Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, January 14, 2012

El estupor estético


Hasta ayer no supe que soy un experto en el método de loci, también conocido como el palacio de los recuerdos. Al parecer el método consiste en crear un itinerario compuesto de hasta cien lugares en un entorno familiar, es decir, una secuencia de objetos, un palacio mental. Dice la teoría que si pones los objetos en asociación vas a poder recordar todo lo que necesitas. Dicen que se recuerdan las cosas, los objetos, las conversaciones, los pensamientos, cuanto más relacionados estén con los loci, los lugares, los espacios.

El día anterior revisé Amador, la película de Regueiro sin darme cuenta que en la bañera de Regueiro tiene lugar una de las escenas más eróticas del cine español, pues en ella Maurice Ronet es como un niño que se deja bañar por su tía y, cuando todo parece que lleva a una solución erótica, la mata. Una bañera es como un loci, un lugar para el estupor estético, pues en ellas suelen aparecer los espejos que reproducen tu imagen. El estupor estético es una frase de Calasso a propósito de la ventana indiscreta, otro espejo repleto de locis, de espacios mentales. Sorprendentemente Quignard también habla en su lector de ciertos locis o espacios mentales.

Digo que quise acabar mi curso de las ficciones recurriendo a los cuarenta minutos iniciales de Psicosis, porque todos estos autores que vengo citando hablan en sus discursos de la metempsicosis, de la memoria de los espejos y, finalmente de la metafísica, y ayer yo aduje varias lecturas de la metafísica creyendo que la metafísica se acaba precisamente en el momento en que el cuerpo de Janet Leigh golpea el suelo del cuarto de baño porque acaba de morir.

Lo primero que me vino a la cabeza fue la bañera de Ronet, aquel niño y mi sorpresa al producirse la concatenación de mis locis particulares en la despedida del curso, porque antes de ir a las imágenes de la culpa fueron apareciendo en mi exposición otros curiosos locis: el tesoro de Ali Baba y los cuarenta ladrones, ese relato infausto en el que el dinero se anhela pero sin que los lectores sepamos nunca por qué. Los ladrones guardan el dinero, pero no saben para qué lo guardan o quizá sí, dado que no sirve para nada ya que no hay un loci en donde poder gastarlo, y Ali Baba es salvado in extremis por su leal esclava, que es su verdadero tesoro, igual que, decíamos, el Rabí Eisik descubría el suyo detrás de la estufa de su casa, sin saber muy bien para qué coño quieres un tesoro.

Digo que estaba en ello, describiendo una serie de locis, porque quería hallar el momento oportuno para hablar, no de los 70 planos de la escena de la bañera, de la que todo el mundo habla inútilmente, incluyendo a mis alumnos, cuando lo único de lo que hay que hablar en relación a Psicosis es de la metempsicosis y de la metafísica, es decir, de la muerte, como pide el ojo que cubre la pantalla durante unos breves pero intensos segundos en los que el cine reflexiona por primera y última vez en toda su historia acerca de la muerte, porque, si bien es cierto que la muerte sale en las películas, también lo es que nunca ha sido representada como lo hace aquí el maestro de la imagen mental, ese ojo que parece vivo, que parece mirarnos desde otro loci, otro lugar, pero quieto, insobornablemente quieto como la misma muerte.

Antes de la bañera Norman Bates le muestra a Marion su comedor. El comedor está lleno de animales disecados. Previamente Bates ha disecado a su madre, que lleva ocho años disecada, y él mismo parece un pájaro disecado por sí mismo. Es sorprendente observar qué pesados se pusieron los médicos por aquel tiempo con los asuntos de la metempsicosis respecto de algunos enfermos, y que hoy ya no se hable prácticamente nada de esas deviaciones; al contrario, si pillan a un asesino lo sueltan de inmediato como si ciertas locuras no las fueran a repetir jamás. El caso es que el diálogo entre ellos es prodigioso. Él: ¿de qué huyes? Ella: la gente nunca huye de nada. Él: todos estamos en nuestra propia trampa inmovilizados, y ninguno de nosotros puede liberarse. Arañamos y damos zarpazos, pero tan solo al aire o entre nosotros, y después de todo seguimos donde estábamos. Ella: a veces entramos en la trampa por nuestro propio pie.

Calasso dice que si hay alguna película que pueda citarse sin temor como metafísica esa sería La ventana indiscreta. Y ayer yo decía que la metafísica se acababa en la escena del baño de Psicosis cuando la mano de Marion se agarra a la cortina, y la cortina se rasga ominosamente hasta dar con su cuerpo en el suelo. De nada vale que sepáis cómo se monta un plano o cómo se sonoriza si no os fijáis en lo que ocurre en los minutos que siguen al asesinato de Marion cuando Bates y su madre colaboran en asesinarla.

Cuando Cain habla de Hitchcock habla de juego y cita a Huizinga: el juego es más viejo que la cultura. Naturalmente. A los sociólogos les gusta granjearse el protagonismo de la teoría de los juegos sin percatarse que antes que ellos estaba Schiller, y también Huizinga y, acaso, Levi-Strauss. Una chica se levantó y dijo que ella no filmaría así el loci de la bañera. Yo le dije que no habíamos venido a hablar del montaje de la bañera ni de la modelo que sustituyó a Leight aquellas horas en las que el gordito pudo contemplar el estupor estético que hubo de producirle el cuerpo de Leigh/modelo de Leigh, espejo de los espectadores indomables, sino de la muerte como fin de toda posible metafísica, ya que la muerte por primera vez en la historia del cine aparecía, al fin, representada.

¿Queréis saber qué piensa el maestro de la muerte? Esto piensa el maestro de la muerte: lo patético de la muerte, lo terrible, es que después de tan abominable asesinato, después de lo que hemos visto con estupor, el estupor estético, resulta que hay todavía una cosa más terrible: la tranquilidad de la muerte, su propia serenidad, el pathos de su silencio. El director está filmando en ese cuerpo inerte, en ese ojo quieto, en la boca abierta contra el suelo, la nada de la muerte, su inanidad. Marion no sabía que la vida era su suerte, su milagro, su tesoro; pero no había a su lado un Ali Baba a quien amar. De hecho el chico con el que se acuesta en el horrible motel de Phoenix parece solo un maniquí, un muñeco, es como una muerte, la muerte de tantos vivos que están muertos.

La muerte de Janet Leigh no refleja sólo un estupor estético, sino que es también especulativo. Yo también tiendo a absorberlo todo en sí mismo cuando me hallo delante de un filme de Alfred Hitchcock, pero la gente en general desconoce esta aptitud extraodinaria que poseemos los hombres para aplicar en nuestras vidas el método loci, el palacio de los recuerdos, o el llamado proceso mental conducido a través de los medios audiovisuales. Dice Calasso a propósito de rear window, es decir de aquello que se halla atrás de nuestros ojos, que hay un ojo soberano, inmóvil, el atman, el Sí. Nuestro ojo se desdobla infinitamente, cuando el Sí se separa del Yo. Hay en Psicosis, en ese metalugar, ese loci, un momento para la separación. Creo que eso es precisamente lo que filma el maestro en ese instante. Luego el ojo del maestro se desplaza con una horrible autonomía propia hasta dejar ver que al fondo de la habitación el tesoro sigue envuelto en un viejo papel de periódico, y que ni la muerta ni el asesino le prestan ninguna atención.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

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