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Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

Saturday, November 22, 2014

Pablo Iglesias, el boss

Antiguamente un fenómeno como el de Pablo Iglesias sería identificado como un fenómeno de convicción, no moral, lo cual lo comprendería a él mismo y a sus masas. El  boss, en la época de Weber vendría a ser el objeto de un sistema plebiscitario, un empresario político capitalista que reuniría votos por su cuenta y riesgo. Si bien, hoy podríamos renunciar en parte a esa figura, porque el líder de Podemos, aunque ha recaudado dineros de un modo superfluo e ingrato -muy buenas cantidades, por cierto- estaría más cerca de ese tipo de abogado, de politólogo, o tabernario, o cualquier otro negocio semejante, que también ha hecho de él un boss.

Como contratado en la Universidad forma parte de un estrambótico sistema que viene funcionando mal desde el 83 y que ahora se agrava con la ausencia de tribunales ad hoc, o la parafernalia de un I+D en donde sólo trabajan los amiguetes. Además, el boss ha tenido el coraje de acaudillar un movimiento -el del 15 M- que inmediatamente ha afilado los colmillos de la gente que quiere un lugar al sol. ¿Se le conoce algún artículo en algún periódico de importancia? No. ¿Ha escrito algún libro de pensamiento? No. Por el contrario,tiene todas las características de aquel  hombre del que hablaba Julio Camba, Orbaneja, quien tenía un discurso. En Londres Camba solía acudir a la plaza de Marble Arch, y allí comenzó a hacerse varias preguntas: ¿por qué no se deja hablar en España a la gente? Y luego añadía que todas las revoluciones han sido promovidas por hombres a los que no se les ha dejado colocar sus discursos. ¿Será ese el motivo por el cual en España, desde el mes de mayo, a Pablo Iglesias se le deja colocar todos sus discursos? Para él o falar non ten cancela. Pero, realmente ¿dice algo?

El partido de Iglesias, frente al historial político de otras democracias, no se ha visto necesitado de recurrir a las cuotas de los afiliados. Partido éste extraño, que tiene afiliados a los que les sale gratis vivir de la política, porque sin duda pronto muchos vivirán de la política, no para la política. Algo ha cambiado de entonces a hoy. Los grandes magnates financieros, en general, no han provisto a Podemos -aunque hay alguno y la investigación debería de continuar-, pero sí que le han proporcionado dinero los presidentes de gobierno, los Estados, otros partidos -¿por qué otros partidos?- y ahora mismo las grandes Instituciones europeas de los que tantos boss han surgido en las plebiscitarias de mayo. Pablo Iglesias, sin quererlo, se acaba de convertir en el hombre de los círculos capitalistas que financiarán las próximas elecciones, qué anacoluto.

Tiene, además, en la televisión, un socio gratuito, de modo que si Max Weber lo tuviera delante diría de él que es un hombre absolutamente gris. Deberíamos añadir algo sobre la relación entre Pablo Iglesias y la buena sociedad, pero nos encontraríamos con un problema: ya no hay una buena sociedad. Si la hubiese ella lo despreciaría. Weber diría que Iglesias sólo busca poder, y acaso porque es más que probable que lo que más le gusta a este ciudadano sea el dinero, algo que parecen desconocer todos los contertulios, los periodistas e, incluso, sus antagonistas políticos. 

A diferencia del otrora líder inglés, del gran orador, o del líder norteamericano, que gustaba de trabajar en la sombra, a éste nuevo jerarca no suele oírsele hablar en ninguna parte, como no sea en alguna cadena sextaria. Con más frecuencia les dice a los próximos lo que tienen que decir en los media, pero él mismo calla. Ha empezado por nombrar a sus dirigentes y constituir a sesenta y dos compas, que ya son el Ejecutivo del Partido y pronto cargos políticos en las próximas elecciones. Si a Weber le pusieran delante a este jocoso Saint Just, enseguida diría que carece de principios políticos firmes y de verdaderas convicciones, y que se pasa la vida preguntándose y preguntando cómo pueden conseguirse los votos que le llevarán a la Moncloa. No es raro que sea un hombre bastante inculto, pero en general su vida privada es correcta e irreprochable, si bien ya se le ha visto al novillero arrostrando alguna cogorza infame en el ruedo ibérico. En otro sentido el boss resulta tan enigmático como Howard Hughes, aquel millonario que dejaba todos los días frente a su bungalow un bocata envuelto en un papel. ¿Qué hacía Hughes saltando de un lugar a otro? ¿Qué hace Iglesias viajando tantas veces a ningures, a ninguna parte?

Dice Weber hablando de los políticos inanes que los boss pueden servir finalidades nacionales o humanitarias, sociales y éticas o culturales, seculares o religiosas, o sentirse arrebatados por una firme fe en el progreso, o rechazar firmemente esa clase de fe, pero lo que importa es que siempre ha de existir alguna fe. Cuando ésta falta incluso los éxitos políticos aparentemente más sólidos llevan sobre sí la maldición de la inanidad. Eso lo vimos en Zapatero, hombre insulso que creía que con sólo sus decisiones era posible arreglar todos los problemas del mundo, y lo vemos ahora en Rajoy, otro impertinente aguador que sube y baja del Sena cuarenta veces al día llevando a los vecinos el mismo lodazal con el que antiguamente los parisienses bebían el agua ponzoñosa del Sena, cocinaban la carne o fabricaban la cerveza.

Otra cosa parece clara: la gente reunida alrededor del boss y el mismo boss no pueden ocultar, por más que lo quieran, que desean hacer de la política una profesión, quizás porque ya han previsto que la profesión en la que han metido un pie, pero no los dos, es difícil, y hay que ser verdaderamente brillante y tener vocación para triunfar en ella, en la docencia, no en la investigación. Pero esto al boss no le llega porque el narcisismo es una enfermedad demasiado grande, demasiado incontrolable y muy práctica.

Dice Weber que vive de la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos, y vive para la política quien no se halla en este caso. Hace poco vimos cómo el grueso de la clase política que entró en la UPyD lo hacía por intereses espúreos, mientras que unos pocos, justamente los disidentes expulsados, lo habían hecho para dedicarse a ella. Y justamente aquellos que eran económicamente libres. La mayor parte de los profesionales del Psoe y del PP carecen de profesión y en poco tiempo no podrán volver a ninguna porque no la tienen. Los chicos de Podemos, tan riquiños ellos, van a entrar en política para servirse de ella, pues la mayoría también carece de profesión, y esto sí que es un problema. Plenamente libre, dice Weber, es solamente el rentista. Ni el obrero ni el empresario son libres en este sentido. Cierto que un siglo después debemos reconocer a los profesionales liberales como libres, y si miramos con atención los cargos públicos concluiríamos para nuestro espanto que se trata de una minoría.

El reciente mensaje de Podemos, que su alternativa es una propuesta de exclusión del bipartidismo, es una sandez: dejaremos el bipartidismo, pero tendremos tripartidismo y, si cabe, cuatripartidismo, de modo que cuando sostienen que van a acabar con el Régimen están queriéndonos decir que lo van a cambiar por otro mejor. Régimen lo hay en Andalucía en donde la dirección política no ha cambiado en los últimos treinta años, o en Cataluña, en donde mandan los mismos en igual periodo de tiempo, o en aquellos otros países en donde el Régimen se sustenta en el crimen político.

La política ha sido históricamente una profesión de demagogos. El demagogo abrevaba en los calderos de la abogacía, y esta vez da la impresión de que los abogados van a ser aherrojados por los politólogos o, dicho de otra manera, por un grupo de penenes cuyos cencerros los mueve el  boss de un Departamento. Cabe la duda de si Pablo Iglesias es un profesor, un periodista, o un agitador de nuevo cuño como representante más notable de la figura del demagogo actual, quizás una combinación de todas. En los media al menos se ha representado como un gran periodista de sí mismo. Comparte con todos los demagogos el destino de escapar a toda clasificación social precisa. Insisto, si Weber lo viese de frente diría de él que pertenece a una especie de casta paria que la sociedad juzga siempre de acuerdo con el comportamiento de sus miembros moralmente peores. En su favor, acaba de reconocer que el poder se lo tiene que ganar, que encontrarse de nuevo con otras Ana Pastor que le midan el ego, sería fatal para él.

Pablo Iglesias es el único político que se percató de la necesidad de transformarse en “periodista” en la medida en que lo hizo Maquiavelo cuando, en un sorprendente e imaginario coloquio con Montesquieu, escrito magistralmente por Maurice Joly, resaltó la necesidad de estar presente en todos los medios y a todas las horas para someter a la sociedad entera a su antojo -¿a sus antojos?-. Hace muchos años, en la época en la que Weber era joven, se les preguntaba a los obreros norteamericanos por qué se dejaban gobernar por políticos a los que decían despreciar, y ellos respondían: preferimos tener como funcionarios a gentes a las que escupimos, que crear una casta de funcionarios que escupa sobre nosotros. Bueno, la vida da muchas vueltas, lo malo es que la política no muchas.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, November 15, 2014

Barthes y el pretérito indefinido

Me pregunto qué me hizo elegir el pretérito perfecto y no el indefinido cuando hace ya tiempo me preocupó la modalidad del verbo para construir relatos, como si inconscientemente deseara que Barthes nos hubiera escrito algo sobre el pretérito perfecto. En realidad, todo su sistema teórico acerca de la novela y de su aparición en el XIX descansó sobre el pretérito indefinido. Este asunto no preocupa mucho a nadie, ni siquiera a los especialistas, pero una vez más el ojo clínico de aquel gran crítico roza lo sublime al revelarnos cuestiones que parecen más propias de un poeta que de un maestro de la literatura.  (cfr. http://juanles.blogspot.com.es/2010/05/el-preterito-perfecto.html).

Al comienzo de aquel soberbio siglo –y quizá lo señale así por mantener un pie en el pasado y otro estirándose hacia el futuro- los géneros se multiplican y se delatan en varias direcciones, pero ninguno muestra un mayor énfasis que el género de la novela, como si ésta tuviera que ser por fuerza la forma en que la burguesía se dio un sentido que, hasta entonces, no había conseguido asentar. De hecho, las novelas que se habían escrito antes se conciben como cartas que los personajes se escriben entre sí, mientras que todo cambia cuando el narrador elige acreditarse como historiador, pues los historiadores de hecho no escriben historia, de modo que en Las afinidades electivas podemos observar una dificultad de adaptación: para Goethe el pretérito indefinido supone una dificultad, lo mismo que para Manzoni La columna infame puede leerse más como un gran reportaje histórico sobre unos acontecimientos ocurridos doscientos años antes, en 1630, que como una novela en la que lo real desplaza lo ficticio, tal y como hoy observaríamos en alguna narración moderna. Por otra parte, resultaría imposible tratar de indagar el significado de la relación entre el pretérito indefinido y la burguesía si no nos dispusiéramos a abordar igualmente el puente de mando del realismo y la novela en esos procelosos años en donde tienen lugar miles de cambios, nuevas revoluciones sociales, la aparición del telégrafo y el nuevo modo de locomoción que es el tren, el manifiesto comunista de Marx y Engels del 48, y la celebración del 1 de mayo desde 1886. Al fin la novela comienza practicar una Historia por medio del análisis.

Dice Barthes algo acerca del pretérito indefinido que me parece singular: ya no está encargado de expresar un tiempo, de modo que con él lo que se manifiesta es un tiempo verbal puro, lo cual significa que al sostener el equívoco entre temporalidad y causalidad todos los tiempos vividos aparecen superpuestos. El verbo ahora se compromete a conjugar todas las acciones de un modo dirigido, y a transformarse en un signo algebraico. Ahora quien se oculta detrás de un relato es un demiurgo, da igual que sea dios o que sea un recitante. La novela, por fin, se transforma en un recuerdo, y el narrador se parece a alguien que poco después de Homero  puede sostener y sostiene que estuvo allí. Ahora todas las novelas empiezan por hacer una descripción fotográfica del telos en donde van a comenzar a describirse las acciones y las psicologías, los ethos y las intimidades. Todo empieza por un campanario, una plaza, unas casas, unos tejados. A veces el personaje es un actor real, por ejemplo, Napoleón, y ahí es donde el narrador reclama las glorias de la Historia, es como si nos dijera que entre la historia que nos va a contar y la Historia en la que se sustenta, hay un enlace incontestable, cierto, un absoluto. ¡Eh! ¿Dónde os halláis, historiadores? De ahí que sea tan fácil encontrar entre estas novelas el género de la novela histórica a la manera en que hoy se entendería ese significado. Si se le da la vuelta a los acontecimientos nos encontramos en La Comedia Humana de Balzac , un retrato de la época absolutamente histórico, puesto que quedan por encima del tiempo como episodios completos que pueden acreditar burgueses de toda condición. (cfr. http://juanles.blogspot.com.es/2013/11/el-arte-por-el-arte.html).

Gracias al pretérito indefinido, dice Barthes, la realidad no es absurda ni misteriosa, es clara, casi familiar. Al fin, la novela es ya un género que produce un orden, un espacio de libertad que el narrador describe coerentemente, todo tiene un sentido. El pasado ya no pesa, aunque las cosas habían comenzado a gestarse antes, con Choderlos de Laclos, con Sade, ahí ya el pretérito indefinido quiere sacar la cabeza igual que un recién nacido, como si la parturienta fuera su notario.

El pretérito indefinido, pues, muestra un compromiso notarial con el pasado, dado que el pasado había sido despeñado en un abismo. Algunos ingleses hacen igual, por ejemplo cuando Makepeace Thackeray elige el género histórico para señalar la tragedia de Barry Lyndon, cuyos hechos habían sucedido sesenta años antes. A este pasado narrativo le llama Barthes un sistema de seguridad de las Bellas-Letras, de modo que ahora el escritor y la sociedad forman una pareja singular: ambos se necesitan y ambos se justifican. Una sociedad sin escritores sería vana y un escritor sin sociedad sería como la nada, extraña pertinencia puesto que Balzac se queja de que esta clase no los protege, no sabe nada de mecenazgos. La burguesía ha sustituido a la nobleza y a la aristocracia y no sabe que el Arte se paga. Quizá lo que les salva es, simplemente, una forma, es el pretérito indefinido. Con el periodismo se mueren, pero con la novela se sobrevive, más aún si se trata de un feuilliton, de unos Miserables.

La tesis de Barthes es ejemplar, se trata de uno de los razonamientos más brillantes que se hayan hecho jamás sobre la realidad y la ficción: ¿qué tiene de útil y de intolerable el pretérito indefinido? Se trata de una mentira manifestada; marca el campo de una verosimilitud que develaría lo posible en el mismo momento en que lo designaría como falso. En definitiva esta burguesía necesitaba un instrumento de justificación de sus actos, unacta de posesión, dice, sobre su pasado y su posible. La burguesía, entonces, hallaría en la novela lo que otras clases alcanzarían por otros medios, por otras artes. El pretérito indefinido indica el tono de lo bello, de la belleza. A través del pretérito indefinido el relato puede trasladarse de la ficción a la realidad, y de la realidad a la ficción. Así el verbo recuperaría cierta mitología de lo universal. LO que caracteriza lo universal es el juego de la apariencia. La apariencia, como ya demostraría después Nietzsche en su Gaya Ciencia, es lo real y a la vez es lo simbólico. Esta burguesía está necesitada de símbolos de valores. Todas las novelas del realismo francés del XIX empiezan por la expresión de los valores, y toda historia por un topos. Lo que aman estos escritores es la provincia, la ciudad de provincias. El siglo es provinciano, y París una rareza que sólo interesa a Hugo y, excepcionalmente, a Balzac.

Esta modalidad no podría subsistir sin la tercera persona, Él. Por ese motivo Barthes echa mano de un ejemplo que es una ironía: Agatha Christie, para ocultar a sus asesinos, los enuncia en un “yo” que hace insostenible al lector hurgar en las causas y en sus relaciones. Él nunca está, se ha comido la tercera persona, es decir el eje sobre el que ha basculado toda la novelística del XIX. Y aunque este Él sea un fake nada ni nadie podría prescindir de Él para hacer creíble ninguna ficción. Pienso en von Aschenbach. Siempre tan lejano, tan inalcanzable. Dice Barthes que el yo es menos ambiguo y por ello menos novelístico. Sólo Proust consiguió romper estas amarras del verbo. Ese yo de Proust es homólogo, pero no es análogo, ¡vaya distinción! Además, en Proust hay un problema de nombres, pues los nombres designan e, incluso, lo designan todo completamente. Ese yo es casi un Él. En cambio, el Él de Balzac es el Él de César, un distanciamiento. Es asombroso leer a César hablando de sí a través de Él, y es asombroso ver que a Balzac le gusta ese sistema, experiencia existencial le llama Barthes: de esta manera no hay una historia balzaciana anterior a la historia de cada persona de la novela balzaciana.

Barthes acaba su discurso arrojándonos una reflexión que nos interioriza: la novela es una Muerte, dice, porque transforma la vida en destino, el recuerdo en un acto útil, y la duración en un tiempo dirigido y significativo. Al echar mano del pretérito indefinido el narrador confiesa indirectamente que ha llegado al final del camino, que ha alcanzado su destino; el viaje ha terminado. Vivir no es otra cosa que una experiencia viajera; partimos de un lugar para llegar a otro, y en medio sucedió esto, sucedió lo otro. Cuando alcanzas tu destino evidentemente lo más claro es lo que recuerdas, y el acto mismo de contarlo introduce a tu viaje un sentido. En ese sentido es en donde se puede comprender la frase. Al tiempo, alcanzar el final del viaje lo convierte todo en un retorno, y ese retorno es la forma pretérita e indefinida. Así, concluye, el escritor señala la máscara que lleva, la persona que fue.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, November 08, 2014

Mito e Ilustración, dialéctica o aporía

Resulta paradójico observar que Horkheimer y Adorno volvieran tantos años después de su exilio a fundamentar el viejo Instituto de Investigación Social, toda vez que su origen -Pollock y Weill- había tenido una dirección marxista en Frankfurt, y siendo que ambos habían publicado mucho antes, en 1947 su famosa crítica de la Ilustración, Dialéctica de la Ilustración, de la que tanta gente habla, pero pocos han leído. Desgraciadamente ambos murieron  al poco de regresar a su vieja Universidad en 1969, lo que me inclina a pensar que probablemente habría habido una tercera edición del texto. La opinión de Juan José Sánchez, antólogo de la edición de Trotta, es que el texto configura desde los años 70 una corriente de pensamiento crítico de signo conservador que llega a nuestros días. No comparto esta tesis. Sólo desde una perspectiva marxista y, especialmente, mitológica, se hizo posible darle la vuelta al calcetín. Quizás somos nosotros quienes deberíamos modificar nuestras opiniones acerca del alcance metalingüístico de la Escuela de Frankfurt.

Al comienzo del mismo nos adelantan los objetivos que pretendían alcanzar con su escritura: comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano se hunde en un nuevo género de barbarie. Pollock había visitado la URSS en 1927/28, y al regresar a Frankfurt intentó establecer un puente teórico entre el capitalismo de Estado que estudió en su visita a Moscú, y el liberalismo capitalista de los países occidentales, muy mermados tras la terrible conflagración del 14-18, y la crisis del 29. Es muy difícil hablar de la Ilustración, de la Enciclopedia, de Diderot, D´Holbach, Grim, Rousseau, Hamann, Lessing, Hume, y tutti cuanti sin precisar de nuevo un texto “dialéctico”, poco apreciado por nuestros marxistas, o los de otras partes que viven de los dientes de Cadmo esparcidos por doquier desde Marx a Fioravanti o Harnecker, Marcuse o como si no hubieran existido los campos de exterminio o no existiesen todavía.

En esta segunda lectura observé la importancia de ciertos referentes literarios que justifican el contenido del texto, de Sade a Nietzsche, de Espinoza a Kant y, especialmente, alguna obra en concreto que me animaría a releer la Justine de Sade o la Crítica de la razón pura de Kant, Weber, Freud o La Odisea. La relación con el mito es importante. Tengamos en cuenta que los autores consideran quebrada la civilización burguesa, y cuestionable el sentido mismo de la ciencia. Ahora me llama la atención, al poco de iniciar esta lectura la frase “lo que los férreos fascistas hipócritamente elogian y los dóciles expertos en humanidad ingenuamente practican, la incesante autodestrucción de la Ilustración, obliga al pensamiento a prohibirse incluso la más mínima ingenuidad respecto a los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo.

En general se olvida que antes que Adorno y Horkheimer filósofos como Burke, Tocqueville o  Maistre fueron pesimistas con el horizonte, oscuro, que abría la Ilustración. Si fuera tan cierta la proclama de Kant acerca de que la Ilustración suponía que el hombre, al fin, había alcanzado la mayoría de edad, no nos habría sorprendido tanto el deseo de dominación ya incubado desde que Maquiavelo y De la Boetie lo definiesen en el s. XVI con tanta fortuna. Pero si hablamos de Ilustración habremos de hacerlo también de la locura política que se abre con ella. ¿Por qué sostienen, si no, los autores de esta Dialéctica que los hombres son privados mediante los mecanismos de censura, externos o introyectados en su interior, de los medios necesarios para resistir? Más que cualquier otra texto el libro que realmente condiciona las expectativas de los revolucionarios del 89 es El contrato social, de Rousseau, quien nunca conocerá sus resultados al morir bastante antes. Nuestro libro nos habla de la autodestrucción de la Ilustración. Trágica contradicción, pues de un lado la libertad es inseparable del pensamiento ilustrado, y a la vez conlleva el germen de una regresión. En la primera edición la palabra era perversión. Al no asumir su primigenia forma regresiva la Ilustración estaba ya asumiendo su propia condena.

Este asunto es trasladable a nuestra época, pues desde la corrección del texto sólo han pasado 45 años, y el populismo regresa con violencia. La frase de los autores es impecablemente analógica: ”en la enigmática disposición de las masas técnicamente educadas a caer en el hechizo de cualquier despotismo, en su afinidad autodestructora con la paranoia populista; en todo este incomprendido absurdo se revela la debilidad de la comprensión teórica actual”. Recordemos que cuando Horkheimer y Adorno regresan a Europa el marxismo adopta nuevas formas de penetración en la sociedad por la vía maoísta. Gentes tan aparentemente lúcidas como Sartre, Chomsky, Russell, se inclinan fácilmente hacia un populismo de extrema izquierda y acosan a los únicos intelectuales ciertos del momento, como Aron, Revel, et.al. Y algo más adelante: “la impotencia y ductilidad de las masas crecen con los bienes que se les otorga”.

El moi-même, el yo libertador, que sale de la Revolución es un falso triunfo del individualismo. La novela burguesa del XIX instauraría la prepotencia de un pretérito indefinido que Barthes encumbró en su Grado cero de la escritura, pero lo cierto, sin embargo, es que el artista es absorbido por la masa y transformado en hombre masa en cuanto la figura modélica del protector lo deja tirado a la intemperie. Baudelaire no puede soportar esta nueva situación. La Ilustración no ha cumplido sus esperanzas, tampoco las de Lucien que quiere triunfar en París como periodista; sólo Chateaubriand o Hugo sobreviven, el uno aristócrata, el otro burgués. Cien largos y desolados años para el socialismo, antes de que irrumpa la debacle y la muerte, la nueva barbarie. Dicen Adorno y Horkheimer que en las condiciones actuales incluso los bienes materiales se convierten en elementos de desdicha. Sus tesis se oponen a la visión idílica que Barthes nos dio de las láminas sin miedo de la Enciclopedie.

Pero no avancemos sin que nos digan previamente qué era, qué es la Ilustración. La Ilustración había perseguido el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores, pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad. Para ellos los ilustrados pretendían disolver los mitos y derrocar la imaginación mediante la ciencia. Esto es sólo en parte cierto, pues Addison, Burke, el propio Rousseau (tan enemigo de la política), Schiller, Goethe, incluso Kant, hacen ofrendas a la dialéctica de la imaginación. La belleza, alejada de los parámetros del Renacimiento, impone sus originales criterios que anuncian un estallido diferenciado de la Ilustración, el Romanticismo, que era más bien una vuelta a la naturaleza, al buen gusto, a las oscuridades del gótico y los siniestros fantasmas de la Edad Media. ¿No nos avisaba, acaso, el romanticismo de esta autodestrucción de la Ilustración. Adorno y Horkheimer se paran poco en esta estación y prefieren acogerse a los tres grandes ejecutores de la Ilustración: Kant, que cambia de dirección, Sade y Nietzsche.

Otra de las grandezas del texto consiste en vincular la Ilustración con el origen de la mitología, pues el mito solar, patriarcal, es ya Ilustración, hasta el punto de que ahora la propia mitología ha puesto en marcha el proceso sin fin de la Ilustración, demoledora de ser sólo una creencia hasta que también los conceptos de espíritu en el cual toda determinada concepción teórica cae con inevitable necesidad bajo la crítica, de verdad e, incluso, de Ilustración, quedan reducidos a magia animista, y lo que es significativo y fractal: todo el material lo recibe de los mitos para destruirlo, pero en cuanto juez cae en el hechizo mítico.Quiere escapar al proceso de destino y venganza ejerciendo ella misma venganza sobre dicho proceso. Es verdad que en los mitos todo cuanto sucede ha de pagar por haber sucedido. Así rige también en la Ilustración: el hecho queda aniquilado apenas ha sucedido. En el mito hay ya un momento de Ilustración: los mitos, dice Horkheimer en su parte, querían narrar, nombrar, contar el origen, y por tanto explicar. El proceso de Ilustración es un proceso de desencantamiento del mundo que se revela como un proceso de progresiva racionalización, abstracción y reducción de la entera realidad al sujeto bajo el signo del dominio, del poder. Aquel deseo fáustico de las Ilustración de dominar la naturaleza ha llevado consigo, paradójicamente, el dominio de la naturaleza sobre los hombres. Nietzsche lo contó muy bien: aquel que por su saber precipita la naturaleza en el abismo de la nada, debe atenerse también a experimentar por sí mismo los efectos de la disolución de la naturaleza. La sabiduría es un crimen contra ella.

Cabe todavía alguna maldad más, y es que en la Ilustración el proceso está decidido de antemano. Lo hemos visto en todas las revoluciones posteriores. Lo vemos todavía hoy. Por eso la Ilustración es totalitaria, nos dicen nuestros profesores. Su falsedad no radica en la crítica vertida por los románticos: método analítico, reducción a los elementos, descomposición mediante la reflexión, sino en ese determinismo hegeliano que apuesta por Creonte antes que por Antígona. El paralelismo que establecen entre Odiseo y la burguesía puede perfectamente trasladarse al espíritu de la servidumbre voluntaria de quienes votan ahora míticamente a sus dirigentes populistas. La plebe, que no oye nada, como les ocurría a los compañeros de Odiseo, reproducen con su propia vida la vida de sus opresores, que ya no pueden liberarse de su rol revolucionario. La epopeya homérica, dicen, contiene ya la teoría correcta. El patrimonio cultural se halla en exacta relación con el trabajo forzado y ambos tienen su fundamento en la inevitable coerción hacia el dominio social sobre la naturaleza. En la nave de Odiseo, al pasar frente a las sirenas, hay ya una alegoría premonitoria de la dialéctica de la Ilustración.

Antes de que el teatro en Grecia se convierta en el psicoanálisis de la sociedad prealfabética, Homero, al adueñarse de los mitos, entraría en contradicción con ellos, pues siempre la intervención de la razón mata al mito, lo único verdaderamente sagrado y humano, demasiado humano. Nietzsche lo vio a su manera cuando se enceló de antisocratismo. Amaba los mitos y por eso creó Zaratustra, el nuevo dios de la contemporaneidad que se opone a toda dialéctica y a toda Ilustración. Donde hay peligro crece lo que nos salva, decía Holderlin poco después. Las aventuras de Odiseo son peligrosas, tentaciones que tienden a desviar al sí mismo de la senda de su órbita. Su ethos consiste precisamente en experimentar lo múltiple, lo que distrae y disuelve, aquel que se entrega más temerariamente a la amenaza de la muerte, con la que se hace duro y fuerte para la vida.

La recaída de la Ilustración en mitología es la recaída del espíritu que emergió con ella bajo el dominio ciego de la naturaleza. El problema es cuando todo este material se convierte en un material de dominio. A partir de la Ilustración el Estado tratará a los hombres como cosas. Antiguamente sólo los pobres y los salvajes se hallaban expuestos al capitalismo más feroz, pero el orden totalitario pone al pensamiento calculador en posesión de todos sus derechos. Aquí citan a Maquiavelo: “volved ateos y amorales a los pueblos que queréis subyugar: mientras no adore a más Dios que a vos no tendrán más costumbres que las vuestras, seréis siempre su soberano. Ahora bien, dejadle la más amplia facultad del crimen sobre sí mismo; no le castiguéis jamás, a no ser que sus dardos vayan dirigidos contra vos”.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, November 01, 2014

Barry Lyndon y el regreso de los arbitristas

Resulta divertido considerar que nuestra economía de hoy, tan dada al fraude y a la rapiña, pueda parecerse tanto a aquella economía precapitalista y preburguesa que fue en el s. XVII una economía de gasto, como resaltaba Sombart en un libro singular focalizado en el burgués. Ahora con tantos capciosos acumuladores de capital, en donde paradójicamente los empresarios son escasos mientras los políticos y los sindicalistas son mayoría es sencillo buscar un paradigma del arribista fulero, o del que vive de dar consejos a las naciones, esos arbitristas que llegan cual Barry Lyndon, que entran en las fiestas sin ser previamente invitados, que carecen de escrúpulos, y que a la manera de muchos hombres del XVII y XVIII tratan de llenarse el bolsillo a manos llenas. Pero vayamos por partes.

Barry Lyndon nos viene enseguida a la memoria gracias a la novela de William Makepeace Thackeray y de la adaptación formidable de Stanley Kubrick. Al juzgar al personaje el escritor inglés J.P. Donleavy escribió lo que sigue: y en estos planificados tiempos nuestros, a medida que a los bribones se les achica el espacio vital y los cerebros menguan con las exigencias de la vida social, resulta muy agradable recrearse en escenas en las que un fulano altanero encuentra su merecido en la punta de un estoque y las ofensas se pagan, ¡qué delicia! con una mutilación inmediata. Cuando la gente de peso que lo es precisamente por no tener ninguno, permanece atrapada en anónimas plataformas a las que se ha puesto un motor, es un motivo de alegría que alguien se yerga sobre sus dos piernas y se proclame descendiente de los reyes de Irlanda, y que la fama de sus hazañas se susurre de un extremo a otro de Europa. Pues los sinvergüenzas empiezan a escasear de mala manera. ¡Y qué pena...! Porque siempre han sido ocasión de consuelo para los gazmoños, a quienes han dado no pocos motivos de presunción en sus bien calculadas vidas. Haciéndoles observar y solazarse. Mientras, con una encantadora despreocupación, nuestro pícaro trama su propia, grandiosa destrucción, y se sume, dormido, en una fosa común. Para Donleavy es evidente que los bribones cumplen una función en la sociedad –ese es el caso de Barry- se hacen con nuestros bienes –joyas y esposas incluidos- y acaban por consolarnos en nuestra desesperación. Si no fuera por ellos el mundo adquiriría una cierta sordidez (hasta aquí la broma de Donleavy).

El problema, claro, es que nuestros Barry Lyndon han sido durante toda la transición y, todavía hoy, fulanos a los que nada les ha interesado la aventura del engaño, el uso de la doble identidad, la seducción de las mujeres más bellas que hayan ido encontrando por el camino, el riesgo de cambiarse de ejército en medio del fragor de la batalla, o el valor de asumir la condición de espías de una gran nación; no, han acometido las empresas más falaces bien pertrechados en el escudo de la militancia, en la representación de las instituciones, cuando no en el robo más siniestro bajo la insignia de la protección del Estado. Ahora hay algún Barry Lyndon que entra en la prisión, pero ello no supone ninguna seguridad para que no surjan nuevos Barry´s, nuevos arribistas que quieran completar el paradigma apelando a técnicas de soslayo no menos peligrosas y destructivas, nuestros nuevos tontinos.

La pasión por el dinero ya se manifestó en aquellos años de los primeros negocios y el primer comercio. La cosa resultó tan admirable que a menudo se cita la llamada fiebre de los tulipanes en Holanda para entender esta locura que Defoe explicará muy bien en unos de sus brillantes ensayos a comienzos del siglo. La fiebre del tulipán puede verse también como un paradigma de la primera manifestación de aquella locura, y no sólo porque fuera la primera fiebre especulativa a gran escala, sino por el objeto mismo en el que fue a recaer la pasión del juego. Más tarde pasaron a ser las acciones el objeto típico. Poco antes se había creado el banco Law en Francia y la Compañía de los Mares del Sur en Inglaterra, coincidiendo precisamente con la publicación de las primeras grandes novelas de Defoe.

En An Essay Upon Proyects Defoe señala su época la era de los proyectos e indicaba que el arte o misterio de proyectar comenzó a surgir en el mundo. Aquello era el arbitrismo, pero el autor de Robinson Crusoe y, especialmente, de Diario del año de la peste, daba directamente en la diana al concluir que hay personas demasiado astutas para convertirse en auténticos criminales en su desenfrenada carrera en pos del oro. Estas se dedican a inventar ciertas formas oscuras de tretas y engañifas, un modo de robar tan reprobable como otro cualquiera o, incluso, más, ya que bajo hermosos pretextos inducen a gentes honradas a soltar su dinero y ponerse de su parte, para desaparecer después tras la cortina de un refugio seguro, burlándose de la honestidad y de las leyes -preferentes, Cajas, 3%-. Defoe creía equivocadamente que los ingleses habían sido más fecundos en invenciones y recursos que los franceses, pero Ch. Normand en La bourgeoisie française au XVII siècle (1908) desmiente este equívoco en un pasaje demoledor que, a la vez, nos trae fáciles comparaciones con estos años protestantes de la política española. Lo cual podría hacernos pensar que al fin ha llegado la Reforma hasta nuestros lares. Veamos:

Los arbitristas, los donneurs d´avis, pululan por las calles parisinas. Los vemos a las diez a la puerta del palacio de la Place du Change: parlotean sin descanso. La mayor parte son pobres diablos que no poseen siquiera una capa, lo que les degrada implacablemente, pero sí mucha fe. Se introducen en las antesalas, desgastan con sus pisadas los umbrales de las oficinas del Estado, y mantienen misteriosas conversaciones con damas galantes. Su hoy es miserable, su mañana está lleno de luz y de promesas (se les ve venir, podría añadir Ch. Normand). Ese mañana suyo les traerá el famoso millón. Son inteligentes, más fantasiosos que juiciosos. A menudo aparecen con ideas infantiles, bizarras, grotescas, extraordinarias, cuyas consecuencias desarrollan, sin embargo con precisión matemática. El consejo que proporcionan (avis) es la idea del día; por la participación de ese consejo, por la venta de su idea, perciben una determinada remuneración. El droit d´avis. Algunos tienen ideas maravillosas que les hacen ricos (como por ejemplo, Henry de Tonti, el inventor de las sociedades tontinas. Moliere describió perfectamente en Le facheux a estos tipos, a estos tontinos. Todo ya está escrito pero, ya se sabe, Moliere no es estudiado en nuestros colegios ni en nuestras Universidades.

Dice Weber que el capitalismo ha tenido que imponerse en una lucha difícil contra un mundo de adversarios poderosos, a los que ahora se añaden nuestros nuevos Barry Lyndon, nuestros ladrones y cajistas particulares, nuestros tontinos, y sus siguientes palabras parecen retratarnos con saña: precisamente la falta más absoluta de escrúpulos cuando se trata de imponer el propio interés en la ganancia de dinero es una característica peculiar de aquellos países cuyo desenvolvimiento burgués capitalista aparece retrasado en relación a la medida de la evolución del capitalismo en Occidente. En contra de lo se cree, el capitalismo –Weber- debería considerarse como el freno de este impulso irracional lucrativo: dentro de una ordenación capitalista de la economía, todo esfuerzo individual no enderezado a la probabilidad de conseguir una rentabilidad está condenado al fracaso.

Cuando acaba sus memorias, Barry Lyndon reconoce que la mano de la muerte interrumpió al ingenioso autor poco después de haberse puesto a recopilarlas cuando llevaba ya catorce años viviendo en la prisión de Fleet, donde el registro oficial declara que murió de delirium tremens. Su madre alcanzó una edad prodigiosa y quienes habitaron entonces en aquel lugar recuerdan con exactitud las riñas diarias entre la madre y el hijo, hasta que éste, alcoholizado, cayó en un estado de imbecilidad. Su madre lo cuidaba como a un bebé, pues lloraba si le quitaban su imprescindible vaso de aguardiente.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

Saturday, October 25, 2014

La noche oscura de Georges de La Tour

Cuenta Pascal Quignard que el siglo XVII tuvo un comienzo vinculado a la luz y a las tinieblas. Al parecer el doctor Duret, el médico del rey Enrique IV más célebre de su época, se le antojó que el fuego le perjudicaba. Así, echaba agua en las chimeneas cuando veía ascuas en ellas. Temblaba ante las velas. Así empieza Quignard su particular y, por cierto, grandiosa monografía de Georges de La Tour, pintor menos famoso que Vermeer, Velázquez o Rembrandt, pero en absoluto inferior a ellos. En ese comienzo del XVII coinciden dos grandes luminarias: los oficios de tinieblas de la música barroca y las velas de las telas de La Tour. No veo otra manera mejor de entrar en el siglo XVII que empezar por disfrutar y alentar estas llamas que surgen del pincel de este pintor desclasado, que ha huido del ruido de la fama y prefiere instalarse en el interior de su alma dándose a sí mismo un escenario en donde el Verbo ha sido ocupado por el silencio.

De una manera indirecta, inconsciente casi, el tema del moi-même se resiste a salir una vez más de este escondrijo en donde reina y persiste desde hace más de dos años. Jeremías es traído en estos oficios y en medio de estas velas como es suscitado también el verso ineludible del español San Juan de la Cruz. Es curioso que el siglo XVII sea menos considerado que los siguientes o que el anterior, siendo el siglo de la ciencia y el del nacimiento de la liberalidad. Además se olvida que su primera mitad estuvo marcada por la aparición de una inmensa ola de religiosidad. En Francia las guerras de religión se están acabando, y la Contrarreforma aspira a restaurar el viejo cristianismo de los primeros tiempos, la idea de la recuperación de una piedad sobrenatural. Quignard recurre a Racine para quien la tragedia debe expresar esa tristeza majestuosa que constituye su encanto. Cuenta Racine que su padre, un día que había llevado a La Fontaine al Oficio de Tinieblas, y viendo que el joven se aburría escuchando los cantos en la penumbra, le tendió la biblia abierta por la página de la Plegaria de los judíos de Baruch. Desde entonces La Fontaine vivió sobrecogido por Baruch y preguntaba a todo el mundo si conocían a Baruch, el secretario de Jeremías.

Para Quignard, La Tour fue uno de los últimos genios del Renacimiento: se enfrentó al barroco sensual de Vouet y al clasicismo humanista de Poussin. Mirar un cuadro todavía consiste para él en el significado originario de la mirada: orar ante la imagen dolorosa. En este sentido todas sus telas vendrían a ser variaciones sobre el crucifijo en el que Dios está clavado la noche del sábado santo. Parece correcto que las telas de La Tour sean aquí comparadas con los Oficios de Tinieblas. Hoy este Oficio ha cambiado mucho y ha perdido el dramatismo y la singularidad que conoció en aquel siglo extraordinario. De La Tour conocía bien el sentido de los salmos y de las lamentaciones que oficiaban la liturgia de la muerte de Cristo y su resurrección. Entonces el silencio era la Pasión del silencio, y el Tenebrario tenía un profundo sentido: 15 velas, once para los apóstoles huidos, y cuatro para las tres Marías y la Virgen María. Me guió en tinieblas, sin luz me hizo andar; consumió mi carne y mi piel; ciñó de fatiga mi frente; me hizo habitar en las tinieblas, entre los muertos de antaño; Jeremías. Si esto estaba siendo posible era porque Jansen había conseguido crear un puente entre los protestantes y los católicos. Después de Enrique IV, el rey más querido por los franceses, cuya cabeza por cierto no ha parado de saltar de cementerio en cementerio hasta el día de hoy, se hizo en Francia una cierta paz que permitió a artistas como La Tour poseer una religiosidad tan evangélica como bíblica.

Pierre Nicole decía que las imágenes piadosas, en forma de fantasmas, debían ser oraciones mentales que uniesen indisolublemente con Dios. De La Tour no solía intitular sus telas, pero todas nos hablan de Magdalena y de sus pensamientos, de cráneos y de muerte, toda vez que esta mujer grandiosa vive de la tradición de haber estado poseída por los siete demonios. Escribe Quignard que donde Magdalena esperaba hallar los rasgos de su rostro, encuentra el mundo de los muertos, y su silencio. Todos los personajes de George de la Tour están inmóviles, divididos entre la noche en que se alzan y el resplandor que los ilumina parcialmente. Sin quererlo el pintor nos resuelve un problema de estética: ¿qué es la belleza? Más allá de nuestros manipulados sentimientos, pervertidos por un mal uso del lenguaje, por una mala injerencia de los media, la belleza la observo en esta Magdalena aquietada por sus pensamientos que ni nos mira ni mira los reflejos de la calavera que envuelve con sus manos como si esa estructura ósea fuera una joya ineluctable. La belleza nos dice que un rostro debe estar incompleto para ser cierto. Un técnico del arte hallará significados a todas las partes del cuadro, a las velas, al espejo, a las piernas de la mujer, sus manos, la barroca oscuridad del fondo o de la parte inferior del cuadro, pero Quignard no pierde el tiempo en tratar sus significaciones, ya que la significación no puede reducirse a los sentidos. Un solo sentido canoniza la imagen que tenemos delante. La Magdalena penitente atraviesa el tiempo y está ahí como si estuviera realmente ahí, tanto como un presente pasado, que se diluye, como un presente-presente que nos abruma, y un presente futuro que no nos olvida, que nos secuestra.


Sostiene Quignard frente a un san Jerónimo penitente que sus personajes se ven sorprendidos en el éxtasis, sorprendidos en el estupor, o en el insomnio, o en la fatiga; sorprendidos en la aplicación que ponen en aplastar una pulga o un piojo con sus uñas, sorprendidos en el instante en que soplan sobre una llama o sobre la cazoleta de una pipa, o sobre la tea que sostienen entre los dedos. No se dirigen a quienes les ven. No miran el resplandor que les ilumina sin que lo sepan. Un pensamiento les tiene absortos. No se mezclan con nuestras vidas. Son nuestra vida cuando nosotros estamos en la otra, cuando ya no participamos en el espectáculo; cuando, desnudos, dispuestos a acostarnos, un sueño hueco, un regreso a nosotros mismos nos detiene en nuestro propio ser. Es la amada que vemos dormir. San Juan de la Cruz, el doctor de la nada, miró al niño Jesús y escribió: mi dulce y tierno Jesús, si amores me han de matar, agora tienen lugar. Y en su Noche Oscura: Amado con amada, amada en el amado transformada, que tanto emocionó a Gerald Brenan. En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. O en otro lugar: para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada; para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada, para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada. Resulta normal que Georges de la Tour admirara a san Juan de la Cruz. El santo murió dos años antes que naciera el artista. Recientemente Williams James y Huysmans hablaron de él con horror, pero ya se sabe en qué ha caído nuestro tiempo, qué es nuestra época.

Añade Quignard que callamos ante nuestra propia vida. Buscamos nuestra historia y no sabemos cuál es, y callamos ante su ausencia. Todos los personajes que aparecen en estas telas callan ante su propia historia. El niño Jesús es un chiquillo que espera su propia historia. La pequeña María espera su historia y calla ante ella. Pedro calla ante su traición. Magdalena hace penitencia, evoca recuerdos. Se despide de fantasmas de voluptuosidad, no cesa de decir adiós a esos fantasmas que la visitan.”Adiós, manos mías; ya no cortaréis más legumbres, no pelaréis más frutas, no deshojaréis más lechugas, no coceréis más comida, no frotaréis más ropa. No lavaréis ya los pies polvorientos del señor. Ya no os insinuaréis tiernamente, por la noche, entre los dedos de un hombre que suspira. Ya no volveréis a entrelazaros alrededor del cuello de ese enorme cuerpo que se vuelve y que en la penumbra os ofrece sus labios. Adiós, vientre mío; ya no conocerás más la verga enhiesta de los hombres”.

Las imágenes de La Tour constituyen enigmas. Escribe Quignard que un enigma es aquello que se da a entender sin decirlo. San Juan de la Cruz creía en la doctrina de las Nadas. La Subida del Monte Carmelo se realiza mediante negaciones sucesivas, y Santa Teresa le confesó al fraile que Magdalena no se había retirado del mundo cuando descubrió a Dios. San Juan de la Cruz también dio sus explicaciones a sus compañeros de convento, y éstos debieron de quedarse perplejos al oírle decir que la completa oscuridad de la noche oscura es el único alba que puede conocer el alma.

Quignard, el hombre que mejor conoce el siglo XVII, leyó una vez en la página 272 de La flambeau du Juste, 1640, un texto del capuchino Sebastien de Senlis, este párrafo: “al contemplar a esos rorros en brazos de sus nodrizas, envueltos en sus pequeñas mantillas, ¿no diríais que se trata de presos así agarrotados por haber cometido grandes crímenes? Sin embargo, no son sino jóvenes esclavos maniatados por los pecados de sus padres”. Quizá la Tour al pintar La mujer de la pulga estuviera pensando en las lamentaciones de Jeremías: “paseé mi mirada por toda la Tierra y, lejos de hallar en ella algo grande, la encontré vacía y nada vi sobre su faz”.

Finalmente considera Quignard que La Tour no pintó paisajes, cielos, aguas, ni nubes. No es preciso ser Dios para ser grande. No se necesita oro, belleza ni adorno alguno para ser amado: basta con el menor deseo sobre el fondo de la muerte. El fondo de las telas de George de La Tour no es negro, ni pardo, ni gris perla; es: “todos morimos”. En el artículo reproduzco varias pinturas calladas de La Tour como se llamaban entonces estas obras que después pasarían a denominarse naturalezas muertas. A veces en el mundo pasan cosas que parecen cuentos, así la historia del prefecto de Roma, Eufemiano, que se había casado con Aglaya. Tuvieron un hijo al que llamaron Alejo. La noche de bodas, mientras su joven esposa desabrochaba su túnica, Alejo le cubrió el pecho, le aconsejó conservar el pudor, y se alejó de ella dándole su anillo de oro y su cinturón rogándole que los guardara. Alejo aparece en una de estas telas enigmáticas, y su historia es tan fascinante que parece apropiado dejarla para otra ocasión.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.





Saturday, October 18, 2014

Erasmo y Doña Stultitia

Lo que sucede al humanismo renacentista es una época de gran violencia. El siglo XVI no es un siglo bonito. Todo lo que había sucedido hasta entonces, por el contrario, animaba mucho las esperanzas del primer europeo auténtico, Erasmo de Rotterdam que, de joven, había oído hablar de los nuevos descubrimientos. Díaz, aventurándose hasta el cabo de Buena Esperanza en 1486; Colón tocando tierra el 12 de octubre de 1492; Sebastián Cabot desembarcando en Labrador, primera tierra firme de América; Vasco de Gama navegando hacia Calcuta; y Magallanes siendo el primer hombre en dar la vuelta al mundo entre 1519 y 1522.

Erasmo tuvo suerte. Lutero también. Los datos son escalofriantes: Hus es asfixiado por el humo de las llamas; Savonarola muere en Florencia quemado en la hoguera, Servet es arrojado a las llamas por orden de Calvino cuando la Reforma empieza a ganar la batalla de las ideas (?). Dice Zweig que a todos les llega su dramática hora. Qué poco tiempo dura el humanismo, y qué concentrado aparece en torno a una sola figura. John Knox es condenado a galeras. Lutero se atreve a decir ante el emperador: “no puedo hacer otra cosa”, frase que he oído decir estos días a otro iluminado nacionalista. Tomás Moro y John Fischer son decapitados por oponerse a las fruslerías de un rey, que era tan católico como ellos. Zwinglio aparece asesinado en un prado de Kappel. Si abrimos el objetivo como Johan Peter Hebel veremos que empieza la guerra de los Labradores, sigue la guerra de los treinta años, de los cien años. Ya no existe la caballería, ni la nobleza casi, pero sus restos acaban con todas las revueltas campesinas. El oro que llega a España viaja con fruición a los nuevos estados protestantes.

Erasmo, entonces, que empieza  a ser conocido y respetado en todas las cortes europeas, rechaza cátedras en todas las Universidades y decide escribirle un elogio a la locura, aunque no es él sino la propia locura quien escribe sobre las melonadas de todos los hombres, de todas las profesiones. Esto se parece a algunos libros de Quignard, en donde el gran autor francés hace relatos en los que el lector le escribe las obras al escritor. Yo era él, la novia era él. Quignard se parece a Erasmo, pero también a Georges de la Tour, pues como él mismo dice en su prodigioso retrato del pintor jansenista y barroco, a de la Tour podríamos considerarlo una prolongación del Renacimiento. Nunca un solo hombre, ni siquiera Goethe y mucho menos Voltaire, ha poseído en Europa semejante poder soberano, emanado simplemente de su presencia espiritual. Habrá que esperar a Bachelard y a Merleau-Ponti para oír hablar de la presencia invisible. A algunos hombres posteriores a Erasmo se les podría conceder ese don.

Vayamos por partes. Colar -como dice Zweig- de contrabando una crítica a la época mediante la ironía, en plena disposición de la Inquisición, es la única salida que le ha quedado a los intelectuales en los tiempos sombríos. Erasmo es un hombre débil, le molesta el frío y el calor, no come con agrado porque no se fía de los alimentos. Probablemente tampoco de los hombres. Recibe ofertas de todos los reyes y emperadores para entrar a formar parte de sus Consejos particulares, pero sólo se siente a gusto visitando la casa de campo de Moro, mientras Lutero, ya desde sus primeras cartas, le pareció un hombre oscuro y violento. Qué injusticia que Erasmo se anticipara a Lutero en las modificaciones de la Reforma, y éste se las apañara haciéndose pasar ante el mundo y ante la Historia como el gran destroyer de la Iglesia romana.

El discurso de Doña Stultitia resulta magistral. Un resumen: sin mí no habría unión agradable ni comunidad duradera en esta vida. El pueblo no soportaría al Príncipe, el señor a los criados, el profesor a los alumnos, la mujer al marido. Sólo la excesiva valoración del dinero hace esforzarse al comerciante, sólo la tentación de la vanidosa fama, la fatuidad de la inmortalidad, hacen crear al poeta, sólo el desvarío hace al guerrero arrojado. Ella y sólo ella, con toda su chifladura, da la felicidad al ser humano y más cuanto más ciegamente depende éste de sus pasiones y más irracionalmente vive, pues reflexionar y atormentarse marchitan el alma. Sólo quien está afectado de necedad puede llamarse verdaderamente hombre. Y como, además, es una dama erudita cita orgullosamente a Sófocles en su favor: “la vida sólo es agradable en la inconsciencia”. Añade Erasmo que todos marchan ante ella: los rétores charlatanes, los juristas enrevesados, los filósofos deseosos de llevarse el mundo a su molino, los que se dan humos de nobleza, los acaparadores, los escolásticos y escritores, los jugadores y soldados y, finalmente, los enloquecidos por sus sentimientos, los enamorados, que ven en sus amados las suma de todos los placeres y bellezas. Dice Zweig que Erasmo no tuvo pasiones en su vida porque era prodigiosamente cuerdo. Fue un hombre de gran y fría ecuanimidad, que no conoció nunca la felicidad máxima de la vida, la entrega total, la sagrada abnegación. ¿Sufría en secreto? Seguro.

Con todo, lo mejor de la biografía de Erasmo escrita por Zweig, especialista en estas lides, es el tratamiento que aduce sobre la relación entre la vida del erudito y la violencia. Algunos elementos dedicados entre nosotros a la política se sentirían aludidos si leyeran los párrafos que siguen. Erasmo se había percatado de que la violencia no es por sí misma una amenaza universal: la mera violencia tiene un aliento escaso, golpea ciega y rabiosamente, pero falta de objetivos y corta de ideas, se desploma impotente tras sus súbitos estallidos. Incluso cuando contagia y exalta psicóticamente a grupos enteros, sólo provoca turbas incontroladas que se disuelven en cuanto se enfría la primera brasa. 

Naturalmente, Zweig tenía por fuerza que identificarse con aquellas víctimas que sufrieron violencia en un siglo en donde la Reforma y Contrarreforma extremaron las ya de por sí deleznables prácticas de la Inquisición. Sólo que entonces ya no eran las brujas las pobres mujeres a las que sometían a la barbarie, sino un nuevo grupo, el de los intelectuales, quien sufría enconadamente la persecución. Zweig prosigue: una cuadrilla sólo se convierte en partido si tiene una consigna, en ejército si se organiza, en movimiento si tiene un dogma. Todos los grandes conflictos violentos de la humanidad se deben menos al afán genérico de violencia que a la existencia de alguna ideología que la desata contra otra parte de la humanidad. Es el fanatismo, este bastardo de espíritu y violencia, el que quiere imponer al universo entero la dictadura de una manera -la propia- de pensar como la única fe y la única forma de vida permitidas, con lo que divide la comunidad humana en enemigos y amigos, partidarios y adversarios, héroes y criminales, creyentes o herejes. Quien incita al fanatismo declarando únicamente válido determinado modo de existencia, de pensamiento y de fe, tiene asimismo que reconocer la responsabilidad de estar llamando a la desunión del mundo, a la guerra -espiritual o real- contra otras maneras de pensar o vivir.

Zweig termina sosteniendo que quien quiera parecerse a Erasmo y ser como él un humanista tendría que rechazar cualquiera ideología, pues todas las ideas tienden por esencia a la hegemonía y tendría que desvincularse de cualquier partido. Pensar en términos erasmistas significa pensar con independencia; actuar en términos erasmistas, buscar el acuerdo. Ahora corren malos tiempos para la democracia, pero todos parecen olvidar de donde viene Europa y qué es Europa. Erasmo es si duda la primera llama, la primera luz.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


Saturday, October 11, 2014

Arturo, Excalibur o el desprestigio de la fuerza

Es verdad, los bárbaros siempre han tenido muy mala reputación. Los hombres del Renacimiento los odiaron, y los revolucionaros del 89 se ciscaron en ellos queriendo que Roma regresase. Robespierre estaba tan loco que se creyó un emperador romano, y luego a Napoleón le sucedió lo mismo. Sin embargo, lo poco que sabemos de los bárbaros deberían inclinarnos a admirarlos en gran parte. Resulta paradójico culparlos de todas las causas que llevaron al Imperio a deshilacharse a finales del siglo V. Se olvida que los godos, que entraron en Roma en el 410, eran sustancialmente cristianos, y eso explica quizá que los ciudadanos de Roma, al verlos llegar, corrieran a ampararse dentro de ellas. Por fin, cuando se consolidan los Estados-Naciones a comienzo del XIX, todo el mundo empezó a asumir que sus países debían más a los oscuros bárbaros que a Roma.  

Alemania es el primer país que da un golpe de timón  a aquella mala imagen, de forma que ya desde 1819 se comienzan a publicar allí todos los textos que hablaban de sus antepasados, los bárbaros. La iniciativa recibió el nombre de Monumentos históricos de Germania, MGH, y adoptó el lema “Santus amor patriae dat animun”, nos anima el sagrado amor por la patria. El espíritu nacionalista que albergaban estas palabras fue pronto abandonado, y se transformó en el motor inmóvil de la filología alemana. Era bárbaro quien no dominaba la lengua griega o latina. Cuentan Coumert y Dumezil que salvajes e irracionales, aquellas tribus se revelaban potencialmente peligrosas. No nos dejaron libros, ni inscripciones ni moneda. Ahora bien, al escribir sobre ellos Tácito formuló indirectamente la primera crítica que nadie se había atrevido a formular sobre Roma hasta entonces, pues mientras los bárbaros le parecían puros en sus costumbres y no corrompidos por el dinero, los romanos empezaban a entrar en la decadencia.

Pensé en los bárbaros y en el rey Arturo, y en aquellos cruzados del 1098 que tomaron Jerusalén como una prolongación expansiva  del movimiento hacia el sur y hacia el oeste que supusieron las primeras invasiones bárbaras quinientos años antes, al oír por la televisión que una partida del ejercito marchaba a Afganistán pero en una misión que no entrañará acción directa alguna contra nadie, lo cual me tiene estupefacto, y me lleva a la consideración ya descubierta por Ortega hace 100 años y magníficamente expuesta en su España invertebrada. Ortega sostenía que desde hacía un siglo Europa padecía una perniciosa propaganda en desprestigio de la fuerza. Ha pasado mucho tiempo y desde la desmantelación de las milicias civiles pareciera que carecemos de ejército y cualquier cosa podría sucedernos ante lo imprevisible. 

Se habría conseguido imponer a la opinión pública europea una idea falsa sobre lo que es la fuerza de las armas. Ortega estaba planteándose una cosa muy moderna, pues Spencer acababa de escribir sobre el espíritu industrial, espíritu que oponía al guerrero. Ortega, por el contrario, defendía su tesis de la ética del guerrero apelando a los argumentos del entusiasmo que el romanticismo puso en boga el siglo anterior. Dirige el espíritu industrial un cauteloso afán de evitar el riesgo, mientras el guerrero brota de un genial apetito de peligro. Es probable que Ortega matizaría hoy sus propias palabras si comprobase los jueguecitos de los financieros que ya nos han llevado al desastre en varias ocasiones después de todo, pero añade una explicación final muy convincente: precisamente lo que hace antipáticos y menos estimables a los ejércitos actuales es que son manejados y organizados por el espíritu industrial. En cierto modo el militar es el guerrero deformado por el industrialismo. Esto sí que lo hemos visto desde la guerra de Vietnam hasta las guerras siguientes. 

Desgraciadamente, hoy ya no es posible observar esas altísimas virtudes que veía él acerca de los ejércitos ni una de las creaciones más maravillosas de la espiritualidad humana, si bien podemos quedarnos con su idea de que la fuerza de las armas no es fuerza bruta sino fuerza espiritual. Durante mucho tiempo las legiones romanas ciertamente impidieron más batallas que las que habían perpetrado, aunque como dice en otro párrafo rara vez el pueblo vencido agota en el combate su posible resistencia. Además el estado de perpetua guerra en que viven los pueblos salvajes -hoy habría que dar con un término más axeitado- se debe precisamente a que ninguno de ellos es capaz de formar un ejército y con él una respetable, prestigiosa organización nacional. Lo que se viene viviendo en los último años -y que se puede extender a todos los europeos- es aquello que finalmente añade Ortega sobre nosotros mismos: pueblo que no se siente ante sí mismo deshonrado por la incompetencia y desmoralización de su organismo guerrero, es que se halla profundamente enfermo e incapaz de agarrarse al planeta.

De todo aquello nos quedó un gran mito, el rey Arturo, último romano o, acaso, primero de los anglosajones que estableció su corte en Camelot, ese castillo envuelto entre las brumas de la ficción y la aridez de la Historia. Personaje, con todo, tardío que obedece a una nostalgia por el pasado cuando los escritores del s. XII como Chretien de Troyes apelan a su memoria ante otra decadencia deleznable, la del feudalismo. El personaje deambula con desasosiego hasta que Caxton, el gran impresor de finales del XV, justifica su recuperación reconociendo que muchos nobles y diversos gentileshombres del reino de Inglaterra le animaron a editar la noble historia del Santo Grial y del más renombrado rey cristiano, primero y principal de los tres mejores cristianos y dignos, el rey Arturo, "el cual debería ser recordado entre nosotros los ingleses antes que todos los otros reyes cristianos". Al editar el texto, ya en el prólogo, el noble artesano Caxton nos recuerda que eran nueve los dignos caballeros que había habido nunca; tres paganos, tres judíos y tres cristianos. La serie podría empezar por Héctor de Troya, seguir por Alejandro el Grande y acabar por Julio César, al que Caxton califica de emperador de Roma. De entre los judíos el primero a destacar sería Josué, al que precede con el título de duque, pues había llevado a los hijos de Israel a la tierra de promisión; el segundo sería David, rey de Jerusalén, y el tercero  Judas Macabeo, de cuyas vidas y acciones nos daría buena cuenta la Biblia. Por último, desde la dicha Encarnación el primero que hay que señalar es el rey Arturo, el segundo CarloMagno, del que se tiene historia en muchos lugares en francés y en inglés, y el tercero y último Godofredo de Bouillon, de cuyos hechos y vida Caxton ya había dado cuenta en un libro que editó en memoria del noble rey Eduardo IV. Se jacta Caxton de demostrar que hubo un tal noble llamado Arturo, y no omite que antes que él ya circulaban por entonces numerosas historias relacionadas con el personaje en francés, en galés e, incluso, en inglés.

Para tan gloriosa empresa Caxton agradece a Sir Thomas Malory haber reunido previamente todas estas historias acerca del rey Arturo que halló copiadas en francés -seguramente las escritas por Chretien de Troyes, pero también por Wace, Geoffrey de Monmouth, María de Francia, y Wolfram von Eschenbach. Es evidente que en ese momento no existe la figura del autor tal y como nos la figuramos ahora pues, como se ha dicho, quienes escribían entonces estaban más interesados por los contenidos de sus obras que por el nombre de sus personas. Como dice Caxton en esta summa del rey Arturo puede verse la noble caballería, cortesía, humanidad, bondad, osadía amor, amistad, cobardía, crimen, odio, virtud y pecado: seguid el bien y abandonad el mal, que él os llevará a la buena fama y al renombre. Sin percatarse de ello, Caxton está reconociendo en cuanto a dar fe y creer que es cierto a la vez que todo lo que allí se contiene estamos en nuestra libertad de tomar o dejar.

Creo que lo importante del mito, lo más importante, es el ethos que propone Chretien de Troyes desde que la memoria histórica  es conducida por el relato. Lewis se refería a la queste o búsqueda, algo que ya encontrábamos en el viaje de  Jasón y los Argonautas mucho tiempo antes: su estructura es muy sencilla: el héroe, sólo o con valientes compañeros, va lejos en búsqueda de un arriesgado botín, un espléndido tesoro, un mítico talismán, una princesa hija de un soberbio rey. Además en esta queste nos damos de bruces con el caballero errante que ha dejado la corte del rey Arturo y va ensimismado, qué peregrinaje heroico, ascético, solitario, de nuevo el moi-même recobrado. Lanzarote es la estrella y sin duda que se trata de una estrella admirable pues carece de tierra, de patria ni reclama feudo alguno alguna vez usurpado. ¿Cómo no ver en la I Cruzada del 1098 la consecuencia de un conocimiento profundo de estos mitos? Fourcher de Chartres en su Historia de Jerusalén reproduce una carta escrita por los vencedores de Antioquía y enviada al papa Urbano II, a Bohemundo y Raimundo de Saint Gilles, al Duque Godofredo, a Roberto Duque de Normandía, a Roberto conde de Flandes, y a Eustaquio de Bolonia, en la que se da cuenta de las feroces batallas contraídas con los turcos, el hambre pasada y, finalmente, la gloria de la victoria sólo con el afán de arrancar la tumba del Señor de las manos de los infieles y poder exaltar así el nombre de Cristo.

Vistas así las cosas bien podríamos considerar las frustradas gestas de las Cruzadas habidas entre el s. XI y el s. XIII como una vuelta a aquellas viejas apariciones bárbaras, si bien ya únicamente promovidas por un fervor espiritual que cambiará la historia de Europa y del mundo sin que sepamos muy bien cuál será el contenido de los próximos capítulos.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.