Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, September 24, 2011

El mercado


No sé cómo tendría que ser hoy un cuento sobre el capitalismo. Escrito hace algo más de cien años el cuento de Edward Bellamy es muy duro y muy jocoso. Érase una tierra muy seca y el pueblo que vivía en ella estaba en una gran necesidad de agua. No hacían más que buscar agua desde la mañana a la noche, porque no podían encontrarla. Así empieza el relato El mercado.

Siempre ocurre igual. En aquel lugar había algunos más avispados que otros, habían encontrado agua y la habían almacenado. A estos hombres alguien les puso el nombre de capitalistas. Cuando este hecho se descubrió se les pidió que repartieran el agua para poder beber, pero ellos respondieron que tal cosa era imposible, pues si se la cedían acabaría por pasarles lo mismo que a los desgraciados. Yo creo que hasta aquí el relato va bien. Todavía no sabemos quiénes son los capitalistas. Al menos han dado muestras de ingenio y de prudencia. Si encontraron el agua es porque la buscaron, y si la han almacenado es porque trabajan mirando más allá a donde la vista no puede llegar.

Un representante de los capitalistas dio un paso al frente y añadió una resolución que parecía cantada: sed nuestros servidores y tendréis agua. Y el pueblo consintió. De inmediato, los capitalistas, que aparecen en el cuento como hombres de entendimiento y sabios de verdad, dividieron a la gente por grupos. A unos les mandaron a trabajar en los manantiales, a otros a transportar el agua, y a un tercer grupo les ordenaron buscar nuevas fuentes. Cada vez que se encontraba agua ésta se almacenaba en un mismo lugar, un gran depósito que se llamó “el mercado”.

El sistema parecía infalible. Si conseguías un cubo de agua recibías a cambio un penique, pero por cada cubo de agua que te llevabas para beber pagabas dos. La diferencia del precio conformó el beneficio de los capitalistas. Y la cosa empezó a funcionar estupendamente porque al pueblo el trueque le pareció correcto. Poco después surgió un primer problema: el depósito se llenó y como la gente seguía trayendo agua en sus cubos el agua empezó a derramarse, con lo que los capitalistas quisieron hacerle entrar en razones y a conminarlos a que pararan y descansaran hasta que el depósito se vaciara. 

Naturalmente, se llegó al extremo de que los trabajadores no cobraban ningún penique, con lo cual no pudieron seguir comprando el agua que les mantenía vivos, mientras que los capitalistas no obtenían beneficios y comenzaron a preocuparse. En este punto yo también empecé a plantearme el problema desde los dos lados, como trabajador y como capitalista, y me sucedió como a un colega con el que tomé café esta mañana. Lo más interesante de mi amigo es que él no encuentra una solución para la crisis que padecemos, y dejó caer varias opiniones de gran terror mientras se adelantaba a pagar, como siempre, el café de los demás. Yo le dije que si las cosas empeoraban me dejara cultivar patatas en su finca, pero me dijo, con toda razón capitalista, que para cultivar patatas antes hay que aprender a cultivarlas. Volví a oírle por segunda vez que a nuestros alumnos habría que enseñarlos a hacer lo mismo antes de seguir mostrándoles cómo es la industria audiovisual o el periodismo amarillo. Después nos enzarzamos en la utopía de qué sería lo mejor  que podría hacer yo para bajar gastos en mis traslados a la facultad, y qué se podría hacer en ella si se atrevían -¿los capitalistas?- a poner en la calle al 80% de los profesores. Lo que no tuve fue tiempo para decirle que existía un cuento maravilloso sobre la crisis, escrito por Edward Bellamy, aquel americano impasible que creía en el socialismo más que Carlos Marx. Mientras le escuchaba pensé que aprender a ser rico es algo que se aprende rápido, pero aprender a ser pobre otra vez debe ser una experiencia deplorable, sobre todo si te coge en la vejez.

Por su parte, los capitalistas del mercado idearon que lo mejor era que sus súbditos extendieran por todas partes la nueva de la existencia de su producto, tan sobrante que se desparramaba. La gente estaba cabreada y sostenía un buen argumento: dadnos trabajo como antes y no tendréis necesidad de anunciar el producto, pero el argumento de los capitalistas aún era mejor: ¡comprad agua primero y cuando el depósito se vacíe por vuestras compras os contrataremos otra vez!

Dos capitalistas se pusieron a comentar: estamos en una crisis económica. Mientras escuchaba a mi amigo yo comencé a entender lo de la crisis del cemento, que es igual que lo del agua del ocurrente Bellamy. Las cosas no han cambiado tanto. La gente no puede acudir fuera del mercado a conseguir agua, porque toda el agua está encerrada dentro del mercado. El mercado pues no somos tú y yo ni aquel, sino que aparece encerrado dentro de un lugar, todo él se mantiene dentro del mismo depósito, y los capitalistas no saben qué hacer con tanta cosa almacenada.

La cosa siguió empeorando y un sabio, es decir, un capitalista, tuvo un buen pensamiento: parece que nuestros beneficios han impedido nuevos beneficios y a causa de los beneficios que hemos hecho no podemos hacer más beneficios. Ahí, precisamente ahí, empecé a entender la crisis de la que me hablaba el colega esta mañana, y a entender qué era el capitalismo después de haberlo explicado retoricamente bajo el franquismo cuarenta años atrás. Si hubiera soñado este cuento seguro que yo formaría parte del pueblo, y sería un desgraciado. No se me habría ocurrido buscar agua, ni almacenarla ni pedirle al pueblo que acarreara más.

Pero lo más dramático sucedió cuando los capitalistas se percataron que ellos también eran pobres, igual que esta mañana nos habíamos percatado nosotros de la más que probable indigencia nuestra si las cosas empeoraban. Y, entonces, sucedió algo increíble: un capitalista mandó llamar a los adivinos, no como a mi amigo que esta mañana estaba preocupado por no ocurrírsele una salida para la crisis, y no podía adivinar nada. Los adivinos suelen ser una cosa curiosa: se alían con los capitalistas y echan mano del verbo para consolar a la plebe, y sacar un poco de agua para sí y sus familias. No había otra explicación: la crisis llegó por culpa del exceso de stock acumulado. Se organizó una verdadera asamblea de adivinos, y todas tenían su propia opinión del problema igual que nosotros en la cafetería, pues he de decir que yo también aduje soluciones. Siempre me pasa igual cuando aparezco en equipo: me dejo contagiar por el ambiente, y suelto proclamas que no van a ninguna parte. La razón no es la superproducción dijo uno, ni las manchas del sol, sino la falta de confianza.

A la mañana siguiente hubo otra asamblea entre los capitalistas y los adivinos, y éstos les hicieron ver que era muy difícil persuadir a los trabajadores, porque tenían el estómago vacío, y ya no confiaban en ellos. La tesis de los adivinos, que finalmente aceptaron acercarse al pueblo, era que la escasez había venido de la abundancia, y la gente les arrojó piedras e insultos. De manera que los capitalistas hubieron de cambiar de estrategia y en vez de enviar adivinos enviaron sacerdotes que al llegar junto a ellos proclamaron la salvación de sus almas si no se levantaban contra los detentadores del depósito. Entre los sacerdotes había algunos que se ponían del lado de los afligidos y culpaban a los capitalistas, como ocurre casi siempre con los curas y la revolución. Y todavía otra peor, que los capitalistas separaron a los mejores del pueblo y les convencieron para formar parte de los privilegiados, pues alguien tenía que defenderlos de una revolución inminente.

Al fin, el agua empezó a bajar de caudal, pues los nuevos capitalistas no sólo bebían sino que además construían piscinas para su albedrío. Y un día, con el depósito casi vacío, se oyó esta sentencia: la crisis ha terminado. Y llamaron al pueblo y volvieron a darle trabajo, y el depósito volvió a llenarse como antes. Al recordar el final tuve la intención de correr en pos de mi colega y darle la solución que no habíamos encontrado en la cafetería, pero ya se había marchado.

Todavía sucedieron, sin embargo, más cosas: una crisis sucedía a otra y aparecieron los agitadores, contra los cuales los capitalistas siempre se acojonaban. El pueblo discutía con los agitadores y estos con el pueblo, hasta que se alzó una voz popular que dijo: decidnos si conocéis algún camino que nos libre de la servidumbre, pero si no lo conocéis largaros de una puta vez. La respuesta no se hizo esperar: haced como los capitalistas, construid el depósito para vosotros, y repartirlo entre todos, recibiendo cada uno lo mismo. Y no os preocupéis: escoged personas discretas que os guíen y organicen. El agitador les convenció. Aquí el cuento acaba mal, pues Bellamy no debió sugerir el triunfo del socialismo, sino su fracaso fractal. El error de Bellamy consiste en creer que los trabajadores deben abandonarse a una vanguardia de partido que les dirija. No pudo vivir para ver que dentro del capitalismo muchas de sus organizaciones son dirigidas por los propios trabajadores (Chomsky, Conocimiento y verdad). Y que ese no era el problema.

Como todo el mundo sabe, el verdadero cuento no acabó así, en la igualdad y en la hermandad, y Bellamy lo hubiera visto por sus propios ojos de no haber muerto a los 48 años en 1898. Queda, sin embargo, su gran análisis del capitalismo, un sistema en crisis permanente, que ahora muestra una nueva faceta, un nuevo delirio, ya que todo está por ver, y no somos unos angelitos.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


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