El hombre intertextual
Hallo hilos de Ariadna, miasmas incluso, caminos de perfección, en la intertextualidad, palabra conquistada como una colina en una guerra por grupos o soldados que la hacen suya. Estaba leyendo aquellos versos únicos del alma cuando recibí una llamada del profesor Francisco Javier, émulo en estéticas. Encontré los versos en un glorioso acercamiento hacia lo poético que hizo Johannes Pfeiffer. Recordaré algunos antes de proseguir: ¡qué alegría vivir sintiéndose vivido, rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo. Para más adelante acabar diciendo el poeta, Pedro Salinas, esto que sigue: y todo enajenado podrá el cuerpo descansar, quieto, muerto ya. Morirse en la alta confianza de que este vivir mío no era solo mi vivir: era el nuestro. Y que me vive otro ser por detrás de la no muerte!
Cuando empezamos la conversación enseguida surgió la palabra: intertextualidad, porque yo le había hablado de la melancolía, y de Heráclito y Demócrito y él quería saber, y yo quería saber. Yo venía de haberme leído a San Juan de la Cruz por razones epistemológicas, no espirituales. Buscando mis amores iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras. Que curioso este desplazamiento del centro a favor de la red, que al final es como el cerebro, excéntrico, como al principio de todo.
No sé todavía como es el profesor, a quien conozco sólo por la red...telefónica, y me parece que en realidad hablo con Salinas, o con San Juan, o con Durero o con Demócrito, porque de todos hablamos los dos cuando decimos. En viniendo a casa después me vino la idea del hombre intertextual. Hemos tenido todos los hombres, el hombre adánico, el héroe, el anticristo, el hombre accidental, y ahora me viene a la cabeza el hombre intertextual, ese hombre que ya no puede estar en ningún lugar porque está en todas partes y en ninguna, descentralizado, que sabe hallar los hilos y los miasmas de las cosas atando cabos, cada vez con más vividuras procedentes del texto.
Entréme donde no supe decía san Juan de la Cruz, nombre que se tomó un día por artilugio, pues se llamaba de una manera más arbitraria y confusa. En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡Oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. Este femenino oculto, presente siempre en su entrega a Dios, el femenino del alma, es una intertextualidad sorprendente que nos lleva al poema de Salinas de una manera fulgurante. Los espejos, los azogues, los espías, le recuerdan al poeta que está aquí, inmovilizado, con los ojos cerrados, y los labios negándose al amor de la luz, de la flor y de los nombres porque ya se ha ido con él, con ese otro ser con el que mira el mundo, porque le está queriendo con sus ojos.
Le llamamos intertextualidad al hecho de que ya no hay nada escrito que no pueda remontarse a otro anterior. La intertextualidad, sin embargo, impide la narratividad, la fluidez del texto propio. Es como si el autor ya no pudiera seguir siendo propio ahogado por las vicisitudes del recuerdo, de la memoria de otros textos que se abren paso en medio de ti, en medio del autor. Tú no eres tú, sino que eres otros: buscando mis amores –los textos- iré por esos montes y riberas –de nuevo los textos- ni cogeré las flores ni temeré las fieras –los libros, los autores- y pasaré los fuertes y fronteras -los grandes significantes y los significados-, dichosa aventura.
Me di cuenta al fin que era un hombre intertextual, un hombre hecho de textos que al fin veía sus enlaces, sus recovecos, entresijos y puntadas. Era como aquella amistad de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, los dos medio chalados por la reforma de los carmelitas descalzos, vigilados y perseguidos ambos por la Inquisición. Santa Teresa, veintisiete años mayor que el fraile, ocho años juntos viajando por Castilla y parte de Andalucía, devotos, obsesivos, camino de la perfección. Andar descalzos hoy ya es consejo; entonces, maldición. Qué le decía, que le contaba, santa Teresa a Fray Domingo Bañes en el confesionario cada vez que se veían. El misticismo español, como desviación, como sublimación, hubo de ser fantástico, ser intertextual. A San Juan de la Cruz lo hieren a latigazos sus hermanos. Un fraile un día entra en su celda, y compasivo, lo acaricia con la mano, en un impulso que Carlos Saura acentuará con malicia, pero también con comprensión.
Ambos escriben, y los enemigos reconocen su escritura. Una amiga me llama y me dice que mis enemigos reconocen la mía, y me defiende por lo mismo que los frailes. Pero yo le digo que el iluminado no solo escribe sino que habla, no solo habla bien, sino que vive, y que ha de vivirse con decencia, no como viven y dicen esos otros delincuentes, esos indoctos doctores que celebran mi destino. Hay un fatum, un destino, en el hombre intertextual. Me pregunta el profesor Francisco Javier qué supone para mí el destino. Le digo que implica la decencia. Estoy pensando en san Juan de la Cruz, que niega una y otra vez por no dar su brazo a torcer. Vanidoso, le dicen. Es curioso que el fraile sostenga que él solo escribe alguna coplilla o un romance, cuando en realidad está alfombrando una parte importante del barroco posterior. Antes de él no había nada, detrás de él, todo.
No le reconocieron ni a Santa teresa de Jesús ni a san Juan de la Cruz que tuvieran otra vida además de la vida conventual. Una vida en silencio en donde la comunicación no era con los hombres ni con las mujeres ni con el mundo; el misticismo, la osadía, el silencio como una intertextualidad, el fracaso como decencia, como fatum, si bien todos los aplausos les llegarían a ambos después.
A veces la textualidad no es otra cosa que textura, puro cuerpo, carne, el toro de Goya en los prolegómenos que le concede otro Saura -¿Antonio?-, toda vez que la propia santa ha hablado de sus tremendos dolores cuando el ángel la vencía hendiendo sus manos en su corazón maltrecho, robándole el corazón, llevándoselo, arrebatada. Está escrito así, la santa. Desposado con Dios el santo también se siente ido. Rilke, un día, también hablaba de los ángeles. Y Elías Querejeta también. Esto es pura intertextualidad, recuerdos, aquellas nubes de agua, que eran el agua de Dios cayendo sobre la tierra en el sentir de la monja santa, doctora por la Universidad de Salamanca. En cuanto a San Juan de la Cruz ni siquiera bachiller, que no lo pudo, ¿por ser acaso intertextual?
No lo sé, profesor, profesora, más bien que quienes se aposentan en la intertextualidad, como aquellos clérigos que lo hacían sobre el alma de Cristo, sin sentir ni al alma ni al Cristo, no saben de lo que hablan careciendo de textos, de líneas universo y de miasmas con que tejer baudelaires ni flores del mal, ni en viviendo en aquel que nos llevó consigo.
He terminado, señor Presidente, muchas gracias.



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