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Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

Saturday, July 26, 2014

La resistencia a la información

La información, su uso, su comercialización, cambió definitivamente a finales de los 80, y esto lo vio mejor que nadie Jean-François Revel, periodista, director de Le Figaro, y colaborador en otros medios franceses, tanto que a veces, al leerle, siento la impresión de elevarme a los tiempos de Jacobo I y a las obras de aquel gran poeta y dramaturgo isabelino, Ben Jonson, quien se mofaba del nacimiento del periodismo en su Staples of news, de una manera singular. ¿Han dejado de ser nuestras sociedades, abiertas? Eso parece. Nuestros periódicos otrora más brillantes son hoy periódicos de partido, igual que en la época republicana. A nuestros directores más inteligentes los ponen de patitas en la calle con una buena indemnización, recientemente tuvimos un caso ejemplar en Pedro J. Ramírez, y los periodistas comprometidos, como Hermann Tertsch o Jiménez Losantos, se buscan la vida como pueden. 

Dice Revel que el derecho y el deber de informar, que era el santo y seña de los periodistas, se ha perdido absolutamente. Hay como una adulación mutua de los interlocutores de la información, de modo que productores y consumidores fingen respetarse cuando no hacen más que temerse despreciándose. Parece una continuación de la obra de Jonson, aunque allí ni unos ni otros llegaban a tanto. Ahora ya no queda otra información que la de la propaganda, al modo como la dictan cadenas oligopólicas que le marcan a la plebe el camino a seguir en la contienda electoral. Así aparecen nuevos líderes, auténticos jinetes del apocalipsis, que son capaces de pasearse con conceptos tan estropiciosos como el del buen uso de la guillotina, como si Saint Just hubiera regresado del cementerio con su cabeza entre sus hombros. Revel sostenía que la pobreza de los mensajes de estas cadenas corre pareja con su falsedad, y que incluso lo que se viene en llamar periodismo de investigación, presentado como ejemplo típico de valentía y de intransigencia, obedece en buena medida a móviles no siempre dictados por el culto desinteresado a la información, aunque ésta fuera auténtica.

Ahora la opinión ya no depende de que los hechos sean reales o irreales, sino de que sean deseables o indeseables. Ahora los medios están dirigidos por verdaderos comparsas y en el debate político les hacen creer a las audiencias que, dado que las opiniones están repartidas, se respeta la opinión y la controversia como si fuéramos un país libre. Pero no somos un país libre cuando resulta que siempre es el mismo quien está en el uso de la palabra. Mientras los “críticos hablan una vez, el gran invitado a esta gran bouffe habla cinco veces, y luego la rueda se repite con lo que al final del programa el gran defensor de las tiranías políticas ha intervenido unas treinta veces. El enterteiment, al fin, respira, le ha salido bien la representación de su esclavitud, pero no creo que nada de esto se deba a una cuestión de batalla por la audiencia, creo que hay algo más. Creo que hay una complicidad por parte de  los “ricos” con la revolución que viene. Y por qué, ¿por qué quieren los capitalistas sumarse a una revolución que podría poner en entredicho sus propiedades? A mi modo de ver, porque ellos van a seguir formando parte de la revolución, y porque hay otros intereses espúreos debajo de la gran marea; dígase Cataluña, dígase destrucción del Estado y, por lo tanto, de España, ecétera, ecétera, como decía Don Benito Pérez Galdós al describir aquella gran epaminondas que fue la I República del 73. 

“La incoherencia y la falta de honradez intelectual -dice a continuación Revel- son tanto más alarmantes y graves en nuestros días precisamente porque tenemos ante nuestros ojos, en la ciencia, el modelo de lo que es un pensamiento riguroso. Pero el investigador científico no es por naturaleza más honrado que el hombre ignorante. Los temas que tienen que ver con la opinión son asuntos muy serios. En el mito de la escritura Platón ya se planteaba el problema de la diferencia entre doxa, creencia, y saber, episteme. El profesor Lledó lo aclara majestuosamente en su texto sobre la escritura, y Descartes describe muy bien cómo se alcanza a tener una opinión si el sujeto es capaz de movilizar una crítica constante sobre su propia hipótesis de las cosas haciendo posible que sus hipótesis evolucionen ininterrumpidamente.

La cosa es más que grave, pues si la mentira mueve el mundo y se apoltrona bien en los sistemas totalitarios, ha cruzado ya las sociedades abiertas, de modo que nuestra democracia no es ya que sea, por mor de la partitocracia, una democracia de mínimos, sino que tiene, por la resistencia a la información, los visos de un régimen que a menudo se parece al totalitario. Aquí supimos qué era eso del partido único, y lo aprendimos bien con una izquierda que anulaba a la oposición sagaz y delirantemente. Lo curioso es que en España empieza a ocurrir aquello que Revel denunció respecto de su propio país: un numeroso grupo de periodistas y de medios ocultan información sobre partidos que carecen de un mínimun democrático, de modo que llegado el caso cualquier disidencia es anulada abyectamente, o bien los medios hacen desaparecer la presencia de nuevas organizaciones como ocurrió recientemente con VOX, un partido que podía resultar interesante a los votantes de la derecha más oficial. Dice Revel que a menudo se oye a ciudadanos de países democráticos alabar a un hombre político por su astucia, su arte en embaucar a la opinión pública y en engañar a sus rivales. En cierto modo es como si los clientes de un banco plebiscitaran al director por sus talentos como ratero.

Aunque parezca sorprendente, e incluso después de la caída del muro, experiencia que no recoge en su texto Revel, el comunismo no ha hecho hasta ahora otra cosa que crecer. Revel lo explica muy bien cuando sostiene que la izquierda persiste en imponer un mito que le viene bien a sus intenciones: es el mito de que los dos grandes totalitarismos del siglo XX, el nazismo y el comunismo, continúan en su acción, lo cual facilita mucho que mientras se ataca a uno se deja de atacar al otro. Es un argumento irracional, pero muy productivo pues finalmente el totalitarismo no subsiste más que en su versión fascista, sostenida y favorecida por el imperialismo, el cual no puede ser más que norteamericanopero absolver o tolerar uno cuando el otro ha desaparecido, es una aberración abisal, que no tiene siquiera la excusa de ser un mal cálculo. Ahora ya nadie habla de Rusia, ni de Cuba, ni de Venezuela, Vietnam, Corea del Norte, Camboya ni Etiopía. Ahora el “imperio del mal” se ha trasladado a Israel, los EE.UU, si bien ciertamente Chile y Sudáfrica han decaído en esta black listen. 

Después  Jean-François Revel se hace un par de preguntas escalofriantes, que tienen un perfecto acomodo en la sorprendente España actual en donde ya no queda ningún partido de izquierdas verdaderamente socialdemócrata después del suicidio socialista. “Todos los hombres -dice el intelectual francés- sustentan opiniones subjetivas, insostenibles, intransigentes, pero lo que distingue a la convicción totalitaria es que pasa a los hechos para aniquilar, si puede, a todos los que no la comparten o a los que ella designa como enemigos. ¿Cómo toma posesión de un cerebro humano hasta el punto de hacerle considerar como normales el encarcelamiento, la deportación, el asesinato de sus semejantes”? Lo paradójico es que no nos hallamos en el tiempo del Comité de Salvación Pública, sino que han pasado ya más de doscientos años y sin embargo vuelven a sonar los tambores de guerra. Ahora ya no son la nobleza ni la burguesía los objetivos a alcanzar, sino que es la clase media la que es perseguida en todas partes, allí en donde el totalitarismo vuelve a triunfar.

Pero lo que ya es el colmo es que la izquierda no comunista se dedique a cultivar la ficción de que existe un totalitarismo de derechas incluso en nuestro país, como vimos en el tiempo de Zapatero, y estamos volviendo a ver ahora con la aparición de los nuevos partidos leninistas. Con objeto -añade Revel- de poder pasar la esponja sobre el totalitarismo comunista.

Ya saben lo que dijo Saint Just antes de morir: la revolución está helada, todos los principios se han debilitado, sólo quedan birretes movidos por la intriga. El ejercicio del terror ha embotado al crimen, como los licores fuertes embotan al paladar. Albert Camus tiene unas palabras delicadas para este asesino en serie. Lo compara con Bruto: “Bruto, que debía matarse si no mataba a los otros, comienza matando a los otros. Pero los otros son demasiados, no se puede matar a todos. Entonces hay que morir y demostrar una vez más que la rebelión cuando se desenfrena oscila entre el aniquilamiento de los otros y la destrucción de uno mismo”. En su discurso en defensa de Robespierre reafirma el gran principio de su acción: no pertenezco a ninguna facción, lucharé contra todas. Y sus últimas palabras: están talladas todas las piedras para el edificio de la libertad, le podéis construir un templo o una tumba con las mismas piedras.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, July 19, 2014

El malestar

Noto una sensación de malestar. Quizá sea el malestar una de las afecciones peor toleradas por la psique humana, una emoción intolerable. Veo estos días a un Rector que se mueve con los cristianos como si fuera el emperador Marco Aurelio, quien no podía ver a un cristiano a menos de un metro de distancia, y siento un malestar inexplicable, todo ello pese a que comparto con Bergman ese malestar agnóstico que me hace ver a Dios como un objeto metafísico interesante y a Cristo poco menos que como se nos aparece en el altar en Los comulgantes, una bella imagen barroca que Bergman repugna en sí misma. De modo que no hallé mejor solución para mi malestar que visitar esa película incómoda, triste, grisácea y protoatea que es Los comulgantes.

El sr. Persson y señora han visitado al párroco porque él está a punto de volverse loco. ¿Qué es lo que tanto le preocupa? Una noticia que ha leído sobre China. Y así lo justifica: en algunos países se educa a la gente en el odio. Desde entonces, desde la filmación de Los comulgantes, 1961, han pasado cincuenta años y efectivamente yo me siento muy mal, me siento tan mal como el marinero Jonas Persson porque hay lugares en donde se viene educando, desde hace casi medio siglo, a los infantes en el odio a España. Hay una relación estrecha entre las buenas películas y las malas noticias. Devastan y colocan a algunos en una predisposición fatal, como se observará poco después. Persson tiene claro que China podría hacer estallar varias bombas atómicas en el mundo. Por lo tanto, la deducción es evidente: ¿para qué seguir viviendo? El mismísimo Cristo de los Evangelios sostenía que el mundo acabaría pronto y que, por lo tanto, no ha de qué preocuparse. El teólogo Dibelius va en esa dirección. Hace unos días ha vuelto a ocurrir una cosa espantosa: un grupo de terroristas decidió hacer saltar por los aires a 300 viajeros de un avión civil, pero no creo que haya aquí un problema de malestar, sino de regreso a las cavernas, de odio absurdo. La involución humana empieza a ser evidente.

En el relato Persson no es el único que tiene problemas. Märta, la maestra, así se lo dice al párroco: ¿Y a ti que te preocupa, Tomas? Tomas, como tantos otros personajes de Ingmar Bergman, vive desolado por la pérdida de su esposa, y aunque haya tenido posteriormente relaciones con la maestra -Ingrid Thulin- no la quiere ver a menos de un kilómetro de distancia, y eso pese a que la maestra es hermosa, muy hermosa cuando Bergman la aísla en un plano a cámara en donde la actriz rompe con el efecto realidad al dirigirse imperiosamente a Tomas Ericsson -Gunnar Björnstrand-. Recriminándole su falta de afecto, su incomprensión, su terrible egoísmo. Por esta confesión a cámara, que no será la única en la obra del cineasta sueco, sabemos que han estado juntos dos años, pero que no se quieren.

El comulgante, reparte la comunión sabiendo de antemano que se trata de un rito en el que nadie cree, especialmente Märta, que podría muy bien identificarse con el Pessoa del desasosiego: yo mismo no sé si este yo existe realmente o tan solo es un concepto estético y falso que he formado de mí mismo. He esculpido mi vida como una estatua de materia ajena a mi ser. A veces no me reconozco, tan exterior a mí mismo. ¿Quién soy por detrás de esta irrealidad? No lo sé, debo de ser alguien. Quiero ser una obra de arte, del alma al menos, ya que del cuerpo no puedo serlo. Por eso me he esculpido con tranquilidad y enajenación, y me he colocado en una estufa, lejos de los aires frescos y de las luces francas donde mi artificialidad, flor absurda, florezca en retirada belleza. Estoy recitando en voz alta a Bergman.

Si Dios no existiera ¿habría alguna diferencia?

Pienso como Bergman: en esta película no se ha roto nada, no la ha corroído el tiempo. El 26 de marzo en su preparación del guión, empieza poniendo arriba de la página “conversación con Dios”. Después, domingo por la mañana, la sinfonía de los salmos. Bergman estaba esos días preparando una ópera de Stravinski, y tratar a Stravinski lo ponía furioso, porque era un trabajo de esclavo. Tenía que aprenderse la música de memoria, y esa era una habilidad de la que carecía. Si seguimos bajando las líneas nos encontramos con estas: entro en una iglesia desierta para hablar con Dios, para que me dé una respuesta. Hay que abandonar definitivamente la resistencia o seguir en esta complicación incesante. Renunciar a la ligazón al más fuerte, al padre, y a la exigencia de seguridad, o desenmascarar a aquel que existe como una voz burlona de siglos pasados. Bergman reconoce que quería hacer un filme sobre los desesperados silencios de la noche, las tumbas, los muertos, los susurrantes tubos del órgano y las ratas, el olor a muerte, el reloj de arena, el horror que llega justamente esa noche. Esta forma de escribir -anotaciones más que un guión- ya lo había anticipado Rossellini desde Stromboli. La idea era que todo funcionara como un misterio medieval, colocando la acción delante del retablo haciendo que sólo cambie la luz, atardecer, amanecer, etcétera.

No hay que llevarse a engaño: Bergman es un gran ateo que necesita hablar con Dios. Lo ha hecho muchas veces en su cine, y como esto no es un artículo de cine no voy a decir más. Los discursos de Bergman erosionan su agnosticismo. Su moi-mêmme es esclarecedor en este sentido. Hay muchos mierdas que hablan de su ateísmo con una petulancia que resulta degradante. Nunca podrían expresar lo que dice aquí el cineasta sueco: prefiero llevar mi pesada herencia de horror cósmico a plegarme a las exigencias de un Dios que me pide sumisión y adoración. Este es el final del primer movimiento. En realidad la clarividencia de Cristo -dice Bergman- tuvo que ser su primer sufrimiento. Creo al fin que es la clarividencia la que me hace sentir el malestar

“Carezco de credo y no pertenezco a ninguna congregación -dice Bergman en uno de sus dos libros autobiográficos-. Nunca he necesitado ningún Dios ni redención ni vida eterna. Soy mi propio Dios, me proporciono mis propios ángeles y demonios. Estoy en una playa pedregosa que desciende en olas hacia un mar protector. Un perro ladra, un niño llora, el día se hunde y se convierte en noche. Usted nunca podrá asustarme. Ningún ser humano podrá asustarme nunca más. Tengo una oración que me rezo a mí mismo en el silencio absoluto. Ojalá venga un viento y mueva el mar y el sofocante crepúsculo. Ojalá venga un pájaro desde el mar y haga estallar el silencio con su grito”.

La sensación total es la del desasosiego, la del malestar. Cuando sales de la iglesia el espacio abierto es el del bosque y la lluvia. Jonas se estrella contra un árbol y delante de él pasa el río impetuoso. Hay una tristeza infinita. En la escuela, en la casa del difunto, en el comedor en donde se atisban los hijos del difunto, esa tristeza infinita anticipa la reciente tristeza infinita de La cinta blanca. Nadie recordó la estética de Los comulgantes cuando apareció la película de Haneke y sin embargo, no es Haneke, sino Bergman, quien recuerda el pasivo nazismo que soplaba como un viento nocturno en el interior de su infancia. Su padre era terriblemente cruel con uno de sus hermanos y eso le producía una gran satisfacción.

La tristeza solemne que habita en todas las cosas grandes -en las cimas como en las grandes vidas, en las noches profundas como en los poemas eternos (Pessoa).

Mi idea -continúa el director- es que existe una maldad que no se puede explicar, una maldad virulenta y terrible que de todos los animales, sólo la posee el hombre. Una maldad irracional y que no está sujeta a ley alguna. Cósmica, gratuita, inmotivada. No hay nada de lo que tengan tanto miedo los hombres, como de esta maldad incomprensible e inexplicable.

He terminado sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, July 12, 2014

El cortesano, o de la educación

El concepto de cortesano debe interesarnos más allá de sus límites políticos. No es fácil dar hoy, en medio del espectro político, con alguien al que se pudiera llamar un cortesano. Ciertamente la palabra evolucionó a gentilhomme en Francia o a gentleman en Inglaterra. En principio, el cortesano es un caballero antes que nada, y ya se sabe la importancia que esto hubo de tener para los caballeros que salían del medioevo y entraban en el Renacimiento. La idea de Baltasar de Castiglione al escribir el texto de su cortesano al mismo tiempo que Maquiavelo escribía sobre el Príncipe, no era sólo que un cortesano pudiera comportarse como un caballero en la Corte de los Condes de Montefeltro o de los Gonzaga en Urbino, sino que se comportara como un hombre, de manera tal que el texto, más allá de sus precisiones históricas o de sus aciertos literarios, sea una guía ética, un proyecto ético que debe conformarse no sólo para ser un buen caballero, un hombre de la Corte, sino que es en sí vital ya que aparecería dotado de virtudes morales, buenas costumbres, saber comportarse en el trabajo y en su relación con los demás, y por extensión ha de aplicarse a todos aquellos hombres que no perteneciendo a la Corte o no viviendo dentro de ella puedan mostrarse como un ejemplo de cortesía, de saber estar. Castiglione redactó el texto entre 1513 y 1518, pero editó el libro más tarde; si bien, al venirse a España con Carlos V, se le pidió que se tradujera al castellano el original, escrito en toscano, y esa labor la desempeñó admirablemente un poeta catalán de la época, Juan Boscán, muy elogiado por Menéndez y Pelayo a fines del XIX, de hecho la traducción de Boscán, que es la que yo conozco, ha venido reproduciéndose a lo largo del tiempo tan concienzuda como hermenéuticamente. Tuvo una gran trascendencia en la Europa renacentista, pues contribuyó a difundir un ideal humano y literario que procedía de uno de los locis más cultos y refinados de aquel tiempo. Pronto se transformó en un manual de civilicitá, y también de etiqueta, y extendió las tesis del neoplatonismo del cinquecento, con más efectividad que los textos de Ficino, León Hebreo y otros contemporáneos.

Castiglione ya venía trabajando a las órdenes del Conde Guidobaldo desde finales del XV, pero a su muerte el gran humanista toscano siguió viviendo en la mansión de los Condes en compañía de otros cortesanos o miembros de la familia. Una de las costumbres de la condesa viuda consistía en reunir casi todos los días a sus damas y caballeros y establecer una serie de juegos, que son el anticipo histórico de las viejas reuniones de Madame de Stael, cuyos amigos llegaron a convertirse en auténticos personajes de ficción, ya que se escribían entre ellos y a la noche se leían lo que habían pensado sobre los demás o, simplemente, charlaban. Algo de esto había en los juegos sociales de la primera dama de Urbino, de ahí que el texto presente tantos intereses de todo orden, dado que aquellos encuentros, igual que los de Staël después, poseían un toque dialógico, platónico. El texto en sí lo es, y puede seguirse como cualquiera de los bellos textos dialógicos de Platón. Si traigo el texto a colación es porque me duele observar entre nosotros la falta de cortesía, por lo tanto de educación, primero en nuestra clase política, y después en nuestras gentes en general. Si hoy padecemos un gran desconocimiento de España es porque la gente y el vulgo no han sido educados en el descubrimiento de la Historia y en saber de dónde venimos.

Castiglione era un hombre de armas, que es lo primero por donde empieza todo al tratar el tema. Se había mostrado capacitado en la gestión diplomática y poseía una rica formación humanística  y literaria. Hablaba bien en público, esto es, dominaba las reglas del discurso, tal y como ya muy atrás las había fijado el gran Cicerón. Había nacido en Mantua en 1478, en el seno de una familia noble. Su padre era un uomo d´arme de la familia Gonzaga, de ahí los lazos de sangre con los Montefeltro. Hizo sus estudios de Latín y Griego en Milán, pero sostenía que para un cortesano era muy necesario el conocimiento del francés o del español como segunda lengua. También frecuentó las Cortes de Ludovico el Moro y la de los Sforza, antes de entrar en la Corte de los Urbinos. En Italia están pasando cosas muy importantes. La transición al libro impreso gracias al papel de los cartolai, y el dominio casi total de España, que hizo inevitable el estar o a favor de Fernando el Católico y después de Carlos V, o el estar del lado de Roma, es decir, del papado. En 1513 recibió el feudo de Novellara por sus exitosas campañas de ese mismo año y ello llevaba emparejado su nombramiento como conde, que le otorgó el conde de la Rovere. Lo medieval entra pues en el Renacimiento de una manera fluida, sin resistencias inútiles, pero sin algarabías diletantes. Hay un momento en el que Castiglione se vuelve español sin contradicción alguna. Carlos V ha entrado en Roma, el Saco de Roma, el pontífice ha sido recluído en prisión, y él se viene a España como Nuncio. Una muerte inesperada nos lo quita del mundo en Toledo, en febrero de 1529, ya con el texto recién traducido y editado. Del humanismo quatrocentesco pasa Castiglioni al humanismo quinquecento, un duro golpe para el emperador ya que Castiglione era el nuncio a la vez que su hombre de confianza más certero. La carta enviada por el emperador al papa deja a la figura de Baltasar de Castiglione como uno de los hombres más extraordinarios de la época, un grande como Erasmo, como Moro, como Maquiavelo. Esto ahora empieza a llamársele excelencia, nada que ver con aquello.

Este encuentro dialógico se corresponde a cuatro grandes jornadas, y todos los hombres y damas que acuden a él se predisponen a poner sobre el tapete el concepto de cortesano: ¿qué es un buen cortesano, que lo caracteriza frente a los demás? Ahí es nada. Nada más y nada menos. Insistamos en sus objetivos: Castiglioni -dice el sabio Menéndez Y Pelayo- dicta normas de conducta que atañen a un ideal de hombre en sentido total, un canon físico, moral, cultural, y hasta literario que refleja todo un código de comportamiento propio del hombre superior. Ya me dirán vds qué educación es esa que trata hoy de igualar a todos los hombres por abajo, o qué tipos de sujetos hemos de enfrentar si no partimos de unas premisas éticas previas. La cita que viene a continuación es ejemplar: el perfecto cortesano y la perfecta dama cuyas figuras ideales traza, no son maniquís de corte ni ambiciosos egoístas y adocenados que se disputan en oscuras intrigas la privanza de sus señores y el lauro de su brillante domesticidad. Son dos tipos d educación general y ampliamente humana, que no pierde su valor aunque esté adaptada a un medio singular y selecto que conservaba el brío de la Edad Media sin su rusticidad y asistía a la triunfal resurrección del mundo antiguo sin contagiarse de la pedantería de las escuelas. La educación, tal y como la entiende  Castiglione desarrolla armónicamente todas las facultades físicas y espirituales sin ningún exclusivismo, sin hacer de ninguna de ellas profesión especial, porque no trata de formar al sabio, sino al hombre de mundo, en la más noble acepción del vocablo.

Ser un hombre, un verdadero hombre, requiere prever ese proyecto con la suficiente antelación, de manera que a ese hombre habrá que exigirle algunas virtudes más, entre ellas la de la temperancia, virtud de origen ciceroniano, un elemento decisivo en la conformación del ethos del individuo, y la de la modestia. Es un ideal que procede del viejo ideal caballeresco de las Cortes Medievales: ser arrogante con los poderosos y humilde con los débiles, claves del viejo compromiso feudal. El cortesano acaba así siendo un verdadero filósofo moral. Ser lector de poesía, oratoria e historias, escribir en prosa, y en verso, en vulgar, tanto por deleite propio, como por pasatiempo con las mujeres. Además ha de poseer el cortesano algunas habilidades propias de la época: la familiarización con algún instrumento musical, el dominio del dibujo y la pintura. El vestido del cortesano ha de ser en negro en las ceremonias importantes, pero ha de ser colorista en cuanto a juegos, torneos, y disfraces. En la relación social ha de ser cauto y contenido, no cobrar fama de mentiroso o vano, no demostrar innecesariamente su ignorancia en algún punto. 

Si se habla de las damas, Castiglione destaca la necesidad de procurar en ellas cierta afabilidad graciosa. Tres siglos más tarde, y en relación a la aristocracia inglesa, autores como Daphne du Maurier destacarán tres virtudes esenciales en las mujeres excelentes: el linaje, la inteligencia y la belleza. El sr. de Winter, cuando se desposa con una dama de su linaje, se equivoca al creer que su señora  las posee, pero luego hallará en la segunda srª de Winter todas aquellas virtudes siendo ésta una simple plebeya. La dama aristocrática ha de estar imbuida de dotes que le permitan establecer relaciones con hombres honrados y mantener con ellos conversación dulce y honesta. No ha de ser retraída en exceso ni demasiado desenvuelta. Ha de saber danzar, cantar y tañer. Castiglione da muchos consejos en cuanto a los lances de amor, pero el viejo amor cortés sobrevuela en esta Corte, pues no se exige por igual a la mujer que ha sido forzada a casarse sin su consentimiento que a la mujer virgen preparada para el matrimonio. Se discute en este encuentro dialógico sobre las formas de gobierno, y ahí es donde se comprueba la diferencia entre el pensamiento político de Maquiavelo y el de Castiglione. Mientras aquél acaba primando la política sobre la moral, Castiglione busca un punto intermedio entre ambas, una utilitá che miri al bene e tenga presenta una finalitá di ordine morale.

Algo se ha perdido desde entonces. La afectación, una de las grandes críticas al cortesano falso, suplanta por doquier cualquiera veleidad espontánea. Ni en la política ni en la Academia hallamos aquellos viejos caballeros, aquellos cortesanos que van a alfombrar la evolución hacia la Ilustración y el triunfo de la burguesía. Tenemos charlatanes, telepredicadores, mucha plebe invadiendo las instituciones, pero los ateneos desaparecen y los grandes oradores huyen a ninguna parte. ¿Qué han escrito o publicado quienes pretender poder y el poder? Gritan en los mítines, pero no persuaden. La Edad Democrática es una edad oscura, sin cortesanos, sin damas, sin ideales. Y lamentablemente, sin escritores, sin poetas, sin casas señoriales, sin bibliotecas. Una verdadera enfermedad. ¿Hay quien pueda vivir así? ¿En medio de esta nada?

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



Saturday, July 05, 2014

Pensamientos

Quizás no haya nada mejor para hablar de Pascal que empezar por una de sus frases, como nos recordaba J. LLanso en 1980: cuando se ve el estilo natural uno se asombra y se entusiasma pues se esperaba ver a un autor y se halla a un hombre. Esta misma pregunta nos la hacíamos hace dos semanas a propósito del estudio de Sartre sobre el idiota de la familia, Flaubert. Tiempo después Rossellini dirá aquello mismo: el estilo es el hombre. Es curioso observar como hay una serie de matices trascendentales en la educación que hace posible que los pascalianos, ya sea Rossellini, ya Godard, tienen un plus sobre el resto de sus colegas porque no han tenido ascos en su formación de leer a teólogos del XVII, más todavía que a ilustrados del XVIII. Si hubiera que cotejar el nivel intelectual de nuestros nuevos sociólogos nos tiraríamos al Etna como Empédocles al ver tanta insensibilidad y tanta incultura. Y entre los filósofos la mayoría prefiere leer los ensayos de Montaigne antes que a Blaise Pascal, separados en el tiempo por una generación. 

Entiendo que Unamuno se sintiera atraído por Pascal, y que Pascal, por jansenista, sea más respetado por los protestantes que por los católicos. No hay una sola película escandinava que pueda apreciarse en su integridad sin una cierta apoyatura teológica, pero hoy traemos a colación a Pascal por sus pensamientos, y hay que empezar por decir algo importante: los pensamientos son más interesantes que las ideas. Una idea se mantiene en sí misma por su carácter dogmático, es idea porque está quieta, mientras que un pensamiento siempre fluye. Hoy sabemos, desgraciadamente, que la educación se construye sobre ideas, sobre ideología, y no sobre el pensamiento propiamente dicho. La idea es algo sólido, fijo; el pensamiento es algo fluído, cambiable, libre. Un pensamiento se hace de otro. Una idea choca contra otra. Podría decirse que un pensamiento es una idea en acción, o una acción en idea; una idea es un dogma.

Naturalmente el gran objetivo de Pascal es Dios, no en el sentido de demostrarlo o de comprenderlo, sino simplemente de compartirlo porque la vida se hace más sencilla viviendo con Él que sin Él. Escoger la posibilidad de existir con Dios o sin Él. Esa es la verdadera razón ética de la fe, incluso de la no fe. El propio Pascal lo reconoce: Dios es indemostrable, pero ese no es el debate cuando se lee a Pascal. Es lo primero que debería enseñar en el colegio un buen profesor de Ëtica. ¿Queremos vivir con Él o no? De hecho el existencialismo, tres siglos posterior, arranca de esa gran pregunta: puesto que hemos sido arrojados en el mundo, expresión heideggeriana, y no sabemos nada y todo lo desconocemos, nos hallaríamos inevitablemente embarcados en un proyecto existencial: ¿qué es más ventajoso, hacer como si no existiese, u obrar, por el contrario, como si existiese? He de reconocer que para mí lo único verdaderamente esencial de una religión no es otro que el de embarcarse o no en esa aventura. No sé si los Borgeen son mejores cristianos que los Schraeder. Quizás a Dreyer esa cuestión se la trajo al pairo. Sospecho, con todo, que sin rituales ni discursos ni lecturas ni oraciones me estoy embarcando en una forma de viaje hacia Él. Trabajar para lo incierto dirá Pascal.Trabajar para lo incierto no supone un gran desgaste, simplemente hay que poseer una cierta vida interior.

Del esprit geometrista de Descartes pasamos con Pascal, a un esprit de finesse. El hombre es una nada frente al infinito, dice el jansenista, un medio entre nada y todo, infinitamente alejado de la comprensión de los extremos; igualmente incapaz de ver la nada, de donde ha sido sacado, y el infinito donde es absorbido. Y Pascal, adelantándose a Hamman, del que hablamos aquí el otro día, le da la vuelta al silogismo cartesiano: pienso, luego soy, por soy, luego pienso. La diferencia se antoja no sólo asombrosa, sino trascendental. El viaje no es sencillo. Conviene elaborar, por medio de la imaginación, propuestas que parten del silogismo pascaliano. Hace unas semanas os propuse colocaros fuera del universo y ver el universo entero como un punto en el lejano infinito. Me asusté después ante tamaña propuesta, pero entendí que me había embarcado en un pensée puramente teológico, El mismo Pascal se pregunta por los terribles espacios del universo que le envolvían, y eso sin tener conciencia de la vastedad que hoy el común de los mortales posee gracias a la técnica y a las técnicas. A Pascal le asombra, más que la eternidad, la ceguera de las gentes que su alrededor no sienten ninguna perplejidad ante ese abismo espacial que denominamos el infinito.

Hay algo peor que un creyente sectario, es ese hombre que te espeta con arrogancia que Dios no existe y sanseacabó. Debió de hallar un prueba científica de su no existencia, lo cual no parece poco. Bertrand Russell tuvo que reconocerle a un obispo en la BBC que no tenía pruebas contra la existencia de Dios y que, por lo tanto se consideraba un agnóstico.

Es útil, dice Pascal, para el hombre que Dios esté en parte oculto y en parte descubierto, puesto que es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer la propia miseria, y conocer la propia miseria sin conocer a Dios.  Lo propiamente pascaliano, pues, descansa sobre la idea de que la mayoría de las personas se muestran incapaces de vivir algún tiempo a solas consigo mismas. El moi même cartesiano no lo desarrollará del todo Pascal, si bien, está oculto en esa totalidad incognoscible de la relación con Dios, y posee una fuerza intrínseca muy superior a cualquier acción que se pretenda pasar por religiosa. Unamuno se acercó al concepto por medio de su idea del sentimiento trágico de la vida. En ese caso, si somos tan pocas las personas que poseemos un sentimiento trágico de la vida, entonces, digo, esa es la forma de la barca en que nos hemos embarcado hacia Él.

En su capítulo de De Dios a Dios Unamuno ha ido a Dios por lo divino más bien que ha deducido lo divino de Dios. Quizás la reflexión de Barthes sobre las sentencias de La Rochefoucauld conviniera también a un teólogo como Pascal. Eran contemporáneos y ese para-sí del estilo del hombre, que se repite, se dice se impone como encerrado en un discurso (¿sin finalidad?), sin orden, como un monólogo obsesivo. Qué ironía que la lengua francesa se estuviera construyendo en Port Royal, y que sus legisladores (del lenguaje) admitieran entre ellos a un colega que sólo hablaba de Dios como si en el siglo de la ciencia, el XVII, todavía fuera posible hallar el puro escolasticismo tejiendo eso que ha pasado a la Historia con la palabra de Pensamientos, Pensées.

A veces pareciera que estuviéramos leyendo a Epícteto: por donde se ve claramente que el hombre, escribe Pascal, por medio de la gracia ha sido hecho semejante a Dios, y participe de su divinidad y que sin la gracia es considerado semejante a las bestias brutas.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Wednesday, July 02, 2014

No nos ha comprendido o mayo de 1968

Esa semana se me ha retrasado el artículo porque hube de visitar el castillo de Transilvania y pedirle al conde que rige aquellos pagos una transfusión vehiculante. Bueno, estoy de vuelta y me propongo que me sigan en una forma de memoria histórica cuyos acontecimientos son relativamente recientes.
  
Mayo del 68 fue una revolución y ahora me he interesado por ella de una manera tan consciente como inconsciente. Uno nunca sabe realmente en donde se halla, si se ha tirado a nadar en alta mar y has perdido de vista a tu propio barco. Además, habrá gente que se aprovecharía de aquel tumulto y gente que ya se haya muerto. Luego estamos nosotros, los no franceses, que en aquel tiempo estábamos a punto de matricularnos en la Universidad. Podría dar versiones distintas de aquella experiencia lejana, marginal, pero quizá pienso en esta Universidad que tenemos ahora en algunos sitios; la falta de orden, la violencia, la desorientación didáctica, bajo un régimen político que muchos comparan con el franquismo sin saber, claro, qué fue aquello. Los franceses tuvieron su franquismo porque los problemas laborales y estudiantiles en el 68 en Francia eran extraordinarios y la gente tenía miedo porque atrás quedaba Argelia, y Argelia aún no había terminado. Creo que el 68 estalló porque los estudiantes de Letras temían no tener una salida profesional cuando se licenciaran. Estalló también porque el profesorado, mediocre, temía ser arrojado de las aulas si no había un cambio de rumbo en la política palaciega. Estalló, en fin, porque los intelectuales franceses, un Sartre, un Touraine, un Debré, no se habían liberado todavía del yugo filocomunista y vieron en la revolución estudiantil un espacio que tenían que ocupar, en la manera en que los clérigos suelen ocupar el espacio político (Benda, Aron).En fin, me dedico a imaginarme de profesor liberal deteniendo desde el aula una hipotética revolución estudiantil en donde ya sé qué lugar ocuparían algunos de mis valientes colegas.

Aron siempre había criticado la organización de la enseñanza superior francesa, así que no estaba como para salir a defender su vieja Sorbona con armas y bagajes. Por mi parte no he parado de publicar reflexiones sobre las mismas carencias de la Universidad española hoy allí en donde me han dejado hacerlo, puesto que me gusta mucho la enseñanza, la metodología del conocimiento y los procesos que abren los caminos de la investigación. Hoy la selección del alumnado es tan pobre como lo era en el 68 cuando las grandes estrellas de la Universidad dictaban sus seminarios ante sus divertidos acólitos. No hay más que ver una de las aulas de Lacan para percatarse que algunos de estos maestros eran mucho más brillantes escribiendo que enseñando. Pienso en los Deleuze, Barthes, Touraine, Genette, si bien, la gente que volvía de allí contaba cosas tan extraordinarias que parecían salidas de una novela de R.L. Stevenson. De lo que se queja Aron en sus Memorias –a la hora de recordar el 68- es de algo verdaderamente singular: en 1968 la mayoría de los intelectuales franceses o eran estalinistas o se han habían pasado al maoísmo, ya que toda revolución requiere sus altares y sus mártires. En aquel mayo murieron dos personas, un estudiante y un trabajador, pero en ninguno de los dos casos por violencia policial.

Es revelador que ya entonces existiera el buenismo entre los medios de comunicación franceses. A Aron se le temía. La vieja y canalla punción antisemita, tan exitosa a lo largo de la Historia de Francia, parecía encontrar en un intelectual como Aron su caldo de cultivo. Aron escribió esos días en Le Figaro, pero sólo porque muchos años antes De Gaulle le pidió que colaborara en aquel periódico de derechas. La multitud se reunía en los Campos Elíseos, en el Anfiteatro Richelieu, en todas partes. Tímidamente alguna vez se oía el grito de De Gaulle, ¡Viva el general!, porque el general era el tío con más prestigio en Francia gracias a la liberación de París en junio de 1944 y que apoyó, valga la paradoja, todos los periódicos comunistas y socialistas que habían estado a cubierto durante la ocupación,y las consabidas fotos de Doisneau. La gente no acudía al trabajo y los estudiantes no pisaban la Universidad. Entretanto, Sartre escribía tanto contra el general como contra Aron, y éste se veía con Mendès France, al que le explicaba cosas que podría traerse aquí a colación: el movimiento estudiantil es un detonador, no una fuerza; sólo existen dos bandos, por un lado la República y el gobierno, las cámaras, las posibles elecciones; y el partido comunista, por el otro, que no parecía tener muchas ganas de cruzar el Rubicón.

Los acontecimientos, para Aron, se dividieron en cuatro fases. Al principio la policía entró y ocupó el patio de la Sorbona hasta el día 13, día de la huelga general y también de la retirada de la policía a sus palacios de invierno. En los días posteriores el partido comunista desató unas manifestaciones salvajes que desembocaron en las negociaciones de Grenelle. Pero en los días siguientes un grupo numeroso de estos manifestantes rechazo los acuerdos y Miterrand, que llevaba toda su vida aspirando a ocupar el poder no desde las urnas sino de la calle vio su hueco y su oportunidad histórica. La Historia no le será fiel, porque el final de su “reinado” fue oprobioso debido a su escandalosa vida privada y a su corrupción. Nosotros, tan riquiños, creíamos que el futuro era Mitterrand, pero una vez más estábamos errados. Todo ello fue debido a que el general estaba desolado, cansado, traspuesto, y dejó el despacho como si en vez de París aquello fuera Sevilla, pues perdió su silla. Las urnas, con todo, lo rescataron de la debacle.

Unos días después Raymond Aron recibió un bordereau de Pompidou, que era el presidente del gobierno. En ella Pompidou habló como un general: cuando un general no puede defender una posición, se retrotrae a una posición que pueda defender, además la opnión pública parisiense defendía a los estudiantes casi absolutamente. Además, si no devolvía la Sorbona lo más probable es que se tomara de nuevo a la fuerza. Pompidou tenía razón: la ciudad acabó por cansarse del conflicto y cuando el conflicto acabó siendo dirigido por la extrema izquierda la batalla para el movimiento estaba acabada. En la misiva Pompidou acababa tirándole de las orejas a Aron porque sostenía que si el partido comunista hubiera pasado a la acción violenta, esto es a la revolución en ese caso el gobierno sí tendría el respaldo de la opinión pública para sacar al ejército contra los rebeldes. Ante tal aventura, concluye Pompidou, el partido comunista se echó atrás ante tal aventura. Estos días pienso que en España se han producido acontecimientos dirigidos por personas que seguramente estaban en París en los acontecimientos que narro ahora. Veo en los discursos de estas gentes de Izquierda Unida que se han tomado el debate entre República y Monarquía como una metonimia de lo acaecido en mayo del 68 cuando allí lo que se discutía era el debate entre República y Revolución. Francia tenía, por supuesto, las experiencias de 1830, de 1848 y, probablemente, alguna más. Nosotros tenemos, claro, la experiencia de la ¡1ª República y de la guerra civil. Quizá en las próximas elecciones la mayoría parlamentaria tenga algo que hacer ante el desorden general que impera aquí por doquier. Nosotros, tan jóvenes, no podíamos intuir qué estaba pasando en París; sólo que había algún alemán y, en general, algunos jóvenes con coleta, que tuvieron su mes de gloria. Después todos acabaron de burgueses y parlamentarios en las representaciones europeas. El mundo es paradójico. Hasta la revolución puede aprenderse en los libros.

El conflicto tuvo una novedad: a partir de entonces los estudiantes participaron en las oposiciones de los profesores, controlaban los exámenes, y se tuteaban con su maestros con tanta algarabía como discutían Danton, Robespierre, Desmoulins casi doscientos años antes. No dudo que hoy nuestros estudiantes, también, al calificar a sus profesores, intervienen indirectamente en ese proceso, aunque en general lo que aquí se impone es el poderío de los Departamentos, hasta el punto de que los rectores mandan menos que los directores de los Departamentos, y que estos meten a sus pupilos y esclavos con una algarabía que clama al cielo. El 68, naturalmente, sigue estando presente. En estos últimos meses, incluso en estos últimos años los profesores progres han lanzado a auténticos cretinos a enseñorearse por las calles. Aquello del movimiento, de la fuerza estudiantil, sí la entendí al momento, aunque yo como Goethe prefiero la injusticia al desorden, simplemente porque con la injustia se acaba alguna vez, se corrige, se aplaza, pero el desorden, simplemente, mata, y como ya decía Weber sólo el Estado esta legitimado para hacer uso de la violencia. El 16 de junio quien impuso la violencia fue Mitterrand: propició un gobierno provisional administrativo, anunciando con dos pelotas que se autoproclamaba candidato a la presidencia de la República, cosa que se anunciaba para dentro de dieciséis días.

Creo en Aron: toda rebelión que pretende minar el poder y no reemplazarlo pertenece al espíritu libertario.Así había sucedido una década antes en Berkeley y unos años antes en Alemania. Estos días me releí El hombre unidimensional de Herbert Marcuse. Me resulta inaceptable aceptar sus tesis. Es un libro envejecido, acaso porque, de todos los integrantes de la escuela de Frankfurt, Marcuse era el intelectual más endeble. Que se sepa, los estudiantes no dejaron volver a hablar a Raymond Aron en la Sorbona en parte porque el vejete Sartre era tan sectario que recordaba cosas de la infancia en donde Aron le demostraba ser muy superior a él. Sartre era una mala persona; intentó que Aron no volviera tampoco a impartir sus clases en ninguna parte.Esto es sorprenente porque como se lee en Situacions Sartre nos contó maravillas de un país que acababa de visitar unos años antes: los Estados Unidos de América.

He terminado, sr.Presidente, muchas gracias.

Saturday, June 21, 2014

El idiota de la familia

A Jean Paul Sartre se le recuerda por muchas cosas, pero en general pocos conocen o recuerdan su ensayo sobre la infancia de Gustave Flaubert, El idiota de la familia. Nos sorprendería descubrir que ha habido gente muy parecida a Sartre o a Flaubert en relación a los problemas de la infancia. Así, la vida de Raymond Aron, que no sólo estudió de adolescente en el mismo colegio que Sartre, sino que también tuvo hermanos, como Gustave, con situaciones paradigmáticas muy similares a las suyas. Aunque nadie más idiota de la familia que el emperador Claudio. Véase su propia autobiografía, Yo, Claudio.

¿Qué podemos saber acerca de un hombre? Y esa pregunta lanzó al filósofo del ser y de la nada a estudiar un caso concreto, el caso de Flaubert, no porque éste acabara escribiendo Madame Bovary al final de su vida, sino por la cantidad de páginas escritas sobre su infancia, tanto siendo niño, como adolescente y luego adulto; sus cartas, por ejemplo. Un hombre, ciertamente, nunca es un individuo. Hegeliano hasta la médula Sartre impone aquí un pensamiento que viene de Hegel: un hombre es un universal singular, totalizado y por eso mismo, universalizado por su época, la retotaliza al reproducirse en ella como singularidad. Sartre tuvo la intuición genial de haber pasado por encima de Flaubert la primera vez que leyó su correspondencia y al regresar sobre él descubrió una metodología, una analítica nueva que pone ahora a Flaubert a sabor, acaso por la elección lacaniana, más que freudiana, de su mirada. Ya en el prólogo muestra un párrafo de la carta que Flaubert le dirige a la señorita Leroyer Chantepie: “A fuerza de trabajo logro acallar mi natural melancolía, pero el viejo fondo reaparece a menudo, el viejo fondo que nadie conoce es el origen de esa llaga siempre oculta”.

Flaubert como Aron compartieron dificultades con las primeras letras; ambos aprendieron a leer y a escribir muy tarde, de manera que a Flaubert llegaron a tenerlo como un niño retrasado. Si embargo Flaubert conocía muchas obras literarias gracias a su tío Mignot que se las leía. Era un niño lector, como suelen ser todos los niños idiotas de las familias. Además Flaubert lo siguió siendo hasta que escribiera Madame Bovary, lo cual ya ocurrió cuando había traspasado la barrera de los 50 años. Los idiotas de las familias, en realidad, suelen desempeñar alguna enfermedad. No deja de ser curioso que Sartre, Aron y, especialmente, Flaubert sufrieran alguna desde el principio. La neurosis de Flaubert se extremaba cuando sufría ataques que lo hacían rebotar en el suelo y que solían resolverse con una pérdida de conocimiento. Leer, cuando se es niño, consiste en reencarnarse en la vida de otro, vivir como otro su propia vida. Eso le pasó a Aron con Guerra y paz, a Flaubert con Don Quijote, y a mí mismo, si se me permite, con el Jean Valjean de Los miserables. Ahora es difícil dar con el idiota de la familia porque los padres actuales no tienen hijos o tienen pocos, pero en las generaciones anteriores era normal que nuestros padres o nuestros abuelos tuvieran muchos hijos, y que algunos no consiguieran sobrevivir a los primeros años. En la familia de Flaubert eso era frecuente.

De pequeño Flaubert se creía todo lo que le decían los mayores porque era incapaz de asociar bien el significante al significado, es decir que tenía problemas con el signo y con los signos. Además estaba el problema de asociar las palabras a quienes las han dicho, por lo tanto los idiotas están expuestos al Otro. He ahí el monstruo, he ahí el idiota en opinión de Sartre: “caprichoso según unos, melancólico según otros, estúpido, loco, y los más sabios añadían por último, mudo”. ¿Acaso no padecería el niño Gustavo también la enfermedad de los niños autistas? En su correspondencia Gustave sostiene que los animales, los locos, los idiotas, los niños, vienen a él porque saben que es de los suyos. A los treinta años piensa que su infancia frustrada, silenciosa, inerte y trastornada, nunca lo ha abandonado: la frecuencia de otros adultos o las exigencias de su amante lo arrancan de su infancia por un instante, para volver a caer en ella apenas se encuentra nuevamente solo. Quizá Sartre esté haciendo acopio de su propia infancia, y esté usando a Flaubert de pretexto para dejarnos que le veamos a él a través de este espejo del Otro. Sartre era endemoniadamente feo de niño y aunque luego lo siguió siendo el resto de su vida, ello no le impidió tener a algunas mujeres a sus pies y, acaso, a la más grande de su generación, Simone de Beauvoir.

Sartre ve en Flaubert dos aspectos esenciales al comienzo de la elaboración de sus observaciones: el carácter patético de su sensibilidad, y cierta “dificultad de ser” que traduce un malestar psicosomático. Cuando nace, su madre esperaba una niña, de manera que verdaderamente el pobre tuvo muy mala suerte. La niña llegará un día pero muchos años más tarde. La escasez de ternura -dice Sartre- es a las penas de amor lo que la subalimentación es al hambre. Con todo Flaubert escribe que “mi vida tiene un motivo, he hallado el motivo de mi vida”. Sus padres le han indicado que la vida es un movimiento hacia un fin. La experiencia interior -dice Sartre- una blanda sucesión de presentes que se deslizan hacia el pasado, pero la orientación objetiva no tiene duración a falta de ser definida como el movimiento que parte del amor pasado (creador) y va hacia el amor futuro (espera por el otro, misión, felicidad, éxtasis temporales). Estamos de acuerdo: el niño falto de amor que se descubre a sí mismo existe y es el fundamento de toda legitimación: se considera un ser sin razón de ser. Flaubert huye de la acción, huye de la praxis mientras que Achille, su hermano mayor, ha sido educado para anteponer un futuro lleno de objetivos, y se hará médico como el padre.

Al idiota de la familia le ha faltado de todo en la infancia: la acción, las significaciones, el amor y sus tiernas promesas, sin poseer medio alguno para comprender este vacío. No corre, sin embargo, a las faldas de su madre, como hará Gide medio siglo después,”no soy como los demás”. Los hijos amados, dice Sartre, son príncipes; preferidos, reinan desde su más tierna edad, pero un niño recibido con indiferencia es una mala hierba. Sólo en un sentido preciso podremos entender lo que dirá más tarde, pasados los años: Madame Bovary soy yo. Esta frase se ha entendido muy mal. Sólo querría decir que a Gustave, el niño hombre, le hubiera gustado ser alguna vez como Madame Bovary, es decir, un hombre de acción o mejor dicho, el hombre de la inactividad que él siempre había sido. La comparación con Cumbres borrascosas es inquietante: yo soy Heathcliff, dice Kate. Yo soy ese hombre. Se trata de una relación intermedia entre el descubrimiento pasivo y la creación voluntarista.

A Sartre le sorprende que Flaubert nunca haya acusado a su madre (castradora) de su pasividad inane. Su infelicidad se ha traducido en los grandes temas que ha suscitado en sus libros primeros: tedio, dolor, maldad, resentimiento, misantropía, vejez y muerte. La tragedia del niño idiota de la familia es el aburrimiento. Quien haya conocido el aburrimiento en esa etapa de la infancia sabe que no hay un dolor más grande, una depresión más honda: una madre, una maestra, una criada, capaces de engendrar en el niño ese abatimiento no están formadas para la vida, y deberían ser apartadas del destino de ese niño, los niños idiotas de la familia. James lo expresó muy bien en Otra vuelta de tuerca, que Clayton escenificó maravillosamente en Los inocentes. Esos niños son fantasmas, han escapado del dolor -no de todo el dolor- convirtiéndose en unos verdaderos monstruos. De noche han asistido a la representación del sexo y del mal por parte de los criados, y no les habrá quedado otra salida que padecer la incomprensión del signo, la gran distancia entre los significantes y el significado.

La educación es uno de nuestros grandes problemas. El idiota de la familia vendría a ser el Emile de Rousseau. Tenemos jóvenes estúpidos y profesores idiotas y políticos inefables porque toda educación empieza por la lectura, por la existencia del tío Mignot y la verdad es que me sigo moviendo entre gentes que no han tenido un tío Mignot en sus infancias.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, June 14, 2014

El miedo al pasado

Chesterton llamaba el miedo al pasado esta actual algarabía de las gentes por predecir el futuro. Ya se trate de ciertas eminencias de Izquierda Unida o de la extrema izquierda, olvidamos fácilmente que en la época atravesada por la 2ª República los comunistas, por ejemplo, no sólo eran verdaderos patriotas, sino que abogaban por la unidad del Estado. Ahora todo el mundo sale a la calle y declara lo que va a pasar. Esta denuncia contra el hombre moderno ya la había iniciado mucho antes Edmund Burke, y como sostiene Chesterton ahora ya no tiene presentes los recuerdos de su bisabuelo sino que se dedica a escribir una detallada y documentada biografía de su biznieto. Era en la novela futurista en donde Chesterton veía llegar el cambio. Así, frente a la novela de un Walter Scott, siempre dado a las aventuras de los caballeros del pasado aparecían escritores, como H.G. Wells que se dedicaban  a escribir sobre el futuro. Mientras Scott podía empezar su relato diciéndonos que dos hombres a caballo fueron vistos…Wells empezaría el suyo escribiéndonos que una noche de invierno dos aviadores serán vistos.

El culto al futuro vuelve a estallar con fuerza en las bancadas del Congreso con ocasión de la celebración de la toma de posesión del nuevo monarca Felipe VI, y sería una cobardía de la época. Sin embargo, lo que choca verdaderamente es que este reencuentro con la Historia que es una proclamación o una restauración monárquica, vaya a tener lugar fuera de toda ostentación o boato. Como dice Chesterton algunos barcos de guerra son tan hermosos como el mar. La carga de las Cruzadas era una carga hacia Dios, el salvaje consuelo del valiente. Además, este miedo a lo malo del pasado es a la vez un miedo al bien del pasado. Nos da miedo poder abarcar los demasiados hechos ardientes, demasiados duros heroísmos que no podemos imitar, demasiados grandes esfuerzos de gloria militar que nos parecen sublimes o patéticos.

Algunos desean compararse con Platón, con Isaias, con Shakespeare, Miguel Ángel, Napoleón, e inventan nuevos ideales porque no se atreven a poner en práctica los antiguos, salvo que salga una figura, que sale, que eche de menos la guillotina y dé al traste con toda esta teoría. Chesterton ha influído extraordinariamente en la historiografía actual y también en poetas como Octavio Paz, pues la idea de que toda revolución es una restauración viene de él. Es verdad, en Shakespeare domina la idea de un regreso a lo romano, y Robespierre y sus calendarios, Napoleón y los suyos adoptan como modelos a los generales antiguos y a una parafernalia imperial. La Reforma volvió a la Biblia y a los tiempos bíblicos. Ahora hay un regreso de los sans culottes de la toma del palacio de invierno, una vuelta a la simplicidad. Hay algo de patética en la tesis de hallarnos avanzando en los estados unidos de Europa cuando ya todos nuestros estados estaban unidos en la Edad Media.La Revolución es el único gran mito del presente, el único mito que nos queda si hacemos caso de José Luis Villacañas.

En relación a nuestra guerra civil se han producido controversias inauditas. Los vencedores no se han querido mostrar triunfantes, y han arrostrado una especie de culpa metafísica que recuerda a muchos personajes de Shakespeare, puede verse en ellos a Mcbeth desolado, mientras que los perdedores, no habiendo reconocido su derrota, creen todavía que la guerra se puede ganar. En algún sentido la guerra ha continuado después de Franco, ha continuado sin hechos heroicos, sin generales, sin medallas, pero sí con crímenes y con películas, y ahora continúa con la violencia en las calles, con los escraches. Para Chesterton los grandes ideales del pasado fracasaron no porque se haya sobrevivido a ellos, sino por no ser suficientemente vividos. La Humanidad no ha superado la Edad Media, más bien la Humanidad se ha retirado de la edad Media. Esto es sólo relativamente cierto, puesto que en una cultura como la norteamericana sí llevó a cabo una apoteósica epopeya de traslatio hacia el Edén en donde ciertos ideales caballerescos o guerreros mantuvieron a los norteamericanos en la idea de un espiritu de conquista que no tuvo ningún otro pueblo. Los americanos no tuvieron necesidad de superar la Edad Media, porque siempre se mantuvieron dentro de ella, algo que es perfectamente asequible observando el western, de ahí que sean tan admirables.
Thomas Carlyle, famoso por sus tesis sobre los héroes, hizo una historia de la Revolución francesa que habría que cotejar al lado de los libros de Alexis de Tocqueville. Carlyle se preguntaba cómo habían sido tan admirados Marat y Robespierre. 

Chesterton tiene una solución: habían sido admirados porque eran pobres, pobres cuando hubieran podido ser ricos. Los ingleses saben que una forma de combatir la corrupción es alcanzar previamente la riqueza, lo cual es cierto: es muy difícil hallar la corrupción entre la aristocracia inglesa, y algo de la aristocracia tuvo que pegárseles a los norteamericanos que iniciaron la independencia, como Hamilton, Madison,Washington, Jefferson et. al. El marxismo poco dado al conocimiento cabal de la Historia no pudo admitir que la mayor parte del campesinado fuera dueño de sus tierras antes de la Revolución, ni tampoco que una vez iniciada ésta la nobleza ya estaba en franca desaparición y muy mezclada con la burguesía. Dice Chesterton que el estadista inglés es sobornado para que no lo sobornen. Esto de que la pobreza sea peligrosa para un político se ha visto aquí, entre nosotros, muy a menudo, aunque no hemos sabido entenderlo, y no sólo para un político, también para jueces, y tutti cuanti. Se observa especialmente en líderes de movimientos populistas, salteadores de supermercados  y locas mediáticas.

Es un poco inquietante leerle a Chesterton qe somos menos democráticos que Danton o Condorcet e ,incluso, que Maria Antonieta. Los nobles más ricos antes de la Revolución eran personas de clase media baja comparados con Rothschild y Rosbery, y en asuntos de publicidad la vieja monarquía francesa era infinitamente más democrática que cualquiera de las monarquías de hoy. Prácticamente, el ejemplo es muy bueno, cualquier persona podía entrar en el palacio de Luis XV o Luis XVI y ver al rey jugando con sus hijos o haciéndose las uñas. Si lleváramos esto a la Corte de Carlos III o de Carlos IV nos quedaríamos por igual sorprendidos. Sólo Sofía Copola no puede entenderlo, de manera tal que su recensión de la reina no sólo carece de buen gusto, es que carece de Historia, y sentido común.

Lo que contemplamos hoy a nuestro alrededor es deprimente. Veo lo que viera Chesterton hace setenta años. El hombre quiere poseer condiciones, pero también estar parcialmente poseído por ellas. Las masas no pueden creer en la creación artística, lo reducen todo a una idea de la propiedad. Pero en el fondo Chesterton se opone a Burke. Nos aclara que el dios de los aristócratas no es la tradición sino la moda. Un verdadero aristócrata carece de costumbres, sólo tiene hábitos. Sólo la plebe tiene costumbres. Cotejar esto entre nosotros es arduo y complejo pues carecemos de aristócratas, carecemos de mansiones, de criados, de castillos., de fantasmas, de torres, de señoritas de compañía. Una aristocracia es siempre progresista. ¿Por qué se prolongan sus fiestas por las noches como vemos en una reciente película sobre Roma? Chesterton diría que es porque están tratando de vivir el mañana. Eso es algo que descubre Pepe Baena en su crítica de El saco del ogro. Fellini revelaba una decadencia, mientras que Sorrentino le devuelve la vida.

Comparto con Chesterton la idea de que si el pasado es comunal, el futuro debe ser individualista. Esto lo expresa muy bien Gambarnella, ese hombre que sale a pasearse la noche. En el pasado están todos los males de la democracia, la variedad, la violencia y la duda, pero el futuro es puro despotismo, puro capricho. Sé que yo ayer era un loco humano, pero mañana puedo ser fácilmente el superhombre.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.