Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, October 15, 2011

El reconocimiento de la culpa


A finales de 1945 aparecieron en una pared de Munich dos frases escritas con tiza. Arriba ponía esto: “Campos de concentración de Dachau-Belden-Buchenwald: “me avergüenzo de ser alemán”. Y más abajo esto otro: “Goethe, Diesel, Hayden, Rob, Koch: estoy orgulloso de ser alemán”. Recordé estas palabras que reproduce en su testimonio Hans Rauchning en el epílogo de El año de la catástrofe al pensar qué voy a decir acerca de Melancolía, la última película del insensato y frivolón Lars von Trier, que este mismo año, aduciendo que descendía directamente de los alemanes, simpatizaba con Hitler. Luego rectificó, ya que aquello no podía ser más que una broma pesada de mal gusto, igual que se lo tomó a coña Chaplin en El gran dictador. Quién no se va a sentir alemán con esos nombres de la segunda línea, nombres a los que yo añadiría los de Kant, Schiller, Hegel, o Benjamín, aunque aparezcamos en pintadas. Pero, claro, también me siento judío y tomo partido, partido hasta mancharme. ¿No hablaba así el poeta?

Desde entonces han pasado 66 años y los alemanes se han vuelto exquisitamente pacíficos, colaboradores, dialogantes, tranquilos, encantadores, pero para llegar a esta magnífica welchanstaung hubo previamente que derrotarlos, pasarles el rodillo por encima como una máquina infernal y despiadada. Al acabar la guerra, Berlín había perdido  un millón trescientos mil habitantes, y toda la ciudad se reconstruyó desde cero. Para Rauchning es una evidencia que aquella guerra influyó sobradamente en las generaciones posteriores y también en los jóvenes alemanes actuales. En la revista Europa Friedrich Schlegel escribió estas concluyentes palabras: para este propósito es incluso conveniente escribir tal y como se hablaría para que las palabras quedaran claras.  Desde entonces han pasado 200 años.

El día en que acabó la guerra, todos los perdedores se pusieron a escribir. Al reconocer de algún modo lo que dos años más tarde Jaspers denominaría la culpa alemana. Desde los conocidos Henrich Böll, Ernst Jünger, Thomas Mann, hasta los menos conocidos como Elizabeth Borchers, Erns Kreuder, o Siegfried Lenz. He releído con lupa este viejo texto en donde puede encontrarse de todo.

Era un mundo sin luz o como máximo débilmente iluminado por los restos de algunas velas. No había agua. Se bebía el líquido sucio que salía de los tanques abiertos de la calefacción central, decía Friedrich Luft. Luft había nacido en 1911 y había trabajado para la industria cinematográfica del Régimen. Se escondió antes de que llegaran los aliados a la capital, y al salir del armario se dedicó a la crítica de teatro y cine el resto de su vida.

Había otros que, como Horst Lange, habían empezado a escribir sus diarios desde antes de que acabara la guerra. El 4 de febrero su crónica era espeluznante: Epidemia de suicidios. Ha ocurrido un caso terrible con una muchacha que se ha  incinerado viva y que vivía en nuestra casa. Un joven miembro de las SS se envenena junto con su esposa. La inminente llegada de los rusos produjo una interminable sangría de suicidios: para los alemanes era preferible morir antes que ser asesinado dentro de poco por ellos. Tendría que pasar el año entero hasta que el 31 de diciembre se abrieran de nuevo en Berlín 16 teatros y óperas.

El gran Jünger había empezado a escribir sus diarios por entonces, hasta 10 tomos de escritura autobiográfica se conservan, y casi al comienzo Jünger siente la culpa alemana de una forma muy profunda. Creía que las locuras deberían ser contenidas utilizando a ser posible su mismo esquema. Ello fue debido a que su jefe estaba dispuesto a arrasar el campo de concentración en cuanto llegaran las tropas invasoras. Dice Jünger que los tipos que llevan a cabo los procesos históricos más burdos suelen estar compuestos según la siguiente receta: inteligencia técnica, necedad, llaneza y brutalidad. Me suena. Sabía el gran escritor que esa derrota significaba no sólo la muerte de muchas personas, sino que también tenía que morir algo que había en el interior de los que habían lanzado la guerra, algo que se marcha con este ocaso. Al fin, parecía que los alemanes habían aprendido a ser humildes, a reconocerse en el fracaso.

Albert Camus, había anunciado con tiempo por delante esa implorada derrota. Aunque después de la guerra explicó algo en Cartas a un amigo alemán que no me gustó: que en esas cartas él sólo se estaba refiriendo a los nazis, y no a los alemanes en su conjunto. Lo cierto es que si relees el texto, Camus, cómo no, se refiere precisamente a los alemanes, puesto que los asesinos siempre tienen sus cómplices, sus simpatizantes, sus colaboradores e, incluso, a veces cuentan con el silencio de los necios, y de los cobardes y de una población que en general hace masa a favor del crimen porque el crimen le conviene. Aquello me pareció una excusatio non petita.

En la mayor parte de los textos de los perdedores hay algo de esto, incluso, aunque no guste, en el propio Jünger, que finalmente se convertiría en un filósofo excelente y en un escritor consumado. Es probable que Camus también copiara a Jünger cuando leemos en ambos esta frase conmovedora: para poder entrar en un estado de anarquía se comienza por cometer un asesinato, se acepta la culpabilidad de la sangre. La frase se halla por igual en estos diarios y en el mejor ensayo del franco-argelino, El hombre rebelde. Quién copió a quién.

Dice Carl Zuckmayer que no fue fácil enviar una carta desde el extranjero o recibirla de allí entre 1945 y 1948. Zuckmayer se marchó a los EE.UU. y allí se hizo escritor. No volvió. Tampoco se pudo telefonear desde una zona a otra zona, pues el país estaba fraccionado según los territorios ocupados por los aliados. El contacto con los vencidos estaba prohibido y por eso cuenta Zuckmayer qué dificultoso resultaba enviar una carta por terceros, y siempre por vía militar u oficial. Los comunicados de la Cruz Roja eran escuetos y tardaban en llegar unos diez meses. Así fue como Zuckmayer se enteró de que sus padres habían sobrevivido. Alemania estuvo pues incomunicada interior y externamente durante tres largos años.

La crónica de Thomas Mann es de las más interesantes. Al parecer, cerca de donde él se hallaba, en Weimar, el general americano obligó a desfilar a la población civil alemana entre los hornos crematorios del campo de concentración  de aquel lugar, naturalmente era el lugar de Goethe, y de los hermanos Schlegel, y de toda la élite romántica de un siglo y pico anterior. Aquellos alemanes de la II Guerra nada querían saber, pero el general americano acertó en esa lección. La letra no entra si a los asesinos no se les muestra directamente su propio crimen, su paz de los cementerios. Mann tuvo el arrojo de escribir sobre los campos de concentración antes incluso de que Jaspers iniciara su proceso de culpa, de la culpa alemana.

Es inexplicable que la mayor parte de estas obras no hayan conocido entre nosotros su difusión. Ni que nuestros historiadores de la memoria histórica se hayan interesado ni un ápice por estos testimonios. Cuando un perdedor escribe, habiendo participado previamente en un crimen de tal naturaleza, un crimen de muertos sin sepultura, de víctimas a las que no se les ha concedido ninguna satisfacción, empezamos a oír verdaderamente por quién doblan las campanas.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

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