Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, October 08, 2011

Aforismos con Manquiña


Contaba ayer Manquiña en el escenario, es decir, en el aula, que nuestra condición primordial como animales racionales es la violencia, nuestra innata agresividad, y que en estos tiempos melifluos en los que nos movemos la gente se engaña mucho con el lenguaje. En un programa de telecinco habían eliminado varias palabras de los diálogos entre actores. No se podía decir la palabra alma, porque podía molestar a los laicistas. Y Manqui nos descojonaba entre olímpicas carcajadas.

El valor, por ejemplo, también está prohibido en la sociedad de pacifistas, los más violentos que hay en el mundo en opinión del actor. Esto me lleva a Gracián, uno de los mejores recolectores de palabras y pensamientos que ha dado nuestra literatura en todos los tiempos. Para Gracián el saber y el valor alternan grandeza: consejo y fuerzas, ojos y manos; sin valor, es estéril la sabiduría. Durante un tiempo me gustó representarme una idea casi como si fuera un actor y me decía y digo que la inteligencia puede ser la más abyecta de las perversiones, y ahora resulta que me veo con este aforismo de Gracían que en diciendo así me interpela sobre mis propias fuentes: la intención malévola es un veneno de las perfecciones y ayudada del saber malea con mayor sutileza. ¡Infeliz eminencia la que se emplea en la ruindad! Ciencia sin seso, locura doble.

Manquiña no necesitaba que yo le indujera a decir, que le diera el pie, porque pronto se levantó de la silla y empezó a declamar sus monólogos con ese arte especial que tienen los dicharacheros de la Corte, como aquel Falstaff prodigioso que se atreve a ser amigo del futuro monarca en el interior de un burdel insignificante. No sé si Manquiña es hombre de su siglo. Al parecer ni él ni yo lo somos por aquello que decía el clérigo conceptista: los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. Acaso no tenemos el tiempo que nos merecemos, pues no todo lo bueno triunfa siempre. Me comparo con el actor porque ambos sabemos que damos en la vida con cencerros, y más nos vale entender el mundo como un gran teatro, a la manera clásica de aquellos grandes barrocos que para filosofar escribían aunque se sintieran solos.

Manquiña templó la imaginación, y yo trato de hacerlo aunque me ajuste a la lección por seguir la normativa. En vez de inteligencias dice Manqui que él buscó en la infancia subnormales, minusvalidos, que eran los verdaderos validos, gentes a los que poder entender fuera de toda razón y sabiduría. Pero Manqui, le preguntaba su madre, ¿por qué te mezclas con esos niños y no con los que son como tú, normales? Hoy más que su hijo Manquiña es primo de su madre, pues así lo considera ella desde hace un tiempo. Entre otras razones porque allí, por su barrio, casi todos estaban tocados del ala, como los ángeles. Hay siempre en Manquiña un elogio de la locura. Se lo quise decir en un momento en que él puso cara de sí mismo, soltarle a Erasmo, pero hubiera supuesto una intromisión. Sin darse cuenta, Manquiña empezó a desplazarse por el escenario -mi aula es un pequeño teatro- y a concatenar varias anécdotas que, en realidad, eran dramas,sainetes de la vida diaria. Como diría Gracían el improvisado narrador se pagaba más de intensiones que de extensiones. Es descrédito lo mucho, dice el conceptista. Y aún entre los hombres los gigantes suelen ser los verdaderos enanos.

Tiene un capítulo Gracián titulado atención al informarse. Me hace recordar que ayer tuvimos una experiencia de primera mano. Fuimos al teatro, nuestro teatro de todos los días, y allí Manquiña nos dio toda la información, puesto que vívise lo más de información, es lo menos lo que vemos, pues es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira; así los medios, las imágenes, y los cuentos audiovisuales, trabajando todos juntos con el poder como en los tiempos antiguos; las cejas con los actores, salvo Falstaff, salvo Manqui, que principian contra el príncipe, contra el Uno, contra la servidumbre voluntaria. En medio de la actuación, Manquiña sostuvo que nos habíamos conocido en el 76. No quise contravenirle porque estaba su señora enfrente, y acaso fuera en un falansterio, una comuna de las de entonces en donde reinaba la liberalidad para todos, menos para mí, que me había salido del teatro.

La verdad -dice mi escritor- ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras veces llega en su elemento puro, y menos cuando viene de lejos; siempre trae algo de mixta de los afectos por donde pasa; tiñe de los colores la pasión cuanto toca; ya odiosa, ya favorable, tira siempre a impresionar; gran cuenta con quien alaba; mayor con quien vitupera. Conversar es un arte, dice Gracián. El supermonólogo de Manquiña fue una forma de conversación, la gente queríamos escucharle, escuchar a un hombre cuyo aura va con él, como si detrás de él caminara la inocencia, acompañándole. Para ser persona es necesaria, a veces, la locura, es decir, la representación. Manquiña reconoce que no sabe quién es, como le fue a decir su señora un día que dije en clase que probablemente nadie sabe ciertamente quiénes somos, y que esa cuestión era precisamente la incógnita del viaje por nuestra propia vida. Al ser siempre otro, un actor no tiene tiempo más que para ser otra cosa distinta de la que en realidad es. Pero un gran actor es aquel que habla desde sí mismo, no de sí. Ya lo dijo Talens en la Academia. Todo está ya en su punto y el ser persona en el mayor.

Vi en la actuación de Manquiña aquello que un día leí en el elogio que Erasmo hizo de la locura al comienzo de su discurso: y aunque sin duda alguna tú, por la perspicacia de tu singular ingenio, sueles disentir ampliamente del vulgo, sin embargo, debido a la increíble suavidad y dulzura de tu corazón, con todos los hombres tratas, con todos te avienes, y con todos te diviertes. Es un hecho que ser actor es una transposición, que nosotros, el público, somos los verdaderos locos, y que él es el único cuerdo, aunque a veces pusiera cara de loco. Es un asunto este de la realidad y de la apariencia que también toca el gran filólogo Gracián.

Dice Gracián en su oráculo manual, también conocido como arte de la prudencia que hay que saber escuchar a quien sabe, y Manquiña sin duda actuó como un sabio más que como un actor, pues sin entendimiento no se puede vivir ni por por propio ni por prestado. Hay muchos que ignoran que no saben, se ve a las claras en este país nuestro, insula barataria sin pensadores ni pensamiento, en donde las leyes son cedidas a los vulgares y las decisiones a los policías. Y otros que piensan que saben no sabiendo. Achaques de necedad son irremediables que, como los ignorantes no se conocen, tampoco buscan lo que les falta. Serían sabios algunos si no se creyesen que lo son. Con esto, aunque son raros los oráculos de cordura, viven ociosos porque nadie los consulta.

Digo que ayer vino Manquiña con su miel en endulzarnos el pavor que sentimos los cristianos, que nos damos de bruces con la locura del poder todos los días, vino un oráculo a describirnos el mundo tal como está, pues había en nosotros una necesidad de mito, de cuentos y leyendas con que explicarnos el mundo en el que estamos y el vacío al que vamos. Estoy de acuerdo con Gracián y con Manquiña, decir la verdad es peligroso, pero el hombre de bien no puede dejar de decirla. Ahí es menester el artificio, la actuación, la sana locura, entrar dentro del relato. Manquiña entró en el suyo. Más que actor es narrador. Toda representación es mediación. El buen modo se vale aquí de su destreza, dícese que se dijo don Baltasar...Gracián.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

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