitiva pone fin a esta muerte incesante que es la vida. El profesor Viña Liste lo ha expresado estos días de una forma a símile en un correo que tiene su gracia porque nunca me ha confesado haber leído a Blanchot, aunque se doctoró en Unamuno, otra capa de esta arqueología del saber. Pero es en los relatos, no en sus ensayos, en donde Blanchot muestra su grandeza de filósofo.

Su vida fue tan desgraciada y, a la vez, tan graciosa que los diccionarios lo daban por muerto cuando todavía estaba vivo, dado que gozó de una interminable vejez, y hasta la mayor parte de los críticos se equivocan con la localidad de su nacimiento. Con todo, el mejor estudio que conozco de Blanchot se debe al profesor José Mª Ripalda que desmenuza la arqueología de Blanchot en la introducción al Paso (no) más allá. Dice Ripalda que un autor debe morirse, ya está muerto cuando ha escrito. Es una variante de mis afecciones con Tarkington y mi paradigma de narrar y morir (cfr. Condenada belleza del mundo, una poética del texto fílmico, Andavira, 2015). La muerte, lo más ajeno, es lo más propio, dice Ripalda en su concienzuda y espeleológica inmersión al extracto más invisible de Blanchot, invisible esa palabra tan querida de Merleau Ponty, a su vez probablemente rascada del infinito Bachelard. La obra de Blanchot que se ha abierto ante mí como las Tablas de la Ley, honrarás a tu padre y a tu madre, es una reflexión contínua de lo que hace mientras escribe. 

Es una impresión que se tiene al leer el voluminoso Flaubert de Sartre. Barthes murió quejándose de no haber podido establecer un canon del lector, qué es un lector, quizás esa misión se la robó impunemente Blanchot. Blanchot se vería escribiendo por compulsión, pasivo en lo más activo, superficial en lo profundo, lo más propio lo más común, dispersión sin posibilidad de unidad, sin recurso a apaciguamiento filosófico, abandonado en la infinita extensión del lenguaje. Acaso Blanchot sea el más fragmentario de los escritores. Su escritura fue evolucionando hacia el aforismo, una inconsciencia que asiste a muchos que creen estar haciendo otra cosa distinta a Montaigne, si bien Montaigne nunca tuvo conciencia de ser Montaigne, otro rasgo blanchotiano que lo une al nobilísimo alcalde de Burdeos.

Es curioso cómo actúan las arqueologías del estilo en las escrituras de ciertos escritores: mientras voy dejando atrás El instante de mi muerte, y La locura de la luz, dejo atrás sus curiosos ensayos sobre Sade y Kafka, a los que adoraba, y quizás se viera como en un espejo. La muerte de la literatura vendría de ahí, de ese escritor que huye sin percatarse que la pluma escribe por él, como en Kafka, quien también huía. De Hegel ha recibido, dice Ripalda, los temas inagotables del Absoluto y la Negatividad; de Heidegger la destrucción de la metafísica, del existencialismo la Nada y la Muerte; con Levinas y Derrida comparte los temas de la diseminación, huella, silencio y transgresión, con Sade la repetición indefinida, insaciable; con Nietzsche la problemática del eterno retorno. En El paso (no) más allá comienza con una declaración de principios (morales): la muerte, no estamos acostumbrados a ella. Pero el texto es demasiado importante para que lo acojamos  ahora. 

Prefiero saltármelo e irme a algunos subrayados que marqué en La locura de la luz. Blanchot no estaba seguro de que su existencia fuera mejor que la de los demás. Es curioso porque ésta es una cuestión ética que todo el mundo  con mayor o menor precisión se plantea, aunque no hasta el punto de abrir heridas y de llevarnos por otro camino hacia nuestro destino. Estaba contento de tener un techo que muchos no tienen, de no tener la lepra, no estar ciego, de ver esta luz fuera de la cual no hay nada, pues cuando esta luz se oscurezca me oscureceré con ella, pensamiento, certeza que me arrebata. Todos estos franceses que nacieron entre 1905 y 1911 sufrieron el escándalo de dos guerras infames; ¿qué iba a salir de allí entonces?
La vida, sin embargo, se comporta como una conjunción de resquicios. 


Él los describe muy bien: en los peores días cuando me creía perfecta y enteramente desgraciado, era sin embargo y casi todo el tiempo, extremadamente feliz. Este descubrimiento no era agradable…Cada minuto, cuando me levantaba y corría por las calles, cuando quedaba inmóvil en un rincón de la habitación, el frescor de la noche, la estabilidad del suelo me hacía descansar y respirar en la alegría. A los hombres el terror los asedia, la noche los consume, ven sus proyectos aniquilados, su trabajo convertido en polvo. Ellos, tan importantes que querían construir el mundo, quedan estupefactos, todo se viene abajo. ¿Son los resquicios recursos o los recursos resquicios del artista? El fragmento que viene ahora es asombroso. Nadie se atrevería hoy a escribir así: ¿soy egoísta? No tengo sentimientos más que para algunos, piedad para nadie, raramente tengo ganas de agradar, raramente ganas de que se me agrade, y yo, para mí que poco menos que insensible, sólo sufro por ellos de tal manera que su menor aprieto me provoca un mal infinito aunque, no obstante, si es necesario, los sacrifico deliberadamente, le suprimo todo sentimiento dichoso (llego a matarlos). Puras metonimias, nunca metáforas.

Hay que entender a Blanchot, pues prefigura y enuncia la llegada de Pascal Quignard. Creo que nadie ha visto todavía esta bipolaridad, estas vidas tan paralelas, plutarquianas. De repente va y dice, como ahora Quignard, pero el vacío me ha decepcionado mucho. Siendo nadie he sido soberano, pero un día me cansé de ser la piedra que lapida a los hombres solos. Y ahora voy a imitarlo, pues las frases que vienen parecen mías, no de él: debo confesarlo, he leído muchos libros. Cuando desaparezca, insensiblemente todos estos volúmenes cambiarán; más grandes los márgenes, más distendido el pensamiento. Actualmente mi existencia es de una solidez sorprendente; incluso las enfermedades mortales me juzgan coriáceo. Me disculpo por ello, pero es necesario que yo entierre a algunos antes  de mí.


He terminado, sr. Presidente, muchas gracias


Saturday, May 23, 2015

¿Quién es vd., Georges Bataille?

¿Quién es vd. Georges Bataille? se correspondió a la emisión de un célebre programa radiofónico, cuyo principal presentador era André Gillois, quien el 20 de marzo de 1951, sometió al filósofo a un test que el buen hombre contestó, como siempre con humildad, pues lo que seguirá después en este artículo son las respuestas a otras preguntas y en otras entrevistas radiofónicas. En esa fecha yo andaba a gatas por el pasillo y entiendo muy bien por qué dice Bataille las cosas que dice a propósito de su infancia cuando le preguntan por ella. La verdad es que los existencialistas conforman un grupo curioso, unitario o, si se prefiere, neutro, por seguir una de los grandes expresiones-tema de Blanchot, autor al que estudio ahora.

Retrato: en el rostro de George Bataille dos signos se me revelan peligrosos. En el fondo de sus órbitas hundidas, dos ojos brillantes, con el resplandor helado del mercurio, sin párpados aparentes, parecen despojar al interlocutor, y la mandíbula voraz parece lista para devorarlo. Este deseo caníbal, intelectualista, cerebral, no deja de ser inquietante, etcétera, pues el retrato continúa, sinuoso y profundo, entremezclando grandes y sutiles paletas de color intenso y apasionado.

Bataille reconoce haber sido muy perezoso. A nadie le gusta aburrirse. El tedio en la infancia es insuperable, demoledor, hiriente. Es la desgracia de la mayor parte de los niños. Sus padres no se ocupan de ellos, o los dejan en manos de criadas aún más perezosas e inútiles, cuando no agresivas y estupidizantes. Bataille reconoce haber sido peleador, especialmente porque al ser el más pequeño de la clase los otros trataban de someterlo, de modo que no le quedaba otra que defenderse. Y como leía los cuentos de Buffalo Bill soñaba con parecerse a los sioux. Lo primero que sorprende en esta entrevista es que Bataille sostiene que lo más importante en esta vida es tratar de destruir en sí mismo el hábito de tener objetivos. Se hizo bibliotecario como tantos escritores ilustres, como Borges, por ejemplo. No se deberían tener objetivos porque todos aparecen limitados por la muerte, el otro gran efecto que lo aproximó a Blanchot. Desgraciadamente, Bataille no acabó nunca su libro sobre el amigo Blanchot, pero los papeles descubiertos en la caja 14 Q de Bataille dejan ver muchas hojas sueltas que la revista Gramma* editó en 1976, año en el que Blanchot todavía vivía, pues alcanzó casi los cien años de vida.

La falta de objetivos liberó a Bataille de las falsas expectativas traicioneras. Sin embargo esto parecería entrar en colisión con el proyecto de haber acabado convirtiéndose en escritor, un trabajo tan duro. Para él, con todo, dedicarse a la escritura era lo que más se parecería a la ausencia de finalidad, un atributo esencial en la geografía existencialista. Seguro que Blanchot estaría de acuerdo, aunque no, acaso, Sartre, que aspiraba a cambiar el mundo. Sartre hubiera podido recordar muy bien estas palabras de Goethe: “el hombre no ha nacido para resolver los problemas del Universo, sino más bien para buscar dónde empieza el problema y después mantenerse dentro de los límites de lo inteligible”.

En el programa de radio Gillois estaba siempre acompañado de grandes pensadores que se destacaban por las preguntas. Bataille no tuvo una educación de obligaciones. Sus padres no se ocupaban de él, especialmente porque el padre era ciego y paralítico, y hubo de acostumbrarse a vivir en medio de las sombras y de la penumbra, pues no tenía sentido encender la luz. La casa estaba muy triste, dice de súbito. Sorprende, al leer a Blanchot, que estos críticos filósofos comparen la literatura a la llama que agota la vida al arder. Sin duda, Quignard se interesó y se interesa en Blanchot. Si no, véase su monografía de George de la Tour.

El 17 de septiembre de 1953 Bataille participó en otro programa, “De las ideas y de los hombres” que grabó en Ginebra Jean Amrouche. Bataille había acudido a la ciudad para participar en los octavos Encuentros Internacionales titulados “La angustia del tiempo presente y los deberes del espíritu”. Lo que más sorprendió de Bataille en aquellas fechas fue su idea de la avidez  que tiene alguna gente de vivir con angustia. Ya en un artículo escrito sobre Hemingway y las corridas de toros, muchos años antes, Bataille interpretaba la angustia por una amenaza de muerte. Cada detalle de la lidia, escribía, por su precisión, por su elegancia, su rareza, acentúa, tranquiliza o calma la angustia. Espontánea cultura de la angustia llamaba Bataille a la fiesta de los toros. Y se puede observar también en el cante jondo y en el baile, tocar lo imposible, otra vía de drenaje de la filosofía bataillesca, pues lo imposible es el fundamento de toda tragedia. El deseo de lo imposible, añadía, define la naturaleza humana. La avidez por la angustia, reconocía, tenía graves consecuencias en el campo de batalla. El ejemplo de Fedra es brutal: cuando Fedra dice que devuelve toda su pureza al día mancillado por ella, me parece que el día nunca ha sido más deslumbrante. Esto lo vio bien Quignard en el fresco de Pompeya en donde el sexo y el espanto se buscan a sí mismos a través de su mirada.

En otra entrevista posterior emitida el 10 de julio de 1954 en “La vida literaria” de Pierre Barbier, Bataille no se acepta como un escritor existencialista. Si tenemos en cuenta que todo había empezado con Kierkegaard en el siglo anterior, y seguido por Nietzsche, Kafka, Heidegger, Sartre, Camus, Merleau Ponty y Blanchot, podrían albergarse algunas dudas, aunque Bataille parece olvidarse que fue el autor de El culpable, una de sus grandes obras. En otro sentido, Bataille tenía razón, el existencialismo se correspondía a filosofías profesorales, a filósofos de profesión, mientras que Bataille se sentía más próximo a la sensibilidad que a la inteligencia, se sentía más escritor que pensador propiamente dicho.  Blanchot y más tarde Foucault roturaban otros surcos, otros yermos.

Nietzsche se había planteado la guerra como un juego, y Bataille fue un gran lector y un gran descubridor de Zaratustra. En este sentido Bataille entendió rápidamente lo que quiso decir aquel: la guerra es el mayor juego posible porque en ella los hombres se lo juegan todo. A diferencia de otros filósofos de su generación, Bataille es acaso al único que le conviene la etiqueta de un tratamiento del mal: si la literatura se alejara del mal perdería su verdadera esencia y se volvería aburrida. El mal en el sentido de que el lector debe saber de antemano que la historia acabará mal, y que los personajes poseen un aire aciago, trágico. En “Lectura para todos”, el único programa de televisión en el que se guardan imágenes de Bataille el presentador tuvo la osadía de comentarle que un buen escritor es siempre culpable por escribir. Bataille creía en esa culpabilidad, porque escribir es lo contrario de trabajar, es un esfuerzo que se le sustrae al trabajo. En esa entrevista Bataille sostenía que Baudelaire y Kafka tuvieron esa sensación, la de sentirse culpables por colocarse del lado del mal. En el caso de Kafka es fácil observar ese complejo. Su familia le había dado estudios para que ejerciera la abogacía o los negocios, pero Kafka se parecía demasiado a Bartleby, había leído demasiado a Melville. Baudelaire, por su parte, había decidido ser el primer flâneur del mundo, vivir la elegancia de la mirada, y del aire fresco, las flores del mal. A Kafka le daba vergüenza escribir, como si aquello no fuera trabajar.

La escritura, entonces, convertida en un juego prohibido, igual que el erotismo, que tiene algo de juego infantil al estar prohibido. Así el niño, dice Bataille, tiene miedo de lo que podría sucederle si le encuentran los padres en el juego de lo prohibido. Es comprensible que Bataille y Blanchot se entendieran a la perfección. Compartían el mismo interés por Dios y por el miedo. En el caso de Bataille el miedo de NADA. Lo imposible nos define. El hombre sería el único animal que de su muerte ha sabido hacer exactamente lo imposible, que muere en ese sentido cerrado. Muero en la medida en que tengo conciencia de morir, pero como la muerte me hurta la conciencia, la muerte acabaría siendo una conciencia contradicha.

Es misterioso que Bataille incluya en su El culpable unos párrafos de Aminadab, la novela de su amigo Blanchot, que acaso expliquen indirectamente la concepción del mundo que tenía Bataille: estoy probablemente perdido –dijo Tomás-. No tengo la fuerza bastante para escapar, y si podía esperar superar durante un tiempo mis debilidades, mientras no estaba solo, ahora ya no tengo razón de hacer nuevos esfuerzos. Evidentemente es triste llegar cerca de la meta sin poder alcanzarla. Estoy seguro de que si alcanzase esos últimos escalones, comprendería por qué he luchado en vano buscando algo que no he encontrado. Es una mala suerte y muero por ella. La suerte es el tercer tema grande en el que hurgan Bataille -El culpable- y Blanchot -El paso no más-.

* Cfr. Bataille, Georges, Una libertad soberana, Editorial Paradiso, 2007.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.