La ausencia de finalidad
La chica que me sirve el café me dijo que trabaja doce horas diarias. Le dije que eso era ilegal. Es lo que hay, me contestó. Después crucé el hall y vi a uno de mis alumnos. Le pregunté que si hacía huelga. No me respondió con claridad. Entré en el aula. Preparé un video sobre la Revolución Francesa y comencé a hablar de Defoe, aquel inmenso narrador que después de la piratería prefirió dedicarse al periodismo y escribir en Rewiew, el semanario de Hartley cuando Luis XIV andaba enfrentado a todo el mundo. En 1722 estalló una peste en Londres igualable a la acaecida en 1665 cuando Defoe tenía 5 años. En realidad, comencé la clase leyendo el comienzo de Robinsoe Crusoe en gallego, en una espléndida traducción.
He de decir que el aula estaba casi llena, y que la mayor parte de la Facultad estaba casi vacía, bien porque los alumnos hubieran abandonado a sus profesores, bien porque estos se hubieran solidarizado con sus alumnos de una manera subrepticia, aunque observé la existencia de algún conseguidor por los pasillos, de esos que sólo saludan cuando les parece. Aún pude decir algo sobre Anthony Burguess, que escribió sobre Defoe, y sobre Vargas Llosa, que nos reveló en Historia de un deicidio lo que García Márquez debe a El diario del año de la peste, y en esto entró el piquete informativo.
Decir piquete y añadir informativo es una injuria contra la inteligencia, un oximoron. No dieron los buenos días, no le pidieron al profesor ningún receso como en los telefilmes de Elliott Ness, y empezaron a largar sobre la necesidad de que mis alumnos abandonaran mi clase y les acompañaran al Toural en donde poco después iban a celebrar una manifestación contra algo que nunca explicaron en su intervención, y eso que son o van a ser periodistas. No les interrumpí en ningún momento porque a veces es mejor esperar el turno. Pero no me acallé cuando terminaron su espiche.
Decir piquete y añadir informativo es una injuria contra la inteligencia, un oximoron. No dieron los buenos días, no le pidieron al profesor ningún receso como en los telefilmes de Elliott Ness, y empezaron a largar sobre la necesidad de que mis alumnos abandonaran mi clase y les acompañaran al Toural en donde poco después iban a celebrar una manifestación contra algo que nunca explicaron en su intervención, y eso que son o van a ser periodistas. No les interrumpí en ningún momento porque a veces es mejor esperar el turno. Pero no me acallé cuando terminaron su espiche.
Vine a decirles que esas no eran formas, que hubieran podido decir lo mismo con o sin mi presencia, de habérmelo pedido previamente, y que incluso yo mismo me habría podido pasar a la insurrección si hubieran conseguido persuadirme. Lo único que pude atisbar era un deseo de rebelión por su parte, pero seguí desconociendo los motivos. Pensé, entonces, que era probable que mis alumnos conocieran el motivo de la parada, pero tenían tiempo de sobra para incorporarse a ella. Nadie salió del aula, y yo seguí hablando. Les dije a los del piquete que se ejercitaban con violencia, y que esa violencia iba a destinada especialmente contra sus compañeros y contra la Universidad, más que contra mí, aunque sé perfectamente que lo estaban haciendo contra mí también. Finalmente, añadí que iban a conseguir expulsarme del aula si no cambiaban de actitud. Se marcharon de malas maneras, aduciendo que tenían opinión. Les dije que no, que para tener opinión hay que ganársela previamente, que no descartaran a Descartes.
Y, entonces, ya no tuve más remedio que poner en la pantalla la Revolución porque el tiempo huyó. Mientras veíamos a Robespierre, desgañitado por un reguero de sangre, pensé en un artículo de Benito Seoane Sanjuán sobre el doctor Roff Carballo, una de las eminencias más preclaras del siglo, a propósito de la rebelión juvenil. El artículo tiene 40 años, pero aún lo conservo. El doctor había escrito un libro titulado Rebelión y futuro, y Benito nos aclaraba que el texto tenía una conducción antropológica y psicoanalítica. Eran los años de la rebelión universitaria, en la que también anduvo uno. Al doctor básicamente lo que le interesaba de nosotros era nuestra neurosis, es decir, la ausencia de finalidad, y en segundo lugar, el por qué de la agresión contra el simpatizante.
Como se sabe, por aquel tiempo los estudiantes de Nanterre golpearon al Rector de la Universidad, y a Paul Ricoeur, que era uno de los simpatizantes del movimiento. Los jóvenes de ahora quieren cambiarlo todo, pero, al igual que nosotros, sin saber qué es lo que se quiere construir en su lugar. Luego, y no sé a cuento de qué, les comenté que la única posibilidad de ser de izquierdas era preocuparse y comprometerse con la gente del común, con los más desfavorecidos, siempre que éstos no se pasaran al lado del terror, cosa que hicieron después de la Revolución en varias ocasiones. Me despedí hasta la semana siguiente diciéndoles que nosotros teníamos nuestra propia asamblea, que era el curso de todos los días, y que todos ellos eran una parte de mí, igual que yo era también una parte de ellos.
Salí del aula y me tropecé con los líderes de la improvisada asamblea. Uno me habló con respeto, el otro no. Me amenazó con una pregunta insidiosa. Si yo iba a tomar lista en la próxima clase. Me pareció una provocación tan insensata, que me vi obligado a contestarle que a mí me sacaron de la ducha los policías de Franco en enero de 1971, unos días después de la sentencia de los juicios de Burgos. El chico, entonces, no había nacido, claro. También le dije que podía usar el aula unos minutos antes de que yo empezara la clase, y le urgí a que lo hiciera con la broma de que, de no hacerlo, callara para siempre.
Como se sabe, por aquel tiempo los estudiantes de Nanterre golpearon al Rector de la Universidad, y a Paul Ricoeur, que era uno de los simpatizantes del movimiento. Los jóvenes de ahora quieren cambiarlo todo, pero, al igual que nosotros, sin saber qué es lo que se quiere construir en su lugar. Luego, y no sé a cuento de qué, les comenté que la única posibilidad de ser de izquierdas era preocuparse y comprometerse con la gente del común, con los más desfavorecidos, siempre que éstos no se pasaran al lado del terror, cosa que hicieron después de la Revolución en varias ocasiones. Me despedí hasta la semana siguiente diciéndoles que nosotros teníamos nuestra propia asamblea, que era el curso de todos los días, y que todos ellos eran una parte de mí, igual que yo era también una parte de ellos.
Salí del aula y me tropecé con los líderes de la improvisada asamblea. Uno me habló con respeto, el otro no. Me amenazó con una pregunta insidiosa. Si yo iba a tomar lista en la próxima clase. Me pareció una provocación tan insensata, que me vi obligado a contestarle que a mí me sacaron de la ducha los policías de Franco en enero de 1971, unos días después de la sentencia de los juicios de Burgos. El chico, entonces, no había nacido, claro. También le dije que podía usar el aula unos minutos antes de que yo empezara la clase, y le urgí a que lo hiciera con la broma de que, de no hacerlo, callara para siempre.
En la clase siguiente entraba Haneke. Vimos unos minutos de El séptimo continente, y como estaba en alemán sin subtítulos, fui haciendo comentarios,como un benshi, a vuela pluma. Cuando salía la chica del Este mecanizando en el Súper sus movimientos de una forma despiadadamente neurótica, les recordé lo de la otra chica de la cafetería, y alguien señaló que eso era ilegal. Naturalmente. Después hice esporádicas incursiones en la técnica, estilo y ethos de Haneke. Vimos la parte final, la más dura, de su opera prima, y al acabar me recriminaron por la elección. Una dulce damisela sostuvo en público que yo era un sádico. Como si yo hubiera compartido la dirección de la película con Michael Haneke.
A los de la tercera clase, a los de prácticas, les hice ver en la tercera hora quiénes habían sido Day, Greeley, Bennett, y Dana, quién había sido Field, aquel hombre que concibió y construyó el cable submarino, algo de McLuhan y de Morse, para acabar recordando alguna anécdota de la mañana, así como las amenazas de los incontrovertibles asesinos de la paz aún calentitas. Naturalmente, aquí tuvieron que firmar porque se trataba de una práctica.
De vuelta a casa vi en los muros la llamada a la Normativa de Permanencia, que es un invento semiótico de gran calado, de gran imaginación, que al día siguiente hubieron de explicarme. La Universidad ha decidido con criterio ponerle un coto al número de convocatorias de libre albedrío que han existido hasta ahora. Al día siguiente, un poste permanecía quieto con un móvil en la mano comprobando mi imagen al pasar. Esto es algo que me viene ocurriendo con cierta periodicidad, y nunca son los mismos. Me escondí, y cuando él pasó por delante me convertí en su cortaziano (de Cortázar) perseguidor, eso que tanto les gusta a los acólitos, simpatizantes o colaboradores de los verdugos. Se dio cuenta, y se desvió de dirección. Recogió unas bolsas de basuras y le esperé para impetrarle una objeción. Pudo decirme cualquier cosa, insultarme, que estaba loco, por ejemplo, pero se limitó a decirme que él trabajaba allí. Ya, era boa.
Naturalmente, ayer me volvió a esperar el poste, no el de Wenceslao, que todo lo sabe, pero esa vez no me di la vuelta para perseguirle: me encaminé a su Centro de trabajo y le esperé tranquilo con mi cámara oscura en un sillón del hall. Efectivamente, el tipo trabaja allí, pero otros muchos también trabajan allí. Entonces se me pasó por la cabeza aquella cosa que contó Stendhal en La duquesa de Palliano: el verdugo estranguló al cardenal Carafa con un cordón de seda que se rompió: tuvo que intentarlo por segunda vez. El cardenal miró al verdugo sin dignarse pronunciar ni una palabra.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.


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