La vicisitud de la belleza
Probablemente la imagen precede al sueño, y los sueños preceden a cualquier venganza. Tomados así los elementos acepto con Quignard, en La frontera, la hipótesis de que las obras de arte sean fruto de la venganza. Todo había empezado el día en que a la señora de Oeiras le trajeran el cadáver de su difunto esposo. Esto había ocurrido pocos días después de que Portugal recuperara su autonomía y echara a los españoles de sus suelos, cerca de Lisboa, en 1640, si bien esta historia no sucedió en tres días, pues sólo acabó en 1668 coincidiendo con el triunfo de la revolución inglesa, y poco después de la terrible peste que asoló Londres, el primer recuerdo que tuvo Defoe de su niñez.
Y aunque es evidente que en el XVII no había propiamente una Corte ni un sistema feudal, las cosas sucedieron en medio de los castillos, con armas con las que se solía cortar el cogote a los cerdos, aunque estos fueran salvajes, y cuando los oficios se ceñían a los diecisiete oficios que se desempeñaban en la ciudad, cuando había que cumplimentar unas exequias. A pesar de la borrasca y de la lluvia, acudieron al entierro subastadores, porteadores, lacayos, venteros, toneleros, mendigos, pescadores, ladrones, cocheros, barqueros, escritores, traperos, soldados, aguadores, titiriteros, músicos, y granjeros.
Luisa, es decir, la señora de Oeiras, colocó a partir de entonces la imagen del hombre amado y perdido encima del caballete de su habitación, y no pasaba el tiempo sin que la contemplara hasta la extenuación y la locura. Más que la vida de un ser vivo aquello parecía la vida de una muerta en vida, pues para ella la verdadera vida era la de los muertos y no la de los vivos, como señala Quignard. Parece que la imagen se movía y le señalaba a la joven y derrengada mujer que acaso él ya no estaba con ella porque no le había amado lo suficiente. Tu vientre no tuvo tiempo de estar húmedo. La frase retumbó en el alto techo y la joven sentíase desdichada. Estos diálogos, al aparecer, se repetían con frecuencia, porque la joven viuda podía oír los lamentos del fantasma, llenos de melancolía, especialmente cuando recordaba la manera en que los caballos se aquietaban cuando la muerte invadía el pasado. La última frase del fantasma la dejó atónita: mi caballo era mi deseo.
Un día la señora de Oeiras tuvo un sueño, aunque en ella ya los sueños y la vida misma eran indistinguibles, pues en el sueño reaparecía el fantasma de su marido, pero esta vez el marido se le aparecía con el abrigo desgarrado, con la entrepierna ensangrentada, el guante en la mano, y la cara envejecida y ensangrentada con una brutal cicatriz en el medio que separaba la cara en dos mitades funestas y horrorosas. El hombre trataba de subirse a la tierra pues había sido herido mortalmente en el río sin testigos de cargo siendo su propio amigo, de Jaume, el único testigo y su único asesino.
Un día la señora de Oeiras tuvo un segundo sueño: su hombre volvía ensangrentado, decía su nombre, y argüía palabras insondables de desdicha y furor. Y ella le hablaba como si hubiera salido fuera del sueño: no ceso de pensar en ti, tú me acompañas a todas partes, ya esté en el jardín quitando malas hierbas, tocando el laúd, hablando con vuestra madre o montando a caballo soy vuestra en todo momento. El siempre replicaba con dardos injustos, pues ciertamente ella seguía estando llena de él.
Después de cada sueño la señora de Oeiras hacía algo extraño; se volvía de costado y relataba todo lo que le acontecía al conspicuo señor de Jaume detrás de las sombras de sus sueños, pues el señor de Jaume, que la había visto crecer desde que fuera una niña, la deseaba y esperaba su oportunidad.
Un día la señora de Oeiras tuvo un tercer sueño, y ve entonces que el señor de Jaume empuja al muerto a las negras aguas del río. El señor de Oeiras sabe que está muriendo, que no tiene escapatoria alguna pero tiene todavía voz para decirle a su mujer estas elegíacas palabras: mujer mía, me inspiráis vergüenza. Nosotros, los muertos, sabemos que inspiramos pocos recuerdos, pero no nos disgusta que sucedan a nuestra presencia en la tierra comportamientos que finjan dolor. Si me has amado un poco, aparta la mano de quien me mató. Las heridas que llorabas en mí no son las huellas de los colmillos de un jabalí salvaje, sino las marcas de las lanzadas que un día de niebla asestóme tres veces por la espalda un hombre que pretendía ser llamado amigo.
Entre el primer y el segundo sueño el señor de Jaume había poseído a la señora de Oeiras. La había dejado satisfecha, descubierto aspectos de la carne que no había entrevisto con su dulce y diletante esposo. El frenesí con que el sexo se le aparecía en los sueños, el malvado se lo daba por las noches, pero un día le asesino cometió un error: insistió tanto en el deseo de que el moro, un lacayo, le afeitara el pubis para dibujarle una entelequia que la señora de Oeiras, por fin, accedió. El hombre quiso poseerla al instante, con las heridas todavía abiertas por la inflamada aguja, y ella se dispuso para la ceremonia del amor, si es que aquello era amor, no sin antes preparar un bebedizo que no fue precisamente el bebedizo que preparó otra vez Brangaene para estimular al viejo rey Marco en las nupcias con Isolda.
El bebedizo que preparó la señora de Oeiras se lo tomó de Jaume sin rechistar. Previamente había aceptado desvestirse únicamente por el lado de su sexo, en donde también destacaba otro tatuaje circunscripto por el moro. Cuando estaba medio dormido ella se le acercó vestida con velos y portando en una mano una antorcha y un puñal en la otra. Dice el relato que todavía el señor de Jaume no tenía una erección, y que la señora de Oeiras le pidió solícita que mirara hacia arriba después de haberle enseñado su tatuaje. De Jaume estaba medio obnuvilado y reía. Entonces la imponente señora le cogió el paquete con la mano y dijo: he aquí el hombre que me desea, un rabo marchito; he aquí al amigo de mi esposo, un asesino cobarde. Tus ojos se cierran porque presienten las tinieblas que les esperan. Duerme. Ten una pesadilla eterna. Verás cómo es posible que ya no sientas nunca mucho deseo.
Lógicamente, es fácil intuir cómo acaba la historia, con la señora de Oeiras quitándose la vida, y con el señor de Jaume ocultando una vergüenza que, por el contrario, Abelardo asumió con destreza muchos siglos antes. Castrado completamente, de Jaume fue rechazado por todos los hombres hasta que un día se arrojó por la escalera de la señora de Oeiras a la hora en que solía reunirse con ella en la cama, según dice el cronista Quignard.
Durante el invierno de 1669 los Cosme de Florencia visitaron el palacio del Marqués de Fronteira. El rey les mostró a Neptuno, a la ninfa Tetis con una bandeja de joyas de Hefestos, y un Príapo de mármol mostrando su lascivia. Cosme de Médicis, que había acudido hasta allí acompañado del marqués de Corsini le quiso recordar al rey portugués una historia que había oído acerca de una venganza por amor. Sabiamente el rey dijo señalando la barandilla: la sombra de las flores trepa por la balaustrada, pero no las propias flores. Ellas se quedan a los pies, en los tiestos. El hombre anda perdido en sus deseos como nuestras carabelas en los nuevos mundos, como está perdido el que sueña en su propio sueño.
Entonces, Cosme de Médicis señaló un azulejo azul que representaba el pubis rasurado y tatuado de una mujer, y el rey le explicó lo que ya dijimos: puede que las obras de arte sean fruto de la venganza. De Jaume no había asumido el consejo que le diera éste en su día, sin embargo no le desobedeció. La explicación es ésta: el deseo nos enloquece a diario, y su carencia nos abandona a las sombras.
Esta nivola debería de servirnos de lección, y ayudarnos a descubrir nuestra oculta venganza cuando escribamos, o hablemos, cuando amemos, o fuéramos abandonados a las sombras, pero sólo si lo que hagamos contiene la vicisitud de la belleza.
He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.



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