El artista y su tiempo
Al pronunciar su discurso en la recogida del Nobel Albert Camus fue muy breve en la elección de su tema, que discurrió sobre la condición del artista y su tiempo. Cuatro días más tarde, el 14 de diciembre de 1957, pudo desarrollar ampliamente sus ideas en una conferencia impartida sobre esa misma cuestión en Upsala. Empezó diciendo que todo hombre, y con más razón el artista, desea ser reconocido. Viene esto a colación porque observo una cierta anomia entre las personas con las que suelo tratarme y en aquellas otras con las que no trato pero que observo. Quizá fuera conveniente reconocer esta pulsión, o como diría René Girard, esa mentira que es el deseo espontáneo, ya que en todos los trabajos en donde fluctúa la creatividad, la imaginación, el arte en suma, hay un artista horadando las piedras.
La novela no alcanzó su máximo nivel hasta el siglo XVIII, momento en el cual el artista se convirtió en protagonista absoluto de sus argumentos, eso que Calvo Serraller llamó la novela del artista, en una lista interminable de autores que probablemente no hacían otra cosa que reivindicar para sí mismos esa condición. De hecho, Camus se presentó en el Ayuntamiento de Estocolmo como un artista, y a esto es a lo que voy. Antes ya, Oscar Wilde propone en sus Intenciones una figura, que es una forma puramente estética, la del crítico, como la forma más elevada del artista, el crítico como artista, de modo que no os sorprenderá comprender que uno de los grandes vacíos de la educación consiste en no enseñarle a los niños a formarse en una línea de aspiración artística que debería hallarse en las aptitudes y en los trabajos del mañana y especialmente en aquellos que se refieran a la actividad creativa y ciertamente a la enseñanza. Por mi parte, intento comportarme como tal, como un artista, y quizá sea eso, un crítico, un profesor, artista. Y no es para reírse.
Dijo Camus en aquella ocasión que el artista se forma es esta perpetua ida y venida de sí a los demás, a medio camino entre la belleza, de la que no puede prescindir, y la comunidad, de la que no puede extirparse. Igual sucede con los maestros. Una de mis experiencias más hondas procede de mis relaciones con mis maestros y profesores, y quizá algún día hable de ello. También dijo allí que los artistas no desprecian nada, y que por eso motivo se obligan a comprender en vez de a juzgar. No veo por qué si a los escritores les compete la misión de ponerse al servicio de los que sufren, no hemos de ponernos los hombres en general en la misma misión, seamos profesores, críticos o viajeros. En la sociedad actual, sin embargo, asistimos perplejos a la escena en la que los único hombres que parecen destinados a la obligación de la piedad sean los políticos.
Camus habló en aquella ocasión del servicio de la verdad y de la libertad, y de esto no oigo hablar nunca en mi trabajo, pese a que en medio de todo vea a muchos artistas que en realidad desconocen que lo sean. Hoy el mundo empieza a aparecerse a aquel del que salía la generación de Camus después de la guerra: heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones caídas, las técnicas que han caído en la locura, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas, en la que mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo, pero no saben convencer, en la que la inteligencia se ha rebajado hasta a hacerse la sirvienta del odio y de la opresión, esta generación ha debido restaurar en sí misma y en torno a sí misma, a partir de sus negaciones, un poco lo que da la dignidad de vivir y de morir.
Como digo unos días más tarde Camus comenzó su conferencia citando a Emerson, uno de los intelectuales más leídos durante el XIX, y aquella cosa que tanto me gusta a mí: la obediencia de un hombre a su propio genio es la fe por excelencia. Camus remachó la idea citando otras lecturas, recordando que mientras un hombre permanezca fiel a sí mismo todo abunda en su sentido. En el fondo, no sólo son artistas de sí mismos algunas criaturas de Shakespeare, sino que todo un hombre verdadero es en sí un artista, aquel hombre que logra al fin serlo de verdad habrá sido una construcción. En la mitad de su discurso, Camus habló de la relación que hay entre un hombre y su vida, y señaló que la vida de un hombre no es sólo lo que le ocurre, sino lo que le ocurre a otros hombres que dan forma a la suya, las vidas de sus seres amados, y de los hombres desconocidos, poderosos o miserables, que crean mitos decisivos para nuestra conducta, no del Soberano Bien, sino del soberano azar que reina hasta sobre las existencias más ordenadas.
Si hablamos de arte y de artistas, de hombres y trabajos, comparto con Camus la idea genial de que todos somos realistas y a la vez nadie lo es. Crear, trabajar, es al tiempo negación y consentimiento, y por eso no puede ser sino un desgarramiento perpetuamente renovado. Paradójicamente, Camus acabó su discurso citando a Wilde, el autor por donde yo hubiera querido comenzar este artículo esta mañana. No hay uno solo de los desdichados encerrados conmigo en este miserable lugar, que no se halle en relación simbólica con el secreto de la vida. Para Camus este secreto de la vida coincide con el del arte.
La influencia de Wilde en Camus fue sobrecogedora, pues Camus no había hecho otra cosa que hablar de la mentira en su discurso de la excelencia, y Oscar Wilde tituló precisamente su primer ensayo acerca de los artistas como “la decadencia de la mentira” antes de entrar en la cárcel. Si la Naturaleza no fuera tan imperfecta, observó Wilde, no habría arte alguno. Viviam, es decir Wilde, ha invitado a Ciryl a pasar unos días en su mansión de Nottingham. Las únicas cosas bellas, empezó por decir el anfitrión, son aquellas que en nada nos conciernen. Esto ciertamente no lo compartiría Camus, pero es que Camus era un artista de su tiempo, y Wilde simplemente era un artista, alguien capaz de repugnar las sórdidas calles de su ciudad, y preferir estar en la montaña con Apolo, un griego. Para Wilde la Vida es el disolvente que acaba con el arte, el enemigo que devasta la casa.
Además Wilde fue un crítico excepcional, no porque escribiera “El crítico como artista”, sino porque fue el único en reparar en que Wordsworth no fue en realidad un poeta lakista: su obra buena la llevó a cabo cuando volvió, no a la Naturaleza, sino a la poesía. La poesía le dio Laodamia, y los sonetos magníficos y la gran Oda. La naturaleza, en cambio, le dio Martha Ray y Peter Bell. En la discusión con Ciryl, Wilde/Viviam dejan claro que el arte no puede expresar nunca otra cosa que a sí mismo. Poco antes había llegado a Londres una exposición de los artistas japoneses Hokusai y Hokkei, y, asombrados, fueron varios los pintores ingleses que visitaron Japón con la idea de hallar allí los personajes de las imágenes volanderas. Al llegar al Japón no pudieron hacer nada, porque simplemente aquellas personas no existían, eran una simple invención, recreación, artísticas. La vida no puede imitar al Arte, pero el arte sólo se imita a sí mismo. Es evidente que para Wilde el arte siempre se halla en oposición a su propio tiempo, le ocurre igual que al Pensamiento, goza de una vida independiente.
Quizá debiéramos situarnos en el medio, entre Camus, y Wilde, tan próximos y tan distantes, si queremos que nuestra vida se parezca al arte y al pensamiento. La revelación final es que la mentira, el cuento de cosas bellas e inexactas, es el fin propio del arte.
He terminado, señor Presidente, muchas gracias.



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