El sueño de Rabí Eisik
Supongo que el rabí o rabino de Cracovia, Rabi Eisik, hubo de existir un día, pues lo ha contado en ocasiones Martín Buber, aquel hombre piadoso que estuvo en la vida preguntándose por el hombre, por quién era el hombre, y por Dios, al que, por cierto, veía en todas partes. Creo que la diferencia entre un mito y una historia esta marcada por la invención. Probablemente la invención es puramente mítica, mientras que una historia es algo que se ha vivido, de lo que concluyo que no es fácil poder considerar a nadie, en nuestros días, un verdadero autor.
No sé si la historia de Rabi Eisik es leyenda, es tradición, es invención o es una simple historia contada por Buber, y recogida después por Calasso, a quien se la robo ahora, porque la hago mía, el salmo es mío, que diría León Felipe. Alguien hace suya una cosa, y ya nos está queriendo decir algo. La verdad es que al leerla se me conmovieron las trizas del alma. Eisik tiene siempre el mismo sueño, y este sueño le conmina, le invita, a viajar a Praga.
En el sueño Eisik, efectivamente, sueña que se va a Praga porque hay un tesoro escondido bajo un puente que conduce al castillo de los reyes bohemios. Así que un día resuelve ir a Praga y apoderarse de ese tesoro indulgente. Al llegar al puente observa una cosa con la que no había contado: el puente está vigilado ominosamente por una caterva de soldados. ¿Qué preservan los soldados, el tesoro o el castillo? Bueno esto no viene en el cuento, pero yo lo añado ya que una de las características del mito es que no tiene autor, sino autores, es decir, lectores que se suman a la fiesta de la invención. Prosigo. Eisik da vueltas alrededor del puente, es testarudo, pero el capitán de los guardianes, harto ya de tanta involución alrededor de sus sombras, le inquiere y le interroga. ¿Qué buscas Rabi Eisik? Estas historias de guardianes y de viajeros de la noche que siempre tratan de llegar hasta el final, representan la vieja tradición narratalógica judía, como se verá después por Kafka y por Arendt. Es ese yo y tú de la teología o de la cábala de Buber, que trasciende sin duda el marco judaizante e influye en la sociedad entera.
Rabí Eisik le cuenta al guardián la historia de su sueño, y éste se echa a reír y le cuenta otra historia: Mira que si los sueños fueran verdaderos, en este momento yo estaría haciendo un viaje que es el inverso al tuyo y, naturalmente, no encontraría nada. Pero, bueno, te lo voy a contar: he soñado que encontraría un tesoro en Cracovia, en la casa de un rabino que se llama Eisik, hijo de Jekel, detrás de la estufa. Imagínate, ir a Cracovia, donde la mitad de los hombres se llaman Eisik, y la otra mitad Jekel...”.
La historia contada así anima a Eisik a regresar a casa en Cracovia y, efectivamente, el tesoro lo encuentra enseguida: no tiene más que buscar detrás de la estufa. Calasso halla una buena explicación en Henrich Zimmer, aquel gran mitógrafo alemán que fue expulsado por los nazis en 1938. Zimmer también conocía esta historia de rabinos, y dio esta explicación: el tesoro que buscamos se encuentra más cerca de lo que buscamos, aunque para Calasso este cuento tiene otra explicación, y es que el tesoro que buscamos debe ser revelado por un Extranjero, quien en ese momento no sabe ni siquiera que nos está iluminando. Por lo tanto si Rabí Eisik no hubiera hablado con el capitán de los guardianes en la lejana Praga jamás hubiera mirado en la esquina detrás de la estufa de su casa.
Me identifico plenamente con Eisik y también con el guardían del puente de Praga, pues yo soy plenamente el Extranjero. Voy por la calle y hallo un guardián o una guardiana, y la guardiana me dice: ¡oh, qué feliz me hace descubrirte ahora y comprobar cuán lejos has llegado, pues ya lo has obtenido todo en la vida! Y yo, impertérrito, le contesto: no, todavía no, no lo he conseguido. Y me llama escritor como aquel periodista que una vez en la televisión me presentó como escritor junto a otros contertulios que ya habían descubierto su tesoro probablemente en Praga debajo del puente, y no en sus casas detrás de la estufa. Quizá no sea más que un extranjero de mi propio tesoro, y quizá el tesoro no sea soñar con el tesoro ni siquiera hallarlo en Praga o en la estufa sino en mí mismo, pues la guardiana añadió esta cosa: eres guapísimo. Era boa.
Cuando leí El extranjero de Camus, no hallé en ella, en esa novela, esa cábala de los extranjeros que necesitamos para hallar nuestro oculto tesoro. De niño me hice la cábala, sin duda, que se hizo Eisik, pues lo que no explica el relato es en qué consistía para Eisik el tesoro, aunque yo ya lo tenía claro entonces igual que lo tengo ahora. Fue pensando en Eisik que una hada madrina, la locura que viene de las ninfas, me abrió el texto sagrado por el medio del tocho, más o menos por allí por donde aparece el libro de la Sabiduría, otro libro sin autor, como todos las grandes relatos de la Historia. El libro de la Sabiduría no puede tener otro autor que Él, pues no hallo en ninguno ese estilo abrumador, lejano, distanciador, que pareciera escrito por el mismísimo Dios. Hay un momento en que el autor parece establecer una separación entre el grupo y el Extranjero. Remito a este momento glorioso del texto:
Entonces el justo estará en pie con gran seguridad frente a los que le oprimieron y menospreciaron sus fatigas. Temblarán con terrible espanto al verlo salvo contra toda esperanza. Se dirán llenos de remordimientos y gimiendo en el colmo de su angustia: éste es aquel de quien nos burlábamos y al que teníamos como objeto de irrisión. Necios, nosotros, que tuvimos su vida por locura y su fin por deshonra. Y más adelante: De qué nos ha servido el orgullo, de qué las riquezas de que presumíamos? Todo aquello pasó como una sombra y como un rumor fugitivo.
Bien, esto es lo que veo en el Extranjero, o como dice la santa Biblia, en el Justo. Me veo a mí mismo como Eisik, cuyo tesoro está justo junto a él. Y tendrás, con todo, que hacer un largo camino hasta hallarlo, incluso para saber que está junto a ti, porque la Vida es el camino, y el camino a Praga o a Compostela es el espejo, el falso o cierto sueño que te empuja a dar con el tesoro que Eisik sólo podrá hallar si hace caso de los sueños. El sueño como un tú, del que hablara Buber, el sueño como destino y como ética.
Nos recuerda Calasso que el arte no se deja perturbar por sus significados. Durante mucho tiempo a mí me ha ocurrido, como crítico, lo que decía Dumezil: experimenta el placer de leer la Iliada de corrido sin hacerse preguntas, sin pensar nada más que en la historia contada, sin diccionarios, sin significaciones ulteriores. Ese placer, dice Calasso, es la verdadera ordalía del arte. Quien resiste esa prueba está salvado. Si iba al cine con Heredero, él se quedaba con el argumento, y me sojuzgaba, y yo con la historia, que es esa cosa que está más allá de lo que las imágenes muestran. Ya los alumnos ayer lo demostraron fehacientemente a propósito de los monstruos y de la monstruosidad en David Lynch. Sólo añadí una cosa: el mal y lo monstruoso no suelen coincidir, suelen ir por separado, lo malo es cuando se encuentran y se juntan.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



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