Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, December 03, 2011

Elogio de la obstrucción


Vino a verme un colega y me dijo que si podría hacer un artículo acerca de para qué sirve el cine. Está haciendo un libro de medios y comunicación, que es lo que se lleva ahora, y me mete en medio de un ejército de escribidores de la sombra o en sombra en donde yo aparecería ocultado, disminuido, entre murciélagos. Naturalmente que te lo puedo hacer pues esa petición ya se la hicieron a Sartre y a Simone y se constituyó en un libro, también suscrito no ya entre murciélagos sino entre águilas de la noche llamado ¿Para qué sirve la literatura? La verdad es que de todo lo que guardo de la pareja, sus reflexivas consideraciones acerca de la cosa dejan mucho que desear. Podía haberle dicho a mi amigo que esa pregunta la respondió Vargas Llosa con un texto precioso, Elogio de la lectura y de la ficción, el día de la concesión de su Nobel.

Todo esto es tan curioso como las curiosidades estéticas de las que hablara un día Baudelaire, pues si atiendo al dietario observo que esta semana ha venido todo junto. Después de hablar con el colega, que tiene una idea mecanicista del uso de los medios y las tecnologías, recogí un librito fastuoso que me regalaba el académico Darío Villanueva con su lectura del discurso magistral pronunciado por el escritor en Estocolmo. El texto del profesor se titula “La novela como literatura” y veo en la primera página que se trata de la conferencia que impartió este mismo año en el Temple University de Philadelfia. Esto de para qué sirve el cine, en realidad, es una pregunta estética a la que ya respondí en el blog cuando acabé el curso de Historia del Cine en junio de 2010, aunque ahora recogeré la botella con el mensaje y desarrollaré, si cabe, mis ideas. es decir, mis obstrucciones.

Veo en la conferencia/libro de nuestro querido profesor, editado en octava como gustaba de leer en ese formato el príncipe de Maquiavelo, que Darío sigue el curso del Nobel, palada a palada, como si descendiera por el río que va a dar a la mar, como ya comparara Russell la propia vida. La novela como literatura es ensayo que se embebe de toda la obra y de todo el discurso, pues ya en todo el árbol del conocimiento, aquel del que hablaran los enciclopedistas, es un árbol con ramas, digresiones, paréntesis y toda clase de explicaciones. Leer a Darío es un lujo, y esto me ha llevado a colegir ciertas cuestiones sobre la ficción desde que entrara unos minutos después en el aula con mi octava debajo del brazo, pues me esperaban en ella las cinco obstrucciones de Lars y Leth, exigiéndome premisas sobre las modalidades de la ficción y del documental. Empecé la clase por el final de Vargas Llosa y de Darío Villanueva, de lo que se sigue esto:

Hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus siervos y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

Le quito la cursiva al discurso del Nobel, porque yo también lo hago mío. Y luego pasé a las obstrucciones, a mis weltlycinema parangonando a Darío/Goethe/Eckerman, es decir, al cine universal, que es lo que nos hemos dado en el curso. Al ver las imágenes de Cinco obstrucciones, es decir, de El ser humano perfecto, me vi obligado a hacer algunas extrapolaciones, pensar en el elemento ético/estético de nuestra existencia, dado que un maestro, igual que un escritor, es igual que ese yo que vive en otros, y desde otros. En la arcilla de mis sueños Jean Valjean, que construyó en parte la personalidad de Vargas Llosa, construyó la mía también.

Todo lo que tiene de obstrucción Valjean lo tiene Letz en el filme que comparte dogmáticamente con Lars. Hacer una novela o narrar un filme tiene mucho de obstrucción y de deconstrucción, si sigo el propio hilo del profesor Villanueva, que descarta a Derrida como un artificio innecesario y maldito en la muerte de la novela -¿y del cine?-. Ciertamente vivir sin obstrucciones forma parte de lo deleznable del sistema. Las personas decentes, como los escritores y los buenos maestros, se imponen a sí mismas la obstrucción. Esa cárcel de seguridad que es la vida real, dice Vargas Llosa. Esta obstrucción, a mí me ha llevado, como sabe todo el mundo, a plantearme la vida como una novela o como un filme. Imito al Quijote, porque el Quijote también necesita salir de la cárcel de seguridad y creerse un personaje salido de las novelas de caballerías, y hacerse en vida un personaje inmortal. El mundo es su obstrucción, y él es el único cuerdo. Después sale al mundo a conquistarlo porque la vida es un vacío y no encontramos a Dios.

Para qué sirve el cine. Para lo mismo que sirve la literatura. Ni sartre ni Simone lograron explicarlo en su conferencia/libro; sin embargo, Vargas Llosa, sí. Me subo a la barcaza de Darío y remo con él hasta el final. Lo que una novela cuenta es inseparable de la manera como está contada. Me gusta mucho eso de que una novela puede ser formalmente imperfecta y al mismo tiempo excepcional. La clase de Cinco obstrucciones, que duró tres días, fue imperfecta, pero acaso excepcional. Alguien dice en su blog que mis apuntes no hay por dónde cogerlos, y yo me defiendo respondiéndoles que se vayan a la Normal, a ver si pueden coger los apuntes de Barthes, Lacan, Derrida o Foucault. El mundo no quiere novelas, no quiere filmes, no quiere clases excepcionales: sólo quiere una cosa: rigidez, rigidez, rigidez. Lección 1,2,3,4,5,6, y así hasta el final. Pero el árbol de las obstrucciones no se parece al árbol de los enciclopedistas, no es racionalista, aunque sea racional, se parece más a un árbol de Friedrich, es decir, a un árbol griffithiano.

Creo que mis intervenciones en el aula, como la literatura de la que habla Vargas Llosa eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez. Al salir del aula, y después de haber visto a la mujer perfecta, es decir, a Alexandra Vandernoot, me traen un mensaje dentro de una botella. Al quitar el tapón observo que la botella fue enviada desde Québec hace 44 años, es el poema del que hablé hace un par de semanas, que le había enviado a la profesora de francés, no a las dos profesoras de francés que tuve en la adolescencia, ya que una, Madame Paulette, pertenecía a la época de Rancée, y la otra es de la nuestra.

No me importa que tus pechos se pierdan entre costillas de terciopelo, porque por esa planicie voluptuosa yo ascenderé al cielo. No me importa tu rostro flébil de tísica enfermiza, y miasmas que ensombrecen tu cuerpo débil. No me importa que tus lúgrubes fanales me aconsejen que tu féretro me aguarda, porque por un solo instante tu serás mi eternidad. Nuestras miradas tiernamente se encontraron en el abismo traspasando las barreras inicuas del mundo.

¿Existía la palabra flébil? ¿Existe hoy todavía? ¿Me la inventé? ¿Se trataba de una flor, es decir, de una traducción de las flores del mal?

Este era el poema. ¿Lo es todavía? ¿Es la sexta obstrucción, la obstrucción que me faltaba? No lo sé, pero lo integro en mi particular elogio de la lectura y de la ficción, en medio  de un sabor de boca que me restringe como a Leth el  plato que tiene delante.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



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