Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les

En este blog su autor edita un artículo semanal.Posee un carácter transversal en cuanto a su actualidad y a sus temas.Básicamente apunta en la dirección de una educación estética que pueda garantizar, en mayor medida que la formación política, la libertad.

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Juan Hernandez Les,Doctor en Historia y profesor de Comunicación Audiovisual y Periodismo, da Universidade de Santiago de Compostela.

Saturday, January 07, 2012

El regreso del principito


En estos días de reyes me traje a casa un principito, una obra ejemplar, uno de los libros más existencialistas que se han escrito en opinión de Heidegger. Soy propenso a degustar aquella literatura en la que la distinción entre la obra y su autor se muestra indispensablemente unitaria, inseparable. Al fin y al cabo, el aviador que se estrella en el desierto y se encuentra de súbito al pequeño príncipe es el propio Antoine Saint Exupéry, hombre arrancado de su infancia de una forma dolorosa e impía debido a la muerte de su padre y poco después de su hermano, compañero de aventuras.

Aunque esto ya no se lleva Antoine Jaen Baptiste Marie Roger Pierre había nacido en un castillo y aquel castillo era conocido con el nombre de Saint Maurice de Remens, a los pies del monte Jura, cerca de Lyon, es decir, que Saint Exupéry, nacido vizconde, habría venido al mundo para iniciar una batalla contra el mundo adulto, como diría su gran hagiógrafa Manzano Espinosa.

El relato de Saint Exupery podría comenzar como un cuento de hadas, pero el autor desecha esta alternativa como él mismo comenta al principio, si bien el carácter fantástico de su propuesta nos alcanza inmediatamente. Siempre tuve la convicción, igual que Saint Exupéry, que los adultos no comprenden a los niños, y que es una gloria hallar por el camino hombres que saben resguardar en su interior al niño que llevan dentro de sí, mientras que es frecuente encontrarse en cualquier sitio hombres infantiles, lo cual es muy diferente. Es verdad que la infancia es un tesoro, y del tesoro se habla constantemente en el relato.

No se sabe muy bien de donde procede el principito, sabemos que viene de otro planeta, pero él no contesta nunca a ninguna pregunta; sin embargo, el principito pregunta y, además, cree todo lo que el aviador le explica en un ejercicio de inocencia que es prácticamente imposible hallar en los adultos. Si acepta al aviador es porque el aviador también se parece a él, pues ha caído del cielo, y quizá proceda de otro planeta. La visión que tiene el principito de los adultos es demoledora: conozco un planeta donde hay un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas y todo el día repite como tú: ¡soy un hombre serio! Se infla de orgullo, pero no es un hombre, ¡es un hongo!

Antoine Saint Exupéry mantuvo hasta el final una correspondencia total con su madre, incluso poco antes de desaparecer en otro desierto -todavía se hacen cábalas sobre en donde podrían hallarse sus restos- le envió un mensaje a su madre que terminaba con una referencia a su infancia: maman, embrasez-moi comme je vous embrasse du fond de mon coeur. En el relato aparecen indicados simbólicamente los aspectos y avatares más importantes de la vida del escritor e incluso la premonición de su muerte. Su desaparición cumplimenta el sentido de su propia obra: el principito al final también desaparece y el lector no sabe ciertamente en qué nuevo planeta o agujero negro se disolverá. Es como si Saint Exupéry, desconfiado del mundo y de los adultos, buscara para sí un lugar seguro en donde no pudiera ser hallado jamás. A algunos hombres les ha ocurrido igual: un día se van y no vuelven y todavía sus familias les andan buscando. Antes de desaparecer, Saint Exupéry le escribe a su esposa Consuelo estas palabras: pienso que serás más feliz sin mí y yo encontraré al fin la paz en la muerte.

Nos cuenta el principito sus seis grandes experiencias del mundo, pues son seis los planetas a los que ha viajado sin contar la Tierra, que sería el séptimo. Todos los adultos le asocian con su actividad. Un rey le convierte en un súbdito, y de aceptarlo le nombraría ministro de Justicia. El principito, que no es tonto, le contesta que de nada le serviría pues no tendría sobre quien impartirla. Te juzgarás a ti mismo, le responde el rey: es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras  juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio. Pero el principito también tiene una respuesta sabia, porque sabe que puede juzgarse a sí mismo en cualquier parte sin necesidad de vivir en el asteroide del rey.

Si el rey quiere convertirlo en súbdito, el vanidoso lo quiere transformar en su admirador, el geógrafo en su explorador; el empresario en el observador que le hace sentirse importante; el farolero en el depositario de sus quejas, y el borracho en la parte del mundo que se empeña en ignorar. Estos diálogos son un compendio de profunda filosofía. El niño, que ha admitido todos los consejos del aviador, no comprende ninguno de los oficios y de las palabras ni pretensiones de los sujetos a los que halla. Al fin y al cabo los planetas de estos sujetos son tan diminutos como el suyo, y si aquí en el desierto del aviador sólo es posible contemplar una puesta de sol  al día, allá en el suyo puede admirar hasta cuarenta y ocho atardeceres con sus puestas de sol.

Importante es el episodio que tiene el principito con el zorro. El zorro se parece a Tennysson. Cuando el poeta decía que si un hombre fuera capaz de comprender una rosa descubriría definitivamente el sentido del mundo podría estar dándole la razón al zorro cuando éste sostiene que el principito debe ver y mirar nuevamente las rosas porque la suya es única en el mundo. Ciertamente Saint Exupéry no podía ya continuar con Consuelo, pero Consuelo había sido la mujer de su vida, lo había sido todo. En Memorias de la rosa Consuelo Saint Exupery reproduce otro mensaje del aviador que acaba diciendo esto: cada día me escribirás dos líneas, tres líneas, ya verás; será como una conversación telefónica y no estaremos separados, porque eres mi mujer por toda la eternidad y los dos lloraremos la distancia de los días que pasan sin que contemplemos juntos las mismas cosas. Como dice el principito: y sin embargo lo que buscan los hombres podría encontrarse en una sola rosa, o en un poco de agua. El aviador participa de este debate porque a una pregunta del principito contesta que las espinas no sirven para nada, forman parte de la pura maldad de las flores, si bien él querría defender a su rosa con las mismas palabras que ha aprendido de ella: quería aparecer con el pleno resplandor de su belleza.

Previamente su razonamiento acerca de la belleza posee una fuerza considerable, y no entiendo por qué no se ha hablado de ello en los circuitos vanidosos del arte, en los simposiums inciertos, en los decálogos de los sabios: no supe comprender nada entonces -da igual quién sea aquí el que habla-, debí haberla juzgado por su actos y no por sus palabras,!las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla. Es un hecho que el lugar de donde procede el principito está lleno de flores, pero mientras éstas se extinguen por la noche, una solo es inmortal. El aviador sabía bien qué era el amor, si bien su relación con Consuelo acaba siempre en fracaso.

Cuento estas cosas ahora porque durante 287 días Manzano Espinosa me habló de esta historia, estirada sobre la rama perpetua de un árbol griffithiano y profundo. La contemplé desnuda como si se tratara de la serpiente que visita al principito. Con los hombres también se está solo, dijo la serpiente de la fotografía. Creo recordar que le hablé a la serpiente y que le dije esto: ni siquiera tienes un dedo y no puedes viajar. Y que la serpiente desnuda del árbol me contestó: puedo llevarte más lejos que un navío.

Me aconsejo ahora en el texto del aviador. Los adultos deberían hacer un esfuerzo por comprender este párrafo: si llegáis a pasar por allí, os suplico, no os apresuréis, esperad un moneto, exactamente debajo de la estrella: si entonces un niño llega hasta vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro. Si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! Escribidme enseguida; decidme que el principito ha vuelto.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

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