Persona
Mientras leía a Brecht me llegaron por el correo dos mensajes bien diferentes. En uno de ellos alguien me decía que la persona que conoció un día era distinta a la persona con la que se ha reencontrado; en realidad, con la persona que todavía no se ha reencontrado porque va de camino. ¿O soy yo el que, en realidad, va? En el otro me llega la tesis que estaba esperando sobre Persona, el filme de Bergman, en el que la doctoranda nos cuenta las vicisitudes de la doctora Vogler y de la enfermera Alma, dos personas que van al encuentro de sí mismas hasta convertirse en una sola.
Todo esto me hizo bastante gracia porque en la tesis trata de demostrarse que el distanciamiento brechtiano es la prueba evidente de las relaciones entre las mujeres, de su gestualidad, como si la dramática brechtiana se redujera sólo a un asunto gestáltico cuando, en realidad, afecta a la puesta en escena en su totalidad. Yo ya dije en mi texto de Persona, Unha sonata para dous instrumentos, editado por la Universidad de Santiago de Compostela, que la película convendría verla como un boceto, algo que sabemos que existe en la pintura y en otras dramáticas de la expresión, pero casi nunca en el cine. De hecho Bergman escribió el guión en la cama de un hospital, impelido por las urgencias de una productora que no veía con buenos ojos que el artista pasara más horas dirigiendo el Teatro Nacional que haciendo filmes.
Yo no sabía que fuera dos personas a la vez, y si esta es la impresión que le causo a mi escribidora tendré que ajustarme mucho los bombachos antes de salir de casa. El desdoblamiento de la personalidad es interesante a propósito de saber quién es uno y qué es, de hecho se trata de una de las grandes dificultades de la existencia. En cierta ocasión la poli le dijo a mi padre que les había traído por la calle de la amargura porque precisamente yo no era una sino dos personas distintas a la vez, aunque yo estaría más de acuerdo si hubieran dicho que era la misma persona con dos nombres distintos. Ya conocen aquella pregunta que Calvero le hizo un día a su empresario: ¿y si comenzase mi carrera de nuevo con otro nombre?
Digo que estaba leyendo a Brecht a propósito del distanciamiento, y no puedo decir en verdad por qué me metí en estos berenjenales cuando fui sorprendido por una tesis sobre el distanciamiento y por una carta en donde a través del distanciamiento se erige una proposición psicológica sobre mí. De modo que todavía ahondé más y más sobre la teoría del dramaturgo. La verdad es que sobre Brecht ya sabía algunas cosas, bien porque yo mismo actuara en una representación de La boda de los pequeños burgueses, en donde reconozco que no me sabía bien el papel, aunque el distanciamiento favorecía con creces que aquella disputada familia pareciera una chusma, de forma tal que resultaba imposible mantener un tú a tú con ningún otro actor; bien porque habláramos mucho sobre el distanciamiento con Manuel Lourenzo, lo cierto es que nuestra generación sabía cosas sobre Brecht, en la teoría y en la práctica, casi indiscutibles.
Aunque mi trabajo sobre Persona es muy sesudo, la verdad es que a medida que pasa el tiempo le voy concediendo menos importancia a este filme que está planteado como un juego de imágenes. No niego que Alma quiere apoderarse de la personalidad de la doctora Vogler, ni niego tampoco que todos nosotros estemos metidos dentro de una cárcel que es nuestro propio cuerpo, y que mientras vivamos sabemos que no podemos liberarnos de él, lo que provoca a veces escisiones -¿escisiones de la personalidad?- y graves afrentas con nosotros mismos.
Brecht dice a las claras que distanciar una acción o un personaje significa simplemente quitarle a la acción o al personaje los aspectos obvios, conocidos, familiares y provocar en torno suyo el asombro y la curiosidad. No cabe duda que ese distanciamiento está conseguido en la textura de las dos mujeres que se mueven alrededor de sí mismas en un monólogo que resulta delirante puesto que la anomia entre ellas es extremo y una vez que el relato las confunde y transforma en una sola persona –¿era esto el amor?- tampoco la comunicación se sanciona.
Ciertamente no tengo ya a Brecht en el lugar que quizá le corresponda por derecho propio. No, desde que leyera la anti hagiografía escrita por George Steiner en el New Yorker, en donde el dramaturgo se cae como de un burro. No voy a entrar en la disociación de personalidad que Brecht perpetró desde su condición de ser un pequeño burgués hasta su emocional aproximación al proletariado, él precisamente, el teórico que desbarató el teatro burgués porque sostenía que había que acabar con las emociones y con la psicología en los personajes, y trocarlas por una dramática de la razón. No. Brecht decía que distanciar los objetos y las cosas consistía simplemente en colocar estas mismas cosas en un contexto histórico, efímero.
Empiezo a comprender el otro mensaje, el primero. Quizá la escribiente no me reconozca como al joven poeta que tuvo en su seno porque toda actitud aparezca asociada, atada, al tiempo en que se produjo; como relación histórica, y por lo tanto efímera. La distancia es que yo soy ya otro personaje, pero sin duda la misma persona. En el filme de Bergman Alma quiere ser otra porque no sabe quien es, mientras que la actriz es Electra y no sufre ningún problema de proyección, salvo que fuera de los escenarios, en la vida real, ella se postula en la ficción, haciéndose pasar por lo que no es, dado que la vida no deja de ser una prolongación de su propia dramática. En cualquier caso, el hecho de que Bergman se decidiera por titular su relato como Persona, ello ya nos está indicando que no consideraba a sus criaturas como verdaderos personajes, y eso sí que es un verdadero distanciamiento...brechtiano.
La mala de leche de Bertold Brecht le impulsó a considerar el teatro como una manifestación de ilusiones, una especie de edulcorante travieso que llevaba a las masas a olvidarse del mundo y a reconciliarse con su destino. Su pretensión fue sectaria: creyó que se podía hacer un teatro en el que el proletariado pudiera apoderarse del mundo, comprenderlo y liberarlo. Un profeta. El distanciamiento llevaría a un teatro entretenido y didáctico, lo cual ya estaba en Shakespeare, en Diderot, e iba a estar en él.
Tengo dudas sobre el efecto distanciador, mucho más proclive a manifestarse en la vida que en el teatro, pues a nuestro alrededor se mueven personas que tienden a comportarse como personajes de sí mismos, ya que la incomunicación es la verdadera coartada del distanciamiento. En este sentido el teatro del mundo viene propiciando unos actores que cuando se descubren a sí mismos, en su inanidad, en su falsedad, se expresan con gestos ridículos, ya que al tratar de llevar sus emociones a sus gestos, han conseguido, sin proponérselo, el efecto que pedía Brecht, la distanciación.
A lo que veo me puede pasar lo de Alma y la señora Vogler, nada de emociones, nada, una simple concatenación digital con mi escribiente, es decir, un contacto sin contacto, por medio de una vía informal, puramente estética, distanciadora, quizá hasta llegar a un punto en que nos acoplemos a través de la imagen, de las imágenes sin que, en realidad, nos reconozcamos, ya que si yo no soy yo, tampoco yo doy un duro por asegurar que se trate de mi vieja profesora de francés.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



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