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Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les: Quién es el público y dónde se encuentra

Tuesday, September 12, 2006

Quién es el público y dónde se encuentra


La mejor definición de periodista sigue siendo para mí la que diera Larra en 1832 sin proponérselo. Era un día aquel en el que Larra se sentía deprimido, como casi siempre, y como la gente le daba la tabarra con una palabra, y esa palabra era el público, y no se hablaba entonces de otra cosa que no fuera el descubrimiento de lo público, allá que el pobrecito hablador, como así le gustaba de llamarse ante sí mismo y ante los demás, inició un nuevo artículo soltando esta frase singular: entremétome en todas partes como un pobrecito, y formo mi opinión, y la digo, venga o no al caso, como un pobrecito. A falta de medios la época colocaba al periodista frente a la nada. No tenía otro medio que él mismo. Larra anticipaba una fórmula que recogería cuarenta años más tarde Pulitzer, pues aunque parezca mentira los periodistas del XIX no se movían de sus mesas para redactar sus informes, y eso que ni había teléfono. Larra, por el contrario, vio la necesidad de salir a la calle para tomarle la temperatura al público y contárnoslo después. Al releerlo una y otra vez te percatas que las cosas del público no han cambiado mucho desde entonces.

Y no será la primera vez que Larra se preocupe por el sentido de las palabras, esta cosa por la que ahora los periodistas muestran tanto desinterés. Un día, al salir a la calle, oyó que la gente hablaba del público ilustrado, el público indulgente, el público imparcial, el público respetable. En aquella época para hallar al público era menester salir a la calle en domingo, no como ahora que prácticamente no se ve a nadie si no es dentro de un estadio de fútbol o en el asfalto de una autovía licenciosa. El resto de la semana, realmente, resulta imposible acudir a algún lugar y encontrar un espacio ínfimo para hallarse a solas con uno mismo, si bien la gente sigue estando encantada de hallarse en medio de una turbamulta, ya sea en el seno de una prestigiosa manifestación, bien sea cazando mariposas en el bosque. En este sentido yo debo ser una especie de antiperiodista insensato, qué digo, de antipersona, dado que huyo de la muchedumbre, qué digo, del simple café, de la taberna inmunda, de los cinematógrafos a mala hora y del Corte Inglés, eso si hallo una fórmula adecuada para el instante.

Hace unos días no pude ser un antiperiodista ni una antipersona, porque hube de acudir a una taberna en compañía de mi familia para restaurar mi maltrecho metabolismo. La verdad es que visto por fuera el establecimiento parecía tan lujoso que tenté la argumentación de que nos retiráramos hacia otro más acorde con nuestro presupuesto, pero nos pasó como a Larra, todos estaban llenos y volvimos al redil. Para qué inventarme nada si Larra ya lo constató así: éntrome a comer en una fonda, y no sé por qué me encuentro llenas las mesas de un concurso que, juzgando por las facultades que parece tener para comer de fonda, tendrá probablemente en su casa una comida sabrosa, limpia, bien servida, etc., y me lo hallo comiendo voluntariamente y con el mayor placer, apiñado en un local incómodo, obstruido, mal decorado, en mesas estrechas, sobre manteles comunes a todos, limpiándose las babas con las del que comió media hora antes, en servilletas sucias sobre toscas, servidas diez, doce, veinte mesas, en cada una de las cuales comen cuatro, seis, ocho personas, por uno o solos dos mozos mugrientos, mal encarados, y con el menor agrado posible; repitiendo este día los mismos platos, los mismos guisos del pasado, del anterior y de toda la vida, siempre puercos, siempre mal aderezados; sin poder hablar libremente por respetos al vecino; bebiendo vino o, por mejor decir, agua teñida o cocimiento de campeche abominable. Y me contesto: el público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece el agrado, el aseo, y la hermosura del local.

¿Exagero si añado que la cosa, salvo en algún matiz, no ha cambiado nada? Nuestro público es verdaderamente esencia paleontológica única que habría, acaso, que guardar por especie extinguible. Es, como el de antaño, un público que entiende de todo. Y que ocupa el espacio público por doquier. Si viene un mítico roquero para cantar en un circo las entradas se venden con seis meses de antelación. Hay que estar, hay que ir allí, porque uno es del grupo, del clan, del aparato, y hay ceremonias que no se pueden eludir. Están los tuyos, y tú sigues siendo joven aunque luzcas canas, y tu hija te haya servido el primer nieto. Allí no se puede respirar y las avalanchas son un peligro, así que te vas a pasear al Retiro o a la pradera del Manzanares con tu maja vestida, pero un público sale por la tarde a ver y ser visto, a seguir sus intrigas amorosas ya empezadas o a empezar otras nuevas, a hacerse el importante junto a los coches, a darse pisotones, y a ahogarse en polvo

La cosa no ha hecho más que comenzar, y por seguir el itinerario que me indica Larra, hallo, con él, que el público tiene gustos infundados. Así se lo hago saber a mis proscritos parientes, a quienes les añado que se aparten del público porque es caprichoso. Pero, ¡Hombre! ¡Es que tú no sales nunca! Yo salgo, ahora salgo con la guía de Larra por ver si puedo demostraros que Larra y yo tenemos razón. En una esquina cuatro individuos se matan por defender su opinión que, en rigor, no lo es.

Entro en la Facultad y hallo cuatrocientos periodistas. Acullá un periodista sin período, y otro periodista con períodos interminables, que no aciertan a configurar un discurso que me convenza, a escribir una tesis que resulte original, un trabajo que no lo hayan entresacado de Internet. La guía de Larra me invita a no entrar en los billares, porque aquí las gentes se pasan la noche empujando las bolas, y me indica que es un público del que es mejor no hablar, porque es el que le parece más tonto. Como en alguna ocasión formé parte de él, será mejor no entrar ahora en ello. Antes de salir del Centro me veo con un periodista que dirige un periódico y que presume de que su público está reducido a sus suscriptores. Yo le animo cuando le contesto que todo mi periódico se reduce a un blog y que carezco de suscriptores.

Les llevo al teatro. Allí se representa una obra de Pepe Rubianes titulada “España me la suda”, y el público ruge con furor, aunque se dan los matices. Para unos es sublime, y para otros es una porquería. Uno dice: está en prosa y me gusta sólo por eso; las comedias son la imitación de la vida; deben escribirse en prosa. Otro: está en prosa y las comedias deben escribirse en verso, porque no es más que una ficción para agradar a los sentidos. Aquel clama: ¡Gracias a Dios que vemos comedias arregladas y morales! Al acabar la función Rubianes sale a saludar al público y se pasa la bandera por los mismísimos. La Guardia Pública no se mueve de su sitio porque tiene miedo de molestar al público. Está más acojonada que el público.

Llega la hora de acostarse y me retiro a coordinar mis notas del día. Concluyo. El público es sólo un ente, un pretexto. Larra lo llama un tapador de los fines particulares de cada uno (no las pongo en cursiva porque las hago mías): el escritor dice que emborrona papel y saca el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por el bien del público. El juez sentencia equivocadamente al inocente por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan, imprimen y roban por el mismo motivo. Yo mismo habré de confesar que escribo para el público, so pena de tener que confesar que escribo para mí.

Para Larra, en fin, no existe un público único, cosa que se decía entonces, y que la publicidad moderna también ha descartado. Y, por lo tanto, el público no es un juez imparcial. Es intolerante, al mismo tiempo que sufrido. Fijaros si es sufrido que no suele inmutarse si ve caer a sus pies a una víctima del terror. Y si son doscientas se inmuta, pero sólo porque le encanta dejarse engañar.

En el fondo es como si Larra rechazara la idea triunfante de la existencia de una opinión pública. La no existencia de la opinión pública sería una gran ventaja para toda verdadera democracia. Así, cada persona sería un público para sí mismo, y toda votación el acto sublime de una conciencia personal. Sin embargo, siguiendo el discurso de Larra tendríamos que el público, como los individuos que lo componen, es rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas, que prefiere sin razón y se detiene sin motivo fundado, que se deja llevar de impresiones pasajeras, que ama con idolatría sin por qué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y malpensado, y se recrea con la mordacidad, que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido o de su desprecio el mérito modesto, y, en fin, que premia con usura a quien le lisonjea y engaña.

Al hablar del público Séneca animaba a huir de la multitud: perecemos -decía- por el ejemplo de los demás. Nos salvaremos si nos separamos de la masa. Marco Antonio salió triunfante del discurso que empleó ante la plebe al persuadirles que el cadáver del hombre que yacía a sus pies no era el de un hombre injusto, sino el de un hombre que había hecho el bien a toda Roma, y que había legado al pueblo, entre otros bienes, todos los jardines de su propiedad. No es cierto, como se ha dicho, que ahora el público intervenga en todo, pero sí es cierto, con excepciones, que cuando interviene lo hace violentamente. Hay cosas en las que el público no quiere intervenir. Y hay veces en que no sé donde se encuentra el público. Desde hace algún tiempo hay gente que sale a la calle para concentrarse y preguntar. Lo hacen tan tímidamente que parecen el grupo de disidentes salidos de la novela de Bradbury. Quienes intervienen todavía son tan pocos que nadie ha reparado en su existencia. Esas personas son valientes y son dignas. Me pregunto por qué el público no es valiente. Aquellos tienen razones para preguntar y el derecho a que se les conteste. Aunque sea, de nuevo, Marco Antonio quien salga a hablar.

He terminado, Señor Presidente, muchas gracias.