La imagen detenida
Me ocurre lo mismo que a Andrés Pasin, el antihéroe de El plano de Euclides. Le llamo antihéroe, porque no forma parte de una corriente realista o naturalista, que fueron los lugares idóneos de los héroes de la novelística en una determinada época. Me ocurre que empiezo ahora a revisar mi álbum familiar. Trozos, fragmentos, claro, porque nuestras fotos están dispersas y diseminadas. Pasin estuvo a punto de llevárselas todas consigo, pero al final se conformó con unas cuantas. Además aquello sucedió en un momento de transformación de la tecnología, y ahora puede seguir admirándolas en su ordenador. En la foto me preocupa la niña que nos contempla detrás del poste. Quién es. ¿Vive todavía?
Desde hace un tiempo releo a Barthes, ya lo he dicho, un texto especialmente, porque hay libros que desnudan a sus lectores. Cuando Barthes habla de la fotografía comienza por hablar de su madre, pues la vida está hecha de pequeñas soledades. Me gusta mucho La cámara lúcida, texto que él opone graciosamente a cámara obscura, porque la fotografía siempre me produjo un miedo terrible, y todavía hoy me lo causa. Creo que en esto soy más pudoroso que Nanuk. Otras personas tardan en percatarse del peligro que supone la fotografía. Recientemente, un político, el más fotografiado de todos, sintió que se dirigía directamente a la cámara de Jeff/Stewart, como si fuera llevado a la cámara final por el mismísimo diablo. Los flahses le impidieron ver la realidad al no comprender que se había transformado en un personaje afuera de, como diría Deleuze, aunque resulta imposible salirse de una foto, como veremos después.
Dice Barthes que una foto siempre es invisible: no es a ella a quien vemos. El problema de la fotografía es que no reproduce personajes, sino personas, de ahí que se convierta en una forma de retorno a los muertos. Cuando nos referimos a esos muertos de las fotografías, hablamos de ellos como si todavía estuvieran vivos, aunque haya pasado medio siglo. Ese es el tío Fernando, ese es el tío Esteban, esa era la mujer del abuelo, decimos. Y además aparecen otras personas que no sabemos quienes eran, pero que si estaban allí sería por algo. Hay una relación no explicada entre las personas que somos capaces de revelar y las que se han revelado por sí mismas de una forma latente.
A veces alguien te fotografía porque pasas por allí, y esa captura de tu cuerpo forma parte de una imagen lamentable, patética. Te has convertido de repente en eso que Barthes llama el studium, y quién sabe si en el punctum. No, no me gusta nada la fotografía, porque obtiene de ti una inmortalidad que es teatral, cadavérica. En el siglo XIX las familias fotografiaban a sus niños muertos dentro de la caja porque tenían una impresión mítica de la muerte. Era una tradición, y como sostiene el semiótico, así había empezado el teatro, como una representación de la muerte. Una vez, yendo de gira con un grupo de teatro independiente, les dije a mis amigos que me fotografiaran en una tumba románica que estaba abierta y sin esqueletos. Era un atrio o algo así. No me di cuenta que estaba empezando a ser barthesiano sin Barthes. Al mismo tiempo me gusta mucho la fotografía, desde luego.
Todo el mundo actúa delante de una cámara, pero poca gente es consciente de que la cámara recoge siempre lo peor de esa actuación, es decir, la mímica. Ese temor embargaba a Barthes, que sabía que la fotografía nunca podría plasmar la sutileza de su personalidad. Una fotografía siempre recoge lo peor de nosotros mismos. Es como si el hombre, cogido en su fragmento de tiempo no fuera nada, o fuera realmente lo que es, es decir, un ser destinado a ser nada. Si queremos vernos como cadáveres no tenemos más que sacar las fotos del álbum o del cajón, como hace Andres Pasin subrepticiamente. Posar es actuar, y nuestro yo auténtico no coincide nunca con la imagen. Ponte ahí y no te muevas, nos dicen en el estudio. Es una frase genial. El fotógrafo de barraca la pronuncia porque él también teme la fotografía, elude su instantaneidad, rehuye el punctum, sin percatarse que el punctum es un estilema espontáneo que puede desbaratar cualquier composición. Hasta el fotógrafo de feria sabe que el personaje que ha colocado delante de su objetivo está condenado de antemano. ¿Qué pensar de aquellos retratos de Nadar, el más grande de todos, en los que sus mujeres permanecían impasibles durante horas? Yo me solidarizo con los fotógrafos de la calle al menos en una cosa: la fotografía es un invento del diablo. Metes un papel en una vasija y una imagen latente, de súbito, aparece delante de ti como por encanto. Nunca la física y la química han ido más de la mano.
La muerte es el eidós de esa foto que surge de la noche. A Barthes no le gusta que se la relacione con la pintura, aunque ésta ya predecía la fotografía anticipadamente, y las primeras fotos, de Niepce a Nadar, parecen pinturas. Uno ve a Sarah Bernard y no sabe si está delante de una foto o de una pintura. Las fotos del álbum familiar las veo ahora como un tableau-vivant. Hay en ellas una predisposición estética, una belleza. Hay que verlas solo, sin testigos, aunque una vez se las mostré a un académico de una forma impúdica, si bien el punctum se hallaba afuera, en el hecho de que esas fotos no mostraban sólo mis raíces, mi pasado, mi presente, sino también los suyos, su pasado, su presente. Había algo de Dramática en aquel ensoñamiento o ensañamiento, eso de lo que hablaba el otro día Pérez Matesanz a propósito de Persona.
Al principio la Fotografía fotografió lo notable, después decretó notable lo que ella misma fotografiaba. Cierto. Además, Barthes no tiene ninguna dificultad para hablar de erotismo y pornografía. Nadie lo ha hecho mejor: la pornografía es algo homogéneo, mientras que el erotismo es pornografía alterada, fisurada. En el XIX la foto pornográfica aparece con una intencionalidad. Paradójicamente el tiempo actúa ahora sobre ella como un punctum histórico y distanciador. La pornografía se ha vuelto puro erotismo en las salas de ensayo, en las cavernas de la imagen. Prefiero ver a una de esas mujeres descarnadas de la época victoriana, que a una de estas chicas insulsas de Pirelli, supuestamente perfectas en cuanto al canon. Esa pornografía sin autor evolucionada a fiero erotismo me alcanza en el estremecimiento. Y, al revés, todas estas chicas esplendorosas del audiovisual pareciera que se convirtieran en zafia pornografía. Es una sensación. No hay punctum en la imagen pornográfica, salvo que el Tiempo, el glorioso Tiempo, interceda por ella. Ya no vemos sexo en aquellas proletarias del mundo: el Tiempo, acaso la muerte, las ha salvado.
Al principio la Fotografía fotografió lo notable, después decretó notable lo que ella misma fotografiaba. Cierto. Además, Barthes no tiene ninguna dificultad para hablar de erotismo y pornografía. Nadie lo ha hecho mejor: la pornografía es algo homogéneo, mientras que el erotismo es pornografía alterada, fisurada. En el XIX la foto pornográfica aparece con una intencionalidad. Paradójicamente el tiempo actúa ahora sobre ella como un punctum histórico y distanciador. La pornografía se ha vuelto puro erotismo en las salas de ensayo, en las cavernas de la imagen. Prefiero ver a una de esas mujeres descarnadas de la época victoriana, que a una de estas chicas insulsas de Pirelli, supuestamente perfectas en cuanto al canon. Esa pornografía sin autor evolucionada a fiero erotismo me alcanza en el estremecimiento. Y, al revés, todas estas chicas esplendorosas del audiovisual pareciera que se convirtieran en zafia pornografía. Es una sensación. No hay punctum en la imagen pornográfica, salvo que el Tiempo, el glorioso Tiempo, interceda por ella. Ya no vemos sexo en aquellas proletarias del mundo: el Tiempo, acaso la muerte, las ha salvado.
Tiene razón Barthes: la foto es un arte de la persona, de la identidad, de la propiedad civil, la reserva del cuerpo, una emanación del referente; mientras que el cine muestra dos poses a la vez: el esto-ha-sido del actor, y el sido del papel que desempeña. Sin embargo, hay un momento en el que Barthes sale en defensa del cine, y ello por influencia de Bazin -¿Pasin?-: la fotografía tiene un marco, pero el cine es un escondite. Un personaje se sale de la pantalla pero sigue existiendo en un campo ciego, en el contracampo, mientras que una persona carece de salida dentro de una imagen fotográfica. Ciertamente, en mi álbum familiar aparezco clavado como las mariposas.
Por último, no me cabe duda que la foto convierte el pasado en algo tan seguro como el presente. Yo decía -en La especificidad de la imagen visual- que el cine habría acabado con la Historia, y lo dije sin conocer este texto barthesiano. Se rieron de mí y me fotografiaron como cadáver. Me dieron por muerto antes de tiempo sin comprender que sólo la fotografía es quien nos mata de verdad, porque ella lo llena todo, y nada se le puede añadir. A Pasin le hubiera gustado añadir cosas en las fotos que fue descubriendo a espaldas de su madre, pero no pudo. Descubrió otra cosa: la melancolía de la imagen: el hecho de que no hay futuro en una foto, de ahí su patetismo. El cine es normal, como la vida, dice Barthes, pero en las fotos se ha producido una detención, hemos sido detenidos.
Bien, ahora voy a disponerme a comprobar si han colocado las calles, como dijo una vez, hace cientos de años, mi profesora de francés, porque esta mañana, la última del 2011, era todavía de noche.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



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