El crepúsculo celta
Veo venir hacia mí el crepúsculo celta, una metonimia más que una metáfora, veo venir como siempre batallas y reyes, y veo venir a Yeats como maestro de gramática, acantilados y rocíos, y a Danny Boy produciendo canciones soberanas. Y veo en Yeats, al fin, al hombre enamorado, que no vi la semana pasada. Una vez Yeats escribió un poema, que empezaba así: cuando estés vieja, y gris y soñolienta, coge este libro y sueña con las sombras profundas que antes tenían tus ojos. Una serie de hombres la habían amado con falso amor o de verdad, pero solo uno había amado en ella su alma peregrina. Sólo uno había amado los sufrimientos de su cambiante cara. El libro podría ser cualquiera de los muchos que escribió el poeta irlandés, pero sin duda el hombre era él.He decidido viajar por Yeats tocando sus líneas de versos contundentes, rectos álamos, bajando de texto en texto como si pudiera configurar una geografía, una telúrica meseta acompañada de acantilados, O´Learys, y una nación de santos. Es cierto, el vino entra en la boca y el amor entra en los ojos: eso es todo lo que en verdad conocemos antes de envejecer y morir. Así llevo mi vaso a mi boca, y te miro y suspiro. Reproduzco estos versos como si fueran míos, sin distinguir sus versos de aquellos otros que nunca escribí, y acaso nunca escriba, porque sería innecesario habiendo estos. Muchos poetas carecen de esta conciencia. Escriben y publican sin sentir vergüenza alguna de esta ausencia que desconocen.
La poesía es el único asunto no abstracto del arte, si entiendo por abstracción aquello de lo que hablaba Serafín Moralejo Alvarez cuando escribía Formas elocuentes. Yeats es de algún modo el último poeta en el sentido de que nadie como él se confió y murió por la belleza. Innisfree y Finisterre vienen a significar lo mismo, la misma belleza. El poema que alude a esa tierra duele: me levantaré y me pondré en marcha y a Innisfree iré, empieza el poema. Y una choza haré allí de arcilla y espinos, nueve surcos de habas tendré allí, y un panal para la miel, y viviré solo en el arrollo de los zumbidos. A veces Yeats se confunde con Cunqueiro que, por el contrario, creía poco en los celtas, aunque su literatura le contradijera. Merlín me aprueba.
Yeats era esa clase de poeta que sabe que la belleza se esconde en la Historia, y puede aparecer en un instante no descrito todavía, pero que hay que revelar porque ese es el compromiso del hombre con el misterio, del hombre con la nada; las rosas del poeta. No sabemos que aquello que perturba nuestra sangre es solo su nostalgia de la tumba. La poesía fracasa allí en donde no es zaguán de una rosa, allí en donde no culmina la aspiración de toda belleza. Yeats, el teósofo, el compilador de sociedades secretas, el celta crepuscular.
Nunca des todo el corazón, dice después Yeats, como consejo a los jóvenes que han depositado su interés en alguna mujer, pues todo lo bello es sólo un breve deleite. Oh, nunca des el corazón completamente, pues ellas, aunque otras cosas digan tersos labios, han entregado su corazón al juego. Yeats sabía de lo que hablaba, pues dio su corazón y lo perdió. Esa fue la causa por la que se casó tardíamente. Ninguna mujer había visto en él al Olimpo. Lo cual no hubiera sido complicado, bastaría con leerle. O, por el contrario, no ames demasiado tiempo, porque podría ocurrirte como una vieja canción que pasara de moda.
¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño? Desfilamos y desfila con nosotros el mundo atareado entre las almas de los hombres que se despiden y ceden su puesto como las pálidas almas en su glacial carrera, bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos, sigue viviendo este rostro solitario. Es parte de otro gran poema del poeta de Dublín, que acabaría teniendo a un gran secretario a su lado; Edra Pound, hilos invisibles de la noche que transmiten la belleza como por oficio. Recuerda la olvidada belleza, escribe Yeats, ya que en él surgen imágenes de otro tiempo, otros vivos que estuvieron vivos, otros amores truncados por las batallas, sangre derramada, rosas muertas, allí en donde solo Dios permanecía con los ojos abiertos, ya que todo deberá consumirse cual rocío.
Si tan solo yacieras muerta y fría, y las luces del oeste se apagaran, vendrías aquí e inclinarías tu cabeza, y yo reposaría la frente sobre tu pecho, y tu susurrarías palabras de ternura, perdóname, pues ya estás muerta. Quisiera, amada, que yacieras en la tierra, bajo hojas de bardana, mientras las estrellas, una a una, se apagan.
Uno de los primeros amores que tuvo en su vida Yeats fue aquel por el que escuchó a una joven decir que se tomara el amor con naturalidad, como las hojas que crecen en el árbol: allí, en los jardines de Shalley su amor y él se encontraron. Pero Yeats, siendo joven y tonto, no quiso compartir esa verdad, y desde entonces vivió preso de lágrimas. Y al fin llego a ese poema que andaba buscando en la oscuridad: todas las cosas feas y rotas, gastadas y viejas; el llanto de un niño junto al camino, el crujido de una carreta cargada, los pasos pesados del arador sobre el moho del invierno, están dañando tu imagen, que hace brotar una rosa en el fondo de mi corazón; el mal de las cosas informes es un mal demasiado grande para ser dicho; añoro crearlas de nuevo, y sentarme lejos en una verde loma, con el cielo, la tierra y el agua, vueltos a hacer, como un cofrecillo de oro, para sueños de tu imagen que hace brotar una rosa en el fondo de tu corazón.
Yeats no parece un hombre de nuestro tiempo. Había nacido en 1865, y esta circunstancia le hizo vivir en dos épocas diferentes, la victoriana y la belle epóque, el nacimiento de Alemania y el fin del Imperio Austrohúngaro. Conoció la primera Gran Guerra, y prácticamente asistió al comienzo de la Segunda, pero William Butler Yeats tuvo su propia época, puesto que podríamos considerarlo como el último de los poetas románticos: Lo que hace de un hombre un individuo romántico es el amor a la tierra y su regreso a ella. Yeats regresaba a ella permanentemente, física o espiritualmente. La tierra era una nostalgia, una religión, nunca un predicado, un discurso, una soflama.
Ya decía Russell que hay dos maneras distintas de ser romántico, la sensibilité, que decían los franceses del XVIII, esa predisposición a la emoción, es decir, a la simpatía, directa y violenta, no informada por el pensamiento, y la rebelión, reaccionaria y revolucionaria a un tiempo. No se puede abarcar el romanticismo, si se trata de una pasión, sin incluir a Yeats, que parece casi un contemporáneo de Byron y del matrimonio Shelley, antes que un poeta de nuestro tiempo.
Yeats escribe en El crepúsculo celta que uno de los grandes problemas de la vida es que no podemos tener ninguna emoción pura. Siempre hay en nuestro enemigo algo que nos gusta y en nuestro amor algo que nos desagrada. Es este enredo químico lo que nos hace viejos y nos arruga la frente y hace más profundos los surcos de nuestros ojos. Celebro que todas sus mujeres le adoraran. Veo más allá de Yeats a un hombre interminable, veo a un Sísifo recogiendo su roca una y otra vez, como si quisiera demostrarle a los hombres que él también podría dominarlos a ellos, hasta convertirlos en sus esclavos. ¿Un dios? Quizá. El tiempo se hunde en decadencia como una vela consumida y a las montañas y bosques les llega el día, les llega el día; pero tú, amable turbamulta antigua de los estados del ánimo, nacidos del fuego, tú no desapareces. Creo que así comenzaba el libro en 1893.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


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