Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, December 17, 2011

La voluntad de estilo


Me gusta que el profesor Llera distinga dos tipos de escritores, de ensayistas o de críticos. Tendríamos, por un lado, los grandes críticos, un Bloom, por ejemplo; pero tendríamos también aquellos otros, que aún pudiendo escribir libros tan buenos como los de Bloom, añaden en sus textos una voluntad de estilo profunda. A mí me parece que está dando en el clavo, más aún teniendo en cuenta que a mí me incluye en el segundo grupo, como si ya formara parte del gremio. En cierto sentido, da igual de qué escriba un hombre. Esa idea también la comparto con el amigo Llera, otro amigo del alma.

Barthes, que está considerado como un semiólogo, era en realidad un gran escritor. Si yo tuviera que elegir los diez mejores libros de mi biblioteca eligiría sin duda entre ellos El grado cero de la escritura, ya que puedo hallar en él el llamado placer del texto. Leo a Barthes no para comprenderlo, sino para gozarlo. Me pasa como a Kant, que no podía seguir leyendo a Rousseau, porque el placer que le causaba la voluntad de su estilo le impedía concentrarse en su contenido. Barthes era, en realidad, un gran poeta, un literato de fecundidad visual, de organicidad ontológica, capaz de derribar su propia lengua porque padecía de una voluntad de estilo profunda.

Tal y como me viene ocurriendo en este devenir constato que la propuesta metodológica que me acaba de trasladar ha coincidido con una intervención en la que he tenido que conjugar públicamente el realismo, la novela y el periodismo; por un lado, y la libertad de prensa y el pretérito indefinido, por otro. Ciertamente, el recurso a Barthes es inevitable cada vez que se habla de periodismo. Observo con estupor que en mi Centro de trabajo suele prescribirse a los jóvenes periodistas que se limiten a informar y que nunca opinen. La cosa podría canjearse por otra mejor: dado que la información en España no sirve para nada , ya que los periodistas sirven a sus dueños, sería preferible restablecer una especie de Comité de Salvación Pública en la que no nos trasmitieran su opinión, como excepcionalidad, gentes tan interesantes como Pedro J., Jiménez Losantos o Cesar Vidal, al punto de que pongo muy en duda que haya más opinadores libertarios en los grandes diarios de la cosa. Los periódicos tienen, claro, páginas de opinión, pero carecen de periodistas que tengan opinión.

Digo que me gusta mucho esto de la voluntad de estilo profunda. Y así se lo hice saber  a los periodistas en un aula que estaba casi a rebosar. Se identificaron con el aserto y dieron muestras de aprobación. Aunque lo que a mí me gustaría es echar a volar mi propia imaginación siguiendo el devenir barthesiano. Creo que no he podido completar del todo esa voluntad de estilo profunda debido a que me hallo más protegido en la construcción perifrástica y en el subjuntivo que en el pretérito indefinido propiamente dicho.

Lo que yo dije es que la novela del realismo, que Barthes llamaría la escritura de la novela, y Villanueva la novela de la literatura, es una escritura en la que los novelistas se conciben como historiadores, y todo porque la Historia había sido hasta entonces una Historia de reyes, de guerras y desafecciones. Cuando aparecen gentes como Stendhal, Balzac, y Hugo, lo que interesa es que los individuos y sus sociedades ya han entrado en la Historia debido a que otro Comité de Salvación Pública se ha puesto con ardor a hacer rodar cabezas. Todo porque, en realidad, la Historia no estaba siendo contada. Ya he dicho en otro momento que los novelistas franceses se dedicaron a meter en sus relatos no personajes de ficción sino auténticos y reales personajes de la Historia, un Napoleón, por ejemplo y, mezclados, los personajes de ficción; si bien, lo único que le procura ficción a un relato, ciertamente, es el uso del pretérito indefinido.


En ese momento, en el momento en que alguien inyecta a su relato el tiempo del pretérito indefinido está creando la ficción, ya que está ejerciendo de historiador. Siempre tuve la convicción de que un escritor, en este sentido, es en el fondo un historiador, de manera tal que si uno abre Las ilusiones perdidas por la parte de Lucien se halla de bruces con esa tríada que forman el realismo, la novela y el periodismo, lo que yo mismo cotejé con la idea de dramas y debates del periodismo

Es evidente que en el uso de la palabra un contador de lecciones de la Historia acaba echando mano del pretérito indefinido sin percatarse que está entrando en el terreno de la escritura. Antiguamente hablar y escribir eran una misma cosa, y acaso lo que aprobó la Convención, mi propia Convención, era precisamente que no hablara como un orador, sino como un escribiente. Por eso in media res me saqué del magin la historia dramática que se cuenta -¿qué se habla?- en la pieza teatral de Le malentendu, esa historia que nos habla dramáticamente del reconocimiento, es decir, del no reconocimiento. Caigo en la cuenta que en mi propio desenvolvimiento retórico eché mano del pretérito indefinido como un consumado escribiente, un acto verbal puro, como diría Barthes.

Confieso que hice eso mismo que viene después: convertí todos los hechos que fui dramatizando en un acto verbal puro, orientándolo hacia una relación lógica con otras acciones, otros procesos, el movimiento general del mundo. Eso es lo que hice, y la Convención, no la jacobina, ni la Girondina, sino la Convención de la clase, lo entendió y lo vivió emocionalmente. Creo que busco una comprensión del relato, pues en el relato como lección usted está exigido en una dirección puramente dramática. Brecht la llamaría precisamente Dramática, palabra que se parece mucho a Gramática, porque la Dramática no es solo actuación es también una confirmación ontológica de hechos variados y variables.

Uno va a la Convención con libros, con textos, con frases, pero estos materiales no son ajenos a uno, porque han construido precisamente lo que uno es, y por eso lo que yo digo en la Convención –hay quien la llama Excelencia- no es sólo el pretérito indefinido, es sobre todo la voluntad de estilo profunda. Los periodistas aprobaron por unanimidad esta voluntad de estilo profunda, porque sabían que Llera y yo estamos dispuestos a abrir las compuertas de la Bastilla para que todos juntos salgan a la calle para decir la opinión, es decir la Dramática, y no la información, que tal y como está la cosa Hebert la definiría en L´ami du peuple como una puta mierda 

¿Es entonces el pretérito indefinido un tiempo ficticio, como declara Barthes, o manifestamos nuestro desacuerdo después de haber dicho todo lo que antecede? Cierto que detrás de este vericueto formal se halla un demiurgo, un dios, un recitante; yo creo que un recitante, al menos en mi caso. Pero es verdad, durante la Convención yo quise unir una causa  a un fin, y todo se desenvolvió musicalmente, porque también había aparecido un recurso inesperado del pretérito indefinido: una sobrecogida Leonor, arrastrada hasta el cementerio, porque otro recitante se puso a decir aquello de que los muertos tienen  prisa, los muertos tienen  prisa.

Quizá Barthes no nos quiera decir, si no, que su pretérito indefinido -¿perfecto?- y el nuestro también, tienen la sutileza de una dulzura, esa que hace posible que alguien hable por nosotros, como si nosotros mismos en nuestra propia Dramática –o Gramática- nos viéramos movidos y zarandeados por el caballero misterioso que se lleva consigo en la grupa a la mujer que ya sólo puede seguir amando junto a los muertos.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

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