Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, November 19, 2011

Orfeo y la tempestad


Me siento como ese escritor del que hablaba Barthes: la lengua del escritor es menos un fondo que un límite extremo, simplemente un lugar geométrico de todo lo que no podría decir sin perder, como Orfeo, la estable significación de su marcha. Cuando me pongo aquí delante, ante ustedes, comprendo que me erijo en estilo, en forma, en ruptura porque todo aquello que está a la vista no es, y todo aquello por lo que vivo y existo es aquello que se expande gracias a la escritura.

Me llega un correo, de una desconocida. En él reproduce unos versos en los que, paradójicamente, me reconozco. El poema es mío, pero no guardo copia de él. Lo escribí hace 44 años cuando era casi un niño. El objeto de mi amor era mi profesora de francés, quien finalmente se descubrió. En realidad, el poema no es mío sino suyo, lo cual me hace pensar en muchas cosas. Esas palabras se mantienen  y se agarran a la vida por encima de la carne, por encima de todo. Alguien las escribió un día, pero se han negado a morir. Y han vuelto. Como si me señalaran, como si apelaran a su propia existencia.

La vida humana, escribió Werther, se reduce a un sueño, esto es lo que muchos han pensado y semejante idea no ha dejado de perseguirme. El estilo, es decir, toda escritura, se hunde, dice Barthes, en la mitología personal y secreta del autor. No me cabe la menor duda. No es difícil señalar a Goethe detrás de aquellas palabras inventadas que viven por encima del paso del tiempo como este poema retórico que veo delante de mí y me desnuda. Todo poema es paradigma de otra cosa, del estilo de un hombre que se anuncia porque intuye que va a salir a la vida.

He hablado con mi profesora de francés. He recordado su gabardina gris, su delgadez, su cabellera rubia, su belleza. Me dice que ya no es atractiva, que ha engordado, que se le ha hinchado el cuello, que está enferma y que es muy fea. Noto por la voz que ha envejecido. Pero al verme en la foto me dice que yo también. Pero sigo leyendo en Barthes que el estilo funciona al modo de una necesidad, como si en esa suerte de empuje floral, solo fuera el término de una metamorfosis ciega y obstinada. Me gusta verme en el límite de la carne y el mundo. ¿No soy acaso puramente barthesiano?

Necesito regresar a Werther un día y otro día porque siento vergüenza del mundo y de los hombres: realmente, no he conocido jamás a un hombre enamorado. Algunos me cuentan sus aventuras, enumeran sus conquistas, pero nada, ni remontándome al pasado hallo un solo hombre enamorado. Alguna mujer sí, y se aprecia enseguida. Si estás algún tiempo al lado de una mujer, y se enamora de otro hombre ves que la circulación de su sangre ha cambiado de rumbo; un ahogo la oprime, la ligereza le alcanza, su temor la rehúye. Viene el vacío, esa mujer no es tuya, es de otro, pero si vive contigo, lo que presagia es una muerte, una destrucción; y vas a morir.

La falta de amor en las relaciones sexuales nos hablan de un mundo impío y derrotado. Amar se parece al viaje de un viajero que se despide de todo, de su familia y su vida, y va a su encuentro. El viajero no lleva nada consigo, ni fardos, ni ropa ni papeles. Pasa el tiempo, otea el horizonte, sube las montañas, las baja, y a veces ni ve, como Giorgione, la tempestad que viene a bocajarro. El viajero está en el puente, y en la otra orilla hay una mujer desnuda que amamanta a un recién.

Sigo a Werther. Acaba de hacer su viaje. Coge la pluma y le escribe. Carlota lee: “Está tomada la resolución, quiero morir, y te lo digo sin ninguna exaltación novelesca, con la calma más profunda, la mañana de ese mismo día en que voy a verte por última vez. Cuando leas esta carta, ser querido, la noche de la tumba habrá envuelto ya los restos inanimados del desgraciado que en los últimos momentos de su vida inquieta no conoce otro placer más dulce que el de hablar contigo”.

El estilo se hunde en el recuerdo cerrado de la persona, dice Barthes, es metáfora, ecuación entre la intención literaria y la estructura carnal del autor. Estructura, ¿residuo de una duración? Veo que ese correo, esa carta se me ha presentado como el residuo de una duración. La profesora de francés me exige una estructura, su carta lo es: ese poema ha logrado el milagro, roto las estructuras del tiempo, acaba de convertir 44 años del residuo de una duración en un instante. La estructura, pues, es sistema, pero es a la vez residuo, el amor como residuo, perpetración. Ella se disculpa, ha encontrado la carta, el poema dentro de un libro, y el libro lo ha hallado dentro de un arcón. Al abrirlo, Ali-Babá halló un tesoro sin percatarse, todavía, que el cofre era su criada.

El amor, todo amor, se halla también dentro de un arcón, por eso todo amor es secreto que permanece oculto al viajero, al amante, que ha salido en busca del amor y sólo lo halla después de haber viajado por el mundo durante toda su existencia. Al viajero le pasa como a aquella mujer que un día descubrió su amor delante de sus narices sin que nada pudiera hacer, igual que le sucediera al viajero de la tormenta.

Cuando Barthes habla de la escritura en realidad habla del grado cero del amor, que es otra escritura, otro poema, otra carta. Barthes habla de Frescor, habla de Historia, y cual viajero cambia de rumbo y se pone  a repensar la escritura desde otra perspectiva, decide ponerse en medio de la lengua y el estilo y descubre que entre ellas hay otra cosa, precisamente la escritura; para mí eso es el amor, otra realidad formal, otra forma, esa forma que no quiere para sí la sociedad corrompida y abyecta por falta de amor, esa forma, ese estilo que no se explica en clase. Es verdad, es escribiendo cómo hago posible que mi escritura sea un ethos, un compromiso.

No importa nada, importa mucho que yo sólo sea escritor de un solo lector, de una sola tempestad. Si amo es que he huido de la instalación de las normas de la gramática y del estilo. La escritura sería, lo comparto,  un acto de solidaridad histórica, El amor, como residuo de una duración, un acto de solidaridad y compromiso, no una fuerza ciega. Werther lo dice, está tranquilo, habla de su muerte persuadido de una convicción moral. Sin amor, sin amar, nadie está libre de entrar en la locura. Si alguien deja de amar no sabe quién es ni qué es. Es muy cómodo hacer el amor, hay gente que lo hace. Estoy rodeado de gente que lo hace, pero no hallo en ella un hombre enamorado.

Vienen las hadas madrinas y me enseñan un papel, me preguntan si lo he dejado olvidado en alguna parte. Lo leo, reconozco que es mío. Les digo que es escritura, que es un secreto que guardo en el cofre, en el arcón. Y añado que es una forma, una apariencia, que todavía no es escritura, no es amor, y que el viajero sólo ha salido a afuera a un afuera delezeuziano. Y repito las palabras en voz alta ya que ellas me conminan a hacerlo. Finalmente, no lo hago, y repito, como Werther/Barthes, estas otras: las palabras tienen una memoria segunda que se prolongan misteriosamente en medio de las significaciones nuevas. La escritura -¿el amor?- es precisamente ese compromiso entre una libertad y un recuerdo, libertad en el gesto de elección. De repente algo se mueve alrededor del viajero, allá enfrente al otro lado del puente. La tempestad le ha alcanzado, se ha convertido en Orfeo, ahora, en inestable significación de su marcha.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

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