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Preferiría no hacerlo, por Juan A. Hernández Les: El ladrón de orquídeas

Friday, January 25, 2013

El ladrón de orquídeas


Creo que este mural moral, como lo define el gran XP, se transforma hoy en un muro orquidáceo porque leo que hay más de 30 mil especies de orquídeas, y que esta flor cumple misiones  tan complejas como las metáforas y se une a todo, incluso a los hongos menos definidos. Estaba tan tranquilo y vino de pronto un manto de orquídeas que quería compartirme. Streep estaba echada en la cáma, y reflexionaba en voz alta. Se preguntaba si podría tener una experiencia de pasión y trascender sus artículos del New Yorker.

Pensé en JGJ que ya en el pasillo un día me dijo que yo quería algo más ¿no? Y ello me llevó también a Steiner que hizo en el New Yorker varios textos desafiantes. Por ejemplo Steiner nunca ha sido amable con los críticos, y sin compararme con él yo también acababa este año un párrafo abriendo una orquídea en la que podía leerse esto: filmar a un hombre mediocre haciendo que en la noche brillen, como en el universo, las estrellas, es algo que no está al alcance de cualquiera, ni tampoco de aquellos críticos que no suelen mirar el firmamento.

No todas las orquídeas huelen bien, pero decidí atenderlas porque irradiaban la belleza. Además me planteaban un reto, el de la similaridad. Nicolas Cage es Charlie Kauffman y a la vez es Donald Kauffman. Los Kauffman son los dos guionistas de El ladrón de orquídeas, y una orquídea es como otra orquídea, igual que un hombre es igual a otro hombre mientras no experimentes una orgía de pasión, es decir, una emoción empírica. Yo también tengo un hermano gemelo con el cual paseo a veces, pero no sé si salgo con él, o es él quien me saca. Lo que sí nos pasa es como Cage, que no paran de hablar en ningún momento. Charlie tiene que leer el libro de la periodista porque ha de hacer una adaptación, y su hermano ha visto que tiene que cambiar y hacer filmes de acción si quiere triunfar en la vida. Ahora con lo de Amy Martín creo que yo también voy a convertirme en un perseguidor de Amy Martín, ya que le presta tan poco interés al  hombre gélido que por unos momentos he sentido la impresión de que Meryl y Amy son hermanas gemelas. En realidad quienes somos hermanos gemelos somos Meryl and me, porque nacimos con una diferencia de 48 horas.

La adaptación es el tema que me traen las orquídeas como embajada, y eso me hace pensar en Rajoy que actúa como si en vez de uno tuviera nueve o diez hermanos gemelos, ya que para tomar una decisión les pregunta a todos, ¿y qué hago? No sabe lo que hacer. Tiene 400 asesores en palacio pero están quietos parados como si más bien quisieran parecerse a mis orquídeas bellas. Pienso cómo han cambiado las cosas en el universo de la progresía. Nosotros, a diferencia de estos pijos de izquierda, es un decir, teníamos que esforzarnos para dar con Streep y decirle alguna frase coherente o convincente. Entramos en el New Yorker y coincidimos en el ascensor con ella, pero finalmente ella alcanza la salida y no decimos ni mu. Entonces, Donald que es un hombre de acción y más valiente que nosotros, queda con Meryl y la asalta en la oficina. Donald no hace bien nuestro papel, y eso lo descubrimos cuando vuelve a casa y nos cuenta lo que pasó. Los Martin también se fueron a Nueva York con secretas intenciones, pero no erraron con el hotel.

En realidad  Charlie, es decir yo, somos unos inútiles con las mujeres porque no entendemos el papel que hemos venido a jugar a este mundo, para ello ya está nuestro hermano. Somos unos inadaptados.Y un día Charlie levanta la mano en un encuentro corporativo y un guionista experto subido a un escenario lo pone a caldo en medio del público  por haberle formulado una pregunta idiota. Cree Charlie que en la vida no pasa nada interesante y eso le desespera, y entonces es cuando los Kauffman entran directamente en la película y trastocan personajes y objetos, relaciones, y desenlaces, como si se creyeran tarantinos aunque yo hubiera permitido que las orquídeas hablaran.

Ahora, por el contrario, todo el mundo da muestras de estar bien adaptado. Rajoy, por ejemplo se adapta de puta madre a Montoro, a Más y a lo que se tercie. Martín, que yo creía que era un chico, ya se verá, se adapta bien a su marido, pues ha vuelto a sus brazos en un santiamén. Las dos Sorayas imitan a los Cage, y no es fácil saber distinguirlas. Strepp se adapta asombrosamente al ladrón de orquídeas, un tipo al que le falta la mitad de la boca, y yo me adapto a mi otro yo, porque hay en toda adaptación un problema de identidad. A lo mejor no tengo un hermano gemelo, porque mi hermano gemelo es mi esposa. Sí, dice Donald, tú y yo somos muy diferentes, y lo cree de verdad. Sólo que en las orquídeas también aparece Darwin, científico en el que yo creía tanto de niño y del que ahora ya no creo nada, sobre todo en el momento en el que vienen a vender nubes gómez de la serna y el modelo del cambio climático, esa espantada. Por Dios, lo que ha cambiado son los territorios, los cauces, las geografías. Ya dijo un día Alonso del Real que el hombre no procedía del mono. Etcétera.

No sé quién es Spike Jonce, ni Ami Martín, ni Andrea Echeverri J., que hizo en su día una crítica espléndida del ladrón de orquídeas. Como dice la publicidad existen un millón de fines posibles. Sin que podamos saberlo el tejido existencial nos une inexorablente a personas que hemos acabado por conocer y a otras que pronto conoceremos. A lo mejor Martín es un crack, como le dice una bella amante a Charlie o a Donald en la cama. Todavía les funciona la patata. Aunque yo creo que Amy tiene una gemela o bien un club de fans que ella ha organizado con esmero y con sibilina estrategia ideológica, ya que tengo entendido que en los colegios al menos les enseñan una cosa, a buscar el triunfo a costa de lo que sea. Ya dice una de las dos Sorayas que robar es legal y moral. Quizá también a Soraya le tire algo eso de hallarse entre hombres aunque los hombres se parezcan cada vez más al marido de Susan Orlean/Amy Martín, esos tipos a los que le sienta tan mal la corbata y cuando salen de la ducha parece que salen todavía manchados.

No sé qué pensar del arribismo, ni de los esposos silenciosos. En los EE.UU hay un millón de escritores y todos publican sus novelas sin pagárselas. Aquí hay algo menos, pero la gente se comporta de una manera harto extraña. Los editores son idiotas, los escritores por lo general también; no hay más que leer El País, ese sucedáneo. Los lectores son de coña, pues no distinguen las orquídeas ni se molestan en mirarlas si descubren en un matojo oscuro esta protuberancia lumínica. En Luarca cuidan 31 calamares gigantes, que ya se han comido a algunos hombres en las playas del Perú. Aunque a Rajoy no parece. 31 es el número de los paradigmas del cuento en la monografía de Propp. Yo también salgo en uno de esos paradigmas inquietantes en el que el héroe da verdadera pena. Leyendo a Hemingway creo que soy el boxeador sonado que espera a sus asesinos sin inmutarse. Oye, tío que hemos oído en el bar que vienen a matarte, y él les dice, sin volverse, que vengan, que no tiene nada que perder. Einstein, con el que Streep/Susan hubiera querido compartir una cena dijo un día que uno de los motivos más determinantes que conducen a los hombres hacia las artes y las ciencias es escapar de la vida cotidiana por su dolorosa crudeza, y desesperada monotonía.

Carezco de una hipótesis Goldbach, pero creo que estos cuatro personajes del ladrón de orquídeas son, como diría Steiner, espíritus poseídos por el infinito y siento que me hallo entre ellos. Mientras, mis visitadoras han huído inmarcesiblemente.

He terminado, sr. Presidente, muchas gracias.

1 comment:

Anonymous said...
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