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Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

Saturday, March 21, 2015

San Juan de la Cruz, el alumbrado

Estos versos de Fray Ambrosio Montesino –silencio fue su lenguaje, y los yermos su poblado, estregaba en los zarzales, su cuerpo muy delicado, por tener dentro de la carne, espíritu libertado- parecen adelantar la vida y la obra de quien será después el gran co-fundador de los carmelitas descalzos, san Juan de la Cruz, un paradigma excepcional de eticidad e independencia, traicionado y castigado hasta la tortura en Toledo por sus impíos compañeros de la Orden, aquella Orden que nace en el Monte Carmelo durante los siglos XII y XIII, fundada por monjes eremitas o cruzados en un lugar en el que el profeta Elías habría visto la sombra de la mano de la Virgen María posarse sobre el monte y  realizado milagros e invocado a Dios como el único Dios verdadero por fundacional, muchos siglos antes.

Dice Brenan, su biógrafo, que durante las dos primeras décadas del s. XVI se produjo un fenómeno en Castilla que fue conocido con el nombre de los alumbrados o los iluminados. No eran una secta. Integraba tanto a los clérigos como a los laicos, y era una forma nueva de vivir el cristianismo, lo que se llamó el cristianismo interior y aunque surgió espontáneamente enseguida se adujo la influencia de Erasmo, aquel gran humanista enfrentado a la Reforma luterana y también la de los franciscanos, especialmente fray Francisco de Osuna que había publicado en 1537 el Tercer Abecedario Espiritual, primera obra mística publicada en castellano. Osuna enseñaba el llamado “recogimiento”: consistía en retirarse una o dos horas al día y retirar la mente de todo pensamiento o consideración de las cosas terrenales para que Dios pudiera ocuparla. Oración de la quietud la llamó santa Teresa. Este no pensar nada es pensarlo todo.

Resulta interesante resaltar que  lo más probable es que san Juan, como su admirada santa Teresa después, fueran de ascendencia judía, conversos. La mayoría de los judíos lo eran desde que a finales del siglo XV los reyes católicos legalizaran la Inquisición. La hoguera fue muy condescendiente en quemar judíos. La Iglesia desconfiaba de las conversiones ya que muchos conversos seguían siendo fieles a su religión a escondidas. Juan pasó tres años en Salamanca estudiando Filosofía y Letras, entre 1564 y 1567. Se alojó en el convento de los carmelitas y asistió a las disputas dialécticas entre profesores, aunque nada se sabe  si trabó amistad con Fray Luis de León, del que le separaban doce años de edad. Todo esto lo traigo a colación porque Juan debería servir de ejemplo de intelectuales y hombres independientes. 

Sus lecturas, reduciéndose a la Biblia, El cantar de los cantares, y algo de San Agustin, no empecen que el gran fustigador de los carmelitas fuera un visionario. No amaba la gloria, ni le animaba la conversación ni las bromas. Pasaba gran parte de la noche en la oración, ayunaba frecuentemente y se flagelaba la espalda hasta sangrar. Oraba, no a la manera tradicional de los católicos, sino de una manera más callada y profunda, como si conociera la Reforma. Lo más probable es que Juan conociera a Teresa de Jesús en Medina, lugar en el que vivía su madre, y a donde la monja había acudido para fundar su segundo convento. Teresa de Jesús deseaba que su Reforma interesara a los carmelitas, pues se necesitaban confesores, y se impresionó bastante al conocer a Juan. Las relaciones entre ambos pasaron por distintos avatares, no siempre dúctiles; de hecho, Juan nunca sintió por ella lo mismo que había sentido por él la reformadora, la vuelta de la regla primitiva. Toda la vida de san Juan traduce la guerra interminable entre descalzos y calzados, si bien fueron sus compañeros quienes le infligieron más sacrificios, más incomprensión y más dolor, especialmente durante los primeros años.

Cuando se habla de la reforma de la Orden carmelita hay que saber que el patriarca de Jerusalén, San Alberto, fue el responsable de diseñar unas normas que se circunscribieron a dieciséis artículos, y que si los carmelitas de Jerusalén huyeron en masa en 1238 fue debido a la presión de los sarracenos, seis años antes de la caída de la ciudad. Aquellos carmelitas se desparramaron por Chipre, Sicilia, Francia e Inglaterra. En aquella época hubieron de competir con dos Órdenes muy exitosas y muy extendidas, los franciscanos y los dominicos. La Orden carmelita se adaptaba bien al carácter de Juan, pues privilegiaba la oración mental, la pobreza, el retiro estricto y el ayuno. Se decía así que Teresa había tenido experiencias originales, visiones, trances, y éxtasis hasta el estado de unión en que la voluntad personal se identifica con la voluntad divina. Era imposible que aquella relación con Juan acabara bien, pues mientras ella daba muestras de ser una mujer para la acción, él era proclive a la contemplación. En una ocasión Juan le dijo a un monje que “nosotros los frailes no viajamos para ver, sino para no ver”. 

Los carmelitas no vieron de buen grado que Juan se aplicara a la regla primitiva con tanta pasión y lo castigaron con la prisión. Fue hallado culpable de rebeldía y contumacia. Su habitación era un espacio de seis por diez pies que servía de retrete a la habitación de huéspedes adjunta. Los nueve meses que permaneció allí fueron un verdadero suplicio. Comía mendrugos de pan y a veces alguna media sardina que con el tiempo le provocó una grave disentería. Juan creyó que estaba siendo envenenado como, antaño, Abelardo. Este periodo de su vida fue muy bien representado por Juan Diego en el filme de Saura La noche oscura. En una de sus estrofas podemos leer estos versos: ¡Oh noche que guiaste, oh noche amable más que el alborada, oh noche que juntaste amado con amada, amado en el amado transformada.

Sorprende mucho esta perfección técnica en alguien que sólo conoce las coplas de Garcilaso de la Vega y el cantar de los cantares. Su escapada del convento fue de película ciertamente, una aventura apoteósica. En el convento el fraile había soportado hasta la extenuación los azotes de sus hermanos, quienes le abrían las carnes al golpearlo mientras cantaban el miserere. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado, salmo 50 de David. Al parecer los frailes jóvenes sentían piedad por él, y desde entonces empezó a extenderse el mito de Juan: “éste es santo, digan lo que quieran”.

Después de grandes y numerosos avatares Juan recaló en el convento del Calvario, en donde se dice que pasó los mejores momentos de su truculenta vida. Escribió En una noche oscura y algunas estrofas del Cántico Espiritual. Tenía treinta y seis años pero parecía viejo. ¿A dónde te escondiste Amado, y me dejaste con Gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido. Los frailes vivían como verdaderos anacoretas, se alimentaban de verduras y los domingos hacían migas con aceite de oliva, sazonado con ajo y pimienta. Cuando salían de paseo Juan parecía Sócrates, pero no les hablaba de la Biblia, sino de las bellezas de la creación, de los pájaros y las flores, los árboles y los riachuelos, el cielo y el sol que eran el reflejo de la divina belleza

Desde entonces, desde 1579 Juan asumió con dificultad los diversos cargos que la Orden decidió otorgarle, como al ser nombrado rector del nuevo colegio carmelita en Baeza. Ello coincidía con la defenestración de la madre Teresa, colocada por el nuncio Sega bajo la autoridad de los Calzados. La fechoría de Sega duró poco tiempo pues la madre Teresa era una mujer de gran influencia e hilo directo con el rey. La solución estaba a punto de llegar: lo mejor sería separar a los Calzados y a los Descalzos por provincias. En Baeza Juan no era feliz y así se lo hacía saber a Teresa en su amplio epistolario, hoy en gran parte desaparecido por intereses espúreos. A ninguno de los dos les caían bien los andaluces. No entendían ese carácter. Lo que más temía Juan era encargarse de las misas, pues temía entrar en trance, en éxtasis, y que la gente se asustara y se ausentara. Paradójicamente, no lejos de allí, vivía una vieja beata musulmana, seguidora del gran místico sufí Al-Gazzali, quien practicaba un tipo de oración interior muy parecida a la de san Juan. Más tarde, en 1590 Juan visitó Madrid en un momento en el que el gran poeta inglés John Donne también recaló en la ciudad, motivado por el conocimiento de la poesía mística española. La grandeza de Juan como ideólogo se mostró en una de sus intervenciones como miembro de la Consulta, un Organismo que sometió a todos los carmelitas, frailes y monjas, con hombres tan endiosados y peligrosos como Doria o Ambrosio Mariano. Cuando fue su turno Juan dijo: si en las asambleas las personas ya no tienen el valor de decir lo que las leyes de la justicia y de la caridad les obligan a decir, por causa de la debilidad, la pusilanimidad, o el temor de molestara un superior, y por ello de no obtener oficio alguno, entonces la orden está completamente perdida y arruinada.

Menéndez y Pelayo escribió que Juan fue denunciado hasta cuatro veces a la Inquisición por alumbrado o iluminista. Ya habían pasado setenta años desde la represión anterior, pero ya estaba en condiciones de soportarlo todo, porque su fin se acercaba. Un día se sintió atacado por la fiebre a causa de la inflamación del pie derecho. Un cirujano le abrió el pie con un cuchillo y salió una gran cantidad de pus. Después se le hinchó también toda la pierna, que se cubrió de llagas. El cirujano las cauterizaba, y el enfermo soportaba el dolor con tanta paciencia que el doctor también consideró que tenía entre sus manos a un santo, de forma que conservó como reliquias los algodones que había aplicado a sus heridas y que, según advirtió, despedían una dulce fragancia. Entretanto su fama se acrecentó en Baeza y en Úbeda. Las mujeres, las monjas y los frailes lo adoraban a excepción de un solo hombre, el prior. Juan se moría con esta frase en sus labios: ¡qué bien me siento! Quince frailes le arroparon acercándose con candiles y cantando el De Profundis y el Miserere. Las gentes, que se agolpaban en la calle, entraron en el dormitorio, y se llevaron sus ropas, sus algodones, sus macilentas heridas y poco faltó para que se llevaran también sus carnes. Aquello era locura, milagrería, seducción, pues, finalmente, su cuerpo no llegó entero a Segovia. Un brazo, un pie, y varios dedos se quedaron en Úbeda. En mí yo no vivo ya, y sin Dios vivir no puedo, que sin Él y sin mí quedo, este vivir ¿qué será? Mil muertes se me hará, pues mi misma vida espero, muriendo porque no muero.

El paradigma san Juan debería hacernos meditar sobre los cruces entre religión e intelectualidad. Mientras en su época resultaba claro que sólo era posible alcanzar un cierto estilo trascendental desde la vocación religiosa, hoy no nos es dado practicar el proceso contrario: no hallamos intelectuales que logren alcanzar un estilo trascendental viajando desde el pensamiento a la religión. Es decepcionante.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, March 14, 2015

Las noches revolucionarias

Hay textos que resultan oscuros, que no traslucen claramente al autor que hay detrás de ellos, por ejemplo Las noches revolucionarias, de Rétif de la Bretonne. Retif había publicado algunos libros antes de hurgar en la Revolución en horas en que la gente suele  dormir. ¿De qué lado estaba? Su texto crece en interés a partir de la decimoséptima noche, la que va del 15 al 16 de enero de 1793. Los acontecimientos se precipitan. ¿Qué puede hacer alguien en una situación en donde resulta tan complicado tomar partido? En esas horas Luis, el rey, sabe que le queda poco tiempo. Le han dicho que prepare su defensa porque empieza el juicio, un juicio no sólo contra él, sino contra la monarquía en general. Mucha gente era contraria a que se le juzgara, los monárquicos, la burguesía e, incluso, los jacobinos porque consideraban que el juicio ponía en cuestión la insurrección popular del 10 de agosto. Malesherbes, que había perseguido la Enciclopedie durante un tiempo, aunque  finalmente permitiría su difusión a partir de 1751, aceptó dejar su retiro y comprometerse a realizar la defensa. Y el rey por su parte nombra a Target como su defensor quien poco después rechaza la solicitud, de modo que se ve impelido a nombrar a Treilhard y a Desèze, que aceptan.

Rétif es crítico con el rey. Cree que es culpable por no haber detenido a los ejércitos extranjeros, el austríaco y el prusiano, que han podido rescatarle unos meses antes en la frontera, pero no se han atrevido por razones que la Historia oscura tampoco explica. Sin embargo Rétif no tiene razón al considerar que la Constitución le hubiera amparado como un francés más; de hecho, el rey la ha traído al aceptar la vuelta de los Estados Generales, constituidos por nobleza y clero, burguesía, y plebe. Albert Camus lo tenía claro: es un escándalo repugnante haber presentado como un gran momento de nuestra historia el asesinato público de un hombre débil y bueno. Los revolucionarios pueden declarar que se atienen al Evangelio. En realidad, asestan al cristianismo un golpe terrible del que no se ha repuesto todavía. Rétif no es capaz de ver que el rey tiene un momento de lucidez divina. Sabe que este atentado apunta al rey Cristo, a la encarnación divina, y no a la carne asustada del hombre. Rétif cree que el rey traiciona a su patria: vuestro torpe, por no decir culpable defensor, Desèze, no debería pues lavaros de una falta clara y por todo el mundo conocido.

El 16 de enero es el juicio. Rétif logra un asiento en las bancadas de la Asamblea. Juzgan al rey setecientos hombres. Se hace preguntas insidiosas, se muestra asombrado de lo que va a acontecer, quién no. Imagina mientras escucha las alegaciones que pensarán los hombres que vivan dos siglos después, en 1992 al analizar estos hechos. Está asustado por la severidad de sus juicios. Haces bien, Rétif, desde aquí no os perdonamos. Ha pasado mucho tiempo y no hay por qué agradecerles a los franceses que con su violencia hayan impulsado en las generaciones siguientes un bienestar tan discutible. Nada justifica los medios utilizados para lograr un fin. Y si esto lo planteo es porque todavía hoy escuchamos a nuestros plebeyos incultos y feraces argüir que a los franceses debemos envidiarlos porque a nosotros nos faltó esa temeridad, qué absurdo, qué poco lee esta gentuza. Rétif, sin embargo, sabe que entre nuestros contemporáneos habrá extremistas que aprobarían la ejecución del rey. Cierto, los hay, qué visión. Nosotros podríamos decirle algo así: ¡qué afortunados somos de no tener que vivir en esos tiempos tan horribles cuando la vida de un hombre no valía nada! 

Se equivoca: nuestros tiempos se han vuelto horribles también. Nosotros asesinamos igual, acudimos a guerras sangrientas, y si tienes mala suerte aún te puede tocar vivir en un país en donde las autoridades te maten por la calle porque no piensas como ellas. Es más, hoy los países democráticos se cuentan con los dedos de la mano. Y la vida de un hombre vale menos que cuando ajusticiaron a Luis XVI. Todo ha venido a peor como comprobaron dramáticamente  intelectuales como Adorno y Horkheimer, de modo que la Ilustración en vez de lograr un avance de civilización para la humanidad, produjo una violencia que ya no ha tenido descanso desde el asesinato del rey. Una novela antigua describe muy bien los acontecimientos de la Revolución, El hombre que mató al rey, de Dennis Wheatley, 1951, la mejor novela histórica que haya leído nunca. En cualquier caso Rétif nos respondería con estas palabras: tales sacudidas son necesarias de cuando en cuando, para que los hombres puedan apreciar el valor de la tranquilidad, como es menester la enfermedad para valorar la salud

El juicio acaba y Deséze se vuelve a Retif. Nada del otro mundo, ha hecho una defensa insulsa de la inocencia del rey. Dice Retif que reina una calma perfecta, ninguna de esas agitaciones que acompañan las grandes elocuencias. El discurso de Deséze no ha conmovido a nadie, salvo a él mismo y a Retif. Sale de la Asamblea y se dice: yo lo habría hecho mejor. En otros momentos Retif tiene buenos pensamientos para el rey, así cuando recuerda que en una de las tentativas de huida Luis XVI se negó a que sus guardias mataran a dos carceleros que eran el último bastión para lograr la libertad.

Luis, después de escuchar la lectura del decreto, que lo condena a ser ejecutado, cena, se acuesta y duerme, incluso ronca. Sin embargo, al quedarse un momento solo, tras la fatal lectura, mientras anda y desanda, se le oye exclamar. ¡Ah, asesinos, asesinos! Sólo han pasado dos días y ya se tiene que levantar de madrugada, enfilado por los Guardias Nacionales, que apartan y empujan al gentío. La carroza llega a la Plaza de la Tuileries, antes Luis XV, a las nueve y cuarto. Los tambores impiden oír bien las últimas palabras del rey: sólo se le escucha decir os perdono. Reconoce Rétif, al menos que Luis no era un tirano cualquiera. Como rey podía ser culpable, pero aún lo era más como particular. Mientras Carlos I había muerto como rey en 1649, Luis había perdido previamente esa condición.

Un mes más tarde, durante las noches revolucionarias de 26 y 27 de febrero, Rétif anda un poco asustado. En París las mujeres se amotinan por falta de jabón; fuera las naciones se alían en contra de Francia, y en ésta estalla rápidamente una guerra civil que parece interminable. Además los campesinos no quieren saber nada del papel moneda porque la inflación y la devaluación son insoportables y retienen y esconden sus productos en sus graneros y haciendas; de hecho, como demostará Alexis de Tocqueville, la mayor parte del campesinado francés era ya libre cuando estalla la revolución del 89. La gente en las ciudades pide pan y los jacobinos le echan la culpa a agentes de la reacción o a Inglaterra. En un momento de lucidez Rétif sostiene que siempre ha visto, pensado y escrito que el bajo pueblo, sin instrucción, es el mayor enemigo de todo gobierno. A él, a esos seres estúpidos, se dirige el agitador, disfrazado de uno de ellos. Y en las primeras noches de abril Rétif aún irá más allá: la canalla, que debería haber desaparecido con la revolución, sigue existiendo, resulta incluso más peligrosa ahora. Aún tiene que pasar esta generación para que el populacho sea depurado. Para Rétif no fue la ambición de los reyes la que produjo el despotismo, sino la insolencia de la canalla, pero la morralla, compuesta por los holgazanes, los tragaldabas, y toda la suerte de pillos del género humano, veía cómo sus condiciones iban empeorando.

El 93 acaba muy mal. Rétif aprueba las sanguinarias ejecuciones de cientos de girondinos, realizadas los días 2,3,4 y 5 de septiembre. Y se pasa claramente al bando de la Montaña, de los jacobinos, para él los únicos patriotas. El 12 de octubre Maria Antonieta es sometida a un interrogatorio secreto y cruel. Al día siguiente llega la noticia de la capitulación de Lyon. Cuatro mil aristócratas intentan huir por el barrio de Véze, pero son perseguidos y mil quinientos son despedazados. Las masas recuperan el tesoro que se llevaban consigo, y Rétif no muestra por ello ninguna delicadeza, ninguna confusión. Días después Maria Antonieta se defiende ante el tribunal que la juzga con gran arrogancia y seguridad. Responde sí o no a las insidiosas preguntas de sus verdugos; y a veces contesta con un sutil “esto no es así”. 

Su carcelero la trata con una crueldad inimaginable las últimas noches que pasa en prisión aguardando su ejecución. Una hemorragia interna hace ver sus muslos sangrados hasta los tobillos. Le dejan escribir una carta de despedida a su cuñada que no puede terminar. La carta puede leerse dramáticamente en la biografía que le dedicaría Stefan Zweig en el siglo XX. Es una de las cartas más inteligentes y mejor escritas que uno haya leído jamás. Al año siguiente, en el 94, un joven abogado trata de impedir la ejecución de su amigo y camarada Robespierre. Fracasa, y expresa una convicción que ha pasado a la Historia como una de las más grandes frases de un revolucionario: “están talladas todas las piedras para el edificio de la libertad; le podéis construir un templo, o una tumba con las mismas piedras”.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Sunday, March 08, 2015

Las cartas de José Cadalso

Decía el gaditano José Cadalso, escritor y militar, que los europeos eran  insoportables con las alabanzas que amontonaban sobre la época en que habían nacido. Esta  mañana en una entrevista de prensa realizada al académico Pérez Reverte, el periodista, pues lo sigue siendo todavía, lanzaba soflamas sobre el espíritu áulico de la Razón, y el XVIII, sosteniendo, además, para mis ingratitudes estomacales que en aquel tiempo la Razón y la Fe se llevaban bien en la Francia prerevolucionaria. Me encantaría discutírselo en algún foro. Vivimos, claro, de mitos, pero el XVIII, siglo que, por cierto, produjo una buena y caudalosa corriente de intelectuales españoles, la mayoría de cuales sería posteriormente calificados por Henry Kamen como los desheredados, no estarían muy conformes con esta declaración, y todo porque en su despacho se deja ver una biblioteca que externamente parece excelente, pero que a mí me gustaría atisbar con celo. Los grandes de España, como Moratín, Meléndez Valdés y el propio Cadalso, hacían referencia a los árabes en sus obras, pues la influencia de aquellos en la cultura española duró hasta el XVII en que fueran expulsados, e incluso más si nos atenemos a costumbres sociales, trato de la mujer, cortesía, limpieza y contingencia.

Parece que en general las gentes del XVIII no tenían abuela porque, precisamente, cada individuo fundaba su vanagloria en proceder de una genealogía familiar repleta de abuelos. Lo paradójico es que al mismo tiempo toda aquella generación abominaba al tiempo de las generaciones que la han precedido. Cadalso, sin duda, le picó esta avispa de la Historia, y fiel al estilo de sus otrora anteriores generaciones dispuso un libro de cartas halladas a la manera de Cervantes por casualidad, supuestamente escritas por dos moros españoles de la época, tan asombrados por nuestro carácter, como el autor verdadero se muestra al analizar aquel extraordinario siglo. El caso es que Gazel Ben Aly, y Ben Beley se cruzan esa información, y a Cadalso este distanciamiento le permite salvar el cuello o, cuando menos, la honra y su estilo. Cadalso estuvo en París en 1756 y viajó también a Inglaterra , Italia y Alemania, porque si por algo se distinguió aquel siglo fue, más que por la razón y la fe, por conocer otros países y otras lenguas. La generación de Saavedra Fajardo, Jovellanos en parte, y Cadalso, quisieron entender el rechazo de los europeos por España, a la que ellos siguieron considerando un país del sur, es decir, un país arabista.

En cuanto a las cartas, algunas de ellas de inspiración claramente devenidas del francés Montesquieu, de todas ellas, las que más me interesan son aquellas que llevan por título Cartas del mismo al mismo. Esta ontología del ser, como sabéis, me viene interesando por esa idea del moi même cartesiano, que ya hemos tocado aquí subrepticiamente, y que ya no dejará de ser una fuente de aguas termales, de ese río que va a dar a la mar, y que en un principio es torrencial. Naturalmente Cadalso tenía razón: la excelencia de un siglo sobre otro debe regularse por las ventajas morales y civiles que produce a los hombres. Y si el siglo XVII nos lo ha enseñado Quignard como nadie, el XVIII debería ser cotejado, más allá de las ínfulas de la Enciclopedie, por los textos de Hume, las novelas de Diderot, y las procelosas cartas de autores españoles que a la manera de los Spectators describieron aquel mundo con absoluta garantía de que no nos sintiéramos engañados. Cadalso no es gustoso del XVIII.

Los argumentos de Cadalso para rebajar el XVIII son incontestables: todas las artes que florecieron en la Antigüedad se perdieron en el setecientos. Quien escriba sin lisonja la Historia dejrá a la posteridad horrorosas relaciones de príncipes dignísimos destronados, rotos los vínculos matrimoniales, atropellada la autoridad paterna, profanados juramentos solemnes, violado el derecho de hospitalidad, destruida la amistad y su nombre sagrado, entregados por traición ejércitos valerosos, y sobre las ruinas de tantas maldades levantarse un suntuoso templo al desorden general, escribe. ¡Caray! Cómo se me parece esa destrucción, ese acabamiento, esa desidia, esa corrupción, a los tiempos actuales. ¡Vuelve el XVIII y aquí Pérez Reverte sin enterarse! Pasa igual con la idea que tenemos de Carlos III, época que consideramos de prosperidad y progreso, tolerancia, y bienes. Coño, historiadores, estudiad. A lo mejor hay que repensar la Historia, y, sobre todo, leer, leer, y leer. Ciertamente compartimos con Cadalso la idea de que la mezcla de las naciones en Europa ha producido la singular circunstancia de que los vicios se los han contagiado unas a otras, y que especialmente los nobles se verían obligados a crear su propia patria, hartos de tanta ignominia. Para Cadalso ninguna nación ha sabido sobresalir por su propia fuerza o su propio vigor. Europa está en paz desde Luis XIV, pero ya la guerra de los siete años asoma la cerviz y delata las nuevas alianzas ya que Francia manda. Lo que hace Cadalso es vaticinar una destrucción que sin duda la Revolución traerá consigo, y cuyos males se extenderán hasta la recomposición del Estado en forma de Regímenes liberales y parlamentarios. Y cuidado si este vaticinio no se confina en los años que vienen: las ciudades fortificadas no servirán de nada, pues si acaba reinando el lujo, la infidelidad y otros vicios, muchos ciudadanos abrirán las puertas de la ciudad al enemigo, y dado que algunos sabemos que el enemigo está al acecho, a nosotros no nos cogerán desprevenidos.

La mayor fortaleza, la más segura, la única invencible, es la que consiste en los corazones de los hombres, no en lo alto de los muros, ni en lo profundo de los fosos. En este punto el alegato es sobrecogedor, porque Cadalso trae a nuestra memoria la afeminada y estúpida respuesta de los godos ante la invasión por el sur de los pueblos africanos. Cuánta sangre derramada inútilmente por traicionar el valor de sus antepasados. Antiguamente se constataban en España, dice, ciudades que poseían quince mil familias, ahora reducidas a ochocientas. En la época de Fernando el Católico la población alcanzaba casi los diez millones de habitantes; ahora, ha disminuido brutalmente; las casas se caen, no se reconstruyen, y si en el siglo XVI tu nación era la más docta de Europa, como la francesa en el pasado (se refiere al XVII) y la inglesa ahora, la española se diluye en este siglo de las cartas marruecas. Y mientras las manufacturas de Córdoba y Segovia habían sido famosas en todo el mundo, ahora –se refiere a su propio tiempo- nada queda de ellas.

El siglo XVIII en España no es de Razón y Fe, sino de demolición. Cadalso sabe que si la educación no funciona es porque los profesores no son suficientemente protegidos por el Estado. Sin embargo un cochero en Madrid puede ganar trescientos pesos duros, y cocineros hay que puedan fundar mayorazgos, pero no hay quien no sepa que se ha de morir de hambre como se entregue a las ciencias, exceptuadas las del ergo, que son las únicas que dan de comer. El silogismo cadalsiano no nos aclara mucho, pero hay que entender que se refiere a la Filosofía y a la Lógica, que en principio aparecían tan alejadas de la Ciencia.

Termino regresando a la entrevista de este dominical mañanero: quizás nos pase lo que al alter ego de Cadalso. Nuestro ánimo debería consistir en explicar lisa y llanamente el sentido primitivo, genuino y real de cada voz y el abuso que de ella se ha hecho, o sea su sentido abusivo en el trato civil. Que lo pongan en la RAE manos a la obra, es decir, en la ciencia del ergo, pues el trasiego entre la Razón y la Fe es el constructus de Santo Tomás de Aquino y el devenir de Jansen, Silesius y Pascal el siglo anterior.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

Sunday, March 01, 2015

El virus del Mal

Es muy conveniente regresar a textos clásicos como acabo de hacer yo estos días, por ver si se mantienen o, incluso, por comprobar si su mira telescópica ha sobrepasado ya toda vicisitud, toda carencia. Baudrillard, que  a mi modo de ver es inferior a Ricoeur, y a Revel, a George Steiner y a algunos otros intelectuales de corte escolástico, tendencia escuela de Frankfurt, y por supuesto inferior a Quignard, publicó hace 25 años su transparencia del mal sin que entendiéramos demasiado bien por qué decía que el estado actual de las cosas había sido precedido por el triunfo de la orgía. Ese estado ha ido creciendo y ha tenido su estallido en la violencia. Violencia de los terroristas, de las masas, de las cadenas de televisión, del ruido, de los partidos políticos, de los jefes, de los empleados, de los amigos y de los compañeros, violencia en suma de la plebe que había sido el pueblo por antonomasia, y es simplemente detritus social que se cree con derecho a todo, especialmente el derecho a acosar policías en la calle, tomar el Parlamento si los dejaran y disputarle en igualdad de condiciones al Estado el monopolio de la violencia, qué riquiños. Hablo de democracia, no de dictaduras, claro.

La orgía decía Baudrillard es todo el momento explosivo de la modernidad, el de la liberación en todos los campos, política, sexual, fuerzas productivas, fuerzas destructivas, liberación de la mujer, del niño, de las pulsiones inconscientes o del arte. Hasta aquí habría habido una orgía total. Nada, ni siquiera Dios, desaparecería por su muerte, sino por su proliferación, contaminación, saturación, y transparencia, extenuación y exterminación por una epidemia de simulación, transferencia a la existencia secundaria de la simulación. Esto está bien porque ayuda a comprender mejor las banales introspecciones de nuevos grupos y nuevas castas en el discurso político. La revolución simulada, la violencia simulada, el mitin simulado. Han visto muchas películas, malas series de televisión y han hallado un vacío; son de hecho una rayuela de la orgía, aquel vacío espacial que había escenificado Antonioni prodigiosamente. Estos nuevos revolucionarios parecen reporteros en el desierto a la manera de un Nicholson exasperado, o parejas  a lo Zabrinsky Point que buscan el liderazgo en las revueltas estudiantiles de los 60. Marck Frechette, el protagonista, está impaciente por convertirse en un líder, y vive con algarabía cómo disparan a un policía en un altercado, roba un avión y sobrevuela el desierto en compañía de una bella hippie. Finalmente la policía le dispara.

Allí Baudrillard escribía que la revolución se ha convertido en circunvalación, una involución del valor. La idea de la política habría desaparecido, pero que el juego político habría continuado con una indiferencia secreta respecto a su propia baza. Quizá en esta personas que no conocieron la orgía late un frenesí implacable por liberarse de su propia idea, de su propia esencia para poder proliferar en todos los sentidos, extrapolarse en todas las direcciones. Un hombre que se moviliza en la televisión, no ya como actor político, sino como actor a secas, que sube escenarios como si fuera a sacarle el sitio a Bob Dylan, que se mueve rodeado de múltiples mujeres que lo adoran, pero que a la vez necesita un escaño y un diván en la Moncloa, es el perfecto símbolo del Mal en tiempos de la violencia desatada, y de su transparencia. Frente a una clase, el proletariado, que no ha sabido negarse como tal, hemos comprobado otra clase, la burguesía, que sí lo ha logrado, como bien demostró Antonioni en su obra, y quizá porque el proletariado nunca fue verdaderamente una clase, mientras que la burguesía sí. Entretanto parece cierto que el silencio sigue expulsado de las pantallas, expulsado de la comunicación.

Ahora bien, lo que puede resultar gravoso para ciertas ofensivas actuales de la política del simulacro es que las imágenes mediáticas son como las imágenes, no callan jamás: imágenes y mensajes deben sucederse sin discontinuidad. Así, cuando nuestros expertos justifican el éxito de los nuevos actores surgidos por sorpresa por mor de la ocupación televisiva, yerran por esto: en la televisión no hay nada que ver: la mayoría de las imágenes contemporáneas, video, pintura, artes plásticas, son literalmente imágenes en las que no hay nada que ver. Quizá por eso, estos nuevos actores, que tampoco tienen nada que enseñar se van disolviendo poco a poco.

Baudrillard estaría encantado de ver cómo se comportan las nuevas masas en España, ya que antiguamente se habló de su silencio, pero hoy no actúan mediante la defección, sino mediante la infección. Prácticamente es imposible dar un paso sin que te tropieces con ellas. Infectan los sondeos y las previsiones con su fantasía heteróclita. Han comprendido que la política está virtualmente muerta, pero que el nuevo juego al que se les ha invitado a jugar es aquel en el que traen al retortero las audiencias, los carismas, las tasas de prestigio, la cotización de las imágenes. Están desmoralizadas y desideologizadas. Son tan inmorales como los especuladores cuando meten su dinero en Bolsa o participan directamente en la corrupción, otro simulacro.

Nuestra violencia, la producida por nuestra hipermodernidad, es el terror, dice. Se trata de una violencia-simulacro, pues surge de la pantalla. Su idea de que las masas son cómplices del terror es lo más interesante. No les sorprende e, incluso a veces participan del terror en forma de acólitos que salen a la calle con banderas y gemidos, o aguardan ante la televisión la aparición del último sacrificio. Quizá la gente ya no sabría vivir sin el terror, sin tener alguna forma de proyección en él. En el caso de la tragedia del estadio de Heysel en 1985 también el Estado participaría de este terror. Entonces, ¿dónde se ha metido el mal? Se pregunta Baudrillard. En todas partes, pues se ha metamorfoseado. Jomeini acababa de asaltar el poder, y su revelación fue pronto comprendida. Dispuso de la mayor de las armas, la más grande, la más invencible: el principio del Mal, denegación de los principios occidentales de progreso, de racionalidad, de moral política, de democracia, etc. Sólo él y posteriormente sus seguidores nos demuestran día a día que el Mal lo nombran y lo exorcizan por medio del terror.

Piensa Baudrillard que nos hemos vuelto muy débiles en energía satánica, irónica, polémica, antagonista; que nos hemos convertido en unas sociedades fanáticamente blandas, o blandamente fanáticas. A fuera de expulsar de nosotros la parte maldita y de dejar brillar únicamente los valores positivos, nos hemos vuelto dramáticamente vulnerables al menos ataque viral, como el del ayatollah quien, en cambio, no sufre sin duda de un estado de insuficiencia inmunitaria. Ciertamente, con ocasión de los recientes atentados de París, hemos mostrado un miedo tan grande al mal que nos atiborramos de eufemismos para evitar designar al Otro, a la desgracia, a lo irreductible. No hay intereses económicos que defender: por primera vez creemos que es más importante defender nuestra insolidaridad, de modo que nos ocultamos como si nunca nos fuera a pasar a nosotros. La imagen de los dirigentes europeos paseándose livianamente por la Concorde, resultó patética en sumo grado. Grandes naciones camino de desaparecer por eludir el Mal, como si ello fuera posible.

Lo que previó Baudrillard ya ha llegado: el Islam entero está a punto de hacer el vacío alrededor del sistema occidental. El Islam no ejerce una presión revolucionaria sobre el universo occidental, no amenaza con convertirlo o conquistarlo, se contenta con desestabilizarlo mediante esta agresión viral en nombre del principio del Mal, al que no tenemos nada que oponer, despresurización brutal del aire (los valores) que respiramos. Resulta trágico que opongamos -toda vez que borramos nuestra violencia de nuestra propia historia- esa violencia con nuestros destartalados derechos del hombre que para el autor no deja de ser un valor piadoso, inútil, hipócrita, que se sustenta en una creencia iluminista, en la atracción natural del bien; una derrota en toda regla.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, February 21, 2015

El sobrino de Rameau y los tontinos

Hoy, a eso de las cinco, Diderot  ha ido a dar un paseo por el Palacio Real, y se ha sentado en el banco de Argensón. Habla consigo mismo de política, de amor, de arte o de filosofía. Abandona su espíritu a sus vuelos y libertinajes. Mis pensamientos son mis amores, dice. Empieza a llover y entonces se levanta a refugiarse en el café de la Regencia, en donde se distrae viendo las partidas de ajedrez. Unos días más tarde regresa al mismo café mirando mucho, hablando poco, y escuchando lo menos que podía, hasta que por fin se le acerca un hombre muy extraño al que dibuja con sorprendente estilo: el tal es un compuesto de altivez y de abyección, de buen sentido y de insensatez; indudable es que en su cabeza andan las ideas muy embrolladas, particularmente las de honor y deshonor, pues presenta sus buenas cualidades sin ostentación y las malas sin pudor. Nos aconseja el creador de la Enciclopedie que si damos un día con él y su originalidad nos llamara la atención no nos detengamos porque tendremos que taparnos los oídos o salir huyendo. Hay días en que parece un fugitivo de la Trapa. Todas las mañanas tiene que estudiar con astucia en donde habrá de comer. La noche es también motivo de cuidado. Si puede y le dejan duerme en los graneros. Es Rameau, sobrino de aquel músico que libró a los franceses del canto llano de Lulli. Rousseau le dedicó una voz en la Enciclopedia.

Escuchando al sobrino de Rameau ciertamente se aprende mucho sobre la picaresca, también sobre las sociedades tontinas que creó el señor Tonti a finales del XVII como una peculiar forma de inventar negocios y hacerse con algún dinero. Fue una experiencia que no conocieron ni el capitalismo inglés ni holandés ni, finalmente, el norteamericano. La verdad es que de las sociedades tontinas en España hemos tenido recientemente muchas funestas experiencias, por ejemplo las sociedades de Rato y Blesa, el Duque del Empalmado y ahora todas esas falaces sociedades de empresas inexistentes creadas por los enemigos del capitalismo, los codiciosos Iglesias, Errejón y Monedero que, sin tener un tío como Rameau, parecen sus sobrinos.

En el didáctico y dialógico encuentro con Diderot, el sobrino nos cuenta cómo se las apaña para poder sobrevivir. Rameau suele presentarse en las casas y en los locales como un verdadero y antiguo donneur d´avis, un charlatán, un cuitado, pero, al fin, un consejero fatuo. Vende noticias igual que en la época de Teofrasto Renaudot doscientos años antes. Y quitándose apresuradamente el manguito abre el clavecín, recorre las teclas y anuncia que tiene prisa, pues si ahora la gente se mata por tocar, cantar o actuar sin tener ni puñetera idea, en la época de Luis XIV y Luis XV la locura de los franceses consistía en escribir óperas o escribir música de lo que fuere. Su tiempo para Rameau vale oro o pareciere, pues no se está quieto y acaso ese día no haya desayunado. Su interlocutor, nuestro narrador, está perplejo, pero quiere saber a dónde se dirige el bufón, pues estas sociedades tontinas de antaño igual que las de ahora están llenas de bufones, aunque eso sí más ricos y respetables.

Rameau tiene que ir a la casa de la duquesa de tal, y luego acudir a casa de la marquesa de Lomana o así. Después se le espera en el concierto del barón de Bacq, calle de Neuve de Petits Champs, o al hotel Ritz en donde probablemente caerá alguna pastita y alguna copichuela. Y, sin bien, Diderot pueda añadir que esto sea así aunque no le esperen en ninguna parte, la astucia de este bribón, de este donneur d´avis no se para en barras. Rechaza que su táctica o estrategia sea vil, pues hace lo que hace todo el mundo, lo cual es tan viejo como nuevo, hay que vivir. Sus argumentos no son pequeños de manera que a veces es él y no Diderot quien parece el filósofo: “bien sé que si aplicáis a este caso determinados principios de no sé qué moral que está en todos los labios y que nadie practica, resultará que lo negro es blanco y lo blanco negro, pero señor filósofo hay una conciencia general como hay una gramática general, gramática que no impide la existencia de excepciones". Idiotismos le corta el narrador. Idiotismos profesionales pues entre nosotros podríamos incluir a los delirantes y conspicuos presentadore@s de televisión, periodistas varios, ex asesinos múltiples, curas doctorados en idiocia, obispos malvados y seguidores de equipos de fútbol inexistentes. 

Esta reflexión del sobrino de Rameau le vale a Diderot para meterse con Fontenelle, un hombre que hablaba, bien, que escribía bien, aunque en su estilo abundaran los idiotismos franceses, lo que aprovecha Rameau para engarzar un interminable hilo de Ariadna: “y el soberano, el ministro, el hacendista, el magistrado, el militar, el comerciante, el banquero, el artesano, el profesor de música, el maestro de baile”. Hay más idiotismos cuanto peores son los tiempos. Tanto vale el hombre tanto vale el oficio. Para Diderot hay pocos oficios desempeñados honradamente, y pocas personas honradas en sus oficios. Hoy en política, en la Universidad, en los negocios, impera la codicia, uno de aquellos principios inexorables del primer capitalismo, como viera Sombart, quien sostenía que había tres maneras de conseguir dinero: 1) manera de lucrarse por medio de la violencia, 2) manera de lucrarse por medio de la magia, 3) manera de lucrarse a base de ingenio. Vivimos días malos, el tiempo en que los sobrinos de Rameau usan en mayor o en menor grado estas modalidades. 

Menos mal, añade el interlocutor de Rameau que hay pocos pillos fuera de su tienda, su taller o su escritorio. Recordemos cómo empezó todo: los doneurs d´avis, consejeros fatuos, tontinos, parlotean sin  descanso, la mayor parte son pobres diablos que no poseen una capa, lo que les degrada implacablemente, pero sí mucha fe, aunque no hayan pasado previamente por el  baño. Se les encuentra siempre en el momento preciso en que acaban de descubrir algo extraordinario. En Historia comparada habría que añadir que ahora entre nosotros la plaza, y no la de Change, está llena de estos petulantes que creen salvarnos la vida si somos buenos y les seguimos como a Hamelin. Se introducen en las antesalas, desgastan con sus pisadas las alfombras de las oficinas del Estado y mantienen misteriosas conversaciones con damas galantes. Su hoy es miserable, su mañana está lleno de luz y de promesas. Ese mañana suyo ya ha llegado, ya les ha traído el millón. Son inteligentes, más fantasiosos que juiciosos. A menudo, sigue Sombart, aparecen con ideas infantiles, bizarras, grotescas, extraordinarias, cuyas consecuencias desarrollan, sin embargo, con precisión matemática. Cobran por el consejo que proporcionan. Llevado a nuestro tiempo está claro que estos agentes tontinos viven de cobrar por consejos, el avis; así se enriqueció Tonti, el creador de las sociedades tontinas; otros se dedican a vegetar y a ser explotados por otros de menor fantasía.

Rameau se defiende, dice que da la lección y que la da bien. Y hace creer a todo el mundo que no le llegan todas las horas del día para dar lecciones, y que este es el idiotismo. En cuanto a su conciencia de robar a sus alumnos esgrime una buena reflexión: si se dice que robar a un ladrón merece perdón, él no vendría a hacer otra cosa, que sólo Dios sabe cómo aquellos han adquirido sus fortunas. En la naturaleza todas las especies se devoran y todas las clases se devoran en la sociedad. En el fondo nos haríamos justicia los unos a los otros sin intervención de jueces y alguaciles. En esta sociedad de explotadores y por lo tanto de explotados, sostiene Rameau, únicamente el imbécil y el ocioso reciben lesiones sin haber vejado a nadie. Diderot ríe entre dientes pero no da crédito: el truhán está seguro que con el tiempo alcanzará la riqueza y restituirá la prodigalidad de sus tripas ya sea por la mesa, por los vinos, sea por los juegos y por las mujeres guapas.

Con todo, observo una diferencia entre los donneurs d´avis del pasado francés y los arbitristas de ahora. No hay más que escuchar las excelencias de Rameau cuando ha de explicarle al filósofo su permanente mala leche. Rameau no acepta más que lo sublime, ya se trate de ajedrez, de damas, de poesía, elocuencia, música y otras insipideces por el mismo estilo. ¿Para qué sirve la medianía en esas cosas? Y, sobre todo, el reconocimiento de que es un truhán, cosa que aquí sería imposible dar con alguno que lo reconociese, pues se sabe ignorante, se sabe necio, loco, perezoso y glotón, un impertinente. ¡Ay, cuánto ganaríamos si nuestros arbitristas nos dejaran vivir, y se dedicaran seriamente a sus oficios!

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, February 14, 2015

Encanto de la imperfección

Estos días observo que andan las cosas revueltas. Los políticos, como los artistas se revuelven entre sí y contra otros. Aceptan ser un personaje o, por el contrario, se rebelan contra él y quieren ser otro. Fuera de ellos también los medios actúan tratando de modificar la vida de todos o, al menos, la vida de estos personajes políticos. En el fondo lo que actúa es el peso de la Historia, pues antaño cada actor, cada personaje era el representante de una acción política. Viendo esto, viendo a tanta gente dar explicaciones, estamparse en la boca besos fútiles, al coro interrogarse por los acontecimientos, y a los salidos de la escena tratando de regresar a ella, recordé algunas reflexiones  realizadas por el gran espectador del teatro griego, siendo él mismo un trágico. De algún modo hacía ya mucho tiempo que la política entre nosotros no alcanzaba un tal grado de estupor, con todos perdiendo espectadores, actores nuevos con coturnos para llegar a todo el anfiteatro, pues como dijo en algún momento aquel sabio enfermo traduciendo la gran ópera de los esquilos o los sofocleos, sólo los artistas, en particular los del teatro, han dado a los hombres ojos y oídos para ver y oír con cierto placer lo que cada uno es en sí mismo, lo que cada uno experimenta y quiere.

Quizá sea cierto, gracias al teatro aquellos actores sobresalen en situaciones difíciles, debelando al héroe oculto en cada uno de los hombres ordinarios. Llevamos semanas atendiendo a estos hombres ordinarios que aúllan desde el proscenio que les escuchemos: se ponen en escena ante sí mismos sin vergüenza alguna. Podrían llamarse Atena, Odiseo, Menelao, Agamenón, Creón, Hemón, si bien pueden echarse en falta los coros de viejos tebanos, los Tiresias, Hemones, Creontes y Edipos. Pero en general la mayoría están aquí, de nuevo entre nosotros, ya sea a través de falsos diálogos, como los de Antígona, incursiones socráticas, como las de Hemón, razón contra mito pero desde el mito como degustara Hegel a la hora de tomar partido, y tutti cuanti.

De esta manera logramos sobrellevar algunos detalles inferiores nuestros, dice el filósofo, y todos quedan retratados, aunque más como villanos que como héroes. Lo más aparente y vulgar aparece como algo inmensamente grande. Mirad las plazas llenas, los gritos, las jaulas de los leones. Una nueva religión, acaso, se representa ante todos con gran arbitrio: tiene la virtud de mostrarnos lo pecaminoso de cada hombre individual y presentar al pecador como un criminal grande e inmortal. El coro deseaba ardientemente que aparecieran los nuevos criminales ya que los rapsodas dan muestras de una huida deleznable por el foro. Es, ciertamente, el encanto de la imperfección. El público lo adora, pues no parece un actor más, actúa como un todo. Su obra no expresa totalmente lo que quisiera expresar, lo que quisiera haber visto; dijérase que tiene el atisbo de una visión y nunca la visión misma. Es el actor trágico por excelencia, pues sabe que faltaba, que es único, y que sólo se representa a sí mismo, como si lo trágico hubiera devenido en sacrificio, en libación. De esa visión derivaría su no menos tremenda elocuencia de apetencia y hambre canina. El oyente está feliz, pues se sabe aludido en la pieza que él solito dirige sin necesidad de que alguien, nadie, le pase la palabra. Todos en el coro asumen ser una extensión de su voz y de su cuerpo, como si la suerte estuviera echada de antemano. Todos, uno.

Los griegos asistían al teatro porque se complacían en escuchar a un buen orador. La distancia que nos hemos procurado desde entonces resulta aterradora. Al principio de este proceso, de este encanto de la imperfección los teatros se llenaron de nosotros, las plazas, los solares, los escenarios; queríamos como los griegos complacernos del verbo exquisito, la emoción inaudita; echábamos de menos a los griegos, y el teatro, así, volvió a nuestras vidas, es decir, lo que volvió fue una representación del hecho no fortuito de la palabra. No teníamos una conciencia clara de que hubieran vuelto los grandes escenarios, las grandes obras, pero ahora sabemos que aquello era cierto, y que era lo cierto. Esa necesidad nos hacía ser más griegos que otros pueblos, por no decir que el pueblo griego, que viene degustando una apariencia del teatro, más que el propio teatro; el gesto heroico, una visión. Ahora bien, de ser cierto lo antinatural de darse abiertamente al verso dramático todos correríamos el peligro de acostumbrarnos a esta antinaturalidad en la escena, pareciéndonos más a los griegos actuales que a los antiguos. Oír hablar a hombres bien y extensamente en los peores trances: nos encanta ahora que el héroe de la tragedia halle palabras, razones, gestos elocuentes y en general una espiritualidad lúcida aún en momentos  en que la vida se asoma a los abismos y el hombre real pierde normalmente la cabeza y, en todo caso, el buen decir. Ha sido muy dramático ver a algunos de estos actores/personajes declamarse del poder que habían ostentado durante largo tiempo, incluso escuchar a alguno, desde fuera del foro, decir que no entendía nada. ¿Qué está pasando? ¿Por qué veo huir a Tiresias como si no quisiera decirnos todo lo que sabe acerca del progreso o diapasón de la obra?

Mucha gente pasa de él pues ya tiene bastante con el coro, es decir, los periódicos, los medios, los mensajeros o los traidores. Quieren hacer entrar a algunos, y éstos dicen no saberse la obra ni su papel. En todo ello se atisba como una especie de Aberración de la Naturaleza. Lo que parece estar en juego no es la política, sino el Arte, pues el silencio, todo el silencio, abruma al Autor de esta singularísima vuelta al Teatro, incapaz de traducirlo todo en razón y en palabras. Desde hace un tiempo algunas organizaciones políticas representan la obra declamando las mismas palabras, actos, estulticias, falsedades y mentiras, eso es el silencio más elocuente. No tienen otro discurso que aquel por el cual la obra, al menos, continuará, pero con ellos de protagonistas absolutos. Sin embargo, y a diferencia de aquellos grandes trágicos, estos nuevos actores son incapaces de contrarrestar las imágenes que infunden terror y compasión. A la gente canalla le importa un bledo que estos nuevos dilapiladores de la palabra digan las cosas con una cierta verosimilitud, un cierto estilo, un buen tono. Ya no se va al teatro para deleitarse del buen decir, sino de lo que se quiere escuchar de antemano, aunque este antemano sea una aberración. Antes los actores, los trágicos, no buscaban el afecto de los espectadores, ahora a estos agamenones sólo les interesa la pasión y el escarnio, la amenaza, y acabar cuanto antes la función. Quizá sean no más que unos cantores de Rossini, en donde el sonido ha sustituido las palabras, de modo que poco importa lo que diga la canción.

Dice el filósofo respecto del espíritu griego, que los griegos fueron indescriptiblemente lógicos y sencillos, y acaso esto fuera gracias a que el espíritu social de los griegos estuvo mucho menos desarrollado que lo está y ha estado el de los franceses, salvando las distancias.  Lou Andreas Salomé explicó muy bien esta tensión de la imperfección: el hombre se transforma en campo de batalla de instintos encontrados, que luchan entre sí, de cuya dolorosa abundancia brota toda evolución; en ellos se muestra otra vez aquella confusión entre voluntad de dominio y obligación de servir; esa violencia que ejercen unos sobre otros, de donde en principio surge toda cultura y de donde en última instancia tendrá que brotar una cultura superior como definitiva y suprema creación. No  es alguien que ame la paz ni que goce de sí mismo, sino un guerrero y un ocaso.


Lou Andreas Salomé decía que Nietzsche combatía la moral común por su profundo carácter ascético, por su desprecio y condena de los bajos deseos humanos a los que, en cuanto fuentes de la energía humana asigna tanto valor; pero, por otra parte, combate la moral dominante con la misma violencia, porque no le parece lo suficientemente ascética. El regreso de  la moral de los esclavos recorre nuestros escenarios deplorablemente. Quienes hablan de populismo y sus mismos dirigentes juegan con esta herida de la posibilidad que los hacen tan infames. No, no es populismo, es esclavitud.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, February 07, 2015

La jaula de los leones

Ayer dije que se fijaran en las formaciones de los vasos comunicantes. Manhatta, de Paul Strand, lleva al Metrópolis de Fritz Lang, y al Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Ruttman, pero es que ahora Eastwood señala que en la guerra todos pierden, que nada triunfa, como si adoptara comportarse a la manera de Karl Jaspers. Henry Miller  abre el candado de su Trópico de cáncer recurriendo a una reflexión imperecedera de Ralph Waldo Emerson: estas novelas darán paso con el tiempo a diarios o autobiografías. Y mira, han llegado. Hemingway hace al final de su trayecto por la vida París era una fiesta. Ya no recuerda gran cosa de su estancia allí porque habían pasado casi 40 años, pero tengo la impresión de que la escribió con la novela/biografía de Miller encima de la mesa. De hecho podríamos leer París era una fiesta como si fuera Trópico de cáncer y leer ésta como si fuera aquella. El cáncer del tiempo, nos dice Miller, nos está matando, y ambos allí pasan un hambre terrible. En cualquier momento se tiene la impresión de que Hemingway va a sobresalir por encima del papel que escribe Miller y viceversa, sombras errantes, exactamente igual que los personajes reales o ficticios que describen.

Y ambos vienen a sostener lo mismo: este no es un libro; es un libelo, una calumnia, una difamación. También Celine podría decir lo mismo algunos años después en su Viaje al fin de la noche. Miller sonríe, y añade sin tapujos que es una patada en el culo a Dios, al Hombre, al destino, al Tiempo, al Amor, a la belleza.  En esos mismos años John Dos Pasos describe en Manhattan Transfer un Nueva York que ya ha interesado a todas las vanguardias. Calvancanti, al tiempo que Ruttman, filma otro París en Sólo las horas. Seguramente no había tenido conocimiento de lo que hacía simultáneamente Ruttman. Dice Miller que el mundo que le rodea está desintegrándose. Al hablar de los judíos es un visionario. Creo que no he leído nada mejor sobre este pueblo nunca: hay personas, escribe, que no pueden resistir el deseo de meterse en una jaula con fieras y dejarse despedazar. Mira por dónde. Se meten en ella hasta sin revolver ni látigo. El temor las vuelve temerarias. Huy, esto lo entiendo muy bien. Para el judío el mundo es una jaula llena de fieras, y para mí y para tantos y tantos buenos escritores, filósofos, poetas, cobradores de la luz, ancianos que dormitan en la calle, mujeres violadas, todas las heroínas de Kenji Mizoguchi que acaban como prostitutas, y las prostitutas de Saikaku Ihara quien a finales del XVII describió los amores de un vividor como si fuera el mismísimo Duque de Saint Simón transmutado por el arte de birlibirloque de Pascal Quignard, un hombre que, como se ha dicho, siempre ha querido sentirse fiel a los síntomas de la infancia: la soledad, el miedo, el no comprender bien las cosas.

El valor de los judíos, dice Miller, es tan grande que ni siquiera huelen los excrementos en el rincón. Los leones no entienden su lengua. Ningún león ha oído hablar de Spinoza. Pero si ni siquiera pueden hincarle el diente mientras él permanece allí petrificado con su weltanschauung que no es sino un trapecio inalcanzable. También los leones se sienten defraudados. Esperaban huesos, sangre, cartílagos, tendones. Mastican y mastican, pero las palabras son chicle y el chicle es indigestible. Yo no me habría metido el otro día en Sol, que parecía la misma jaula de los leones, y ya se sabe lo que dice Miller de las revoluciones: las revoluciones quedan segadas en flor, o bien triunfan demasiado deprisa. Saikaku, cuentan las crónicas, estaba fascinado por el mal, y Quignard también, hasta el punto de que escribirá un ensayo sobre el odio a la música, él, que fue enseñado en el virtuosismo de las cuerdas y de las teclas. Mizoguchi también, pues tres de las cinco mejores obras de Saikaku las llevará al cine casi 300 años después: Vida de Oharu, Los amantes crucificados, y Cinco mujeres galantes (ver Kenji Mizoguchi, el héroe sacrílego, Madrid, Ediciones JC/Clementine, 2015). Sois una generación perdida, le dice Stein a Hemingway.

Hay otra jaula de los leones en el relato que Quignard nos propone a cerca de la figura de San Brito. Aún vivía san Agustín, aún Apronenia Avitia. En la Santa Capilla de Candes San Brito quiso azuzar el oído de San Martín, y éste lo ahuyentó a bocinazos. San Martín murió y San Brito es nombrado Obispo de Tours. Después una monja lavandera trae al mundo un niño y anuncia a todos que el padre de la criatura es San Brito. La verdad, con las cosas que pasan en la jaula de los leones nadie debería hacerse acreedor a dárselas de hijo tuyo, ni siquiera aunque no seas un santo. Estos días aparecen monjas jugonas que compiten con los leones para comerse criaturas como sucedió salvajemente en Roma a la llegada de los primeros godos. Qué hambre. El pueblo vino y gritó: “eres un lujurioso, has mancillado a una hermana lavandera. No podemos besar un dedo que se ha manchado. Devuélvenos tu anillo. San Brito pidió que le trajeran al niño. Entonces, acercándose al bebé y a su madre, le preguntó: ¿soy yo quien te ha inseminado? El niño abrió los ojos como dos órbitas planetarias, y el clérigo repitió: ¿si ego te genui? Non, tu es pater meus, no, tú no eres mi padre. El pobre San Brito, no obstante, hubo de pasar el juicio de Dios, la prueba del fuego, y San Brito se llevó consigo los carbones ardientes del herrero y fue a visitar la tumba de san Martín. Entonces la gente pudo comprobar que sus manos seguían intactas después de volcar las piedras sobre aquella tumba. Qué horror: se volvieron contra la monja y la desnudaron, le cortaron los pechos y, a pesar de todo, el cuerpo de la mujer no sólo derramaba sangre sino leche, ya que todavía amantaba a su hijo. Por mentirosa la mujer fue lapidada por los habitantes de Tours. Debieron de parecerle leones.

Aquí todo el mundo ha leído, por lo tanto no nos debe extrañar que Quignard se haya encontrado alguna vez con Miller; de hecho, este párrafo que colijo podría haberlo escrito el americano y no el francés: amaba la pobreza de luz en el cuerpo de una mujer que no retira la ropa que envuelven su vientre lampiño y sus senos desnudos, más que para confiarlos a la penumbra. Su olor es más fuerte, su piel más desnuda y más dulce; sus facciones al parecer más fantasmagóricas, son más femeninas, ella remonta del pasado; no está en desacuerdo con la oscuridad de su sexo que se entreabre y que nos vuelve a recordar que es la vieja morada. Quignard se expresa como el Eguchi que vino a vernos el otro día con su experiencia de la casa de las bellas adormentadas, lo bello y lo triste. Ya dijimos, o no, que el señor de Pontchateau había buscado el reposo en todo el universo y no lo encontró más que en un rincón con un libro.

Cuando san Cirano fue devuelto a la libertad en 1643 le comentó a alguien que había vivido cómodamente en su celda, probablemente porque nunca se vio en la obligación de luchar contra ningún león. Se había acostumbrado a vivir sin laúdes, sin vasos, sin candelabros ni espejos. Había prescindido de las imágenes que no tenía. Escribió esta frase: porque después que se ha prescindido de la codicia de riquezas, de honores y de placeres del mundo, de estas ruinas se elevan en el alma otras riquezas, otros placeres, que no son del mundo visible sino del invisible. San Cipriano no se quedó sin lenguaje, eso que le falta a la pobre Alice en nuestros días cuando en medio de una disertación se queda sin la palabra, prisionera de esa jaula de leones que es el cerebro cuando a éste le ataja el oprobioso olvido, no saber qué se es, quién se es, el reino que está detrás de lo invisible. Antes los snipers disparaban desde un mismo lado. Ahora otros snipers disparaban también contra él. En medio de las bombas, de los tanques, y de los cadáveres los leones campan por sus respetos y hasta los francotiradores han de huir oliéndose toda la mierda, la suya y la de los demás.

Tengo la impresión que desde hace un tiempo me he metido en la jaula de los leones sin revólver ni látigo. Mi jaula es especial, porque cuando yo salgo ellos me acompañan y me siguen, me husmean, me soban, como si parecieran dispuestos a imitar a ciertas madonas de la época de Apronenia Avitia. Quizás es que todavía no comprendo bien las cosas.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.