Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, October 22, 2011

Melancholía

Los clásicos definieron muy bien la melancolía. Fue la situación en la que cayó Demócrito, hasta el punto que llamaron a Hipócrates para que lo visitara. Cuando lo vio y trató con él salió de la casa diciendo que era el mundo el que estaba loco, porque su amigo estaba perfectamente cuerdo. Kirstin Dunst la Isolda de Melancholía, lo dice al final, se siente segura al decir que estamos solos en el universo, y por más planetas que pudieran venir a estrellarse contra nosotros la cosa no tiene remedio alguno y, efectivamente, el planeta Melancholía lo venos acercarse en el relato de Lars von Trier y nos fríe.

A partir de la tradición protestante la melancolía va a asociada con el demonio. En Los trabajadores del mar, novela de la que se ha hablado varias veces aquí mismo, se define la melancolía como la dicha de estar triste. Para Kierkegaard es la condición existencial más profunda del hombre, que sufre su alejamiento de Dios. Quizá empiece a darme cuenta de esta paura, de esta angustia conmigo mismo, especialmente al comprobar ante el espejo que me llevo la mano a la calavera, es decir, a la quijada, con mucha mayor frecuencia que antes. Vienen y me dicen que si estoy pensando, que si estoy triste, no; simplemente estoy aquietado en mi propia melancolía.

Dice Raymond Klibansky que para el marxismo la melancolía tiene su causa en la incapacidad de la inteligencia burguesa para superar la contradicción entre lo posible y la realidad histórica. Para todas las ortodoxias la melancolía es un mal social. La melancolía acabó teniendo su dios, Saturno, porque es el más elevado de los planetas y también el dios de los filósofos, y el Tiempo que devora a sus hijos. Cuando era niño me llevaron al Prado y vi a Saturno comiéndose a uno de sus hijos. Pasó mucho tiempo hasta que me enteré que otro lo había castigado. Desconozco por qué después se convirtió en patrono de los lisiados y de los salteadores de caminos, y de los pensadores. Quizá mi mala estrella se deba a Saturno, al planeta, que se descolocó por aquellos días en que Karin habla con Dios, posa su mano en su vientre, y grita aquello de ¡Dios mío, ayúdame! en Stromboli. Que casualidad, fuimos arrojados a este planeta al mismo tiempo.

Así que visto el panorama me propuse para dos acciones; la primera, remontarme a un viejo texto de Kant, que estaba observando un día el sentimiento de lo bello y de lo sublime y se encontró de súbito con un melancólico paseando por la calle, acaso él mismo. Era un tipo tenebroso, inclinado a tomar una dirección equivocada, y con una tendencia clara hacia lo sublime. Habló con él y se percató que el hombre ordenaba sus emociones a partir de principios. Kant, vio que a aquel hombre no le interesaban nada las cosas que opinaban los demás, y que sólo estaba preocupado por comprenderse a sí mismo, y vio así que el hombre melancólico acaba siendo un hombre obstinado.

El melancólico contempla el cambio de las modas con indiferencia y sus esplendores con desprecio. Le repugna mentir y se acuerda de sus amigos muertos todos los días, como si aún estuvieran vivos. No soporta ningún sometimiento abyecto y siempre respira aires de libertad. Kant concluye que el melancólico es u juez severo para sí mismo y para los demás, y no pocas veces siente hastío de sí mismo tanto como del mundo. Joder, el hombre melancólico siempre va conmigo. El análisis kantiano es poderoso puesto que no todo en el melancólico es admirable. Puede acabar en la extravagancia su deseo de vengar la injusticia, y en el esperpento. ¿Visionario o chiflado?

La segunda, para quedar con una amiga que me ensortijó para ir a ver el film de von Trier. Me parece que la propuesta apocalíptica de von Trier es aceptable, puede ocurrir y, además, de cualquier modo ocurrirá. La incertidumbre de la desaparición del planeta permite también que von Trier la concluya eligiendo nuestra Era como su momento. Lo bueno de este cineasta sorprendente es que cada proyecto es diferente al anterior y también al siguiente. Es imaginativo y es genial. El preludio actúa como el prólogo de un libro: resume y adelanta lo que vamos a ver, la destrucción del mundo con planos muy brillantes; pictóricos -Bruegel-, literarios -Tristán e Isolda-, sonoros -Wagner-, a cámara lenta, una de las originalidades a las que se ofrece Trier en todo caso y ocasión.

La expectativa es creciente a medida que avanza el relato; sin embargo, sus dos partes están algo descompensadas. La boda es fantástica, se muestra aquietada, como si los personajes estuvieran atrapados por un designio superior, tipo El ángel exterminador, de Buñuel. Pero pronto vemos que algo va mal, que nuestra Isolda, nuestra Justine, nota que el mundo se derrumba y que su matrimonio carece de sentido, porque no tiene futuro. Es intuitiva, sabe cosas y no se asusta, ¿para qué? Mientras que su hermana va a tardar en reaccionar demasiado, y el relato le concede la segunda parte enteramente, y ahí es donde von Trier pierde el hilo de la atracción que había ejercido sobre nosotros. El error reside en que la destrucción del mundo parece que sólo va  a afectarle a la familia de Isolda/Justine, algo así como una vuelta del Séptimo continente de Haneke, pues todo desaparece cuando abandonamos la ceremonia.

La boda está filmada cámara en mano dogmáticamente, valga la expresión. Está filmada con magníficos recursos narrativos, porque la boda es un pretexto, y todos esos personajes están verdaderamente muertos y por eso la imagen deambula a su alrededor prestándole únicamente atención a Kirstin Dunsk, nuestra heroida (¿o heroína?). Un acierto de la puesta en escena, sin duda. Luego, ya sin relato, von Trier ha de dirigirse rápidamente al encuentro con el desenlace, el episodio puramente fantástico que trae recuerdos de El árbol de la vida como si el espionaje industrial también hubiera entrado ya en el cine. Lars von Trier, es un poeta maldito, pesimista, convencido de que estamos solos en el universo.

A mí me parece igual, que estamos solos y tememos a Cronos, es decir, a Saturno, devorándonos insaciable. Hay un poema de Teofilo Gautier en donde el poeta  nos señala, en donde me dice que estoy soñando con el pobre destino del hombre, que la vida es bien amarga por lo que poco que dura, que la ciencia es vana y el arte quimera, que Cristo dejó mucha hiel en la esponja, y no todo son flores en el camino del cielo, y con el alma llena de amargura y hastío te has pintado Oh, Durero, en la Melancolía, y tu genio lloroso apiadado de ti, te ha personificado en su creación.

Kirstin Dunst debe ser ese ángel de Durero que piensa que todo retorna a la nada. Lástima que sea tan hermosa, tan inmarcesible y deseable. Todo a su alrededor está lleno, completo. Pero la vida ya no le satisface y Tristán está en otro lado, quizá con la Isolda de las blancas manos, y haya que partir hacia él, no sin antes apiolar a un imbécil que  deambula por la trágica y horrorosa fiesta apeteciéndola, como si los principios y las normas no valieran nada en medio de un mundo decepcionante, inmoral, desechable. Melancholía viene hacia nosotros con una vertiginosidad inquietante.

He terminado, señor Presidente, muchas gracias.

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